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Wichy Nogueras, ¿cómo recordar al poeta?

En este artículo: Cultura, Poesía, Wichy Nogueras
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En ocasión del 70 aniversario de Luis Rogelio Nogueras, el 16 de noviembre, Cubadebate reproduce esta versión de la conferencia de Víctor Casaus impartida durante un homenaje al poeta cubano en Casa Silvia, Bogotá, Colombia, en el año 1998.

¿Cuál va a ser entonces la poética de esta conferencia, de esta conversación? ¿Cómo recordar al poeta? Esto es importante porque yo creo mucho en que cuando los autores, los poetas, los políticos, la gente muere, hay que tener un acercamiento a su memoria que sea justo. Escribí un texto sobre eso después de la muerte de Nogueras y ahora quiero ponerlo en práctica aquí. Decía que quisiera se le recordara cómo fue, “sin mitificaciones amables ni manipulaciones castradoras. Que no se le tratara de convertir en el hombre perfecto y mucho menos en el escritor perfecto que nadie por suerte es. Mucho menos los que escriben sobre hombres y mujeres perfectos; que se recordara su defensa de la imaginación, que fue su manera de defender la cultura revolucionaria en la que estaba inmerso y de la que participó activamente, en muchos géneros y de muchas maneras; que no se lime la ironía y el humor agudo con que arremetió contra la mediocridad, el oportunismo y el dogmatismo, esos tres jinetes del apocalipsis de la mala literatura”. Así nos acercamos a este hermano.

Silvio Rodríguez y Luis Rogelio Nogueras.

Silvio Rodríguez y Luis Rogelio Nogueras.

En otros momentos también he hecho el elogio de la palabra hablada: en la palabra hablada se basaba mucho la poética de Wichy, la poética de nuestra, generación del Caimán. El Caimán Barbudo es una publicación, como muchos de ustedes conocen, creada en La Habana en 1966, fundada por nuestro grupo poético. En su primer número incluimos una declaración de principios, un manifiesto, como toda generación que se respete, que se llamó “Nos pronunciamos”. En síntesis, allí postulábamos verdades como ésta que compartíamos entonces: “toda palabra cabe en la poesía, ya sea carajo o corazón”. Nos inspirábamos en un viejo poeta cubano, José Z. Tallet, ya un hombre en aquellos momentos de más de 60 años, 70 quizá, de una larga vida; que había escrito un libro en los años 30, con una frase que nos pareció reveladora: “La poesía está en todas partes, más la cuestión es dar con ella”. Esa misma búsqueda se la planteó nuestra generación a través de este manifiesto y por supuesto de su poesía.

Otra propuesta, de la que Wichy participó activamente con su obra, era oponerse, al mismo tiempo, a la poesía panfletaria, que se ampara simplemente en las consignas y, a la poesía evasiva, que no quiere asumir el momento histórico y cultural que vive. Ese momento para nosotros eran los años 60, el inicio de la Revolución cubana. ¿De qué manera queríamos insertarnos en aquel proceso transformador, de qué manera se quería insertar Nogueras también? El otro postulado decía: “escribir desde la Revolución”, participando activa y críticamente en aquel acontecimiento histórico, maravilloso y terrible, y asumirlo en su complejidad, como la vida misma. Los poetas del Caimán, que integramos aquella generación, fuimos, entre otros, Luis Rogelio, Guillermo Rodríguez Rivera, Félix Contreras, Antonio Conte, Raúl Rivero, Helio Orovio, Froilán Escobar, Sigifredo Álvarez Conesa, Iván Gerardo Campanioni, Rolen Hernández y el que ahora les comenta.

Entre las temáticas que rescatábamos como nuestra estaba la visión de la infancia cercana: éramos una generación que había vivido, desde la infancia, los últimos años antes del triunfo de la Revolución y no era una generación formada ya en ese momento. En otras palabras: coincidía la formación poética con la formación humana.

Al año siguiente de iniciarse la publicación del Caimán, cuando ya era su jefe de redacción, él ganó el Premio David, creado aquel año por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) para autores inéditos. Wichy ganó aquel premio, compartido con la poetisa Lina de Feria, con Cabeza de zanahoria, un título inspirado en su propia cabellera. Allí está incluido este poema, que tiene que ver con esa visión de la infancia que he mencionado. Se llama justamente “Poema”:

Me despertaron aquella mañana a las seis.
Había ruido, gritos, fui
cerrando de nuevo los ojos hasta quedarme
profundamente dormido.

Soñé que dios bajaba
caramelos hasta las hojas moradas de los árboles
del parque,
En el golfo, mientras,
el Granma avanzaba
rajando la niebla.

Este texto de Wichy es importante desde el punto de vista de nuestra generación, porque es precisamente la visión que tiene un niño de los acontecimientos históricos que rodeaban su infancia: la llegada del Granma, la Revolución, la Sierra, todo aquello que culminó en el momento que nosotros estábamos viviendo en la década del 60. Creo que el poema de Wichy narra, cuenta, ejemplifica muy bien esa relación.

El jurado que lo premió, integrado por Heberto Padilla, Luis Marré y Manuel Díaz Martínez, consideró que era un cuaderno “notable por su variedad de temas dentro de su unidad formal, su manejo de elementos cultos y su original voz poética que lo distinguen entre sus compañeros de generación”.

Para nosotros fue una gran alegría: era el primer premio que ganaba nuestra generación. A él seguirían otros, en la Casa de las Américas y en otros lugares, y para Wichy fue, sin duda, un momento de reconocimiento personal grande y temprano, y creo que lo comprometió mucho con el camino de la poesía que había elegido. Digo esto, porque el poeta había comenzado a recorrer otros caminos, como el del cine, que después retomaría. Siendo muy joven había dirigido un corto de dibujos animados en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) que se llama Sueño en el parque. Es una obra muy hermosa, hecha en los años 60, y fue su primera experiencia cinematográfica. Después se iría del instituto del cine para volver años más tarde: en el momento en que murió, era jefe de redacción de la revista Cine Cubano y había escritos los guiones de varios filmes de largometraje.

wichy_33En el Caimán se inició su vida de escritor, la nuestra, en las páginas de aquella publicación que fundamos con pasión y donde nos jugamos nuestras primeras cartas literarias en la Cuba de los 60. Años después un compañero de generación, Guillermo Rodríguez Rivera, escribiría el prólogo a un libro póstumo de Nogueras, La forma de las cosas que vendrán, que por desgracia no se ha reeditado y está totalmente agotado. En este prólogo, un texto juguetón como el libro mismo, que está hecho de apócrifos, parodias, jodederas, Rodríguez Rivera narró, con agudeza y humor, aquella historia del Caimán, al que llamaba El Cocodrilo Azul: “Yo me hice cargo de los textos de Nogueras, y el primero de ellos fue a dar con sus metáforas a las páginas de El Cocodrilo Azul. El narrador y filósofo Joshua Jours ―se refería a Jesús Díaz, que era el director del Caimán en aquel momento― perpetró el proyecto de la revista y Nogueras y yo y Vittorio Las Casas y otro puñado de locos nos sumamos. Era el fatum, la moira, el destino, la yagua que está pa´ uno. El Cocodrilo había nacido peleón y dio sus golpes, pero también los aguantó de todos los colores. Un día, tras una espeluznante reunión, se decidió transformar al Cocodrilo ―es decir, al Caimán― en un vocero del surrealismo chileno, órgano de la poesía campesina y representante del barroco español. Nogueras, cansado y filosófico, a sus 23 años, musitó la vieja copla castellana:

Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos.
Que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos.”

Ese fue el final del Caimán para nosotros, en octubre del 68. El Caimán continuó publicándose y ha pasado por momentos diversos a lo largo de estos años, a partir de aquella especie de popurrí que mencionaba Rodríguez Rivera. En sus páginas se dieron a conocer posteriormente los principales poetas de las generaciones que vendrían después, como Víctor Rodríguez Núñez, Norberto Codina, Alex Fleites, y muchos más hasta hoy.

Llegados los sarracenos, nos fuimos del Caimán, se fue Wichy también con su humor a otra parte. Hablo del humor porque es un rasgo que se hace necesario mencionar cuando se habla de Nogueras, para hacerle justicia poética e histórica. En esos años posteriores a la salida del Caimán hubo cosas muy importantes, que no tienen que ver con el humor ―aunque en el fondo el humor también estuvo presente de muchas formas. Quiero destacar, en esta etapa, la perseverancia del talento, la voluntad de no dejarse derrotar artísticamente por un revés literario o de otro tipo. Creo que su obra y su vida ―como las de otros miembros de su generación― son ejemplos felices del triunfo de la inteligencia y de la justicia poética sobre la mediocridad y otras hierbas ancilares.

Volviendo al tema del humor: en esos años, en los años posteriores, Nogueras, con Rodríguez Rivera, con Raúl Rivero, que entonces también era un practicante del humor, llenaron La Habana de epitafios: epitafios de autores vivos, de autores amigos, de nosotros mismos también. Aquellas invenciones poéticas y humorísticas, que se transmitieron solamente por vía oral (como algunos medicamentos) esperan por un compilador que las salve para la memoria de la época. Hoy recordaba algunos y los copié, para comentárselos, para ejemplificar este humor popular que no pasó a los libros. El primero se refiere a un talentoso ensayista que se llama Desiderio Navarro, amigo nuestro, ahora director de la revista Criterios. Ninguno de estos epitafios tenía una intención hostil. Ni éste ni los que veremos después. El de Desiderio decía:

El señor director del cementerio
anuncia a los visitantes de mal gusto
que dejen de orinarse sobre el busto
del notable ensayista Desiderio.

Este era uno de ellos. Recordaba otro epitafio, dedicado a un poeta, Alberto Rocasolano, que es una deliciosa transgresión contra el conservadurismo y la pacatería, dos aberraciones que detestábamos al unísono:

En sudario de fino warandol
que donó el Ministerio de Cultura
yace el poeta Rocasol
(el ano suprimiólo la censura).

Y el último, dedicado a una figura excelsa, como ustedes verán, se refería a los largos años que pasó Alejo Carpentier, como escritor y luego como diplomático, en París:

Anuncia el cementerio de La Habana
que deben apurarse para ver
el cadáver de Alejo Carpentier:
vuelve a París la próxima semana.

Wichy y Nicolás Guillén.

Wichy y Nicolás Guillén.

Quiero decir que el humor fue también para Wichy un arma de defensa durante aquellos años que ese crítico ingenioso, inteligente y profundo llamado Ambrosio Fornet denominó el quinquenio gris, y que se abrió a partir de 1971 y fue un período de baja intensidad ―por decirlo con un término actual― de la literatura cubana, producido por el intento de aplicar una política cultural cerrada, con la importación del realismo socialista soviético y otros aderezos dogmáticos nacionales, y que, felizmente, ―creo que gracias precisamente a la gente que como Wichy y otros escritores mantuvieron el talento y la inventiva y la creación por encima de estas aberraciones― no prosperó en nuestra Isla. Creo que no prosperó también por nuestro carácter. Es difícil imponer y sostener esas falsas solemnidades en medio del Caribe. El hecho más importante fue que no prosperó. Y el humor fue una forma también de defenderse y de atacar esas cosas. Y Wichy disponía para ello de tres elementos fundamentales, imprescindibles: el talento, el humor y el amor.

Del amor tengo una cita que recoge el narrador Eduardo Heras León, hablando sobre el poeta ya después de su muerte, y que da un testimonio de Wichy sobre el amor que a mí me parece muy hermoso y que, por supuesto, comparto:

“Sin amor ―decía Wichy― la vida es una gaveta vacía, y para el escritor no hay literatura sin amor, como no hay huella sin pie. Hemingway estaba convencido de que se escribe mejor cuando se ama. Yo soy de la misma opinión. Aún más, todos mis papeles arden húmedamente de amor. Me pregunto cada amanecer frente al espejo con cuanto amor comienzo la jornada, y si es poco, nunca es poco, entonces salgo a la calle y me robo el primer amor que pasa. Amo a la palabra amor y sus destellos. Amo a mi mujer mientras se peina, amo la vida y su expresión concreta, humana, palpable, la Revolución.”

Esta era la expresión, digamos, “teórica” de Wichy. Hay un poema que se llama “Te quiero”, es un poema muy hermoso, y tiene para mí la significación especial de que asistí ―esas cosas que suceden y que son alegrías que le quedan a uno― al momento en que lo escribió en Nicaragua cuando hacíamos unos recitales juntos por allá, en el año 82, recorriendo casi medio país. Y es un poema muy tierno, donde dice por qué ama a su mujer y entonces dice que no la ama porque escriba grandes poemas, porque no escribe grandes poemas, sino escribe copias de los poemas que él escribe, que a su vez son copias de otros poetas que ya él anteriormente copió. Esa es una idea recurrente en otros de tus textos, como aquel excelente poema que se llama “Eternorretornógrafo”, el que describe un proceso a través del cual la literatura se ha alimentado de sí misma a través del tiempo en una especie de espiral en la que giran, época tras época, los creadores sucesivos…

Aquí está:

Te quiero no por lo que dices
porque en general hablas poco
ni por tu belleza
porque en verdad te digo
que no eres bella
de esa forma
ni por tu alegría contagiosa
porque siempre pareces triste
ni porque eres una buena madre
porque no tenemos hijos
ni por tus poemas
que son más bien pobres imitaciones de los míos
que a su vez son pobres imitaciones de otros poetas
que también imitaban a sus imitadores
te quiero porque eres limpia y decente
y porque tus dientes son blancos.

Es muy interesante, además por esa mezcla cultural, es el rescate de algo hablado: es el testimonio en inglés de un señor jamaicano o jamaiquino, como se diga, escuchado en el oriente de Cuba, cuando estábamos haciendo investigaciones allí como estudiantes. Aquel hombre le dijo a una muchacha de nuestra aula, amiga de Wichy también: me gustas mucho because you are clean and decent and because your teeth are white.

Wichy guardó aquel recuerdo desde el año 67 que lo escuchamos, hasta el año 83, cuando escribió su poema, en Nicaragua, en un contexto que no tenía nada que ver con lo que estábamos viviendo. Esa es la magia de la poesía y el poeta, ¿no?, Así apareció este poema que se llama “Te quiero” y que él dedicó a su esposa de entonces, Neyda Izquierdo.

Claro que había otras formas para Wichy de vivir el amor ―como para todos, pero para él de una manera muy especial y muy intensa―: el erotismo. Wichy que fue, sin duda, un gran amante. Como él confesó, salía a la calle a robarse un amor.

Entre las cosas que publicó hay muchos de esos poemas en que el amor tiene una gran presencia y una gran carnalidad, otros se publicaron póstumamente en un cuaderno que se llama Hay muchos modos de jugar en el que un grupo de amigos, ya después de su muerte recogieron estos textos hallados y los unieron con algunos dibujos suyos. Al inicio de esta colección Wichy colocó una nota al lector: “Si por alguna razón, que respeto, tienes una idea demasiado púdica, o demasiado procaz, sobre el sexo y el amor, no leas este libro, porque entonces no fue escrito para ti. Los otros pueden entrar en estas páginas con la condición de que lo hagan desnudos. Las ilustraciones fueron tomadas de diversas fuentes, ―entre ellas él mismo―. Los textos deben ser leídos como fueron escritos, bajo los efectos de una intensa excitación sexual. Este libro está dedicado a muchas personas”.

En otros poemas él puso en práctica esas experiencias, unido también a la ironía y a la autoironía. Este es un poema que a mí me gusta mucho y por eso quiero compartirlo con ustedes. Es muy breve y se llama “Mirando un grabado erótico chino”:

Mirando un grabado erótico chino
tú me preguntaste
que cómo era posible hacerlo de ese modo.
Lo intentamos. ¿Recuerdas? Lo intentamos.
Pero fue un fracaso.
China tiene sus arcanos.
China tiene sus secretos.
China tiene sus murallas infranqueables.

Salimos del Caimán en el 68, en el 71 se inicia ese período que ya mencioné. Wichy empieza a trabajar como operario en un taller de impresión tipográfica, después pasa a corrector en la Editorial Pueblo y Educación, y más tarde a editor en el mismo sitio; para 1976, cinco años después, escribe el guión de El brigadista, una película cubana muy popular, taquillera en el buen sentido, dirigida por Octavio Cortázar. Disfrutándose a sí mismo, como en muchas otras cosas, Wichy decía: “los biógrafos se van a buscar un problema muy grande conmigo, porque por un lado soy el hombre que hace poemas exquisitos, y por otro lado es capaz de escribir una novela policiaca ―que generalmente es considerado un género menor― o hacer una película como El brigadista”, que es prácticamente una película de aventuras para jóvenes, a partir de un tema revolucionario. Eso es algo importante, más allá de sus bromas: que un artista pueda dominar esos matices, llegar a diferentes latitudes, con la misma eficacia. No siempre los artistas pueden compartir esas distintas tesituras. Y ese mismo año, en el 76, apoyando lo que él decía y lo que yo digo ahora, gana el premio de novela, “Aniversario del Triunfo de la Revolución”, convocado por el Ministerio del Interior, con una novela policiaca, titulada El cuarto círculo, escrita a cuatro manos con Guillermo Rodríguez Rivera. Es decir, aparecen las otras dos vertientes de su trabajo: el cine y la novela policial, en la cual va a seguir insistiendo en este periodo. Al año siguiente, en el 77, publica su segundo libro de poemas, Las quince mil vidas del caminante. Es un libro de transición, a mi modo de ver, que adelanta, sin embargo, temas que estarán en su obra futura, que estarán después en Imitación de la vida, el libro que ganará el Premio Casa de las Américas. Allí están también los primeros apócrifos, los primeros heterónimos que incorpora a su poesía. Como homenaje a su talento y a su tenacidad llamo la atención sobre este dato cronológico: este libro se publicó en el 77, diez años después de Cabeza de zanahoria. La imposibilidad de publicación durante aquel período hizo que su poesía no llegara a los lectores. Pienso que su tesón y su amor por la literatura y por otras muchas cosas hizo que siguiera escribiendo y los poemas escritos entre 1967 y 1973, aparecieron, aquí, en este volumen, como he dicho, diez años después.

Ese mismo año gana el premio “Cirilo Villaverde” de la UNEAC, con una novela que se llama Y si muero mañana. Es interesante destacar que una novela de espionaje, una novela policiaca, ganara el premio de novela, de novela a secas, de gran novela, como se le llamaría. Es decir, el género bastardo del espionaje gana compitiendo con las novelas de estirpe, con las novelas que siempre han pertenecido a un género definitivamente serio. De esta forma, creo, Wichy dignificó la literatura policial dentro de la literatura cubana. Dos años después, en el 79, escribió el segundo guión de estas películas de que hablaba, Guardafronteras, con el mismo director, Octavio Cortázar, y al año siguiente retorna al ICAIC, donde yo trabajaba desde unos años antes. Nos volvimos a encontrar en el mismo sitio de trabajo, él como jefe de redacción de Cine Cubano.

En esta revista precisamente hay un retrato, que yo quisiera leer rápidamente, escrito por otro hermano, que casualmente no perteneció al Caimán por razones geográficas, pero que compartió con nosotros muchas de estas aventuras, el arquitecto y poeta Nelson Herrera Ysla. Lo incorporo porque me parece que puede dar a ustedes una imagen vívida de esta parte ya no estrictamente literaria, sino también humana del personaje. Decía, contaba Nelson:

Eran tantos los cortes que hacía Nogueras en una conversación, que yo llegaba a creer que estaban programados o algo tal vez peor: que una script escondida en su camisa le rectificaba para que mantuviera siempre el hilo de la trama desde numerosos flash-backs, chistes al vuelo de palabras, travellings al por mayor, adivinanzas, cuartetas, epigramas, epitafios, dolly-ins. El caballero de exquisita figura, Wichy, no perdonaba una arruga en el vestir, un vocablo fuera de lugar, una salpicadura en el calzado, los espejuelos torcidos, una cita equivocada, todo pergeñado bajo el signo de la inteligencia y el oficio del buen vivir, que en ningún momento confundía con la vida fácil, superficial. Nada más ajeno a ese talento desbordado que estampó en libros delicadísimos, burladores y despiadados con la mediocridad que obstaculiza la vida mejor a la que aspiramos.

En ellos fijó un oficio maestro, defendido y sometido a toda prueba, como la del Premio Casa de las Américas 1981, cuando el jurado lo galardonó sobre la base de que hacía una contribución a la lírica castellana”.

Efectivamente, después de haber regresado al ICAIC, Wichy ganó con este libro, Imitación de la vida, el Premio Casa de las Américas de ese año, seleccionado por un jurado realmente de lujo: el argentino Juan Gelman, el mexicano José Emilio Pachecho, el cubano Fayad Jamís y el peruano Antonio Cisneros.

En el exergo de este libro, Wichy colocaba lo que era su poética en este momento, y que yo pienso que llevó hasta el final, consecuentemente hasta el final de su vida. Es una cita de Hans Arp que dice: “No invento nada, es la vida quien inventa lo que pinto. Yo oigo y copio. Leo y copio. Miro y copio. Palpo y copio. La vida se vale de mí como de un espejo”.

Con esa poética y con este libro, ganó ese premio que le valió que aquel jurado excelente, destacara que “en él se integran, de modo orgánico, los temas tradicionales de la poesía de todos los tiempos: el amor, la amistad, el coraje, la poesía misma como acto, la vida y la muerte, con la realidad concreta de nuestra hora latinoamericana”.

Creo que este fue un libro clave dentro de la literatura de Wichy. Para confirmarlo, dejemos que sea el propio poeta el que nos lo diga, y lo va a decir inmediatamente, cuando en una entrevista, para un gran periodista, Orlando Castellanos, de Radio Habana Cuba, al preguntarle sobre el libro Wichy le respondió:

“Resulta difícil contar un libro y más aún un libro de poemas. Imitación de la vida intenta ser un resumen, si cabe esta palabra hablando de poesía, de las experiencias que yo había acumulado después de Cabeza de zanahoria y Las quince mil vidas del caminante. Cuando digo resumen uso una palabra que suena un poco a contabilidad, debía haber dicho mejor summa. Creo que en este libro he logrado, y que esto se interprete con toda la modestia del mundo, algunas cosas que buscaba en libros anteriores, sobre todo desde el punto de vista formal.

Pienso que este libro agota el terreno de las investigaciones formales en las que yo he venido trabajando y creo que en él mi obra poética alcanza una culminación. A partir de este libro mi poesía ha dado un vuelco formal. Con este libro cierro un camino en la medida de mis fuerzas, de mis posibilidades, de mi imaginación, de mi talento y de mi cultura”.

Creo que era muy justa, muy exacta, la apreciación que él tenía de aquel libro. Y creo que una mirada profunda a su bibliografía lo puede revelar también. Hay una opinión sobre este volumen que yo quiero trasmitirles muy rápidamente, porque se trata de la opinión de una persona muy ilustre entonces, y ahora más ilustre aún porque acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura, José Saramago. En una ponencia sobre la literatura cubana, durante un evento realizado en Cuba, decía que él conocía a algunos poetas cubanos, pero, para lo que él quería hacer, pedía se le permitiera que “de todos los escritores cubanos que conozco, tome hoy uno sólo y de este un sólo libro. No sé y ni quiero saber qué lugar ocupan uno y otro en la literatura cubana de estos días. Desearía hasta simular conmigo mismo un juego: imaginarme que de Cuba sólo he leído ese libro y ese autor: Imitación de la vida, de Luis Rogelio Nogueras (…) Aunque me sea forzoso declararlo, el primer poema del libro que leí no es un buen poema. No pasa de ser tal vez, la millonésima ilustración de la eterna lucha entre el ángel de la luz y el ángel de las tinieblas, entre el revolucionario Luis y el pequeño burgués Rogelio, que discuten y casi pelean, para decidir si Nogueras deberá o no darle una limosna a la mendiga ciega portuguesa que le extiende la mano”.

Como se trata de una opinión doblemente honorable, porque viene del Premio Nobel de Literatura más reciente, quiero leerles ese poema de Wichy que abre el libro, que se llama “Allude a esta pobre ciega”. Ayude fue escrito con doble ele, porque fue como el poeta lo leyó en el cartel que ella tenía sobre el pecho en el aeropuerto de Lisboa. El poema dice:

allude a esa pobre ciega

dice el cartel manchado que cuelga del cuello frágil de esa anciana.
El rostro martirizado permanece inmóvil,
los ojos sin vida lagrimean,
las manos huesudas parecen de madera
sobre la falda mugrienta.
Y yo pienso que debe tener mucho frío bajo esos harapos,
que la caverna de su boca desdentada
acaso nunca ha probado otra cosa que el duro y negro pan.
Y entonces el pequeño burgués salta de mi pecho
sonando unas monedas;
su blando corazón de cera comienza a derretirse de piedad.
Pero el otro que hay en mí se revuelve,
sacude al tonto burgués por las solapas,
hace volar de un manotazo las monedas,
y le grita en la cara
que sólo la revolución
podrá hacerle justicia
a esa anciana.

Wichy Nogueras.

Wichy Nogueras.

La aproximación y la comparación no satisfizo en aquel momento a Saramago, pero sí escribió después en homenaje a Nogueras: “ese poema “social” de primer grado, me haría apartar el libro con alguna impaciencia, si no fuese por la firme confianza que como novelista tengo, en general, de los poetas y porque sé que, desde Homero, aun los mejores tuvieron sus horas de flaqueza, sus súbitos adormecimientos ―situación ésta, inútil sería añadirlo, que comparten con los novelistas, los dramaturgos, los cuentistas, los ensayistas. El gran error del que todos, felizmente, somos participantes. (…) Fue esa confianza la que me hizo proseguir la lectura; por esa confianza me vi ampliamente recompensado: Luis Rogelio Nogueras es un poeta admirable”.

Me sumo al análisis de Saramago, y también a esta conclusión que él ha hecho.

En 1981 escribe el guión de otra película, llamada Leyenda que sería dirigida por Rogelio París, un filme que alcanzaría menor calidad estética que las anteriores.

En el 82, a partir de aquel guión, Nogueras publica una novela titulada Nosotros los sobrevivientes. Resulta interesante también destacar la mezcla de géneros y el aprovechamiento del trabajo del cine en favor de la literatura. En ese mismo año realizamos el recorrido por Nicaragua del que les hablaba hace unos momentos, una de las experiencias más hermosas en esa labor de compartir la poesía ante gentes de diversos lugares del mundo. En el 82 y el año siguiente trabajamos juntos en Que levante la mano la guitarra, un libro testimonial sobre Silvio que derivó en el documental del mismo nombre para el que Wichy escribió el guión. En el 83 publica El último caso del inspector, su próximo libro de poemas. Ahí vemos nuevamente la relación entre dos géneros: la poesía y la novela policiaca, en este caso a partir del propio título. Precisamente, el poema “El último caso del inspector”, está precedido, como todos los demás, por una biografía apócrifa de su autor: ya en este libro Wichy ha asumido plenamente el uso del heterónimo, el texto supuestamente ajeno. Según él, este poema fue escrito por un señor llamado Joe Bell, amigo de Arthur Conan Doyle, y hay toda una historia policiaca detrás de eso. Pero el poema en sí mismo, a partir de esta referencia, es también, sin duda, excelente por su economía de medios, su capacidad expresiva y su sentido cinematográfico.

El lugar del crimen
no es aún el lugar del crimen:
es sólo un cuarto en penumbras
donde dos sombras desnudas se besan.

El asesino
no es aún el asesino:
es sólo un hombre cansado
que va llegando a su casa un día
antes de lo previsto,
después de un largo viaje.
La víctima
no es aún la víctima:
es sólo una mujer ardiendo
en otros brazos.

El testigo de excepción
no es aún el testigo de excepción:
es sólo un inspector osado
que goza de la mujer del prójimo
sobre el lecho del prójimo.

El arma del crimen
no es aún el arma del crimen:
es sólo una lámpara de bronce, apagada,
tranquila, inocente
sobre una mesa de caoba.

Esa reconstrucción cinematográfica siempre me ha encantado. Entre el 84 y el 85 Wichy continúa otra faceta de su vida que no he mencionado que es la de eterno viajero. Y a partir de su trabajo cinematográfico, asiste a los festivales de cine, a los lanzamientos de estas novelas policiacas que fueron muy exitosas, también en Europa, editadas en España, Alemania, en Suecia y otros países; hizo una de las cosas que más le alegraban en su vida, viajar, conocer, fue un gran cosmopolita, yo pienso, enraizado en las cosas de la Isla, pero ansioso de conocer otros sitios y a partir de ahí salió otra parte de su poesía que yo voy, por supuesto a mencionar aquí. Y refiriéndose a estos temas, quiero leer este fragmento breve de una carta que me envió, cuando yo estaba preparando la película de la cual habíamos hecho juntos el guion, Como la vida misma, y me la mandó al Escambray, unas montañas que están al centro de la Isla, y, allí me contaba:

“El día 14 de noviembre salgo para Francia-Madrid, a un festival festivalero, lanzamiento en Madrid de la edición Bruguera de la novela Y si muero mañana. Estaré de regreso alrededor del 2 de diciembre. Estaré en el Festival de La Habana, dura 11 días este año, en la primera quincena de diciembre. Hay más filmes que el año pasado y vienen más cineastas y el dancing singing post coitum tendrá lugar en El Parisién (que es un salón de baile del Hotel Nacional), con lo cual se amplía el salón y se reduce el repello, pero algo ganamos. Entre el Festival de Ballet, el Mundial de Pelota y el regreso de Les Luthiers ―estaban en La Habana en ese momento― La Habana parece una ciudad de más de un millón de espectadores, según las estadísticas. Al punto que ya yo no sé si correr hacia primera, tirarme una bailarina o cantar con el maestro Mastropiero aquella tonada que dice: “Papa barata, batata tirá”. La semana de cine italiano tuvo lo suyo, en particular Enrique IV y Bailando bailando. El resto no vale un poema de … escrito por… sobre una idea de… El lector, escribí yo entonces, puede llenar los espacios en blanco con los nombres y apellidos que considere apropiados, y que eran poetas, o creían ser poetas en aquellos tiempos y veremos como algunos coinciden con los que Wichy escribió.

Ya en ese momento Wichy estaba enfermo. No sabía todavía que era la enfermedad que finalmente lo mataría tan joven en el año 1985, y escribía una novela que ha quedado inconclusa ―se va a publicar próximamente―, que él tituló Encicloferia o también Las manos vacías, que espero pueda aparecer el año próximo en La Habana y estaba escribiendo este libro al que ya me referí, que se llama La forma de las cosas que vendrán, donde toda esta búsqueda formal de su poesía, había llegado ya a un punto, en el que por ello, la muerte en este caso es doblemente absurda y doblemente cruel. Creo que se abría un horizonte poético para su creación enorme, que hubiera llegado con una fuerza tremenda hasta nuestros días.

Murió el 6 de julio de 1985, hubo homenajes múltiples, después, como no los ha habido con otro poeta cubano. Yo creo que eso es una medida, no solo de la calidad de su poesía, sino de su personalidad y del cariño y del amor y la amistad que despertaba entre la gente que le rodeaba. El Caimán Barbudo, aquella publicación que fundamos algún día le dedicó un número especial muy hermoso, del cual yo he citado aquí algunos de estos textos y la revista Cine Cubano, de la que él fue jefe de redacción. También se hizo esta edición póstuma de Las formas de las cosas que vendrán. Se editó después Las palabras vuelven, que le da el título a esta conferencia. Y en nuestro Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, hicimos la exposición Mirar al Rojo, donde evocamos todas estas cosas, con documentales, con imágenes, en el décimo aniversario de su muerte.

Y aquí, de pronto, en esta sala y estos patios de la Casa Silva ha reaparecido el poeta, traído de la memoria y el recuerdo, pero sobre todo de su voz, llenando este santuario de la poesía. Aquí quedarán algunos de sus libros en la biblioteca. Aquí quedarán algunas de sus imágenes en los archivos. Aquí quedará su voz en la fonoteca, la misma voz con que ahora se despide por el momento, sólo por el momento, el poeta Luis Rogelio Nogueras, Wichy el Rojo, hermanito de la palabra y de la vida.

(Tomado de La Jiribilla)

Se han publicado 10 comentarios



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  • Sergio dijo:

    Gran articulo dedicadoa un grande,,,,el Wichy, el “post-modernismos y la irreverencia”, dicen los que saben, yo que no se mucho me parece algo fuera de LIGA, fuera de lo común,,,,lo conocí por casualidad siendo un adolescente.

    Grande Wichy,

    Saludos,

  • MEN dijo:

    Gran poeta Luis Rogelio Nogueras, es una verdadera lastima que muriese tan joven.Enlo personal creo que su obra no es lo suficientemente difundida, en los ultimos 10 años solo he visto en las librerias Hay muchos modos de jugar, y los demas libros en las llamadas“polillas´´que se dedican a la venta de libros usados.Wichy, victima tambien de la censura del triste quinquenio gris, como expresa en su poema 1971(citado por el autor).Gracias a Cubadebate por publicar esta entrevista

  • Amaury Pérez dijo:

    Hermoso Víctor, muy hermoso. Estoy conmovido. No conocía este texto tuyo. Gracias.

  • Elena Guarch (Elena de Holguín) dijo:

    Víctor: Siempre quise conocer a Wichi, su poesía me enamoraba. Gracias por darnos la oportunidad de seguir amándolo, de enriquecer el conocimiento de su historia de vida y por leérte y hasta sentirte en la distancia.
    En mi pueblo hay una tarja que recuerda su paso mingitorio por las paredes de la fachada de la hoy Academia de Artes Plásticas. Ni el mismo podría creer que algún día, en una ciudad “del interior” un grupo de jóvenes pusieran una tarja de bronce en recuerdo de sus orines. Bendito Holguín.

    • alexis67 dijo:

      estoy seguro q seria uno de sus homenajes favoritos por irreverente y jodedor, mis felicitaciones a los promotores de la idea jajaja

  • alexis67 dijo:

    Maravilloso homenaje a uno de los grandes de la literatura cubana con el cual tenemos una inmensa deuda de impresión, creo q en cerca de 20 años lo único que se ha sacado al mercado en papel de su obra es la recopilacion “Hay muchos modos de jugar”, las nuevas generaciones están perdiendo de conocer prosa y verso de una inmensa cubanía y belleza ..

  • alexis67 dijo:

    En una etapa de mi juventud q consumía mucha literatura de espionaje cayó en mis manos “Nosotros los sobrevivientes” y me enganchó inmediatamente al nivel de transformarse en uno de mis libros de cabecera en aquella etapa (el cual conservo con mucho cariño a pesar de haberse modificado mis gustos literarios en cuanto a géneros posteriormente), sin ser un lector asiduo de poesía pasé luego a sus poemas y sus geniales apócrifos, tdvia tengo permanentemente a mano textos de wichy para salpicarme de ironia y belleza un día cualquiera, a varias de mis mejores amistades le he regalado la recopilación reciente y conservo el mío con comentarios manuscritos por una mujer desnuda que se veía retratada en sus poemas eroticos, q otra cosa decir, wichy for ever ..

  • Magdalay Moreno dijo:

    Conocí a Wichi a través de su libro Y si muero mañana… Ni siquiera sabía que en vez de leer una novela en prosa iba a leer una de los más bellos poemas que recuerde. Porque si, Wichi escribía poemas hasta cuando redactaba en prosa. Yo sólo tengo un homenaje digno para él. Hace dos años le obsequié al mayor de mis hijos el primer libro de él que conocí, me senté con él en las noches a leerle para que se durmiera. Ahora, él se lo regaló a su hermano (mi hijo menor) y ambos leen estrofas a cada rato. Hace poco tuve una conversación con ellos acerca de los Cinco, y me preguntaban por un ejemplo que yo pudiera ponerles para ellos tener idea excata de todo lo que pasa con los Cinco Héroes, y sólo tuve que decirles: Recuerdan Y si muero mañana? Y enseguida pusieron esa mirada brillante de luz y entendimiento, y fui tan feliz, porque al fin, habían comprendido, sin los teques y propagandas, sino a través de la lectura, la paciencia y Wichi lo que significan para Cuba Los Cinco. Nunca conocí a Wichi, ni siquiera estuve en ningún lugar donde por casualidad él estuviera, pero ha sido parte importante de mi vida, y hasta de mis hijos. Así son los grandes. Ese es el verdadero significado de que la muerte no es cierta cuando se ha cumplido bien la obra de la vida.

  • Juan Jesus dijo:

    Me he sentido hoy leyendo este gran articulo un estudiante universitario de la decada de los ochenta,cuando Luis Rogelio Noguera formaba parte de todos los que teniamos una vision modernista y preferiamos la elegancia ,le agradesco por publicar este articulo.Muchas gracias.

  • Tinta Feroz dijo:

    Recordemoslo más rojo y más brillante,
    mano invencible sobre la adarga terca,
    con sus palbras rosándonos de cerca
    el corazón, del que no está distante.

    Gracias por devolvernoslo de este modo tan bello.

Se han publicado 10 comentarios



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Víctor Casaus

Víctor Casaus

Poeta, cineasta, narrador y periodista cubano. Es el director del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau en La Habana.

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