El Chino Heras, nuestro profesor alumno

Tuve el privilegio de tener profesores gurúes desde mi primer año en la carrera de periodismo de la Universidad de La Habana. Imponían aquellos sabios y correctos maestros, la querida Ofelia García Cortinas en gramática y redacción, daba miedo, Elvira Díaz Vallinas, más que impartir clases contaba la historia, incluso de hechos que protagonizó, luego el gran martiano Pedro Pablo Rodríguez. Pero había uno, tan joven, tan delgado, tan asiáticamente pacífico, que constituía para mí una incógnita. No lo presentó nadie, se puso delante del grupo de alumnos y dijo más o menos: “Soy como ustedes, estudio en cuarto año y seré su profesor de Técnicas Periodísticas” (una incógnita más). En poco tiempo el Chino Héras, como le decíamos todos, dejó de ser tan joven, tan delgado y mucho menos una incógnita: enseguida supimos que un gigante de las letras nos iba a guiar por el empedrado camino del periodismo.
Aquel primero, fue un año en que descubrimos la alegría de aprender y -a pesar de los pesares- confirmar la certeza de haber elegido “el mejor oficio del mundo”. Un altísimo por ciento de esa revelación nos la dio Eduardo Heras. Compartía con nosotros encuentros extra escolares, nos reuníamos en su casa y hablábamos de periodismo y de la vida, alguien con una guitarra marcaba acordes y cantábamos –como aún se hace- canciones de Silvio y de Pablo.
El curso de que les hablo, tenía pocos alumnos, había sido muy rigurosa la selección para entrar a la carrera, eran verdaderos años duros, sobre todo en el aspecto político. En ese grupo estaba el espirituano Senel Paz y Eliseo Alberto Diego, dos que demostraron sobradamente que el talento bien encaminado da frutos extraordinarios. Mencionaré otros que en sus desempeños y en los lugares donde los ubicó la vida, han sido ejemplos del oficio: Jorge Dávila, Aleida LLiraldi, Loly Estévez, Ana Valdés Portillo y otros que como yo han hecho el día a día sin aplausos, pero sin rechiflas. Quiero decir que ese grupo, para algunos de mentes muy estrechas, era “conflictivo”, pero supo poner en alto el periodismo cubano.
En medio de aquellos años turbulentos, en medio de la Ofensiva Revolucionaria donde pasaron a ser propiedad estatal 55 636 micro y pequeñas empresas, con un país que casi se paralizó para hacer una zafra de 10 millones de toneladas de azúcar que no se lograron, con la bota de los Estados Unidos apretando cada vez más la respiración de Liborio; los años en la Universidad eran difíciles y Heras nos enseñó a escribir bien, a comunicarnos y para ello escogió algunos autores que aun siendo unos “hijos de sus madres”, escribían como los ángeles. Aquello no gustó y de ahí en adelante, surgieron otros asuntos que es mejor dejar guardados con siete llaves. Nos entendíamos con él, era ejemplo de escritor, de colega, con la modestia que caracteriza -por lo general- a los grandes. Estábamos felices.
Pero la alegría en la casa del pobre dura poco. Una mañana, llegamos a la histórica escalinata, y al doblar a la izquierda, hacia la escuela de Ciencias Políticas para empezar las clases, nos encontramos con que los bancos de parque de aquella explanada estaban cubiertos por paquetes de periódicos amarrados con soga, así al descuido como si hubiesen llegado solos. Entonces alguien agarró uno y dijo: Es el Caimán Barbudo. Allí aparecía un artículo largo donde nos decían que Heras había cometido ciertos errores por los que sería sancionado a trabajar en una fábrica, y que ya no sería más nuestro Profe-alumno.
Heras fue a su fábrica como un obrero más, terminó su carrera de Periodismo, escribió y escribió más libros, sin bajar la cabeza, y qué hablar de rendirse, trabajó en la Editorial Arte y Literatura y fue fundador, en 1976, de la Editorial Letras Cubanas, donde dirigió la Redacción de Narrativa. Laboró también como subdirector de Literatura del Instituto Cubano del Libro, fue vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y director del Fondo Editorial de Casa de las Américas.
Hoy la nota del Ministerio de cultura con motivo de su fallecimiento recuerda: “Su vocación pedagógica y su maestría como escritor de relatos y periodista lo llevaron a estructurar un curso de formación literaria, con el que nació el proyecto Universidad para todos, fundado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y a la creación del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, institución que dirigió por más de 20 años y en la cual se han formado decenas de jóvenes narradores cubanos, que lo admiran y reconocen como un maestro.
Por la calidad de su obra literaria y su compromiso con la Revolución, fue merecedor de numerosos premios y condecoraciones, entre las que destacan la Distinción por la Cultura Nacional, la orden Félix Elmuza, la Medalla Alejo Carpentier, la Réplica del Machete del Generalísimo Máximo Gómez, el Premio Maestro de Juventudes y los Premios Nacionales de Edición y de Literatura, que le fueron otorgados en 2001 y 2014, respectivamente”
Los de entonces, nunca vamos a olvidar aquel eminente comienzo de las clases de redacción de Universidad para todos con el rostro de Eduardo Heras en la pantalla exponiendo el brevísimo cuento del escritor guatemalteco Augusto Monterroso, considerado el texto narrativo más corto, y también uno de los más inquietantes de la historia de la literatura. Erizaba escucharlo decir: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
Ese era Eduardo, el que se sacaba de la manga lo que nadie esperaba, un profesor congénito, con quien no sólo aprendimos técnicas narrativas, sino las verdaderas herramientas para enfrentar la vida sin reveses ni resentimientos. Gracias por todo lo que nos diste, por lo que dejaste en quienes desde nuestra segunda adolescencia, compartimos contigo la dulce ingenuidad del verdadero revolucionario.
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Se fue un grande. Recuerdo con cariño el fino humor de su antología "Cuentos de nuestro Era"
Muy bonito y emotivo artículo, sirva de reconocimiento de muchos a Heras en nombre de los que no sabemos el arte de escribir.
EPD Maestro. Condolencias para sus familiares.
Que EPD, todo un caballero de las letras y de la vida, un hombre de honor y de extraordinarias cualidades humanas.
Ejemplo en el perdon y el amor a los demas