El primer muerto de Machado

El periodista Armando André, director del periódico “El Día”, fue la primera víctima política de la dictadura de Gerardo Machado. Ilustración: Isis de Lázaro.
El periodista conservador Armando André, director del periódico habanero El Día, fue la primera víctima política de la dictadura de Gerardo Machado. Llevaba el mandatario tres meses exactos en el poder cuando una lluvia de perdigones segaba la vida del hombre que lo hacía blanco de sus críticas y sus burlas, un asesinato que indignó a todos los sectores sociales y que hizo aparecer en la vida cubana a un personaje que no demoraría en extenderse como la verdolaga: el guataca.
Esta es la historia.
Atentado a Weyler
Armando André terminó la Guerra de Independencia con grados de comandante del Ejército Libertador. Era hombre decidido y de probado valor personal, como lo demostró en su intento de ajusticiar al sanguinario capitán general Valeriano Weyler. Para ello abrió un túnel que cruzó por debajo de la calle, alcanzó el palacio de gobierno, en la Plaza de Armas, avanzó hasta situarse debajo del despacho del gobernador, y allí colocó una bomba. El artefacto hizo explosión, pero Weyler salió ileso del atentado.
Ya en la República, se batió muchas veces a duelo, cuatro de ellas con el político ítalo-cubano de filiación liberal Orestes Ferrara, que mencionó algunos de esos encuentros en sus memorias, publicadas bajo el título de Una mirada sobre tres siglos (1975).
“Tuve un cuarto duelo, esta vez con el señor Armando André. Nos batimos en casa de Enrique Villuendas, en un pequeño apartamento que daba frente a la Casa de Maternidad, frente al Parque Maceo. André había sostenido varios duelos antes del mío. Al batirse con Carlos Mendieta una vez, siendo yo juez de campo, me vi obligado a pedirle que ‘no insistiera en considerar terminado el encuentro’. No me lo perdonó y un dia me provocó en el Hotel Telégrafo, al encontrarme por casualidad. Este duelo no tuvo una solución grave, pero mi espada tocó la última costilla derecha de mi adversario, y se dobló en arco, causando una herida que parecía de sable y no de espada. Así la calificaron los médicos en el juicio penal que se nos siguió. Si la espada no se hubiese incrustado en la costilla que la detuvo, hubiera penetrado más allá del hígado, con efectos mortales. Años después, tuve un segundo duelo con André, a sable, con consecuencias de mayor importancia, pues tuvieron que darle siete o más puntos en dos heridas en la cabeza. A mi primer duelo con André…”.
Militó André en el Partido Conservador y para él fue casi una diversión atacar al presidente José Miguel Gómez como gobernante y en el orden personal. Miguel Mariano salió, en 1911, en defensa de su padre y el encuentro a tiros que en la Acera del Louvre sostuvo con André llevó a ambos a la cárcel. Amigos y colaboradores cercanos al mandatario le pidieron que dispusiera la libertad de su hijo. José Miguel no solo se negó, sino que, como cubano, pidió al juez actuante que impartiera justicia sin tomar en cuenta quiénes eran los protagonistas del incidente. Fue, en realidad, un encuentro sin consecuencias fatales.
Demagogia puritana
Armando André sería la primera víctima política de la dictadura de Gerardo Machado. Desde que asumió la Presidencia de la República, el 20 de mayo de 1925, Machado, mostrándose tal cual era, sin recato alguno, puso de manifiesto los dos rasgos más sobresalientes de su estilo de gobierno: el autoritarismo y una enfermiza demagogia moralista y puritana. Lo primero lo llevó a situar supervisores militares en muchos de los departamentos del Estado. Lo segundo hizo que ordenara la persecución de infelices prostitutas en un intento de acabar con esa práctica.
Tales medidas le granjearon la crítica de gran parte de la prensa de la época. Lo combatieron con vigor tanto Heraldo de Cuba, diario de los liberales que siguen a Carlos Mendieta, como La Discusión, de tendencia conservadora. Lo censuró también el Diario de la Marina, mientras que otros periódicos, aun reconociéndole sus buenas intenciones, lo llamaron a la moderación. Pero de todos ellos, el más virulento en su actitud contra el gobierno fue El Día, fundado el 1 de junio de 1925, presumiblemente con dinero del general García Menocal y que dirigía el comandante Armando André.
Menocal y André eran viejos amigos. El periodista colaboró con el militar durante sus tiempos en la Presidencia de la República y se dice que, desde la Junta de Subsistencia, en 1918, ambos hicieron buenos negocios especulando con la miseria y el dolor del pueblo. Digo esto a fin de que el lector se percate de que el combativo periodista era hombre inescrupuloso y de turbios antecedentes. Ya a esas alturas había ocupado un escaño en la Cámara de Representantes, y había visto frustrada, en 1917, su aspiración de ser gobernador de La Habana, intento en que lo derrotó el liberal Alberto Barreras.
Ya no estáis para galán
Sus críticas a Machado, en El Día, eran groseras y lindaban en el chantaje, y el mandatario no demoró su respuesta. Mandó a sus adversarios, por vías indirectas, amenazas de muerte. Los directores de Diario de la Marina y Heraldo de Cuba recogieron pronto el guante y embarcaron rumbo a Estados Unidos, el 22 de junio el primero y el 11 de agosto, el segundo. El 14 de agosto La Discusión denunció un intento fallido contra la vida de su director, Tomás Juliá. Aunque no pudo precisarse si fue real o no, se reiteró el intercambio de palabras entre el dictador y Pepín Rivero, director de la Marina. Dijo Machado: “Recuerde Pepín que yo tengo un rabo largo, larguísimo… es el Ejército”.
“Sí, general –respondió Rivero–, pero yo tengo la Marina”.
Armando André no cejó en sus diatribas e hizo burlas de las amenazas. Olvidó que Machado no es José Miguel, aquel guajiro espirituano de vista demasiado gorda y manga demasiado ancha cuando quería, y que atrás quedaron los tiempos del liberalismo romántico del gallo y el arado.
La vida privada de un presidente y su familia no puede ser sometida a discusión, advirtió Machado a amigos y enemigos, y Armando André dio un nuevo corte a sus artículos. Exaltó las virtudes reales o supuestas de la familia presidencial, mientras acusaba al presidente de llevar una vida licenciosa y disipada. No le faltaba razón. Machado era, ciertamente, un viejo libidinoso.
El 16 de agosto André se pasó de rosca cuando hizo publicar en su periódico una caricatura en la que se veía a Machado, disfrazado de donjuán, desplomado en el suelo, y a su lado una mujer joven que le dice:
“Ya vuestras fuerzas no están / para tales menesteres. / Ya no estáis para galán, / fantasías y mujeres…”.
Machado, como casi todos los dictadores, alardeaba de su virilidad. Aquello era más de lo que podía soportar, y Armando André tenía contados sus días.
Llegó así el 20 de agosto de 1925. André tras su faena en el periódico, pasó una buena velada en el restaurante El Ariete, en San Miguel y Consulado, en su época la casa del mejor arroz con pollo en La Habana. Además, sitio de reunión obligada de escritores, periodistas, actores y músicos, tanto cubanos como los que estaban de paso por la Isla; en sus inmediaciones se hallaba el famoso Teatro Alhambra.
Ya en su domicilio, en la calle Concordia, no pudo abrir la puerta; tupieron con jabón el hueco de la cerradura. En vano trató André de forzarla. En la acera de enfrente, desde la casa marcada con el número 116, que hasta el día antes ocupó como inquilina la comadrona Amelia Serrandi y que permanecía desocupada, dos o tres individuos lo observaban, hasta que decidieron no esperar más y lo acribillaron a perdigonazos. Machado cumplió ese día tres meses exactos en el poder.
El hecho indignó a todos los sectores sociales, se acusó a Machado como inductor y responsables del asesinato. Protestó la prensa, y periodistas como Sergio Carbó y José Antonio Fernández de Castro lo culparon abiertamente. Lo condenó también Julio Antonio Mella. Pero el suceso hizo aparecer en la vida cubana a un personaje que no demorará en extenderse como la verdolaga: el apapipio. En una práctica que se repetirá luego muchas veces, centenares de guatacas acudieron durante dos largos meses al Palacio Presidencial a fin de desagraviar a Machado por las acusaciones de que fue objeto.


André era valiente y vivía de un conflicto en otro,así una muerte violenta era el final más probable.
Su escasez de escrúpulos lo hacía pasarse de los límites, y burlarse de las intimidades del "asno con garras ",era demasiado.
Como siempre Ciro Bianchi...sencillamente genial!!!.
Pienso lo mismo, gran satisfacción, gracias profesor Ciro.
Muchas gracias por contarnos nuestra historia, espero un día usted publique un libro donde recopile todos sus articulos
Pienso igual que usted, algún todo esto que escribe Bianchi tendrá que aparecer en un gran libro, un compendio de sus crónicas. Esto es también nuestra historia. Gracias.
Ya existe uno!!!. Quizás más.
Recordar que muchos de ellos fueron oficiales mambises
Estimado Ciro: Hablando de guatacas quisiera escribiera sobre anécdota en que uno de aquellos apapipios declaro aproximadamente: "perdóname Marti pero Machado te ha superado" es cierta o no?
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