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Nuestro hombre en La Habana

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La última estancia en Cuba del escritor británico Graham Greene fue en 1982. Foto: Graham Wood/ Daily Mail/ REX/ Shutterstock.com.

Más que una visita, la última estancia en Cuba del novelista británico Graham Greene, en 1982, fue una escala de 20 horas que transcurrió en el mayor secreto, al punto de que la prensa supo de ella cuando ya había finalizado.

Llegó en un avión del Gobierno de Nicaragua, acompañado por el escritor José de Jesús Martínez (Chuchú), uno de los hombres más cercanos al general Omar Torrijos.

Lo alojaron en una de las residencias que el Gobierno cubano destina a jefes de Estado y pusieron a su disposición un Mercedes Benz negro de los que solo se utilizaron durante la celebración de la VI Cumbre de Países No Alineados, de 1979.

En la crónica que el 10 de enero de 1983 Gabriel García Márquez publicó sobre la visita, apuntó que en el tiempo que Graham Greene pasó en la capital de la Isla apenas si comió una sola vez, pero picó un poco de todo “como un pajarito mojado”. Se tomó en la mesa una botella de buen vino español y seis botellas de whisky se consumieron en la casa durante su tránsito fugaz. “Cuando se fue, nos dejó la rara impresión de que ni él mismo supo a qué vino, como solo podía ocurrirle a uno de esos personajes de sus novelas, atormentados por la incertidumbre de Dios”, escribió el autor de Crónica de una muerte anunciada, que encontró a un hombre rejuvenecido, sorprendentemente lúcido y con sentido del humor extraordinario.

Debía enfrentar en Francia cuatro procesos judiciales por sus denuncias sobre la mafia en Niza y como sus amigos temían por su vida, confesaba paladinamente que prefería morir de un tiro en la cabeza que de un cáncer de próstata.

La hora de Londres

Ya para entonces el narrador de El cónsul honorario (1973) había venido ocho o diez veces a Cuba. En 1959 estuvo aquí con el actor Alec Guinness y un equipo de realización para filmar algunas escenas de Nuestro hombre en La Habana, basada en su novela homónima y en la que inmortalizó el hotel Sevilla y el bar Sloppy Joe’s. En visitas anteriores, lo había fascinado el daiquirí del Floridita, el delicado sabor del cangrejo moro y la atmósfera nebulosa del Barrio Chino habanero, lo que de alguna manera metió en su novela, en la que se burla de los servicios de inteligencia. Volvió en 1963 en tránsito hacia Haití. Y tres años después para escribir una serie de artículos sobre Cuba. Antes, en 1957, en plena lucha contra Batista, viajó a Santiago de Cuba con intenciones de subir a la Sierra Maestra y entrevistar a Fidel Castro. No consiguió hacerlo, pero fue testigo del clima de represión que imperaba en la ciudad y, a su regreso a Inglaterra, escribió para la prensa londinense artículos que lograron que el Gobierno de su país suspendiera la venta de aviones Sea Fury a la dictadura batistiana. Confesaría años después: “Durante el periodo de la Revolución, me sentí muy cercano a la lucha fidelista”.

Una noche, durante su visita de 1966, el narrador Lisandro Otero lo llevó a la Ciudad Deportiva para que presenciase un interesante partido de baloncesto, y menuda fue la sorpresa de Greene cuando advirtió que Fidel jugaba en medio de la pista. Se habían conocido personalmente en 1959 durante la filmación de la película.

En ese año, en La Habana, adquirió de un taxista un sobrecito de cocaína. Cuando lo probó advirtió que le habían vendido bicarbonato. Días después, el expendedor lo localizaba para devolverle su dinero. A él también lo habían engañado. A juicio del escritor, ese hecho probaba como pocos la honradez del cubano.

De nuestros escritores distinguía de manera especial a Lisandro, Pablo Armando Fernández y Virgilio Piñera, a quienes aludía siempre como “mis amigos”. De Alejo Carpentier decía que lo leía con placer y que merecía el Premio Nobel. De René Portocarrero recordaba el efecto fulminante del movimiento cromático de su pintura y el delirio lineal de sus dibujos. En Finca Vigía, la residencia habanera de Hemingway, se horrorizó con los numerosos trofeos de caza que se mostraban en las paredes, de manera especial con una cabeza inmensa, de pelaje oscuro casi negro, con grandes cuernos retorcidos que colgaba cerca de la cama del novelista de Adiós a las armas. Diría al periodista que lo acompañaba:

“¿Cómo podía dormir Hemingway junto a esto…? ¿Se da cuenta? Despertarse cada mañana y, lo primero de todo, ver esa cabeza enorme, negra, degollada. Ningún ser humano lo resistiría…”.

Disfrutó, sin embargo, del lujo vegetal del gran parque tropical en que se enclava la casa de Hemingway, y desde lo alto del mirador que se alza en el predio vio, a lo lejos, una Habana velada por la lluvia que le recordó un sutil paisaje impresionista.

¿Y el Nobel? Lo habían nominado, sin éxito. ¿Cómo lo explica siendo como es uno de los novelistas más leídos y populares de nuestro tiempo?, inquirió un periodista cubano. La sonrisa del escritor rezumó ironía y la respuesta voló cargada de dinamita. Dijo: “Quizás por eso mismo, porque soy demasiado popular”.

Era un hombre alto, de escasos cabellos plateados y ojos azul pálido que, pese a su buena pinta, lucía algo desgarbado, como si se hubiese puesto la ropa sin quitarle el perchero. Decía que el ron añejo –pronunciaba “aniejo”– sabía a madera de barco, a viaje por mar.

Del autor de El revés de la trama, Lisandro Otero recordaba una anécdota deliciosa. Una noche, en la terraza del Hotel Colony, en la Isla de Pinos, Greene aseveró que un caballero nunca bebía antes del mediodía. A la mañana siguiente, muy temprano, Lisandro fue a buscarlo para el desayuno y lo encontró con un vaso de whisky en la mano. Le recordó sus palabras del día anterior.

“Es que yo, amigo mío, me guío por la hora de Londres –respondió el novelista británico–.

La ruleta rusa

Greene mandó aviso a sus amigos acerca de su presencia en La Habana. Llegaron, cada uno por su cuenta, Lisandro y García Márquez. El pintor Portocarrero no pudo ser localizado a tiempo y llegó cuando el novelista ya seguía viaje. El presidente Fidel Castro llegó a la una de la mañana. Hacía 16 años que no nos encontramos, comentó Greene. Ambos parecían un poco intimidados, advirtió García Márquez, y, para avivar el diálogo, preguntó a Greene qué había de cierto en el episodio de la ruleta rusa.

En efecto, muchos años atrás, enamorado de la institutriz de su hermana, había jugado con un viejo revólver a la ruleta rusa en cuatro ocasiones diferentes. Entre las dos primeras hubo una semana de intervalo, pero las dos últimas fueron sucesivas y con pocos minutos de diferencia.

Anota el novelista de Macondo que Fidel, que no podía pasar por alto un dato como ese sin agotar hasta las últimas precisiones, preguntó entonces para cuántos proyectiles era el tambor del arma, y al saber que era para seis cerró los ojos y empezó a murmurar cifras de multiplicación.

–De acuerdo con los cálculos de probabilidades, usted tendría que estar muerto, dijo y miró al escritor con una expresión de asombro.

–Menos mal que siempre fue pésimo en matemáticas, respondió Greene y sonrió con esa placidez con que lo hacen todos los escritores cuando viven un episodio de sus propios libros.

Reparó el mandatario en el rostro saludable y juvenil de su interlocutor y, pregunta inevitable, inquirió sobre su régimen de ejercicios. Apunta García Márquez:

“Fidel Castro considera la cultura física como una de las claves de la vida. Hace varias horas de ejercicios todos los días, con las mismas proporciones descomunales de todo lo que emprende, y les aconseja un régimen semejante a sus amigos (…). Por eso se sorprendió tanto cuando Graham Greene le comentó que nunca había hecho un solo ejercicio en toda su vida, y, sin embargo, se sentía muy lúcido y sin ningún trastorno de salud a los 79 años. Además, reveló que no tenía ningún régimen de alimentación especial, que dormía entre siete y ocho horas diarias, cosa también sorprendente en un anciano de costumbres sedentarias, y además se bebía, a veces, hasta una botella de whisky al día y un litro de vino en cada comida, sin haber padecido nunca la servidumbre del alcoholismo”.

Concluye García Márquez su crónica que Fidel pareció poner en duda su régimen de salud, pero muy pronto comprendió que Greene era una excepción admirable, pero nada más que una excepción. Añade:

“Cuando nos despedimos, ya me estaba inquietando la certidumbre de que aquel encuentro, tarde o temprano, iba a ser evocado en el libro de memorias de alguno de nosotros tres, o quizás de los tres”.

Se han publicado 7 comentarios



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  • Eddy dijo:

    Fabuloso relato...

  • Rogelio Zarabozo dijo:

    ESPECTACULAR como siempre nos tiene acostumbrados Ciro Bianchi. Información para deleitar en una lecturaque lo deja a uno con deseos de seguir!!!
    MUCHAS GRACIASSS!!!

  • Rafael dijo:

    Genial artículo. Gracias, Maestro

  • Mat dijo:

    Usted es el cronista de nuestra historia, con sus escritos no muere nuestro pasado, no solo lo felicito, también le doy las gracias

  • Maka dijo:

    Cuba le agradece.

  • Dr. Ernesto dijo:

    Sigo sus crónicas asiduamente y solo puedo decirle...... GRACIAS MAESTRO!!!!!

  • JESÚS BENJAMÍN PILOTO dijo:

    LEÍ EN UN LIBRO SOBRE HEMINGWAY EN CUBA QUE CUANDO VISITÓ FINCA VIGÍA LO LLEVARON A UN SÓTANO CON DECENAS DE BOTELLAS VACÍAS DE WHISKY Y VINO.
    ESCRIBE EL AUTOR QUE GREENE, AL VERLAS DIJO, YA SE POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS.
    SI ES CIERTO O FICCIÓN LO QUE SÍ TENGO CLARO QUE ESTÁ EN EL LIBRO HEMINGWAY EN CUBA, DE NORBERTO FUENTES, PROLOGADO POR GARCÍA MÁRQUEZ, QUE CONSERVO COMO COSA PRECIADA EN MI BIBLIOTECA.
    PARECE ENTONCES POR LO QUE LEO QUE GREENE ERA TAMBIÉN TREMENDO "CURDA".
    SALUDOS.

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Ciro Bianchi Ross

Ciro Bianchi Ross

Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual.

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