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De Roberto Rodríguez al Vaquerito, en el aniversario 60 de su caída en combate

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Roberto (Vaquerito) Rodríguez Fernández, jefe del Pelotón Suicida en campaña. (Fotocopia: Luis Machado)

Casi todos los poetas moronenses han dedicado algún que otro verso a la legendaria figura de un hombre que, de la noche a la mañana, se convirtió en héroe. Uno de esos poetas, el desaparecido decimista Evenelio Rodríguez, escribió una pequeña cuarteta que resume la estirpe histórica de este joven que llegó a la Sierra Maestra con el nombre de Roberto y luego se perdió en los predios de la eternidad con el seudónimo de El Vaquerito:

Algunas veces te vi / en este parque sentado

como esperando un recado / de los labios de Martí.

Y el recado llegó a sus oídos como un susurro esperanzador: ya era hora de cambiar el curso de la historia, y entonces Roberto Rodríguez, el niño campesino de Los Hondones, el adolescente de las calles de Morón, fiel al recado de Martí, se fue para las montañas y se convirtió en El Vaquerito, capitán del valor, como diría otro poeta moronense, jefe del Pelotón Suicida. Así surgió para la posteridad uno de los héroes más valientes y temerarios de la última contienda redentora.

Su maestro en la montaña, el Che; su jefe, Fidel; su confidente, Celia; sus amigos, un pelotón de soñadores; su alter ego, Maceo; su amor, una muchacha hermosa de verdeolivo; sus nostalgias, María, su madre, quien no sabía que El Vaquerito legendario de la Sierra era su hijo Roberto. Con todas esas piezas que conformaron el gran rompecabezas de su personalidad, llegó el héroe al ocaso de la vida.  “Una mañana fría presintió –escribí hace años para una canción- que la muerte ya lo andaba buscando / y el joven caballero prosiguió, con su glorioso garand disparando, y cayó…”

Cayó en una azotea situada frente a la Estación de Policía de Santa Clara, allí se nos hizo eterno, imprescindible. Aquella bala que ya hace 60 años atravesó su cabeza, lo inundó de vida, hizo que de su pecho nacieran cien hombres.

Roberto Rodríguez, no habría descubierto al Vaquerito sin una montaña con una ladera verde y suave, donde nacer y aprender a amar a los patriotas de antaño, que fue Los Hondones; una ciudad donde aprender a buscarse la vida haciendo malabares contra la miseria, que fue Morón; otra montaña alta y escarpada, con un pico que es una leyenda entre las nubes, donde pudiera nacer un héroe, que fue la Sierra Maestra; y otra ciudad donde morir como el más valiente de los guerrilleros e ir a habitar el infinito, que fue Santa Clara.

Roberto Rodríguez no habría descubierto al Vaquerito si no hubiera existido un Fidel, cual timonel de una nave de ensueños que viaja a través de los vericuetos de la dignidad.

A 60 años, Roberto Rodríguez y El Vaquerito se han fundido  en un monumento de una sola pieza, la dimensión ideológica de ambos se ha convertido en un altar donde los jóvenes cubanos cantan el himno de la patria. Si no hubieran muerto la víspera del triunfo, habrían muerto en el Congo, o en Viet Nam, o en Angola, o en Bolivia… y si la muerte los hubiera respetado hasta las últimas consecuencias, ahora estarían celebrando este nuevo aniversario del triunfo de la Revolución rodeado de nietos que le estarían diciendo: “¡abuelo, cuéntenos esto, cuéntenos lo otro…”, y Roberto Rodríguez, el abuelo dicharachero, les haría un manojo de anécdotas de cuando era un niño campesino; les hablaría de Francisco Baeza Sardá, su único maestro; de cuando se fue a vivir para Morón y fue boxeador, vendedor de perfumes, tipógrafo de una imprenta, bodeguero, repartidor de propagandas de una adivina nombrada Madame Sonia; les contaría sus aventuras a través de la Sierra en busca de los rebeldes…

El Vaquerito, el abuelo héroe, les relataría cuando Celia Sánchez lo bautizó con ese epíteto histórico; les hablaría de sus misiones como mensajero de Fidel, soldado, invasor del Che, teniente jefe de una escuadra, capitán jefe de un pelotón suicida; les contaría sobre la batalla de Santa Clara, la estación de policía, su juego con la muerte, una bala de M-1, la inmortalidad, su escultura diseminada y sus vivencias narradas en un libro…

Roberto Rodríguez antes de llegar a la Sierra Maestra. Foto: Cortesía del autor.

Ofrenda privada al Vaquerito

Vine a poner una flor
a la hora de tu muerte
bajo tu figura inerte,
metálica, de valor.
Vine a poner una flor
solitario, sin testigo
para conversar contigo
y darte un abrazo humano
de compañero, de hermano,
de confidente, de amigo.

A la hora de tu muerte
metálica, de valor
vine a poner una flor
bajo tu figura inerte.
A la hora de tu muerte
pensé en tu recia armadura
de Quijote en la espesura
de un monte que se hizo luz,
pensé en tus sueños y en tus
elogios a la locura.

Bajo tu figura inerte
metálica, de valor
vine a poner una flor
a la hora de tu muerte.
Bajo tu figura inerte
besé tu garand, lloré
maldije la bala que
hirió a cien hombres de fuego
que se convirtieron luego
en los cien hombres del Che.

Metálica, de valor
bajo tu figura inerte
a la hora de tu muerte
vine a poner una flor.
Metálica, de valor
fue tu estirpe de mambí
de aventurero… y aquí
entre estas lozas de mármol
creces como un viejo árbol
que un día sembró Martí.

Se han publicado 6 comentarios



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  • Miguel Ortega dijo:

    El Vaquerito, Roberto Rodríguez, “MOTICA”, me parece estarlo viendo frente a la Viña de Aragón, con los anuncios de Madam Sonia bajo el brazo, guayabera de hilo impecable, bantalon “corte tubo”…. esta es una parte de la historia, la otra, la otra es la que todos hoy conocemos, historia que se escribe con Revolución…..un joven, campesino, sin fututo se convierte en historia, en pasado, presente y futuro, yo lo conocí antes, conocía a Motica, nunca fui su amigo, ni su cercano, era solo Motica, !!!!Gracias Revolución, quizás otros muchos Moticas salvaste, nos das héroes y hombres dignos, donde hubo Motica hoy hay Vaquerito, gracias pequeño de estatura Evenelio, grande como poeta improvisador, me hace recordar mi infancia en Edén, su esposa y su familia, “Los Brito”……, me gustaría verlos de nuevo, Evita, mi ahijada que nunca más bien, la vida nos llevó por diferentes caminos, entonces yo era “PAPITO”…..el hijo de la Gorda, los recuerdo a todos en Edén, felicidades a todos desde la Habana, Larry, que diferencia entre tu libro y este relato……

  • ak 47 dijo:

    … el ´ vaquerito´ orgullo de los moronenses…que diria este valiente hombre.. si viera la moron.. hoy. !!!!

  • Corona dijo:

    Bonito ese fragmento ( resumen) sobre Roberto Rodriguez ( El Vaquerito).
    Bonito tambiėn el comentario del forista Miguel Ortega.

  • senelio ceballos dijo:

    Gracias autor LARRY Por su articulo recordatorio..En una etapa de mi vida vivi en S.Clara y cada vez que tenia tiempo llevaba a mis hijos en EXCURSIONES junto a otros chiquillos del barrio a la loma del CAPIRO y a la plaza frente al iglesia…..ESCUELA EL VAQUERITO…hoy , antes era la estacion de policia de S. Clara……Donde ese bravo camagueyano murio…El guajiro de MORON

  • gladys regina dijo:

    Ahora tengo la oportunidad de agradecer a Larry Morales por su libro,tambien por este articulo.
    Lei el libro hace muchisimos años,posiblemente cuando se publico por primera vez,lo guardo con mucho celo y lo recomiendo a quienes en ocasiones han hablado del tema de la guerra.
    Me gustaria algun dia entrevistaran a los miembros del peloton suicida ,es importante para nuestra historia con voz propia saber las anecdotas contadas por sus protagonistas,como hemos estado viendo las de las Marianas,etc.

  • gladys regina dijo:

    Ahora tengo la oportunidad de agradecer a Larry Morales por su libro,tambien por este articulo.
    Lei el libro hace muchisimos años,posiblemente cuando se publico por primera vez,lo guardo con mucho celo y lo recomiendo a quienes en ocasiones han hablado del tema de la guerra.
    Me gustaria algun dia entrevistaran a los miembros del peloton suicida ,es importante para nuestra historia con voz propia saber las anecdotas contadas por sus protagonistas,como hemos estado viendo las de las Marianas,entre otras.

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