Temporadas más que de covid: Del brote a la pancrisis ¿y vuelta otra vez?

La pandemia ha cambiado la vida de millones de personas en el mundo, y no será la última. La ONU ha llamado a los Gobiernos a reforzar inversiones en la vigilancia y detección temprana y en los sistemas de atención primaria de salud, y fomentar la solidaridad mundial. Foto: AP.
En la pantalla seguíamos a una reducida humanidad dividida entre zombis errantes −insaciables por morder y devorar a la vez que transmiten instantáneamente el mal− y unos pocos sobrevivientes (a veces un/a solitario/a protagonista), con habilidades casi metahumanas, enfrentados a los muertos vivientes en escenarios apocalípticos y devastados; social, económica y funcionalmente desarticulados.
No siempre estaba clara la causa del cataclismo. No importa mucho en filmes que son de mera acción. Y abundan. En esos, y en otros de mayor alcance, podría ser la crisis medioambiental, el declive civilizatorio por un colapso energético, una lluvia masiva de meteoritos, la guerra, experimentos fallidos… Incluso, una invasión alienígena o −y hoy somos más proclives a pensar en ello− un virus...
En una Nueva York desierta donde la naturaleza toma lo que construyó la civilización, luego de una extinción masiva que deja hordas de mutantes agresivos que no soportan la luz, el solitario protagonista es inmune a un virus creado por el hombre. Busca desesperadamente una cura y a otros sobrevivientes, su compañía es un perro y socializa con maniquíes. Sucede en I Am Legend (2007), tercera versión fílmica de la novela homónima (1954), luego de The Last Man on Earth (1964) y The Omega Man (1971).
En la categoría de futuros posapocalípticos sin zombis hemos tenido en años recientes cintas como 2067 (2020. Una sociedad tecnologizada en total crisis sanitaria, ética y ambiental por la destrucción de la naturaleza y la escasez de oxígeno), o incursiones más profundas en términos de psicología y relaciones humanas como los dramas The Road (2009. Adaptación de la novela homónima de 2006. Un padre y su hijo intentan sobrevivir en un planeta desolado por una causa que no llegamos a saber), Into the Forest (2015. Dos hermanas deben aprender a vivir el caos, la soledad y la inseguridad en un mundo cambiado por un apagón energético) y Light of My Life (2019. Un padre debe proteger a su hija haciéndola pasar por varón; una inquietante arista de género entre las secuelas de una epidemia que prácticamente extermina a las mujeres).
La temática de la catástrofe ambiental, un planeta inhabitable y la búsqueda fuera de la frontera terrestre se combinan en The Midnight Sky (2020. Poco estimada por la crítica) e Interstellar (2014. Con mayor suerte, un Óscar por efectos especiales y varias nominaciones. Historia más sólida y de alto rigor científico. El físico teórico Kip Thorne, premio Nobel de Física y colega de Stephen Hawking y Carl Sagan, fue asesor y uno de los productores ejecutivos).
También ha llegado esta temática al cine de animados para niños y adultos. WALL·E nos presenta al último robot sobre la Tierra, devastada por una catástrofe climática. En medio del paisaje distópico, nos atrapa una entrañable historia de amor entre dos máquinas que muestra, además, el éxodo humano (como en otros filmes, fuera de la frontera terrestre en una nave-ecosistema) y las posibles veleidades de la inteligencia artificial.
En World War Z (2013. Basada en una novela de 2006) también hay zombis, pero el protagonista es un exempleado de la ONU que, luego de peripecias extremas en Corea del Sur e Israel, termina ideando la solución en un centro de la OMS en Cardiff: una inyección con patógenos que hace a los infectados, especialmente sensibles al sonido, alejarse de los potenciales anfitriones del “otro” virus y, por tanto, detiene el contagio). En noviembre de 2019, poco antes de que fuera noticia el SARS-CoV-2, se estrenaba la serie To the Lake (en Rusia, Epidemia, basada en la novela Lago Vong, de 2011), luego difundida internacionalmente por Netflix: cambio de geografía del epicentro −Moscú− y un grupo de sobrevivientes que se aleja de la ciudad hacia un paraje remoto, entre conflictos personales y peligros, buscando huir de un mortal virus.
Sin tintes futuristas postapocalípticos y distópicos, Outbreak (1995) transcurre en un escenario más real: un virus que semeja al del Ébola y un brote en un país africano, secretos militares y una potencial arma biológica, un hospedero propagador que llega a EE.UU. y desata la epidemia: cuarentena, tensión que llega a la represión, intrigas militares...
Más realista aún es Contagio (2011), quizá el filme más equilibrado sobre esta temática sin llegar a profundizar en realidades como las patentes, la competencia entre naciones, el acaparamiento, el lucro de las compañías y la desigualdad en la comercialización y distribución de vacunas. Contó con un serio asesoramiento científico (en los créditos aparecen 12 expertos asesores) y fue redescubierto por millones durante este periodo de pandemia, películas de plataforma y streaming y trasiegos digitales, asombrando por sus puntos de contacto con la situación actual.
Es, tal vez, el más aterrador –desde muerte y caos social hasta la última secuencia que revela el real camino del virus, el origen del brote zoonótico–, porque no es el futuro ni hay ciencia ficción ni zombis ni agujeros de gusano ni mundos desiertos: es una historia más cercana a lo que realmente sucede, o lo que puede suceder a cualquiera en cualquier sitio de este planeta, un día normal cualquiera y, en pocas horas, cambiar la realidad global y suceder a muchos, transformando la vida de todos.
Esto y más lo hemos visto en el cine, que muchas veces toma de la literatura y filtra, sintetiza temores o preocupaciones que afloran y se van asentando en el imaginario y la agenda colectivos. Cada vez más, en el origen del cataclismo hay un desastre ambiental (manifiesto o insinuado en el filme) o un virus. En alguna que otra película, el efecto del cataclismo (un mundo inundado, por ejemplo) es parte “normalizada” del escenario de la trama, ajena a cualquier temática medioambiental o catastrofista, todo lo contrario que en The Day After Tomorrow (2004). Es una lógica expresión de los tiempos que corren.
En el último mes de 2019, entre el trasiego feliz navideño y los viajes de vacaciones, las celebraciones familiares y los parabienes por el nuevo año, llegó la covid-19. Se hizo la realidad que no esperábamos. Sin zombis, sin cataclismos apocalípticos ni distopías, sin un planeta totalmente devastado ni solitarios padres e hijos en inciertos viajes por la supervivencia −aunque sí se tornó más incierto el presente y, sobre todo, el futuro; vivimos el miedo, la incertidumbre y el aislamiento−. Un impacto sin precedentes que ha tocado cada célula de la vida individual, familiar, social y económica en todo el mundo. Incluso, con ciertas manifestaciones que, en retrospectiva, harían de los zombis un recurso metafórico sobre cuánto de lo peor del ser humano puede emerger en las crisis.
Mucho nos ha quitado y mucho nos ha hecho pensar. Mucho ha cambiado en poco más de dos años, y mucho de lo que no volverá a ser como antes en lo personal y lo social aún no llegamos a definirlo o explicarlo, comprenderlo en su total magnitud. Porque aún no ha pasado el tiempo necesario para aprehenderlo claramente y para que las tendencias se inserten en el curso regular de lo normal.
Mucho hemos aprendido y leído en estos más de dos años. Pero entre la saturación informativa, la producción y divulgación continua de hallazgos −a veces locales o no definitivos, a veces válidos para ciertos grupos o de alcance reducido pero percibidos como generales y definitivos− y la ola de desinformación y negacionismo de algunos que se amplifica favorecida por ciertos sesgos en las redes sociales virtuales −y por intereses políticos y económicos, creencias erradas, distorsiones que rozan el trastorno delirante y frecuentemente responden a aviesos objetivos−, caemos en ocasiones bajo la influencia de lo que se ha conceptualizado como “infodemia”, de la que es característica la difusión deliberada de información errónea: confundimos datos y afirmaciones, aumentan la angustia y la incertidumbre, la frustración y la desconfianza en instituciones, certezas científicas y voces autorizadas. Se distorsionan las respuestas a la realidad, a veces no se sabe qué es verdad.
La información y el conocimiento no nos han llegado en condiciones “normales” para su recepción, sino en un escenario plagado de ruidos, temores e incertezas, de tensiones en cuanto a ingresos económicos y empleo, movilidad reducida y confinamientos, familiares separados, especulación en los mercados, escasez de suministros, proyectos interrumpidos, cursos escolares suspendidos o a medias, negocios cerrados, sistemas de salud saturados, estructuras sociales fatigadas, desarticulación...

Amazonia. La tala y la quema dan ganancias hoy, pero destruyen hábitats de miles de especies y bosques que secuestran CO2 y regulan el clima, con lo cual comprometen el futuro. Foto: AP.
Del virus al contagio... Un número muy grande, la humanidad y los cambios
−Odio a este virus.
−Vamos Casey, hay que apreciar su simplicidad. Es una billonésima de nuestro tamaño y nos está dando una paliza.
−Entonces, ¿qué quieres? ¿Invitarlo a cenar?
−No. Matarlo.
(Outbreak. Diálogo entre dos virólogos del Instituto de Investigación Médica sobre Enfermedades Infecciosas del Ejército de EE.UU.)
Hay más virus que árboles en el planeta. Los científicos afirman que son más que las estrellas en el universo, estimadas en un número que supera la capacidad de aprehensión: 1023.
Sería más fácil acabar con todos los árboles de la Tierra. No es que nos lo hayamos propuesto, ni siquiera que lo vayamos a lograr, aunque hemos avanzado y vamos ciertamente rápido: según datos de la ONU y el WRI, entre otras fuentes, el mundo perdió 10 millones de hectáreas anuales de bosques entre 2015 y 2020. Los números son fríos, pero hay un recurso visual para ayudar a la imaginación: una cancha de fútbol abarca aproximadamente 1 ha.
Y no es simple digresión: de una forma natural, genética, física, química, por ley de causa y efecto, funcionalmente, todo está relacionado en este planeta. Los bosques (lo que propician cuando son saludables, funcionales, y lo que dejan de dar cuando los arruinamos, al punto de hacer lo contrario de lo que naturalmente hacen al emitir más CO2 del que secuestran) y los virus y zoonosis, los bosques y el clima, el equilibrio natural y la salud humana.
Estimados con base en datos e imágenes satelitales durante años recientes han fijado en más de tres billones los árboles existentes en el planeta. De ellos, casi 1.4 billones están en regiones tropicales y subtropicales: mayormente en la selva tropical, el bosque más rico, el de árboles mayores y más antiguos, el de más biodiversidad, esencial para el secuestro de carbono atmosférico y hábitat de la mayor concentración de especies... Escenario de varios de los “encuentros cercanos” que desataron zoonosis y enfermedades infecciones emergentes en las últimas décadas.
3 040 000 000 000 de árboles en el planeta, unos 390 por habitante (según datos de 2020).
¿Y virus? Para intentar simplificarlo −si tal cosa es posible−, podemos escribirlo así: 1030. En palabras, 10 quintillones o 10 millones de cuatrillones. Esto, en cuanto a virus individuales. Pero tampoco es sencillo si nos referimos a tipos: se estima que hay al menos 1.7 millones de tipos por descubrir todavía en aves y mamíferos.
Para decirlo más sencillamente, estamos rodeados de virus y a muchos no los conocemos. Y cada vez más, entramos en contacto con ellos al ingresar a los espacios verdes –generalmente para talar, quemar, abrir espacios para desarrollos agrícolas o ganaderos, industriales o urbanos– donde viven sus hospederos naturales.
El virólogo estadounidense Ralph Baric y otros investigadores lo advertían en un artículo publicado en Nature en 2015, refiriéndose concretamente a los coronavirus: “Nuestro trabajo sugiere un riesgo potencial de reaparición del SARS-CoV a partir de los virus que circulan actualmente en las poblaciones de murciélagos”.
Baric lo recalcaba a Science Daily ese mismo año, al señalar que los estudios han mostrado la existencia de unos 5 000 coronavirus en poblaciones de murciélagos, y que algunos de ellos tienen el potencial de emerger como patógenos humanos. “Así que no es una situación de si habrá un brote de uno de estos coronavirus, sino cuándo y cuán preparados estaremos para enfrentarlo”, decía.
La advertencia y el temor venían de tiempo atrás entre la comunidad científica. Y en los créditos de Contagio (2011), en una de las últimas pantallas, aparece la frase “It’s not if, but when…” (“no se trata de si, sino de cuándo”). Quizá entonces no muchos le hallaran sentido, tal vez ni la leyeran.

En “No mires arriba”, entre ironías, absurdos y momentos trágicos, se tocan muchos puntos de la realidad actual, desde la “empresarización” de la política y la banalización de los medios hasta el capitalismo de vigilancia y el desprecio de la clase política hacia la ciencia.
Pandemia y pancrisis… ¿La hora más oscura?
“Tendemos a pensar que el asunto de los gases de efecto invernadero es un problema para la gente del siglo XXI, de modo que ya se preocuparán ellos llegado el momento. Pero si no actuamos ahora, luego será demasiado tarde. Estamos traspasando a nuestros hijos problemas extremadamente graves, cuando el momento para evitarlos es ahora”.
(Carl Sagan ante el Congreso de EE.UU., 1985)
“Creamos una generación global de personas que crecen en un contexto donde el significado de la comunicación, de la cultura, es la manipulación”.
“Hemos creado un sistema que tiene tendencia a la información falsa. No porque queramos, sino porque la información falsa hace que las empresas ganen más (...) La verdad es aburrida”.
“No es que los propagandistas extremistas no existieran antes. Es que las plataformas permiten difundir narraciones manipuladores con una facilidad tremenda, y sin mucho dinero”.
“Como no pagamos por los productos que usamos, los que pagan por ellos son los auspiciantes. Los anunciantes son los clientes. Nosotros, el bien vendido”.
(Expertos entrevistados en El dilema de las redes sociales, 2020)
“Siempre es más oscuro justo antes de que amanezca el día”.
(Thomas Fuller, siglo XVII)
Una micra (1 µm) es una milésima de milímetro. El diámetro aproximado de un cabello humano es de 50 a 70 micras; el de un grano de polvo, 5 µm o menos; el de una gotícula de saliva, 100 µm o más; el del aerosol que expulsamos cuando hablamos, tosemos, cantamos e, incluso, respiramos, puede ser de 5 µm (por eso es un medio muy efectivo de transporte de partículas virales, puede llegar más lejos y mantenerse más en el aire).
Aun siendo de tan pequeña escala, caben muchos virus en los aerosoles, porque el virus mide solo 0.12 µm.
Y aun siendo tan diminutos, moléculas de material genético recubiertas de proteína, son extremadamente efectivos en lo que hacen: infectar y colonizar células en hospederos vivos, usar la maquinaria celular, programarla para fabricar más virus y expandirse a más células replicando el mismo proceso, pasar de uno a otro organismo contagiado y, en contagios masivos, mutar en nuevas variantes mientras se propagan.
Así –auxiliados por la sociedad interconectada, la globalización, nuestra deficiente y asimétrica relación con la naturaleza, asentamientos urbanos donde priman la aglomeración y la vida social y la transportación en espacios frecuentemente cerrados; por sistemas primarios de salud y de alerta insuficientemente preparados y una gran industria farmacéutica con prioridades en investigación que miran a otro lado, la deficiente o desigual vacunación y los antivacunas–, los virus “avanzan” desde lo micro y causan la macrodisrupción que ha vivido la humanidad en estos años.
Algunos hablan de pospandemia. Otros esperan nuevas olas. Se eliminan restricciones y se alivian requisitos sanitarios, pero permanecen las grandes preguntas: ¿habremos llegado al final del camino del virus? ¿Se convertirá en endémico y se rebajará a otra clase de gripe estacional? ¿Seguirán apareciendo variantes? ¿Serán más contagiosas o con mayor capacidad de esquivar vacunas y sistemas inmunológicos? ¿Cuán posibles son otra pandemia, otra zoonosis? ¿Cuándo?
¿Y cuándo dejaremos de mirar a los demás con suspicacia? ¿Cuándo abrazaremos sin temor al contagio? ¿Cuándo volverá el normal funcionamiento de las cosas, aquel que vivíamos antes de 2020?

Este viernes 8 de abril, el director general de la FAO, Qu Dongyu, informó que los precios mundiales de los alimentos han alcanzado “un nuevo máximo histórico, golpeando más duramente a los más pobres”. Foto: AFP.
En medio de la incertidumbre familiar y social, de las perturbaciones e interrupciones en la vida económica de países y personas –desde alteraciones y encarecimiento en las cadenas de suministros y mercados energéticos y de alimentos hasta la inflación y la pérdida de empleo– acumuladas durante la pandemia, a finales de febrero de 2022 llegó la guerra.
Una guerra que –ya que hablamos de virus– no tiene solo centro viral, el ácido nucleico (el conflicto entre Rusia y Ucrania), sino también envoltura lipídica (los intereses geopolíticos y económicos que van más allá del espacio geográfico y los intereses de ambos países y que estaban en movimiento mucho antes del 24 de febrero).
En esa envoltura están insertadas las espículas, que permiten al virus aferrarse a los receptores diana de la célula, infectarla (en el caso de la guerra, son todo lo que ha propagado y magnificado su efecto a escala global: sanciones y mayores golpes al comercio y las cadenas de suministros, con desasbatecimiento y encarecimiento de la energía y productos y servicios como consecuencias; inestabilidad financiera e inflación; extrema polarización política; campañas de comunicación en medios de prensa y redes sociales virtuales; guerra cultural y simbólica; censura y manipulación informativa…).
En las relaciones internacionales, y también a lo interno de las sociedades, en las conciencias individuales y el sector empresarial, se ha sentado un precedente de facto que va más allá del hecho de apoyar a Rusia o a Ucrania, de aceptar o rechazar la guerra como solución.
¿Sucederá lo mismo que ahora sucede con Rusia la próxima vez que las tropas, artillería o aviones de un país –o todo a la vez– crucen las fronteras de otro, algo varias veces repetido en la historia reciente?
¿Se sancionará al próximo Estado que use la vía militar, justificadamente o no, con base en pruebas fabricadas o reales? ¿Sin importar si esas sanciones afectan al ciudadano de a pie en toda la geografía mundial? ¿Habrá bloqueos digitales, exclusiones de mecanismos y órganos de la ONU, de calendarios deportivos y culturales, de plataformas internacionales de pago? ¿Se suspenderán licencias de transmisión de sus medios? ¿Se cerrarán espacios aéreos a sus aviones? ¿Se cambiarán títulos de obras de arte? ¿Se condenará por igual a todos sus ciudadanos y a su cultura?
¿Se sancionará al Estado del que, comprobadamente, partan y se financien operaciones y campañas de guerra mediática o de cuarta generación para desestabilizar a otros Estados?
La pandemia, además de traer muerte y sufrimiento, reveló la iniquidad de las desigualdades que persisten entre los países de altos y los de bajos ingresos. Dio un duro golpe a comunidades, economías y sociedades de todo el planeta, que aún tardarán en recuperarse. Reafirmó la interdependencia entre la salud humana y la de la naturaleza, la necesidad de una relación responsable con el mundo natural del que somos parte (aunque vivamos entre concreto, metal y materiales sintéticos y, demasiado tiempo, en el mundo virtual).
La guerra, y todo el entramado de intereses geopolíticos a su alrededor, ha polarizado aún más las relaciones internacionales, cuando ya es extrema la polarización a lo interno de las sociedades –el no escuchar al otro ni razonar ni buscar fuentes que den otra versión de la realidad; el no dialogar, el desconfiar y descalificar, la violencia como respuesta–, fomentada por un entorno virtual que fue visto como estructura horizontal y democrática, pero que hoy sirve lo mismo para atacar países que para bloquearlos, para propagar desinformación, aislamiento y desarticulación.
Un entorno donde, como dice un experto entrevistado en El dilema de las redes sociales, la polarización –algoritmos y manipulación mediante– “es totalmente eficiente para mantener a la gente conectada” (y monetizar).
Somos el producto que se vende a los anunciantes en las redes sociales virtuales. En los medios, la información se banaliza, porque vende más. De una calamidad global provocada por un virus nacen como respuesta positiva la colaboración científica y las vacunas, pero aparece el acaparamiento por algunos países y hacen caja las grandes farmacéuticas (han ganado miles de millones de dólares, pero a 7 de abril, según statista.com, África solo tenía el 20% de su población con al menos una dosis anticovid, y en febrero, según la OPS, 14 países y territorios de América Latina y el Caribe no pasaban del 40% de cobertura).
La guerra también se convierte en producto y fuente de ingresos en un planeta en el que el gobierno mundial, si es que lo hay, está en manos del mercado y de una lógica cortoplacista basada en la ganancia y el crecimiento a toda costa, de espaldas a la crisis climática. A raíz de la guerra en Ucrania, no han tardado en llegar los anuncios de aumentos en los presupuestos militares de varios países.
No hubo reacciones tan inmediatas y de ese calibre en los presupuestos para transición verde luego de la Cumbre de Acción Climática de la ONU (2019) o de la reciente COP26 (2021). De hecho, la guerra en Ucrania ha puesto en evidencia el retraso de Europa en esa transición, y este mismo mes de abril el secretario general de la ONU, António Guterres, se quejaba de que Gobiernos y empresas mienten sobre sus compromisos contra el cambio climático.
“Estamos en camino hacia un calentamiento global de más del doble del límite de 1.5°C acordado en París en 2015. Algunos líderes gubernamentales y empresariales dicen una cosa, pero hacen otra. En pocas palabras, mienten. Y los resultados serán catastróficos. Esta es una emergencia climática”, advirtió Guterres.
Los científicos –recalcó el secretario general– advierten que ya estamos peligrosamente cerca de puntos de inflexión que podrían conducir a impactos climáticos en cascada e irreversibles. Pero los Gobiernos y corporaciones que producen más emisiones no solo se están haciendo la vista gorda. Están echando leña al fuego.
“Esos Gobiernos y empresas están asfixiando al planeta al responder a intereses creados e inversiones en combustibles fósiles, pese a que las soluciones renovables pueden ser menos costosas y crear empleos, seguridad energética y una mayor estabilidad de precios”, añadió.

En enero de 2022, Guterres destacó la necesidad imperiosa de reformar un sistema financiero global “moralmente corrupto, que favorece a los ricos y castiga a los pobres”. Foto: Noticias ONU.
En octubre de 2021, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) alertó en un informe que los países proyectan un aumento colectivo de la producción mundial de petróleo y gas a lo largo de las próximas dos décadas, pese a haber elevado sus compromisos climáticos para limitar el calentamiento de la Tierra a 1.5°C con respecto a los niveles preindustriales.
Según el informe sobre la Brecha de producción 2021, la suma de combustibles fósiles que planean producir los países sería más de dos veces mayor de la que permitiría cumplir los objetivos del Acuerdo de París.
Los planes y proyecciones de producción de los Gobiernos implican un 240% más de carbón, un 57% más de petróleo y un 71% más de gas de lo que sería consistente con limitar el calentamiento global a 1.5 °C.
Los países del G20 han destinado casi 300 000 millones de dólares en fondos adicionales a actividades de combustibles fósiles desde el comienzo de la pandemia de COVID-19, una cantidad superior a la que han asignado a energías limpias.

Según el IPCC en su informe de abril, “es ahora o nunca. Sin reducciones inmediatas y profundas de las emisiones en todos los sectores, será imposible”. Su presidente, Hoesung Lee, afirmó que el mundo está ante una encrucijada y las decisiones que se tomen ahora marcarán el carácter habitable del planeta. Foto: Reuters.
Vivimos una crisis climática (y, cuando leemos crisis climática, es oportuno pensar en el término “puntos de inflexión”, o, si no lo conocemos, buscar a qué se refiere).
Vivimos en un mundo donde las guerras tecnológicas y comerciales, las guerras tibias o la segunda parte de la Guerra Fría, la lógica de presiones y sanciones por encima de la negociación y el diálogo –Estados Unidos como Ministerio Global de Sanciones, Europa como viceministerio–, la privatización de la política y la “corporativización” de los Gobiernos (una de tantas aristas que toca Don´t Look Up, aunque para una visión más afincada en la realidad podemos ver Totally Under Control), las relaciones asimétricas y la desigualdad entre naciones ricas y pobres, la polarización creciente entre países y en el seno de las sociedades hacen parecer muy lejano el consenso necesario para resolver los acuciantes problemas que enfrenta la humanidad. Demoran la solución que, aseguran los científicos, es aún posible.
Crisis climática y medioambiental, desestabilización de los sistemas de los que depende nuestra existencia, que coincide o se articula con crisis ética y en las relaciones internacionales, crisis económica y sanitaria, crisis en la esfera de la comunicación, crisis migratoria y alimentaria, crisis demográfica, crisis energética… Pancrisis. No actuar rápido y con la contundencia requerida implica que las crisis acorten ciclos, se hagan más largas o permanentes, se entrelacen aún más y formen la “tormenta perfecta”.

El uso de vehículos eléctricos aumenta en el mundo y baja el costo de las tecnologías bajas en emisiones. Hay desarrollos hacia una economía más baja en carbono y competitiva, pero se mantienen las tendencias en el uso de combustibles fósiles y los subsidios a esa industria. Foto: Reuters.
En una intervención ante el Congreso de EE.UU. en 1985, poco antes de que fuera creado el IPCC y publicara su primer informe –en el cual ya se establecía que “las emisiones producidas por las actividades humanas (…) potencian el efecto de invernadero”–, el astrofísico y divulgador científico Carl Sagan afirmaba:
“El poder de los seres humanos para afectar, controlar y cambiar el medioambiente cambia a medida que nuestra tecnología mejora. En estos momentos, hemos alcanzado claramente la etapa en la que somos capaces (tanto intencionada como inadvertidamente) de alterar de forma significativa el clima y el ecosistema a nivel global. Probablemente llevamos haciéndolo –aunque en menor escala– desde hace mucho tiempo”.
Reducir las emisiones –consideraba Sagan–, “requerirá un consenso global que ahora mismo dista mucho de estar cerca. Lo esencial es adquirir una conciencia global, una visión que trascienda nuestras identificaciones exclusivas. Todos los grupos políticos y naciones deben cooperar, porque en este invernadero estamos todos juntos”.
“La cosa es que nosotros realmente lo teníamos todo, ¿no?”, dice el doctor Mindy en la escena final de Don´t Look Up (No mires arriba), cuando la destrucción es inminente. Realmente, hay quienes lo tienen todo o casi todo, hay quienes tienen poco, hay quienes tienen casi nada. Pero, como civilización, este es todo el mundo que tenemos. Necesitamos mantener ese verbo en presente y en futuro.
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