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Amelia Peláez, la musa de la cerámica cubana

En este artículo: Amelia Peláez, Cuba, Pablo Picasso
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Amelia PeláezLa Habana (PL).- Una de las artistas más emblemáticas de la plástica cubana contemporánea es Amelia Peláez, quien modelaba figuras con barro cocido hasta convertirlas en hermosos objetos que aún son admirados por su valor patrimonial.

Esa actividad humana, tan antigua como la civilización, tendría que esperar varios siglos para dejar su impronta en la plástica de Cuba.

La producción de cerámica artística en el país se inició en la segunda mitad del siglo XX, guiada por el doctor Juan Miguel Rodríguez de la Cruz, un profesional de la medicina que tenía un taller en Santiago de las Vegas, a 20 kilómetros de esta capital.

Destacados artistas plásticos contemporáneos -como Wifredo Lam, René Portocarrero, Mariano Rodríguez y Amelia Peláez, entre otros-, bajo la dirección técnica del Doctor, participaban con él en la decoración de pequeños objetos utilitarios. Rodríguez era la raíz que necesitaba la cerámica artística para florecer en Cuba. Su taller fue el nido acuñador de nuestra musa.

Amelia no se dedicó solamente a la cerámica. Fue también una destacada pintora que incursionó en el grabado, la escultura y el ensamblaje de murales.

La escultora y ceramista cubana Martha Arjona (1923-2006), otrora directora de Patrimonio Cultural, quien departió y trabajó con Amelia en el taller del doctor Rodríguez destacó, poco antes de morir, cómo Amelia fue una talentosa creadora que dio un gran impulso a la cerámica artística.

LA ARTISTA EN EL TALLER

Esta ceramista espirituana nació en Yaguajay, en 1896, años después se muda a La Habana e ingresa en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro bajo la tutela del destacado profesor Leopoldo Romañach.

Después de graduada, viaja primero a New York y después a Europa, donde tiene contacto con la vanguardia plástica de ese continente, entre los que figuran Picasso, Matisse y Léger, cuya influencia se observa en algunas de sus obras. Ese contacto y el encuentro en París con la artista rusa Alexandra Exter fueron decisivos en su formación.

Las clases de composición, teoría del color, de diseño y escenografía, impartidas por Exter, junto con la labor pictórica que realizaba, ensancharon el horizonte creativo de la cubana. Regresa a La Habana. Radica en su casa colonial de La Víbora. Se dedica por entero al arte hasta su muerte en 1968.

Amelia comienza a trabajar la cerámica en 1950. En su actividad inicial como decoradora de formas tradicionales de la alfarería cubana se avizora el surgimiento de una nueva forma de arte.

Años más tarde, las perspectivas de la creadora para esta labor la colocan al frente de un importante proyecto en el ámbito nacional, para el cual experimenta con la pasta blanca porosa en el diseño de un repertorio variado de objetos importados que facilitan el ejercicio de esa actividad.

Esa nueva materia dio al barro otra dimensión. Amplió el espacio que le permitía a Amelia plasmar sus ideas artísticas en el nuevo soporte cerámico, el cual abarcaba desde la pequeña vasija hasta la gran producción a escala ambiental de placas y losas con vistas a edificar murales, como el situado en la fachada del Hotel Habana Libre.

En su práctica artística, Amelia dio sentido a lo simple al elevar el valor del pequeño objeto con función utilitaria, dotándolo de una decoración bajo cubierta que unida a su estructura lo hace trascender.

Era muy ingeniosa en la búsqueda de soluciones para explotar las posibilidades de cada medio expresivo. Introdujo métodos que permiten materializar en las superficies curvas de las vasijas su labor pictórica.

Establece la correspondencia entre pintura y cerámica apoyada en todos sus conocimientos y experiencia, los cuales adapta para solucionar los nuevos problemas artísticos.

Decora Amelia los diseños creados con motivos nacionales extraídos de sus lienzos y temperas. Naturalezas muertas, perfiles de mujer, frutas, flores y animales aparecen en los nuevos soportes. Tanto la confección como la decoración muestran el rigor de la artista en la labor con los recipientes.

Las vasijas transformadas en objetos de valor estético le permiten expresar sus puntos de vista sobre la realidad, de una manera distinta. Logra un estilo propio. En su obra plasmada de elementos del trópico y de la arquitectura colonial se percibe lo cubano.

Con toda esa labor, la musa contribuyó a destruir los prejuicios que existían para colocar a la cerámica artística al mismo nivel que la pintura y la escultura. Sus aportes durante más de una década en la industria del barro la avalan como la pionera de la cerámica artística cubana.

SU MENSAJE

Esta figura femenina, fundamental en la historia de la creación plástica de principios del siglo XX, provenía de una familia burguesa de ilustres intelectuales entre los que se encuentra el poeta Julián del Casal, su tío materno.

Pese a su origen no era una dama pretenciosa, sino más bien retraída que encontró en el arte la forma de comunicarse. En esa actividad dominada por los hombres, Amelia dio muestras de su talento femenino, al igualar y superar a muchos de sus contemporáneos.

Aunque en la época las mujeres podían asistir a la Escuela de Artes, se prohibía su presencia en las clases donde posaba un modelo desnudo. En su obra artística encontramos una reacción a los dogmas académicos y sociales que imponían las instituciones a la mujer artista, quien debía reflejar en sus obras el entorno apacible vinculado a su género y estatus social. Pero Amelia era diferente.

Un tema reiterado en las obras de Amelia es la representación artística de la mujer, en las que la pintora despersonaliza la figura femenina con variados recursos. Sin embargo, a principios de la década del 40, ella comienza a esquematizar esas figuras. Sus rostros se hacen más genéricos.

En esas obras Amelia Peláez omite la boca, pero acentúa el ojo enmarcado con un trazo negro. No lo entorna, para que pueda ver más y mejor.

Estas figuras visibles en la pintura, en los murales y en la cerámica de la musa pudieran ser portadoras del mensaje de la artista. Su asunción al sitio más alto de la plástica nacional es un estímulo permanente para las mujeres de Cuba y el mundo.

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