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La batalla del ponche de leche

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El Hotel Inglaterra, en la esquina de Prado y San Rafael, durante la década de 1990. Foto: Tomada de Habana Radio.

En Prado, esquina a San Rafael, se encontraba el café de Escauriza, sitio de reunión de la gente “bien” habanera en la primera mitad del siglo XIX y escenario el 20 de febrero de 1844 –martes de carnaval– de la batalla del ponche de leche, episodio que el historiador Emilio Roig califica de “chusco y ruidoso”.

Sucedía que don Pancho Marty, empresario del Teatro Tacón, había obtenido el monopolio de los bailes de carnaval en aquellos alrededores, lo que obligaba al café de Escauriza, donde también se celebraban bailes de máscaras, a cerrar sus puertas a las once de la noche.

El domingo anterior a aquel martes 20, los que bailaban en el Escauriza se negaron a abandonar el salón a la hora exigida, y el regidor Félix Ignacio Arango, para evitar el escándalo, accedió a que el baile continuase durante toda la noche.  Pero el capitán general Leopoldo O´Donnell, el llamado Leopardo de Lucena, deseoso de que la desobediencia no volviera a repetirse, envió a Arango preso al Morro y ordenó al teniente alcalde Fernando de O´Reilly que a las once de la noche desalojara el café a como diera lugar.

El martes 20, cuando el teniente alcalde sacaba a los parroquianos del café, se generalizó la protesta. Trataba, con el apoyo de la fuerza pública, de imponer su autoridad cuando uno de los bailadores vertió sobre O´Reilly su vaso de ponche de leche caliente y se recrudeció el altercado. Enterado O´Donnell de lo que sucedía, salió del palacio de gobierno al frente de un grupo de lanceros y se dirigió al lugar de los hechos. Ardió Troya. Arremetió la tropa contra los curiosos que presenciaban la escena, atropelló a los que tranquilamente tomaban el fresco en la acera del Tacón, echó por tierra mesas y sillas y la emprendió a golpes contra los empecinados bailadores, que a esa altura hacía rato que habían dejado de bailar. La batalla concluyó con la clausura del café.

No se disparó un solo tiro. No hubo muertos, solo contusos. Pero sí cinco cubanos detenidos, tres de ellos deportados a España en el transcurso de los días bajo el cargo de conspiración.

El último muchacho

En el mismo lugar que ocupó Escauriza abrió luego el café El Louvre, y allí tuvieron lugar no una, sino dos batallas. Ambas sangrientas.

La primera, el 24 de enero de 1869, fue uno de los trágicos incidentes provocados contra el capitán general Domingo Dulce Garay.

Corrió el falso rumor de que alguien disparó desde el interior del café y un grupo de voluntarios hizo tres descargas cerradas contra el establecimiento y lo ocupó después a bayonetazos. La clientela huyó despavorida dejando detrás muertos y heridos, todos españoles.

Pasó el tiempo. El café El Louvre, llamado ya Inglaterra, fue escenario de otro cruento suceso que el narrador, periodista y actor Gustavo Robreño, autor asimismo de muy sabrosas piezas de teatro para Alhambra, calificó como el último combate entre cubanos y españoles. Era el 11 de diciembre de 1898, había finalizado la Guerra de Independencia, y España estaba a punto de resignar ante el ejército interventor norteamericano su soberanía sobre la Isla, hecho que ocurriría el 1 de enero de 1899.

Pues bien, ese 11 de diciembre, en El Louvre, por motivos banales, se enfrentaron a tiros mambises y militares españoles. La refriega dejó dos muertos. Jesús Sotolongo Lunch, “el último muchacho de la Acera del Louvre –decía Robreño– que dio su vida por la santa causa de la independencia”, y un infeliz transeúnte muerto a culatazos porque, como era sordo, no respondió a las voces de ¡alto! que le dio la autoridad.

Se han publicado 4 comentarios



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  • Bernardo dijo:

    Ponche...leche... ¿qué es eso?

  • Carlos Enrique Piña Borrego dijo:

    Excelente crónica Profesor

  • Luis dijo:

    Muy interesante todo nos cuenta Ciro...

  • Frank dijo:

    Soy profesor de Historia. No hay una sola de estas publicaciones que no comparta con mis estudiantes, ¡y cómo las disfrutan! Gracias Ciro.

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Ciro Bianchi Ross

Ciro Bianchi Ross

Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual.

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