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Antonio Maceo: Análisis caracterológico

En este artículo: Antonio Maceo, Cuba, Historia
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Maceo en el trazo y el pulso de Francisco Oller. En el borde inferior izquierdo aparece la dedicatoria en español: “Al Dr. Betances. F. Oller. 1896”. El pie de imagen en la revista L’Illustration es simple y redondo: “Le dernier portrait de Macéo. Crayon communiqué par le Dr. Bétancès”. Lo que significa, en buen castellano: “El último retrato de Maceo. Crayón remitido por el Dr. Betances”.  Foto: Cortesía de los autores.

Maceo en el trazo y el pulso de Francisco Oller. En el borde inferior izquierdo aparece la dedicatoria en español: “Al Dr. Betances. F. Oller. 1896”. El pie de imagen en la revista L’Illustration es simple y redondo: “Le dernier portrait de Macéo. Crayon communiqué par le Dr. Bétancès”. Lo que significa, en buen castellano: “El último retrato de Maceo. Crayón remitido por el Dr. Betances”. Foto: Cortesía de los autores.

Por Raúl Roa Kourí, especial para Cubadebate

Hace setenta y cinco años, en 1936, y a medio siglo de la caída en combate del Lugarteniente General Antonio Maceo, dio a la estampa Leonardo Griñán Peralta -destacado intelectual y profesor universitario, oriundo de Santiago de Cuba- su libro “Antonio Maceo: análisis caracterológico”.

El Instituto del Libro y la santiaguera Editorial Oriente, lo entregan hoy de nuevo a nuestro pueblo, en el marco de la jornada maceista, como una positiva contribución al estudio de quien fuera, sin duda, junto a Máximo Gómez, el   adalid más temido por los colonialistas españoles en las guerras por la independencia del siglo diecinueve.

Olga Portuondo Zúñiga, en su lúcido y penetrante introito, considera que el texto de Griñán es “de un extraordinario valor como lección de ética cubana. El joven abogado mulato, masón y miembro del Club Aponte –recibió la educación propia del más o menos acomodado grupo social santiaguero a que pertenecía–, acorazado de riguroso virtuosismo moral, y en virtud de su inteligencia, logró abrirse paso en una sociedad segregacionista gracias a la voluntad de perseverar. De esta forma, interpretó a uno de los más reconocidos héroes de la contienda independentista, cuyas acciones, de gran decoro, quedaban aún frescas en la memoria de una nueva generación de cubanos, aquella que perseguía mediante el digno comportamiento social, la recta realización de la nación para sí.”

“Las propias circunstancias que moldearon la personalidad de Griñán influyeron -afirma Portuondo-en la construcción de este texto.” Cosa que se evidencia a lo largo de su lectura, en que el historiador resalta los valores que fueron cincelando el carácter de Maceo, a partir de un abordaje de su personalidad desde las teorías psicoanalíticas entonces en boga, ora de Adler, bien de Freud, ya de Jung; de filósofos como Nietsche y Spengler, o de autores como Ludwig y Baltasar Gracián, indagadores del alma humana.

Porque los Maceo, de cuna humilde, se abrieron paso también a fuerza de voluntad, coraje, decoro y bonhomía en una sociedad no ya segregacionista, como el Santiago de inicios del siglo XX, sino esclavista, colonial, opresiva y, por ello, racista, discriminatoria y defensora de la supremacía blanca.

En efecto, Marcos Maceo y Mariana Grajales -que Griñán Peralta creyó, como muchos entonces por falta de la necesaria información, ser venezolano él y dominicana, ella- fueron campesinos pobres y sus hijos, los siete varones conocidos (Antonio, Miguel, Rafael, José, Julio, Marcos y Felipe) y dos hembras nombradas Dominga y Baldomera, hubieron de ayudar desde muy pequeños en las labores de la finca y, por ende, recibieron poca instrucción escolar.

Antonio -nombrado legalmente José Antonio- nació el 14 de junio de 1845 en Majaguabo, San Luis, antigua provincia de Oriente. Fue un hijo serio, trabajador, disciplinado, respetuoso del padre y amoroso con la madre. Casó a los 21 años con María Cabrales, el 16 de febrero de 1866, que le dio una hija en noviembre de ese mismo año.

“La rebeldía (de la familia Maceo) dio lugar a que, apenas comenzada la guerra, ensoberbecidos por (su) separatismo, llegaron algunos soldados españoles a su casa, en la que no encontraron más que a un jovencito de dieciséis años nombrado Rafael, por lo que, despechados, hicieron prisionero a este e incendiaron la casa. Enterado del hecho -relata Griñán- Marcos Maceo, padre abnegado, se presentó en el Cuartel de San Luis para sufrir la prisión que había sido impuesta a su hijo”. Recobrada la libertad por mediación de algún amigo, Marcos se unió de inmediato a las fuerzas insurrectas, en las que permaneció combatiendo hasta su caída durante la toma de San Agustín, el 14 de mayo de 1869.

“El complejo de tensiones originadas por el desajuste irreversible entre los intereses y aspiraciones de la clase propietaria nativa y la avasallante y retrógrada estructura colonial de poder, que condena al pueblo cubano a la sumisión política, el estancamiento económico y el atraso cultural, es el factor que empuja a la rebeldía, a la conspiración y a la sublevación a los estratos más avanzados de Oriente y Camagüey de dicha clase, que proporciona los líderes eximios de la insurgencia popular, excepto Máximo Gómez Y Antonio Maceo, ambos campesinos de raíz y hechura.  Los hacendados esclavistas de Occidente -fortaleza militar, política y económica del régimen colonial- dan un paso atrás al subordinar, con mezquino egoísmo, los intereses de la nación a sus privilegios de clase.”

El 12 de octubre de 1868, dos días después del Grito de Yara, se une Antonio Maceo a las tropas de Donato Mármol en la finca Santa Teresa, a orillas del Cautillo, dando inicio a una brega heroica y denodada cuyo término no sería otro que el desplome ejemplarizante, en desigual carga al machete contra enemigo mejor pertrechado y posicionado, en San Pedro, el 7 de diciembre de 1896.

Griñán advierte que Maceo “nació y vivió en una época de lucha ardiente en que había que arrebatar por la fuerza, no mendigar, los derechos que nos habían sido negados repetidas veces; y que, en tiempos así, el hombre más útil y más real es el que mejor sabe ocupar el lugar que debe en esa violenta pugna. Fue un hombre de acción en el tiempo en que era la acción lo que las circunstancias demandaban”.

Y, al respecto, nos recuerda que durante la Guerra Grande intervino en 800 acciones de guerra y, en la de 1895, no obstante el poco tiempo que estuvo en ella, participó en 108 acciones más. “En Cuba -afirma- nadie puede decir otro tanto.”

En el libro que presentamos, Griñán trata “principalmente de la sensibilidad y la voluntad de Antonio Maceo y no de sus aptitudes intelectuales”-según aclara, por carecer de la información necesaria. Para fundamentar sus conclusiones creyó conveniente ilustrarlas con pensamientos y breves relatos de acontecimientos de su vida, urgido tan sólo por el deseo de averiguar cómo fue, y no que fue (ni que quiso ser, ni qué debió ser, ni qué pudo ser, ni qué podría ser ahora) Antonio Maceo.

No se trata, pues, “de una biografía, ni una apología, ni un retrato psicográfico, ni un juicio tendiente a fijar la significación histórica o social de Antonio Maceo,” sino del análisis de su carácter, de su personalidad, tal como se revelan en los hechos relatados y en sus dichos, cartas a compañeros de lucha, a Mariana, la madre, o a la esposa, María Cabrales.

Olga Portuondo indica que, “honesto hasta lo más profundo de sus entrañas, Griñán reconoce los límites de una técnica que, si bien original, podía dejar muchas aristas sin descubrir en la vida de Antonio Maceo.” Y en otro párrafo, que “él mismo confiesa no poder analizar consecuentemente y, sobre todo desde sus inicios, la formación intelectual del héroe.” “La originalidad de este libro -concluye con toda razón- está dada por haber puesto a la luz la trascendencia de Antonio Maceo más allá de su accionar guerrero, como ser humano sensible, y por asomarnos a las esencia propias del patriotismo de su estamento social”.

Griñán, en efecto, recoge momentos claves en la existencia del General Antonio: su decisión de no acatar el Pacto del Zanjón y su repulsa viril en Baraguá, que tornó el fin de la Guerra Grande en una tregua; su lealtad ejemplar y admiración por Máximo Gómez, no obstante algunos desencuentros motivados por incomprensiones del “Viejo,”  como en privado le llamaba; su rotunda negativa a dejar la lucha independentista, como demuestran su adhesión a la llamada Guerra Chiquita, a pesar de haber sido soslayado por Calixto García (tal vez aconsejado por algún elemento racista)y su no vacilación en sumarse a la expedición encomendada a Flor Crombet por José Martí,                     quien antes le había pedido a Maceo encabezarla, actitud que revela, además, que para el titán de bronce la Patria  era lo primero.

Igualmente, el autor subraya cuánto debieron escocer al Lugarteniente General las sordas manifestaciones de racismo de algunos dirigentes de las guerras independentistas, el poco caso que el Delegado Estrada Palma y el Gobierno de la República en Armas hicieron de sus repetidos y angustiosos llamados de asistencia en fusiles, municiones y hombres cuando batía en Pinar del Río, mal pertrechado y con no más de 1500 mambises, a las fuerzas españolas, más numerosas que en las provincias orientales donde era menos álgida la guerra, que Weyler destinó para liquidar a quien despectivamente llamaban los colonialistas “el mulato,” pero secretamente consideraban “el alma de la revolución cubana”.

La sedicente “cuestión social”, enarbolada por los autonomistas (pero que también inquietaba a algunos en el campo separatista), era inevitablemente una seria  preocupación para los patriotas negros y mestizos y para el mismo General Antonio, quien, sin embargo, antepuso la obtención de la independencia a toda querella al respecto durante la guerra. “Después ya veremos,” afirmó.

Desde luego que su muerte en San Pedro, uno de esos azares del combate que tuvo diversas causas -entre ellas, el lugar del campamento donde hicieron noche, poco propicio para operar a caballo; el que los exploradores enviados a comprobar el sospechado movimiento del enemigo no lo detectara; y el que el combate se iniciara en el mismo campamento y no fuera de este, entre otras- tuvo serias consecuencias para el curso ulterior de la contienda e influyó en el desaliento de sus seguidores negros y mestizos, que vieron esfumarse el ideal de la república anunciada por Martí, y compartida por Maceo, “con todos y para el bien de todos,” fraterna, sin odios ni “cuestiones sociales” encubridoras del racismo y la discriminación racial. Libre de España, pero también de los Estados Unidos.

Debe leerse a Griñán con esto en mente, porque en lo que no hemos superado todavía los cubanos en el socialismo                            -la existencia de diferencias sociales y raciales, basadas en desigualdades económicas, en prejuicios y en pozos de discriminación y de racismo supervivos-                                                                                                                                                                                                                    radica también la actualidad del libro “Antonio Maceo: Análisis caracterológico”.

La figura y, sobre todo, el ejemplo del General Antonio, deben servirnos de acicate para contribuir a erradicar ese obstáculo pendiente en la edificación de una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales, no solo ante la ley, que ya lo somos, sino en que sus disposiciones y las de la Constitución de la república se tornen carne de realidad, praxis cotidiana de todos sus hijos. Eso querían nuestros próceres más acusados, eso es lo que propugna el ideario maceista.

Se han publicado 3 comentarios



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  • J. Dacourt dijo:

    Estoy de acuerdo en que se continue haciendo ese gran esfuerzo editorial en nuestro pais para publicar, para conocer a escritores noveles y no tan noveles, en ese gran afan cultural, pues como digera el lider historico de la Revolucion, Fidel, solo somos un producto de la cultura y de las ideas. Bien.
    Pero a Antonio Maceo no se le conoce suficientemente y es necesario ahora mas que nunca desenterrarlo y ponerlo vivo sobre todo en los jovenes cubanos.
    Conocemos bien como la deseunion y el racismo influyo en los resultados de la guerra y la herencia que aun hoy nos esta costando.
    Sugiero la reimpresion de esa semblanza del Titan en una cantidad suficiente para cada cubano, si fuera posible, porque ahora lo necesitamos, sus ideas, tanto como cuando estaba en la manigua redentora.

  • Francisco Rivero dijo:

    Aprecio la obra y las ideas del general Antonio Maceo y Grajales, una personalidad en el arduo camino de la fundacion de la nacion cubana.

    Siempre he estado en total desacuerdo con el atributo de etiqueta de que Antonio Maceo representa el guerrero por exelencia y nada mas.
    En los menesteres del arte de la guerra de la epoca,tal vez los especialistas del tema, otorgaron estos terminos absolutos que Maceo fue unicamente un experto estratega militar y lamentablemente separandolo de su pensamiento politico-ideologico que vivio en él a la vez.

    Ahora en una sociedad como la de Cuba de hoy creo que es bienvenido como indispensable una verdadera emancipacion del individuo en la construccion de una sociedad justa y humana.
    La obra “Antonio Maceo: análisis caracterológico”. puede ser de utilidad no solo para el ciudadano en Cuba, tambien para otros lectores por el mundo.

    Un saludo cordial

  • El Palmero dijo:

    Antonio Maceo a mi juicio el mas clarividente de todos los luchadores cubanos del siglo XIX desde luego despues de Marti.
    El que nunca se dejo llevar por vanalidades ni ansias de poder ,el que combatio el racismo del cual fue victima, el que no permitio el caudillismo, el regionalismo y la des union que tanto daño hizo en las dos guerras, el que estaba mas que claro de que primero habia que ganar la guerra y despues crear un gobierno por lo que defendia el mando unico, sin el lastre y la carga buracratica de aquella camara de representes y eso Fidel lo demostro en la lucha en la Sierra Maestra.
    En fin el mas completo de todos los revolucionarios cubanos de las dos guerras del siglo XIX. Por eso Marti dijo de el muy certeramente que tenia tanta fuerza en la mente como en el brazo.

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