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 En Prado y Malecón en taparrabos

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El habanero Ángel de la Torre quiso vivir al natural, y para hacerlo se instaló como tal cosa en el bosque de La Habana. Foto: Tomada de Radio Habana Cuba.

¿Era un loco? ¿Un aventurero? ¿Un hippie que se adelantó a su tiempo? A la vuelta de los años transcurridos resulta imposible hallar la respuesta exacta. El caso es que el habanero Ángel de la Torre quiso vivir al natural, y para hacerlo se instaló como tal cosa en el bosque de La Habana.

No demoró en alcanzar celebridad a medida que sus hazañas eran reseñadas por la prensa y seguidas por una cada vez mayor cantidad de público, mientras que las autoridades las ignoraban por considerarlas fruto de un lunático simple e inofensivo, que sabía muy bien, sin embargo, asegurarse la popularidad. Bien pronto ganó el sobrenombre de Tarzán cubano, que a diferencia del Tarzán de Hollywood, que era blanco y lampiño, lucía barbas y una tez algo amulatada.

Un clavado perfecto

Excentricidades aparte, no puede negarse que Ángel de la Torre no rehuía las situaciones más riesgosas, a veces con peligro para su vida, como aquella mañana en la que se tiró desde el puente Asbert —el llamado puente de 23— a las aguas del Almendares. Un clavado perfecto y espectacular que cortó el aliento a los cientos de personas y no pocos periodistas que, avisados —porque en eso de la autopromoción era un experto— vieron a De la Torre sumergirse en las aguas todavía límpidas del río para aparecer enseguida y saludar a los que lo aclamaban.

A veces salía de sus predios habituales. En una ocasión ganó la desembocadura del Almendares y bordeó el litoral hasta situarse a la altura de la fortaleza de La Punta. Vestía solo un taparrabos diminuto y aun así desembarcó ante la mirada asombrada de los paseantes. El policía de recorrido quiso atajarlo y poner fin al atentado a la moral que entrañaba aquella desnudez. Pero De la Torre, rápido como una gacela, se tiró a la calle y cruzó la avenida del Malecón desafiando los vehículos que circulaban en ambas direcciones. Ya en el Paseo del Prado, buscó y encontró refugio en la emisora RHC Cadena Azul, donde permaneció escondido hasta que pasó el alboroto y pudo al cabo, tras una carrera frenética, llegar a su canoa rústica y volver al bosque.

A Varadero en canoa

La prensa daba vuelo a sus hazañas y crecía la leyenda del Tarzán cubano que, envalentonado, quiso subir la parada y anunció a todo trapo que en una canoa remaría desde el Almendares hasta Varadero.

Marineros y expertos consideraron que era mucho decir. Algunos rieron de las pretensiones de Ángel y los más le vaticinaron el fracaso más rotundo. Como viajaría sin compañía alguna, el cansancio lo vencería y la canoa se estrellaría contra los arrecifes o sería arrastrada mar afuera, sin contar que no conseguiría vencer los rompientes de Jaruco ni la punta de Seboruco con sus imponentes terrazas, y mucho menos traspasar la boca de la profunda bahía de Matanzas. Pero el sujeto que había salido de La Habana arropado por el cariño y el aliento de sus ya muy numerosos admiradores, llegó con éxito a su destino. Su arribo al famoso balneario coincidió con las regatas nacionales de remos que allí tenían lugar y que pudo presenciar como invitado de honor y con el aplauso de los competidores. Se dice que fue el primer cubano que remó 90 millas.

Poco después el comodoro del Habana Yacht Club entregaba a Ángel de la Torre una medalla de oro en nombre de la Federación Náutica de Cuba. Era el mes de julio de 1946.

Estaba casado y tenía dos hijas. En el gobierno del presidente Carlos Prío Socarrás (1948-52) obtuvo una plaza de profesor de Educación Física en el Instituto de Segunda Enseñanza de Marianao y, tras el triunfo de la Revolución, el capitán Juan Nuiry, nombrado interventor de la Cooperativa de Ómnibus Aliados (COA) le dio empleo como inspector.

Con posterioridad marchó a Miami y allí se le vio, en taparrabos, corriendo por alguna autopista. Vivíó en Nueva York y en Chicago, donde falleció.

(Con información de Gilda Guimeras)

Ciro Bianchi Ross

Ciro Bianchi Ross

Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual.

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