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Efigenio Ameijeiras: ¡Qué importa que otro escriba mi novela!

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En 1984, se le reintegró a las Fuerzas Armadas y, a partir de esa fecha, pasó un par de años en el sur de Angola.

Es uno de los históricos. Fundador de la primera célula clandestina del Movimiento 26 de Julio, expedicionario del Granma, comandante de la Sierra Maestra, segundo jefe de II Frente Oriental “Frank País” que operó bajo la conducción del entonces comandante Raúl Castro.

Tuvo una participación destacadísima en las batallas de Playa Girón, y comandó en 1963, la primera gran unidad de combate que salió de Cuba con una misión internacionalista. De todo eso habla en su entrevista exclusiva el general de brigada Efigenio Ameijeiras, autor de dos importantes libros de testimonio, Más allá de nosotros y 1956, un año tremendo, y de muchísimos poemas de amor.

Un día se vio privado de su alto grado militar y destituido de sus responsabilidades políticas; era entonces viceministro de las Fuerzas Armadas. De eso se habla también en estas páginas.

Pasó a dirigir un plan citrícola, se hizo de un título universitario, y luego, durante 12 años, trabajó en la construcción  del hospital que lleva el nombre de sus hermanos muertos durante la dictadura: Juan Manuel, asesinado tras el asalto al cuartel Moncada; Gustavo, torturado hasta la muerte en una mazmorra y arrojado luego al mar, y Machaco, jefe de acción en La Habana, del Movimiento 26 de Julio, que se batió a tiros con la policía en una casa de la capital… el hospital “Hermanos Ameijeiras”, que es un monumento a la vida y orgullo de los cubanos.

En 1984, se le reintegró a las Fuerzas Armadas y, a partir de esa fecha, pasó un par de años en el sur de Angola. Esta es la vida de un hombre contada por él mismo y también, en buena medida, un pedazo de historia de la Revolución Cubana. Una vida que es casi una novela que el escritor Ameijeiras quisiera acometer algún día.

Antes del asalto al Moncada

   - ¿Recuerda el momento en que sintió que era un revolucionario?

- ¿Cómo podría recordar ese momento si cada día que pasa aprendemos a ser mejores? Creo que nada tiene un punto de partida único pues más allá de la física está todo lo que tenemos del lado de acá…. Las tradiciones, la idiosincrasia, el medio en que nos desenvolvemos, aquel álbum infantil con los retratos de los patriotas de las guerras de independencia…

Revolucionarios, somos todos. Me pregunto: ¿podrá existir un hombre tan malo que no tenga un átomo de revolucionario en su ser? Lo que pasa es que las circunstancias pueden hacer que el camino se tuerza o se haga más fácil.

Mi formación revolucionaria parte de mi madre, de su espíritu patriótico y de su escepticismo ante todos los gobiernos que en Cuba fueron con anterioridad a 1959. Me influyeron también los Versos sencillos, de José Martí….

Martí está siempre en todo lo cubano. En un grado de calidad mayor, podría decir que el granito de arena que colmó la playa de mi formación revolucionaria fue el ataque al cuartel Moncada, el 26 de Julio 1953.

     - Su familia tuvo una destacadísima participación en la lucha insurreccional; tres de sus hermanos murieron durante la contienda antibatistiana. Me gustaría que usted reconstruyera el clima familiar, que mencionara las causas que lo llevaron a abrazar la Revolución.

Mi padre era un español que antes de establecerse en Cuba había estado por Sudamérica. En La Habana se casó con mi madre y fueron a vivir en las inmediaciones del central azucarero “Chaparra”, en la antigua provincia  de Oriente, donde el poseía una finca y una tienda comercial.

Allí nacimos todos nosotros; éramos diez hermanos. La mayor es Mara; el mayor de los varones, Melquiades, murió ahogado, siendo casi un adolecente, en una presa del rio San Juan, en Chaparra. José y Evangelista murieron muy niños. Salvador (Nene) y Enma, junto a Mara, viven hoy en La Habana. Ángel, Juan, Manuel  Mel) y Gustavo cayeron durante la lucha.

En el año de 1935 mi padre viajó a España por motivos relacionados con una herencia. Allí lo sorprendió la Guerra Civil y no tuvimos noticias suyas nunca más. La finquita y la tienda en manos de la vieja, que era muy dadivosa y gastaba cuanto tenía, se perdieron en poco tiempo.

De la bonanza familiar, yo no recuerdo nada; solo tengo en la memoria un traje nuevo y un pomo de caramelos. Después de más de 30 años, cuando visité la casa donde nacimos, no me recordaba de nada, excepto de un pozo misterioso que había en el patio. Era la imagen única que tenía de la niñez, aquel pozo y el miedo relacionado con una ballena que vi una vez en las inmediaciones del cayo de Juan Claro.

Nuestra madre, que había ejercido el magisterio, nos enseñó las primeras letras. Con ella aprendimos a valorar a los patriotas cubanos y supimos que la mayoría de los gobernantes de la república  eran unos corrompidos. Desde Chaparra nos trasladamos a la ciudad de Puerto Padre; de allí, a la Santa Clara, y luego, con los últimos centavos, salimos para La Habana.

     - ¿Tuvo alguna filiación política antes  de su vinculación al Movimiento Revolucionario 26 de Julio?

Cuando el líder progresista Eduardo R Chibás fundó el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) mi hermano Gustavo fue de los primeros en sumarse y todos nosotros hicimos lo mismo. Pronto aquel partido se convirtió en una extraordinaria organización de masa, aunque la mayor parte de sus líderes dejaran mucho que desear.

En su juventud, sobre todo, estaba lo mejor de Cuba, lo más sano, lo más patriótico, lo más desinteresado, por algo de ella saldría la inmensa mayoría de los asaltantes del cuartel  Moncada.

Para nadie es un secreto que aquel partido habría ganado las elecciones de 1952; por eso, el golpe de Estado del 10 de marzo de ese año que Batista orquestó contra el presidente Carlos Prío, estuvo dirigido también, en parte, contra los ortodoxos.

“Estas son las causas, familiares y políticas, de nuestra incorporación a la lucha, y , después del 10 mazo, a la lucha insurreccional. Estaban creadas las condiciones para que tomásemos ese camino desde el comienzo”.

     - ¿Cuál fue su reacción ante el golpe de Estado de Batista?

Cuando tiene lugar ese hecho, nosotros, esto es, varios de mis hermanos y yo, salimos en el automóvil de Gustavo desde el Salón H, en la Manzana de Gómez, hacia el Palacio Presidencial.

Allí estaban ya los tanques del ejército que fueron a ocuparlo. Después fuimos a la Universidad de La Habana, donde los estudiantes y otros grupos trataban de organizar la resistencia. Nada se pudo hacer. Tras el golpe se formaron dos corrientes en el Partido Ortodoxo: una, electoralista; otra, insurreccional.

Claro, tanto en una como en otra había diversos líderes y diversas tendencias. Juan Manuel hizo amistad personal con Fidel Castro y como nosotros estábamos dispuestos a seguir la vía insurreccional, ardíamos en deseos de que alguien se atreviera a ponernos en acción.

Recuerdo nuestra primera escaramuza antes del asalto al Moncada. La dirigió Gustavo, que había trabado contacto con un supuesto republicano español  asilado en Cuba que vendía diez ametralladoras, y, junto a otros compañeros, organizó una operación para comprarlas.

No había dinero ni mucho menos, y lo que se pensó fue en quitarle las armas por la fuerza. La compra se efectuaría un domingo, a eso de las ocho de la noche y tomaríamos algunas medidas de seguridad: varios compañeros nos situamos en distintos lugares para dar la voz de alarma en caso de movimientos sospechosos.

Cuando llegó al lugar convenido el supuesto español, nos percatamos de que lo escoltaban disimuladamente varios automóviles del Servicio de Inteligencia Militar. Todo el mundo se dispersó y por suerte o por ineptitud de las fuerzas represivas, no tuvimos que lamentar consecuencias mayores. Un poco asustados, permanecimos ocultos durante dos o tres días,  pero de ahí no pasó la cosa.

La segunda acción, de mayor envergadura, también se frustró. Estuvimos acuartelados públicamente en el famoso Parque de los Enamorados, cerca del Paseo del Prado, en La Habana. Éramos decenas de jóvenes, y lo mismo estaban haciendo muchos otros jóvenes en diversos lugares de la ciudad en aquel emocionante domingo de ilusiones.

Andábamos más locos que el Quijote: nos disponíamos a tomar Columbia, la fortaleza militar más poderosa del país, cantando el Himno Nacional. Una estampida de civiles con el doctor Rafael García Bárcenas al frente entraríamos por la puerta principal del campamento. No sé qué hubiera pasado si antes de la hora cero, la policía  no localiza al doctor Bárcenas, prestigioso profesor universitario, y lo hace prisionero.

     - ¿Qué hacía usted en el momento del asalto al Moncada?

Fue después del frustrado intento de tomar Columbia que comenzamos a entrenarnos en el manejo de las armas en la Universidad de La Habana. Yo iba con mi hermano Juan Manuel.

Recuerdo la primera vez que practicamos en el Salón de los Mártires. Acababa de llegar y me enseñaban el manejo de un Springfield cuando a un compañero se le escapó un tiro M-1 que pasó por encima de nuestras cabezas.

En ese tiempo conseguí trabajo como chofer y debía viajar con frecuencia al interior. Al regreso de uno de esos viajes, Juan Manuel me contó que había tenido una práctica de tiro real. Aquello me llamó la  atención y me percaté de que se preparaba algo más serio de lo que yo pensaba cuando acudíamos a la Universidad sólo para rastrillar en seco las armas.

No pude convencerlo de que me pusiera al corriente de lo que planeaba ni que me incluyera entre los participantes. Me dijo que yo había perdido algunos entrenamientos y que para la acción que se proyectaba había más hombres que armas.

Me dijo también que se trataba de una acción importante y que se acometería por cuenta del grupo insurreccional de Prado 109, donde radicaba la sede del Partido Ortodoxo. Se gestaba, por supuesto, el ataque al cuartel Moncada, y aunque yo no creo que Juan Manuel conociera el objetivo del plan, sí consistía en algo grande.

    - ¿Cuál era el estado de ánimo de Juan Manuel?

Él tenía un espíritu patriótico y apasionado, y por aquellos días lucia lleno de entusiasmo. Me hizo una demostración de uno de los ejercicios comandos que le enseñara un instructor. Ponía en una de las esquina de la habitación una escoba –como si fuera un fusil- y entonces se situaba dentro del cuarto y con el dedo índice apoyado en el piso daba diez o quince vueltas, se incorporaba y localizaba de inmediato el supuesto fusil.

Me gustó el ejercicio y lo practiqué. No era fácil: uno quedaba completamente mareado y salía a veces de cabeza, contra la pared. Logré hacerlo con nueve vueltas, pero ni así pude ablandarlo a fin de que me diera participación en lo que se preparaba. Lo conminé: "Bueno, si hay algo tú me avisas, ¿verdad?" Me respondió con una sonrisa afirmativa. Sus ojos estaban mirando muy lejos.

     - ¿Se lamentó de no haber acompañado a Juan Manuel en el Moncada?

Desde luego. Era el hermano más pequeño y con el que más afinidad tenía. Casi siempre andábamos juntos. Fue un golpe muy duro, muy doloroso cuando en la revista Bohemia, una semana después de los sucesos del Moncada, descubrí aquella foto en la que se veía el cadáver de Juan Manuel.

Pero lo más lamentable, lo que más dolía era pensar en cómo le diríamos a mamá que nuestro hermano había muerto. Juan Manuel era para ella la niña de sus ojos. Era alto, tenía los ojos verde claros, el pelo rubio un poco encrespado, la piel muy blanca: la vieja le decía mi americanito lindo.

Nunca a partir de ese hecho, hablamos de la muerte Juan Manuel entre nosotros; yo creo que hicimos una especie de pacto de silencio. Cada cual sabía lo que tenía que hacer: un compromiso como homenaje, un reconocimiento al hermano caído, la participación de todos nosotros en la lucha y hacerle saber a mamá que nunca la dejaríamos sola en su dolor.

Años a la deriva

Junto a combatientes del Ejército Rebelde. De izquierda a derecha, en primera fila: Ciro Frías, Ciro Redondo, Juventino Alarcón; segunda fila: Juan Almeida y Universo Sánchez (agachado); tercera fila: Fidel Castro y Celia Sánchez; cuarta fila: Camilo Cienfuegos y Raúl Castro; última fila: Efigenio Ameijeiras y otros rebeldes. Sierra Maestra, 1957. Foto: Libro "Camilo eternamente presente"/ Soldado de las Ideas.

     - ¿Cómo fue su vida entre el 26 de julio de 1953 y su salida al exilio en Costa Rica?

Desde el ataque al Moncada mi vida cambió totalmente. No había arreglo, no había marcha atrás, no habría ni siguiera una pausa en el enfrentamiento a la dictadura de Batista. Si me enteraba de alguna acción, participaba en ella aunque no me invitaran. Si me llamaban, me sentía feliz y contento; no me importaba el peligro.

Desde esos momentos puede decirse que yo fui un revolucionario profesional. Fueron años realmente difíciles. Hablo de 1953, 1954, 1955. Nuestro pequeño grupo crecía a veces y a veces se reducía. Se incorporaban nuevos compañeros, otros se marchaban; algunos se "rajaron" y otros murieron en la lucha.

Lo único que podíamos hacer era eso, luchar, enfrentarnos a la dictadura con las pocas armas de que disponíamos. Para conseguirlas, lo mismo asaltábamos una armería, que un local de tiro al blanco, que a la policía. También fabricábamos bombas y las hacíamos explotar de noche, en lugares apartados para evitar víctimas inocentes.

Durante esos años marchábamos un poco a la deriva. Fidel Castro y otros compañeros sufrían condena en el presidio de Isla de Pinos, pero la lucha no se detenía. Me vinculé a los estudiantes de la Universidad de La Habana a través de Manolito Carbonell, un líder de la Federación Estudiantil Universitaria. Se organizó la propaganda a través del periódico Alma Mater y estuve colaborando en esa tarea durante bastante tiempo, pero la situación se hacía cada vez más difícil.

     - ¿Nunca sospecharon de usted los cuerpos represivos?

La policía batistiana cobró conciencia de nuestras actividades y se las arregló para colarnos un chivato en el grupo. Un domingo aciago nos emboscaron en el Wajay, un pueblo cercano a La Habana, y nos mantuvieron maniatados, durante más de 14 horas, en un camión cerrado que estacionaron en el Bosque de La Habana.

Paralelamente simularon un tiroteo en el edificio donde vivíamos, en el reparto Martí, con la intención de hacer creer que habíamos perecido luego de escapar del apartamento. Nos habían ocupado varias armas y descubrieron el plan de un atentado contra el coronel Orlando Piedra, jefe del Buró de Investigaciones. Fueron 14 horas muy angustiosas, y nos salvamos de ser asesinados por una oportuna coyuntura política: el clima que propició en el país el regreso del ex presidente Prío. Nos enviaron a la cárcel, por suerte.

No nos favoreció la ley de amnistía de 1955 por la que Fidel y sus compañeros fueron puestos en libertad y por la que tanto había luchado mi hermano Gustavo, pero un tiempo después quedé en libertad provisional.

Ya Fidel había partido al exilio y yo seguí vinculado a la Universidad y a lo que quedaba de nuestro grupo. Viví en un clandestinaje total hasta que estuve a punto de caer preso frente a la Embajada de Haití. Había ido a buscar unas armas y escapé refugiándome en esa sede diplomática.

Como ya Fidel concentraba en México el grupo de futuros expedicionarios del yate Granma, pensé que lo mejor sería aprovechar mi estancia en la embajada y salir del país como exiliado. Haití no concedía visas a asilados políticos, pero la gestionaba en otros países, y así yo viajé hacia San José de Costa Rica, donde pasé un millón de vicisitudes en mi intento de llegar a México. Cuando por fin pude hacerlo, ya el Granma estaba a punto de zarpar… Si me demoro un poquito más hubiera tenido que tirarme al agua para alcanzarlo.

Con Fidel en las buenas y en las malas

- ¿Cómo conoció personalmente a Fidel Castro? ¿Qué impresión le causó entonces?

Antes del golpe de Estado de Batista, escuché por radio las denuncias de Fidel sobre los crímenes que cometían los grupos de pandilleros que pululaban a la sombra del gobierno del presidente Carlos Prío. Me pareció una actitud muy valiente ya que, sin duda, se exponía, a un peligro grande con aquellas denuncias.

Después del golpe de Estado, lo vi en el Parque Central durante una manifestación estudiantil. Una mujer, en encendida arenga, dijo que Fidel era el líder que comenzaría la lucha insurreccional. Juan Manuel me lo presentó un día en Prado 109. Sostuvimos un diálogo breve que fue para mí una forma muy sencilla de entrar en una historia muy grande. Después, todos son hechos: desde el Granma, hasta Playa Girón, desde la crisis de los cohetes hasta la lucha internacionalista…

    - ¿Cuál o cuáles de sus características personales le llaman más la atención a usted?

¿Qué puedo decir yo acerca de Fidel que no se sepa? ¿Dónde brilla más? ¿En lo militar? ¿En lo político? ¿En lo social? Creo que en todo, pero indudablemente es un político nato.

No sé, no quiero hacer comparaciones, pero no conozco a nadie que lo supere. Nosotros hemos estado juntos en las buenas y en las malas, y creo que siempre ha sido el mismo: él vive la historia a plenitud. Es verdad que sabe hacer bien las cosas, ¡pero también tiene una suerte del carajo!

     - ¿Podría mencionar sus momentos más duros en los 25 meses de guerra, y los más felices?

Los quince días subsiguientes al bombardeo por parte de la aviación de la dictadura del Pico Caracas, en la Sierra Maestra, fueron los más duros de la guerra. Un día capturé un caballo que me sirvió de compañero y de montura durante un buen trayecto, y luego lo vi caer descuartizado bajo el cuchillo “tenebroso” del capitán Fajardo.

Sentí pena, se me hizo un nudo en la garganta, pero nos comimos aquel caballo. Después nos acostumbraríamos a comernos esos buenos animalitos. Nunca pudimos acostumbrarnos, sin embargo, a saber a un compañero herido y verlo morir lentamente, sin poder evitarlo. Encima de eso, llegó la noticia  de la desaparición de mi hermano Gustavo: debió haberla pasado muy mal en los calabozos de la dictadura hasta que arrojaron su cuerpo al mar.

Un día feliz fue cuando me ascendieron a capitán, después del combate del Uvero. El día más trágico fue el de la noticia de la muerte de mi hermano Machaco, en La Habana, con sus dos compañeros acorralados por un centenar de policías.

En esos momentos salía con mi tropa para el combate de Imías. Lo más doloroso de su muerte era que ya los días del régimen estaban contados; Imías fue la catarsis que me hizo olvidar el dolor. Después de aquella victoria impresionante me dije: La guerra se está acabando; me voy a cuidar. Pero, cuando llegaba la hora, el deber estaba por encima de todo.

  - ¿Qué anécdota de la guerra le gustaría recordar ahora?

Dos combates: Ermita y Soledad.

En Ermita, íbamos al seguro. Algunos soldados y el jefe del cuartel de esa localidad estaban al habla con nosotros, pero una patrulla de rebelde comandos  que nada sabía del asunto se metió en el pueblecito y los mató cuando jugaban un partido de dominó.

Tuvimos que atacar de todas formas, porque nuestra misión  estaba en dependencia de las acciones de otras columnas que habían comenzado ya. Los soldados enemigos, creyéndonos culpables de la muerte de su jefe, pelearon de una manera salvaje. Nunca vi un combate en que se nos opusieran tanta resistencia.

A sangre y fuego pudimos conquistar una buena posición desde donde incendiamos el cuartel y el fuego devoró aquel caserón de madera hasta desplomarlo, pero ellos continuaron  peleando en los refugios encarnizadamente y fue imposible vencerlos.

La retirada fue muy dolorosa, una mañana muy triste. Nos quedamos sin municiones, enterramos a nuestros muertos y fuimos para el combate de Soledad al día siguiente: había fusiles que no contaban ni con diez cartuchos. Se puede decir que en Soledad peleamos con la boca y la inteligencia. Nos jugamos el todo por el todo y el premio fue una importantísima victoria.

     - ¿Sintió en alguna ocasión que la causa de la Sierra no triunfaría? ¿Conoció durante la guerra momentos de hondo desaliento y desesperación?

Durante los quince días terribles que siguieron al bombardeo del Pico Caraca, el enemigo estuvo a punto de acabar con la guerrilla en varias ocasiones. Un traidor se había infiltrado en nuestras filas y el ejército batistiano conocía cuántos éramos, las pocas armas de que disponíamos, la carencia de municiones, nuestros movimientos.

Sin embargo, en aquellos momentos se realizó una de las maniobras más audaces y de más importancia política de toda la guerra. Fidel evadió el cerco y nos encaminó hacía el llano, el lugar más peligroso y al que nadie podía pensar que llegaríamos. Allí tuvo lugar la famosa entrevista con el periodista norteamericano Herbert L. Matthews, de The New York Times. Allí  también pudimos descubrir al traidor y lo fusilamos. Sacarnos esa espina, y la llegada del refuerzo de hombres y armas que envió Frank País desde Santiago de Cuba, evitaron el desastre. Nunca más la guerrilla estuvo en baja.

     - Los cubanos en sentido general, consideramos a los hermanos Ameijeiras entre los hombres más valientes de Cuba. ¿Ha sentido usted miedo alguna vez?

¡Coño! Todos los periodistas me hacen esa pregunta. Es la más fácil de contestar. Sí, tengo miedo a cruzar los mares. Considero aquellos hombres que venían con Colón como los más valientes del mundo. Mi miedo al mar proviene del día en que vi una ballena cerca del cayo de Juan Claro. Yo tenía cuatro años de edad.

He conocido muchos hombres valientes hasta la temeridad y los he visto asustarse, a veces, hasta por una rana. Un extraordinario compañero, de valor espartano en la Sierra, se moría de miedo en el Hospital Naval cuando la enfermera se disponía a inyectarlo: nadie podía hacerlo; se ponía como una piedra y las agujas se jorobaban o se partían…

Mi hermano Machaco estaba entre los hombres más valientes que he visto No creo que exista hombre que no haya sentido miedo. Lo que pasa es que, desde niños, algunos se inclinan a la audacia, y es la escuela del peligro la que lo gradúa a uno de hombre. Con ese aprendizaje y la justicia de nuestra parte, se llega a ser el hombre que uno quiere.

Fue duro verme destituido

Principales jefes de la Columna 6 Frank País. De izquierda a derecha: capitán Efigenio Ameijeiras Delgado, capitán Félix Pena Díaz, comandante Raúl Castro Ruz, teniente Manuel Piñeiro Losada, capitán Ciro Frías Cabrera y capitán Ernesto Casilla Palenzuela. En primer plano, teniente Arturo Lince González, teniente Armando Torres Mesones, capitán Demetrio Monsetny Vaca, «Villa», y capitán Reinerio Jiménez Lage.
Foto: Juventud Rebelde.

- ¿Cómo se enteró usted de la fuga de Batista? ¿Qué sintió al enterarse de que la Revolución había triunfado?

Aquel amanecer del primero de enero de 1959 nos enteramos por radio de la fuga del dictador. El comandante Raúl Castro se encontraba en mi zona de operaciones preparando al ataque a la ciudad de Guantánamo, y, antes esa noticia, tuvo que ir a entrevistarse con Fidel.

Me dijo que tratara de tomar Guantánamo sin derramar sangre, de modo que la euforia que nos produjo la noticia se disipó, muy pronto. Inmediatamente me informaron que un explorador nuestro había sido herido de bala por el enemigo. Se me hacía agua el cerebro pensando de qué forma podría tomar aquella ciudad, defendida por todo un regimiento, sin que costara una gota de sangre… Bueno la operación duro toda la noche, hasta la madrugada, es una historia muy larga para relatarla.

En síntesis, le hablaré del instante  más dramático. Yo estaba bajo los cañones de un nido de ametralladoras. El jefe enemigo se negaba a entregar la guarnición. Tenía todos mis hombres a la puerta del cuartel y la calle llena de civiles.

¿Qué hacer? Miré a mis compañeros. Observé el nido de ametralladoras enemigas y reparé en la actitud hosca de aquellos soldados y en la inferioridad de mi posición. Ordené al capitán Carbó: “Apúntale con la 50”, y me dispuse a cruzar el Rubicón, grité: “¡Adelante!”, y casi cerré los ojos en espera del estampido de la balas. No pasó nada. Desarmamos a los soldados en lo que canta un gallo. La Revolución había triunfado el primero de enero, pero aquella madrugada del día dos fue para mí la más grande.

     - Usted tuvo una participación muy destacada en los combates de Playa Girón y le cupo el honor de conducir el primer grupo de cubanos que salió de la Isla con una misión internacionalista de carácter  militar. Más tarde,  estuvo en Angola. ¿Cómo valora ahora esas tres experiencias?

- La Revolución salió airosa de la invasión de Bahía de Cochinos. Los combates de Playa Girón demostraron al mundo y, sobre todo, a América Latina que ya había pasado el tiempo en que Estados Unidos, con solo hacer avanzar una bandada de soldados mercenarios, podía derribar a cualquier gobierno latinoamericano.

Todavía la historia y la ciencia militar no han valorado con justeza la rapidez con que se logró esa victoria: en menos de 72 horas se destruyó aquella brigada que disponía de cañones y tanques de guerra y era apoyada por más de treinta aviones. Costó mucha sangre.

Desde el comienzo se tomó la determinación de no dejar dormir a los mercenarios: era necesario acabar con ellos cuanto antes a fin de evitar un peligro mayor: la intervención directa de las fuerzas norteamericanas que estaban en los alrededores del teatro de operaciones prestándole apoyo.

La unidad de combate de la Policía Nacional Revolucionaria que yo comandaba fue la que más bajas tuvo y la que libró uno de los más sangrientos combates, en Playa Girón.

Recientemente se cumplieron 25 años del conflicto entre Argelia y Marruecos de noviembre de 1963. A petición del gobierno argelino, Cuba le prestó entonces una ayuda rápida y decisiva. Era la primera  vez que una gran unidad de combate, con toda la técnica y sus hombres, salía de nuestro país  a ponerse al lado de una causa justa. Mandar aquella unidad fue para mí uno de mis más grandes honores.

En 1984, la UNITA anunció que tomaría Luena, capital de Moxico, en el sureste de Angola.  Estuve por aquellos lugares un par de años. Entre combate y escaramuzas, nunca pensé que el enemigo pudiese tomar la ciudad. Sólo opinaba que si se atrevía a atacarla a fondo se quedaría sin ejército.

El día que se valore imparcialmente lo que significa la ayuda internacionalista para la libertad de un pueblo, para la paz, para la democracia, mucha gente quedará asombrada del desinterés y el sacrificio de Cuba, sobre todo en la lucha contra esa política cavernícola del apartheid”.

     - ¿Cómo conceptúa usted su gestión al frente de la Policía Nacional Revolucionaria? ¿Qué causas determinaron su salida de la vida militar? ¿Cómo se readaptó de nuevo al ejército?

Fue muy complejo hacerme cargo, al triunfo de la Revolución de la Policía Nacional Revolucionaria, no sólo por la lucha que se imponía contra los remanentes de la tiranía, sino también por cuestiones intestinas; rivalidades y ambiciones de gente que pretendían dividir a los combatientes de la ciudad y de la Sierra.

Encima de eso, no contábamos entonces con tribunales populares ni con Comités de Defensa de la Revolución. A los enemigos y a los divisionistas, sin embargo, los mantuvimos a raya porque éramos una policía popular. Se crearon las patrullas juveniles, nos enfrentamos a la contrarrevolución en la ciudad y en el campo y en Playa Girón. Cometimos errores circunstanciales… llegamos a creernos que en corto tiempo podríamos disolver la policía. Conceptualmente, creo que pude haberlo hecho mejor, pero cumplí con los medios a mi alcance.

Posteriormente pasé al Ejercito. Fue muy duro un día, de pronto, verme destituido de mi alto grado militar y de mis tareas políticas. No hubo ninguna causa de principio, sólo errores personales.

Nunca traté de buscar justificaciones.

Quedé como al comienzo, de soldado, pero un soldado de la Revolución trabaja donde quiera y vive como sea.

Dirigí un plan de cítricos en las montañas del Escambray. Allí me sentí como el guerrillero de antaño. No sé si hice bien, el tiempo tiene mala memoria. Me gusta la literatura, tenía muy bajo nivel  cultural, pero hice un esfuerzo y terminé una carrera universitaria. Después pasé a trabajar en la construcción de un hospital maravilloso.

No le voy decir que todo fue fácil, pero estaba la familia, los amigos y los compañeros, mucha gente que sintió mi destitución más que yo mismo. Y, claro,   hubo también compañeros que no tuvieron confianza en mí. Todo salió bien, sin embargo. Siempre mantuve con el Ejército; siempre tuve un pie a punto de salir a cualquier misión.

Ahora en las Fuerzas Armadas Revolucionarias me siento como un pez en el agua. Impulsamos a todo tren la doctrina militar de la guerra de todo el pueblo, una vieja concepción que seguía dando tumbos entre la teoría y la práctica.

     - El hospital Hermanos Ameijeiras es un orgullo para todos los cubanos. ¿Qué siente usted al verlo?

- Siempre supe que se trataba de una obra que trascendería por el cuidado que se puso en su construcción, la belleza del proyecto, la selección de los materiales que se emplearon, su equipamiento. Estaba seguro de que se convertiría en un símbolo de la Revolución. Después de inaugurado, todo el mundo dijo que aquello no parecía un hospital, sino un hotel de lujo.

Hubo momentos en que parecía que la obra no se terminaba nunca. Trabajé allí durante 12 años. El día de la inauguración, Fidel, con emotivas palabras, explicó por qué el hospital llevaría el nombre de mis hermanos: me hizo sentir de nuevo como en la Sierra  Maestra. Uno pasa por allí y mira desde el Malecón ese edificio imponente; se da cuenta de que es un monumento a la vida”.

Claves para el escritor

     - Usted ha publicado dos libros de testimonio y también textos de ficción  y páginas para niños. Ahora tiene un libro de poemas en proceso editorial. ¿Cómo nació esa faceta de escritor?   

- Le hablé de mi afición por la literatura. Dónde nació, no es fácil  de explicar. Mi madre escribía una novela que no concluyó nunca… Martí influyó en mi quehacer revolucionario y también en este otro. Como es natural, Martí esta siempre en todo a pesar del corto tiempo que vivió, 42 años.

En mi libro de poemas hay uno dedicado a Martí. Tenía que ser uno de los mejores, a mi pobre entender. Recuerdo el verso inicial. Dice: "Nadie amó tanto en tan poco tiempo". Cuando se logra un verso como ese –lindo, ¿verdad?- ya está hecho todo el poema… lo que más influyó en mi arrancada como escritor es aquel libro que el Che título Pasajes de la guarra revolucionaria. Pero es lógico que otros autores hayan influido, así como hechos ajenos a la literatura. Son tantas las gotas de agua que uno no sabe bien cómo se llenó la vasija.

     -Qué piensa usted del escritor Efigenio Ameijeiras? ¿Qué cree haber logrado con sus libros? ¿Qué le falta por alcanzar?

     - Lo que pienso de mi futuro es muy bonito y está por escribir. No creo haber logrado nada del otro mundo, pero sí lo principal, comenzar  a aprender el oficio. Me digo: qué cosa más rara eso de escribir primero y aprender el oficio después; eso quiere decir que se puede invertir los tiempos, pero no puede dejarse nada al azar. El que no fue a la escuela, por muy autodidacta que sea, siempre pasa más trabajo. Lo mejor debo alcanzarlo. Hay en mi camino charquitos de agua que debo saltar para no mojarme los pies.

     -Por lo que he oído decir su poesía está fuertemente influida por la de Neruda. ¿Es cierto o son otros sus modelos?

- Eso lo dijo el periodista Enrique de la Osa. Respecto a su opinión, no deja de ser un elogio. Neruda es un poeta grande y abarcador. Hay quizás en mi poesía giros y reminiscencias que pueden hacer que el lector recuerde al poeta chileno… figúrese, con las mismas palabras llevamos siglos haciendo millones de poemas.

Puedo decirle particularmente que si cuando escribo siento que si lo que hice se parece a algo ya escrito, lo tacho. Si quiere una clave para encontrarme, búsqueme en el medio de las antípodas de Whitman y Lezama Lima, pero búsqueme con cuidado, siempre por la orilla del Malecón, por la semilla de la calabaza, por los canisteles, entre las palmas y las ceibas… Búsqueme por ahí, no importa que no me encuentre porque yo también ando todavía buscándome.

     -El hombre duro que es usted, el combatiente de muchas batallas dentro y fuera de Cuba, ¿no siente un poco de vergüenza ante el hombre que escribe poemas de amor y vuelca su intimidad al margen de sus deberes militares?  

- Si desde niño he pasado la vida aprendiéndome de memoria los poemas de otros para mi disfrute espiritual, ¿cómo he de sentir vergüenza cuando logro hacer poemas? No, cuando creo mis versos soy el hombre más feliz. Un día en Saurino, en Angola, tuvimos que rescatar a varios compañeros. Algunos estaban heridos, otros, muertos. Ese día escribí un poema al Che. En Wako Kungo, también en Angola, durante una larga y silenciosa espera –no se escuchaba ni un disparo enemigo- dediqué un poema a mi mujer.

     -Hace poco usted le dijo a un amigo común que más que jefe de la policía le hubiera gustado ser jefe  de la poesía. Sin embargo, usted es un experto en cuestiones técnicas militares. ¿Cómo se concilian en usted el militar y el escritor?  

- Hay algunos militares de academia que no entienden la doctrina de la guerra de todo el pueblo, así como también hay algunos que no gustan de la poesía. Quizás el militar que le guste la poesía comprende mejor la guerra de todo el pueblo.

Está claro que la poesía va más allá de nuestro amor y crea la belleza, esa "hambre" de la habló Onelio Jorge Cardoso, nuestro cuentero mayor. La policía es buena para reprimir lo malo o, en el mejor de los casos, el militar no está reñido con el escritor.

No es mi culpa que ambos luchen por vivir. Seguirán conmigo hasta el final, y, desde luego, en la última fase ganará el escritor, ya que un miliar sin ejército no puede ganar una batalla y el escritor no requiere de un ejército  para ganar sus combates. Por algo es un oficio solitario que en mí nació del combatiente.

     - ¿Hay más libros en proyecto?

Trabajo a intervalos en un libro de poemas de amor y en otro de testimonio sobre la Sierra Maestra que continuaría el que titulé 1956, un año tremendo. Me interesa la novela. Hace tiempo que tengo una en proyecto y por ahí andan apuntes y guiones. ¿Le pasará lo mismo que a la novela de mi madre? Sería una  pérdida. Una novela debe ser como una vida completa; ésta.

Yo no sé cómo será. A veces he pensado en acometerla de lleno, pero el corazón, que no razona, que tiene la fuerza del instinto, me aconseja que espere. Un amigo que conoce mis inquietudes, me dijo: "Con lo que tú ya sabe y las vivencias que tienes, ¿por qué no te dedicas de lleno a la literatura?" Le respondí: ¿Cómo tú quieres que abandone lo que me dio la vida?" Siempre que puedo le hago caso a mi corazón. No se trata solamente de ganar la guerra. ¿Y si ganamos la paz, sin vencedores ni vencidos? ¡Quién mejor que un guerrero para hablar de paz!  ¡Qué importa que otro escriba mi novela!

(Entrevista realizada por el autor en 1988)

Se han publicado 21 comentarios



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  • aapc dijo:

    Excelente trabajo sobre un héroe de nuestra revolución donde lo vemos como el ser humano que es, con sus virtudes y errores, pero sobre todo fiel a la revolución a su pueblo. FIDELIDAD es su legado y enseñanza.

  • TJ dijo:

    No es posible que esta tremenda entrevista a este gran hombre se quede sin comentarios.
    Una hermosa historia de vida y amor, de lucha y sacrificios, de revolución, de pasado, de presente y de futuro.
    No descansarás en paz porque seguirás abriendo caminos de ejemplo para todos los verdaderos revolucionarios.

  • Nicoa dijo:

    Pero no dice porque fue destituido? Su hermano Machaco protagonizo una de las acciones mas valientes durante la lucha contra Batista.

    • leonel dijo:

      Lo mas importante no es saber las razones por las que un dia fue destituido. Su lealtad a la Revolución , el Comandante en Jefe y a Raul es lo digno de admirar y respetar.

    • Caridad Miranda Martínez dijo:

      Muy buena entrevista . Una interesante aproximación a la vida de este héroe de incontables batallas, que permanecerá en el recuerdo de quienes aprendimos a admirarlo y a quererlo.

    • Kangamba dijo:

      Todas las personas cometemos errores en la vida y en el caso del General Efigenio vemos sus grandes méritos antes y después del triunfo de enero,las causas de su destitución creo no sean importantes señalar ,su grandeza está en los años dé superación, trabajo y lealtad a la Revolución y su líder

  • El Catalán dijo:

    Extraordinaria entrevista. Gloria eterna Comandante Efigenio. !!!

  • Inconforme dijo:

    Una familia de coj...udos.

    • Guille dijo:

      Así mismo, compay. Tenían los verocos forrados de acero.

  • Yoli dijo:

    Hacen falta mas escritos como este, de todos nuestros heroes. Sin miedos!

  • Doris dijo:

    Que hombre grandioso!!! me encantó esta frase...¨No se trata solamente de ganar la guerra. ¿Y si ganamos la paz, sin vencedores ni vencidos? ¨
    Gracias Bianchi por compartir esta historia, me gustaría tanto leer sus poemas, donde encontrarlos?

  • Eric dijo:

    El es de esos héroes de verdad, de los que lo mismo se batieron contra una columna enemiga armada hasta los dientes, que en Girón, que al frente de la Policiía nacional Revolucionaria, que se sentaba y echaba cuatro c... y jugaba una tremenda partida de dominó y cuantas cubanías más...a esos si se aspira a llegar pues son reales. Si puedes descansa en paz, sino, continúa alumbrándonos el camino junto al gigante.

  • Eduardo González S. dijo:

    Hace más de treinta años lei un texto de Efigenio publicado en Juventud Rebelde (?), titulado El Ciervo y debo decir que me asombró la prosa limpia del autor. No había lados flacos, tampoco vi ni un adjetivo innecesario o mal empleado. Siempre estuve esperando lo que saldría de su pluma pero debo ser mal buscador pues no supe de sus dos libros. Razón mayor para encontrarlos ahora. No pido paz para su descanso: estoy seguro que no le gustaría.

  • lou dijo:

    Excelente trabajo trabajo Ciro, Ameijeiras un hombre bravo y de oficio tierno

  • Julito Torres dijo:

    Gloria eterna al Comandante Efigenio!!!

  • mili dijo:

    Gracias Ciro, excelente entrevista, la historia la escriben los hombres con sus virtudes y sus defectos, y se miden por las veces que son capaces de leventarse y seguir combatiendo, y no por las que se caen. Es un digno ejemplo de revolucionario.

  • Mamayí dijo:

    Coincido con usted inconforme, por lo demás un ser humano como todos que cometemos errores, pero lo que si esta claro que fue un hijo valiente de Cuba: Hasta siempre Comandante. La patria lo despide orgullosa.

  • mau dijo:

    EXCELENTE TRABAJO.UNA CLASE DE HISTORIA DE CUBA SIN LUGAR A DUDAS. LASTIMA QUE TANTO CORAJE SE VIERA EMPAÑADO CON ALGO QUE PROPICIO SU DESTITUCIÓN. ALGO QUE NO SE DIJO EN LA ENTREVISTA, UN CABO SUELTO PERO QUE ME PONE A PENSAR TREMENDO ERROR PERSONAL .

  • LOR dijo:

    Un hombre de Verdad

  • oli@ dijo:

    Evidentemente, fue un gran hombre. Un guerrero, no conoc'ia al poeta que hab'ia en 'el.
    Ahora lo admiro aun m'as.

  • El holguinero dijo:

    La familia Almeijeira fue comparada como la de Maceo-Grajales ,cubanos de pura cepa , con errores y muchas virtudes. Fueron hombres que hicieron mas rica nuestra historia y vivieron fieles a nuestros principios revolucionarios . Para todos nosotros es ejemplo a seguir y educar a nuestros hijos, todos los maestros deben de enseñas a los alumnos la rica historia de esta familia y de otras que dieron todo hasta su vida por lo que ahora disfrutamos. Por estas personas es que nos complace y honra de ser cubano

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Ciro Bianchi Ross

Ciro Bianchi Ross

Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual.

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