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Manuel González Bello: un mundo en sesenta líneas

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file0012Por: Elisa Beatriz Ramírez Hernández

A unos meses de entrar a la Universidad, escuché por primera vez, leída por un amigo periodista, una de las Crónicas del Sábado de Manuel González Bello (1949- 2002). No recordé después el nombre del autor ni el título del texto; sólo me quedó, además de la sonrisa inevitable, la certeza de estar frente a un periodismo diferente y encantador como pocos.

Bajando ya la escalinata de mis cinco años en la Facultad de Comunicación, vuelvo a toparme con él. Esta vez en la encrucijada definitiva de mi tesis de licenciatura, dedicada a la genial columna con que alcanzó las nubes del oficio el insigne cronista.

Hijo natural de Ciego de Ávila, Manuel se trasladó desde niño a la Capital; y aunque intentó ser actor, terminó por graduarse de Periodismo en la Universidad de La Habana, en 1974.

La obra de Bello recorre un espectro amplio de genialidades. Desde los grandes reportajes en la revista Bohemia de los 80, hasta artículos y comentarios; desde temas costumbristas hasta económicos y políticos; siempre en busca del detalle revelador de interés humano para enamorar al público.

Cuando llegó al diario nacional Juventud Rebelde (JR), a mediados de la década del noventa, ya era una de las figuras respetadas de la profesión en Cuba. Allí se convirtió en todo un maestro de jóvenes periodistas, y en uno de los cronistas más leídos del momento.

De 1999 a 2001, desde un lateral de la página ocho de JR, Bello armaba cada sábado un mundo en sesenta líneas. El “humilde cronicólogo” que habitaba estas letras, con un dedo índice muy despierto, se convirtió en cómplice de las bromas cubanísimas que cronicaba.

“Lindo verbo ese: cronicar. Porque significa contar, dejar testimonio, exponer costumbres y esencias. Es como narrar la vida pequeña; esa que es tan inmensa”. “Antes de cronicar hay que observar, estudiar, pensar”…dejó escrito “el muy Manolo”.

En las entregas sabatinas, Bello logró rescatar algunas de las mejores cualidades del género en Cuba al enlazar, con técnica refinada, elementos humorísticos, costumbristas y literarios. En la hechura de sus palabras pueden olerse las Estampas Costumbristas (1941-1958) de Eladio Secades; o la risa criolla de Héctor Zumbado en aquellas secciones -Limonada y Riflexiones-, que aparecieron en el propio diario de la juventud durante la década del 70.

El estilo de las líneas sabatinas muestra al avezado escritor que siempre permaneció asido al sueño literario. Su talento y oficio al escribir se manifestó durante toda su vida, pero singularmente en estos últimos años que coincidieron con la sección.

Tales textos se distinguen por la ironía sutil y camaleónica, las referencias a la cultura universal y popular; los elementos de ficción con que enriquecía los referentes reales; los malabares idiomáticos; las descripciones vívidas y diálogos naturales que expresaban su habilidad para observar, memorizar y representar dramáticamente una escena.

Bajo picarescas imágenes de sabor criollo y punzantes travesuras, tras la apariencia de cuestiones intrascendentes, subyacen los latidos anclados en el imaginario popular. Así, vemos a Manolo criticar el musirrido en edificios y automóviles, mirar estúpidofacto los criterios paradigmáticos, más bien paradogmáticos de los burócratas; censurar la venta de productos elarrobados; quejarse del fax cuando se convierte en un faxtidio porque no imprime bien; lamentar la hurañez de algunas personas, y el tanto “no” de otras que viven ennodadas; alertar de tantagente que se va por la tangente, y reírse de las escenas ridículas donde los padres se convierten en amaestraniños.

La crónica 105 detuvo las andanzas semanales de este aventurero soñador, un 3 de noviembre del 2001, cuando anunció: “Y ya me despido. Me voy como vine: ligero de equipaje, la conciencia limpia y con una sonrisa. Ya consumí mi turno, que pase el próximo”.

Unos meses después, exactamente el viernes 31 de mayo del 2002, la redacción de su periódico azul emplanó una mala nueva. Al día siguiente, en la misma página 8 que acogió por más de dos años a las Crónicas del Sábado, apareció una frase desoladora: “Murió Manuel González Bello, uno de los más brillantes periodistas cubanos”.

La Crónica del Sábado fue un espacio sui géneris en la prensa nacional, irrepetible aún una década después. La cátedra de humor y sentido periodístico que Manolo ejercía magistralmente, la convierten en uno de los mejores conjuntos de textos de un mismo género dentro del periodismo cubano.

Parece que una criatura tan excepcional no puede olvidarse fácilmente. Será por eso que aún sigue creciendo. Sus amigos periodistas, los nuevos que le conocimos sólo de letras, y hasta los lectores que aún buscan una crónica perdida entre los archivos de Juventud Rebelde, no le dejan irse completamente.

Todavía debemos agradecerle sus lecciones magistrales de humanidad y profesionalismo; su ética, que se sostuvo en la palabra noble pero punzante; su don exquisito de la ironía, que nos hace reír aun en los momentos difíciles. Porque solo este hombre de ojos azules y mirada larga, supo ver la grandeza a ras de asfalto, para escribir cada sábado la terrible y encantadora vida.

Por suerte, perdura el deslumbrante catálogo existencial que él sembró para ayudarnos a andar en esta tierra, con esa curiosa pupila para husmear el polvillo de la muchedumbre y trazar la caricatura incisiva de nuestra cubanía.

* Este artículo parte de la tesis de Licenciatura de la autora: Con los ojos bien abiertos. Una aproximación periodística a la columna Crónica del Sábado de Manuel González Bello, en Juventud Rebelde, de 1999 a 2001. Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, 2011.

Se han publicado 16 comentarios



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  • Mafo dijo:

    Que sirva este gran periodista de ejemplo a los jóvenes comunicadores; él supo escribir sobre la realidad con la frescura de un cuentista y la profundidad de un experto. No meperdí ninguna de sus crónicas. Gracias por recordarlo.

  • Yan Carlos Cruz dijo:

    hola un saludo para la autora del articulo, pienso que tiene un talento especial heredado de sus padres, en especial de su mama un saludo para ella desde pinar del rio.

  • Luis.F Jacomino dijo:

    Coño que clase tipo,merecido homenaje de recordaciòn a este maestro de la crònica.Recuerdo que esperaba cada sàbado que llegara el Juventud Rebelde al correo de mi pueblo,Yaguajay.Emtonces sin perder tiempo leìa con la crònica de un tiròn.Luego despuès de almuerzo volvìa sobre el diario.Algunas de ellas las coservo.No pude conocer a Gonzàlez Bello, pero un dìa hablando con Pepe Alejandro me revelò muchas de sus cualidades como cronista de este destacado profesional.Recuerdo cuando en el Octavo Congreso de la UPEC se pidiò un minuto de silencio para los colegas que ya no estaban y entonces Pepe levantò la mano para que se incluyera su nombre en aquel listado de los que ya no estaban.Se me hizo un nudo en la garganta entonces al recordar la conversaciòn con Josè Alejando.

  • Barbara dijo:

    Qué bello!!! Elisa.
    Tú también escribes crónicas!!!
    Ahora mismo recuerdo a Manolo, uno de los mejores periodistas cubanos

  • Mirtha dijo:

    Gracias por recordar a Manolo. Fui una de sus médicos en la fase final de la enfermedad que lo llevó a la muerte, pero ya lo conocía cuando antes leía sus Crónicas del Sábado de Juventud Rebelde y en Bohemia antes. Disfruté mucho de largas conversaciones, de cualquier tema, y compartí su afición por los jugos de vegetales. Lástima que no pudo ver el final de mi tesis de doctorado, de la que sería el revisor de redacción y estilo. Sin dudas, una personalidad y talento únicos. Inolvidable. Su huella como periodista es imborrable.

  • Rick dijo:

    Ejercimos juntos en Radio Habana Cuba. Alli lo deje cuando me fui al exilio. Cuando regrese tres anos despues no tuvo temor y mke localizo por telefono. Su saludo campechano lo tengo fresco en la memoria. Hombre y amigo. Trememnda pluma.

  • Gloria dijo:

    Yo tengo un libro publicado por una editorial de Cienfuegos, con una seleccion de sus cronicas y prologo de Jose Alejandro, el libro es genial y mas de 10 años después, aun no ha perdido vigencia. Aun nos topamos con esas cosas que el señaló. Deberían reeditarlo, incuyendo TODAS las crónicas que publicó.

  • Agustín Dimas López Guevara dijo:

    MANUEL

    Por Agustín D. López Guevara
    A quien luego sería el destacado periodista Manuel González Bello lo conocí por los sesenta allá en la primaria de Las Margaritas, escuela y casa a la vez del maestro Amado del Pino. Había llegado de vacaciones desde La Habana a visitar a los tíos, primos y a su hermana Aida (esposa del maestro) y traía ese aire de joven de La Capital (que le había lavado su origen campesino), con los cabellos largos, la camisa ancha y los pantalones de campana. Parecía un cantante extranjero, con su rostro de Jean-Paul Belmondo tropical salpicado por el brillo azul de su chispeante mirada.
    No pude sospechar entonces, que me uniría a él una honda amistad de tantos años que lograría saltar las barreras de la distancia, cuando La Habana para mí, era un sueño lejano en el horizonte.
    La primera vez que visité su casa de la calle D, frente al Hospital Manuel Piti Fajardo, lo hice en compañía del maestro allá por el sesenta y nueve, en unas vacaciones de verano. Cuatro años después me habanicé. Seguí visitando su casa como un familiar más, porque me atrapó además el afecto de Fortuna (la buena de su madre), de la cual nunca se separó y hube de seguirla y visitarla a las casas de J y 23 y Santa Marta y Belascoaín, cuando la familia se fraccionaba en matrimonios y permutas.
    Ya para entonces, en J y 23, mientras terminaba la carrera de Periodismo, lo fui conociendo en la intimidad de los apuros del mediodía, a la hora del almuerzo, y no era extraño verlo acompañado de un amigo que le pegaba la gorra a la noble Fortuna. Allí lo encontré más de una vez con Noel Nicola, Ernán López Nussa, Omar González y otros que, a pesar de su trascendencia, no logré fijar los nombres. Para entonces solía prestarme libros y permitir que hurgara entre ellos. Descubrí sus primeros poemas —que fueron Mención en el concurso 13 de Marzo de la Universidad—, algunos de los que más de una vez recité como si fueran míos:

    Mañana, cuando ya no muestres tu rodilla y donde hoy florece una melena, solo me queden solitarios pelos, nos citaremos en una calle cualquiera, o tendremos un encuentro casual: entonces todo será recuerdo, que dos pájaros se propusieron volar juntos, pero cuando no un rayo, una nube se le interponía, que encerrados en un caracol viajamos haciendo el amor por mares confidentes que no exigían firmas, ni sellos oficiales, que una vez nos amamos

    De modo que la vida, desde el año setenta y tres me hacia coincidir con Manuel en su casa de J y 23, donde hablábamos de libros y escritores. Allí logré abrirle el hermetismo de su creación. Un buen día me confesó que quería escribir un libro sobre los mártires de Humbolt 7, como homenaje a la osadía y valentía de esos jóvenes. Desanduvo por los barrios y bibliotecas buscando información para su empeño latente, pero siempre aplazado por otras urgencias del oficio.
    Ya había sucumbido su amor de juventud a su primera novia y se recuperaba con la llegada de Mireya, los encuentros en Las Cañitas, como con su ubicación en Isla de Pinos en el periódico Victoria, donde volvimos a coincidir en el cumplimiento del Servicio Social. De la isla, me contó la buena impresión causada por Arturo Lince —entonces Primer Secretario del PCC, quien tuvo detractores y seguidores—, al que Manuel supo encontrarle la nobleza campesina, la gran responsabilidad de ese hombre y, aún más, descubrirle, en la intimidad de su despacho, en un burro de madera, la montura de arriero usada en los montes de Oriente, como la confesión de un sueño juvenil: ser piloto, que el traidor de Díaz Lang le quiso mutilar cuando era Capitán del Ejército Rebelde, sueño ya volando en un mayor sueño desde la oficina para la transformación de la Isla de Pinos en Isla de la Juventud.
    Nos seguimos viendo en La Habana, después del regreso definitivo, ya como periodista de Bohemia. Lo había invitado a mi boda y, aunque no asistió, me esperó junto a Mireya en el bar Las Cañitas, donde tanto brindamos por las alegrías de la vida, que esa noche de Luna de Miel, dormí en la bañadera de la habitación del piso diecinueve del Habana Libre, con «una nota de altura», según me dijo al despedirse en el elevador.
    Cuando nació mi hijo, me esperó en los bajos del Hospital Clodomira Acosta, a que yo mirara a Edgar a través del cristal, y me invitó para celebrar tal acontecimiento, en el bar de 12 y 23 con unos tragos de leyenda gracias al ron Legendario, con el compromiso de acompañarlo cuando naciera el suyo (que no sería varón), y a cuyo brindis no pude ir.
    Me contagió con su entusiasmo el día que fue al Habana Libre a entrevistar a García Márquez. Lo esperé ansioso en el bar de Siete Mares durante dos horas que me parecieron dos meses y, cuál no sería su expresión, cuando oprimió el play de la Sony y la dichosa grabadora no registró la voz pausada y sonora de El Gabo, que hube de escuchar muchos años después cuando conocí al gran narrador de Cien años de soledad, en compañía de Santiago Álvarez.
    No puedo describir su impotencia por estos sustos del oficio. Pero finalmente más pudo su obstinación tenaz y, con la grabadora de su memoria, fue capaz de reconstruirla y apareció publicada en Bohemia, sin sospechar los lectores el riesgo del suceso, ni mucho menos García Márquez.
    Por esa época había escrito la novela Más allá del polvo, donde la lucha generacional se debatía con la inclemencia del polvo en Moa (un personaje más en el entramado de la narración). Me pidió que se la diera a Onelio Jorge —con quien me unía una gran amistad— para escuchar el criterio del Viejo Maestro, pero con el estreno del filme Polvo rojo, desistió del empeño y rompió la novela. Manuel era así.
    Su hija Milena le ató su cariño paterno desde su nacimiento, y supo tenerla presente en todo momento, al punto que en su primer viaje a los países del sur —ya periodista de Juventud Rebelde—, le habla a la hija, en la hermosa crónica Carta a Milena, de la cruel realidad que viven los niños de la calle y la suerte de los que nacen en Cuba como ella, con su limpia prosa sin teque, con la que tocaba las más sensibles fibras humanas.
    Por esa época, junto a su colega Emilio Surí, recorre el Cono Sur y deja las impresiones del viaje en muy buenos reportajes, como el que escribiera sobre Los Marielitos que fueron a parar al Perú (donde estuvieron años viviendo en carpas en un parque de Lima, esperando las visas que nunca llegaron para entrar a los Estados Unidos), o el realizado sobre El Paso, en México, que con tanta veracidad revelaba las crueldades que aún soportan los inmigrantes, a riesgo de sus vidas, para cruzar la frontera.
    Con Ivett le habían nacido no sólo Odette y Osmel, pues otras nuevas ocupaciones y preocupaciones llegarían: su «Polaquito blanco», que lo dejaba botado en cualquier esquina de La Habana o Santiago de La Vegas, el compromiso semanal con sus Crónicas del Sábado en el periódico, la separación de Ivett y la última permuta para Centro Habana, la muerte y el entierro de Fortuna, su querida mamá, que lo dejó en el más completo desamparo. A pesar del apoyo de sus más cercanos del periódico y la esmerada atención de sus hermanas , la sobrina Hildita y Darío, que no pudieron suplantar la falta de su madre, la brújula de su vida. Al perderla, quedó desorientado, y no era extraño encontrarlo buscando una media perdida porque se había puesto dos en un pie, mientras velaba la olla para que no se le quemara el arroz, en su afán por concluir el calendario de entrevistas para terminar su libro El Canciller de la dignidad y la posibilidad de realizar juntos una visita a Tamarindo y desandar Las Margaritas y El Cafetal a resucitar muertos con los recuerdos y cuentos del olvido, que por fin quedaría postergada para «el próximo año». Mientras, me brindaba el café que debía hacer yo.
    Su libro y otros proyectos se detuvieron por la fractura de un pie causada por un torpe tropiezo con un hueco de la acera, cuando salía del periódico, bajo la lluvia, lo que describió en una Crónica del Sábado aún convaleciente, con un desgarramiento contra la indolencia y el abandono de las calles y aceras de la ciudad. No le faltó la ayuda de Adolfito, Pepe Alejandro, Mayito, Yoel y tan buenos amigos que nos turnamos para cuidarlo, llevarle de comer y fumar y aliviar a Hildita, Darío y a sus hermanas, mientras convalecía en el Hospital Fructuoso Rodríguez, donde fue operado, hasta que salió para casa de Hildita, a restablecerse y dejar las muletas que le prestó Moraima, mi mujer.
    Así, pudo seguir desandando las calles Zaldo y Manglar al salir de los cierres del periódico y llegar a mi casa con dos tragos de menos, evocando a Joaquín Sabina, siempre tarde en la noche, cuando nos reíamos de los mismos cuentos y de alguna Manolada que terminaba cuando le preguntaba qué estaba haciendo y me respondía: «El ridículo.» Nos reíamos y sin muchos ruegos comía, luego se tomaba el café con espuma y seguía hasta su casa, más allá del Pontón, dejando el cenicero repleto de colillas.
    En Juventud Rebelde se ganó el respeto y el afecto de los nuevos, admiradores del periodista de visión y agudeza que siempre fue, el merecedor del importante Premio Juan Gualberto Gómez,
    protagonista en la Higuera del desenterramiento del Ché y sus compañeros, cuyos hechos vi en las fotos que me mostró en primicia con el temblor del cigarro entres sus dedos. Cronista de su tiempo que recibía, en el más anónimo silencio, los elogios de los lectores, sin obviar, desde el desvelo y el sacrificio, la puntual atención a sus hijos, desafiando los fines de semana el safari nada hemingwayano de montar un camello hasta Santiago de las Vegas, para disfrutar la alegría de los hijos en los años crudos del Período Especial, cuando su aún más minúsculo y maltrecho Polaquito hecho pedazos, ya pura herrumbre, cabía en la mínima sala de su apartamento en Santa Marta, y la bicicleta sin gomas también se oxidaba en un rincón.
    Contra todas las adversidades, como las goteras en su casa, se sobreponía en la computadora regalada por Ernán hasta que terminó su libro El Canciller de la Dignidad. Así escribía sus programas para Radio Habana Cuba, las Crónicas del Sábado, el cuento El perro y una novela que dejara inconclusa en el disco duro, con el sugerente titulo del Swing y el libro de Crónica Los niños de la calle, aún sin publicar. Antes que la muerte lo venciera, pidió pase en el Hospital Hermanos Ameijeiras para asistir a la boda de Milena, justo el día que yo debía acompañarlo en su cama de enfermo, lo que me hizo sospechar que nunca se iba a morir.
    La dimensión humana de Manuel la vi multiplicada en las muestras de afecto y dedicación de toda su familia, su última pareja, María Lucía; Pepe Alejandro, Ernán, Noel, Adolfito, Heriberto, Arleen, Polanco y el resto de sus amigos y ex amantes que no logro mencionar, y que colmaron la funeraria y el cementerio. Las palabras escritas por Heriberto y Pepe Alejandro, leídas por Arleen aquella mañana primero de junio, nos hacían creer que era una broma su muerte, por reunir a tantos amigos que todavía lo añoramos, que siempre lo recordaremos diciéndonos, así como si nada, cuando le preguntábamos qué estaba haciendo: «El ridículo».

    • michel dijo:

      RESPUESTAS A LOS LECTORES:

      agustín: me equivoco, o eres el mismo agustín que manolo me presentó una vez en juventud rebelde?

  • Agustín Dimas López Guevara dijo:

    Si soy el mismo Michel, mis afectos para tí.

    • michel dijo:

      RESPUESTAS A LOS LECTORES:

      agustín: coño, compadre, te leo a cada rato en el foro de mis crónicas, y no sabía que eras tú. le ronca! un abrazo.

  • Carlos Gutiérrez dijo:

    Recuerdo la Crónicas. Me sumo a la propuesta de Gloria de recoger en un volumen (aunque sea en formato digital), todas las Crónicas del Sábado.

  • Keiler dijo:

    Aún conservo recortes de algunas de las Crónicas del Sábado que publicaron en JR, mi hermana y yo sentimos predilección por ellas, las perseguíamos como locos, sobre todo la de periódicos viejos que aún no teníamos…
    Hace tiempo lo andaba buscando en la red de redes por alguna que otra crónica o trabajo periodístico y es gracias a Agustín y a este artículo puedo saber algo más de él… MUCHAS GRACIAS: merecido homenaje… y se agradece otras referencias dónde pueda encontrar alguno sus escritos. Me sumo también a la propuesta de Gloria y pudiera contribuir gustosamente con algunas

  • Agustín Dimas López Guevara dijo:

    Gracias a Elisa Beatriz, y a todos los que conocieron a Manuel; los que han podido leerlo y los amigos entrañables que siempre lo mantienen presente.
    Agustín Dimas López Guevara

  • elisa beatriz dijo:

    Gracias también a todos los lectores y admiradores de Manuel. Yo no tuve el privilegio de conocerlo personalmente, pero a través de sus crónicas se me ha vuelto imprescindible.
    Agustín Dimas: en mi Tesis de Licenciatura sobre la Crónica del sábado, utilicé algunos datos que aporta usted en este texto, debidamente referenciado, el cual había visto ya en otros comentarios a artículos acerca de la crónica, me alegro mucho de que comparta esa información.
    Soy defensora de la obra de Bello, y me apunto en primera fila para cualquier obra que honre la memoria de ese gran cronista. Entre los colegas de Juventud Rebelde queda su esencia. Saludos.

  • adolfo fernandez dijo:

    Hay amigos que traspasan esa frontera y dejan de ser parte de esa palabra tan linda, para dar paso a una mauor, que es hermanos. Ese es el caso exacto de la palabra que me une a Manuel.
    Lo conocí en una mañana lluviosa de diciembre de 1961 cuando la Plaza de la Revolución recibía al ejército de Alfabetizadores Conrado Benitez que venían satisfechos por su misión cumplida para declarar a Cuba Libre de Analfabetismo.
    Casualmente a su familia y a la mía les dieron viviendas unos días antes, una contigua a la otra, en la calle C, casi frente al Hospital Manuel Fajardo, y esa tarde lluviosa de diciembre, fuimos juntos al acto en el que Fidel se dirigió a los brigadistas.
    El vestía con orgullo su uniforme de alfabetizador, y desde ya asomaba su melena rubia que durante casi toda su vida le acompañó, en las buenas y en las malas.
    Fue asi , en el fragor de la efervesencia revolucionaria de los primeros tiempos que fraguamos nuestra amistad, que estuvo sometida a todo tipo de prueba , y siempre salió airosa.
    La vida se encargó entonces de llevarnos por similares derroteros, cursamos juntos la secundaria Básica en la Guido Fuentes, y despues en Pre Universitario Saúl Delgado del Vedado, y en la Escuela de periodismo de la Universidad de La Habana, donde finalmente nos graduamos en 1974.
    Puedo sentirme satisfecho de que durante todos esos años, nuestra amistad-hermandad sobrepaso nuestros espacios personales y trascendió a nuestras familias, que también llegaron a ser familias.
    Lo que más recordaré siempre de manuel es su rapidez y agudeza para las ocurrencias con toques simpaticos y de picardía. Era el clásico cubano que disfrutaba con todo lo cubano. Su afición por la cultura le permitía devorar libros y tener conocimientos variados sobre diversos temas, sin hacer nunca ostentación de ese mérito.
    Amante absoluto del deporte. Cuántas horas invertimos con guantes y pelotas debatiéndonos en strikes o bolas y soñando ambos con integrar algún día las filas de nuestros equipos preferidos.
    Manuel fue un eterno inquieto, un investigador nato, un preguntón hasta la saciedad. Le dolía la chapucería y lo mal hecho y tal vez todos esos elementos juntos lo llevaron mas de una vez al eterno conflicto generacional de aquellos tiempos de nuestra juventud, en que se le colgaba el cartel de rebelde sin causa a muchas personas que, por supuesto, no lo eran.
    Manuel nunca fue rebelde sin causa, sus rebeldías siempre tuvieron causa y la primera, a mi criterio fue siempre su gran amor por la Revolución, que defendía a capa y espada, al igual que criticaba con el derecho propio de quien se siente protagonista de una obra
    Siempre fue familiar, excelente padre, eterno enamorado y amigo de sus amigos.
    Sus anécdotas de simpatía pueden pasar desde la oacasión en que en la Secundaria la directora se empeñó en que si no asistía al día siguiente al aula con la cara rasurada, no podría entrar a clases y su solución ante la disyuntiva de lo que le imponían y lo que quería hacer fue rasurarse la mitad de la cara.
    Cuando le pregunté que para que hacía esa locura me contesto con plena tranquilidad que cuando estuviera ante la directora viraría la cara y enseñaría la parte del rostro afeitada. Despues con la naturalidad mas grande del mundo salió junto a mi con rumbo a la secundaria, sin impoirtarle para nada que la gente lo mirara como si estuviera loco.
    En otra ocasión en la que ibamos apurados para una función de cine, lo llame con premura a su casa, como dije antes situada junto a la mía, porque se nos iba el omnibus y llegaríamos tarde a la funcion, Salio corriendo y aún abrochandose la camisa y finalmente llegamos al cine.
    Cuando comenzó la pelicula lo vi masticando algo y por supuesto le pedí de lo que fuera. Metió la mano en el bolsillo de su pantalon y me puso en las mías algo pegajoso que no pude definir hasta que lo lleve a mi boca. Mi asombro fue saborear platanos maduros fritos, que ´traía en sus bolsillos, repetos de grasa, porque según el yo no le di tiempo a comerselos porque llegaríamos tarde al cine.
    Así eran sus cosas. En una ocasión trabajabamos en la recogida de calabazas en un campamento del ICR-T y en el grupo había un señor que se mostraba muy diligente, organizado, y entusiasta, de esas personas que parecen jefes, sin que nadie les haya dado tal nombramiento.
    De pronto Manuel le empieza a preguntar Jefe,esta calabaza servirá para semillas? Al rato volvía a preguntarle Jefe agrupamos estas calabazas aquí? Y asi sucesivamente. Y ya cuando el hombre se cansó de que Manuel a cada minuto le dijera jefe, le dijo bien alto como para que todos lo oyeran. Mire compañero, yo aquí no soy jefe de nada, soy un come… igual que usted.
    Todos esperaban una reacción violenta de Manuel, e incluso temieron la cercanía de una riña, y nada de eso, Manuel se viró hacia mi con su risa irónica y sus saltones ojos azules brillándole y me dijo. ¿Tu viste que manera mas fina tuvo este hombre para decirme come…?
    Podrían contarse muchas coas mas que habñarían de la calidad humana, la inteligencia y la sagacidad de Manuel.
    Es común que cuando alguien no está entre nosotros todo olo que se hable de ellos sea bueno y parezca que se trata de personas sin defectos. Por supuesto que no era perfecto pero quienes le conocimos a fondo pesamos mucho mas sus virtudes que sus defectos, y algunos de los últimos los pudimos valorar mas como características personales que como tales.
    Quien de los que lo conocimos no se ponía en ocasiones molestos cuando a las once de la noche y hasta mas tarde Manuel le tocaba a la puerta, entraba pedía cafe o un trago de ron, sacaba su libreta de telefonos y se ponía a llamar a todo el que conocía para preguntarles a esa hora como estaba y al final decirle bueno hermano, aburrido de hablar contigo, salud y pesetas.
    Estimo que fue de las personas que pasó por la vida y sembró. Su labor como periodista dejó huellas que muchos debieran seguir. Los jovenes que se adentren en esa profesión deben tenerlo como un referente, nada acedémico, sino práctico de amor a lo que se hace, comprometimiento , busqueda y entrega.
    Siempre sentiré orgullo de haber sido amigo-hermano de Manolillo, como siempre le dije, al igual que lo sentirán Pepe Alejandro, Agustín,Lopez-Nussa y tantos otros que en diversas etapas de su vida compartieron con el penas y alegrías, cigarros y rones, satisfacciones y preocupaciones, y sobre todo un gran amor por Cuba y por la obra perfectible, pero indiscutiblemente superior y humana que decidió y decidimos abrazar y defender.

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