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Mario Benedetti: presente, vivo, eterno

23 mayo 2009

A pocos días de su desaparición física, evocar a Mario Benedetti es ejercitarnos en el difícil arte de ponerlo a vivir nuevamente entre nosotros, a través del lenguaje: compleja tarea que a veces, en casos como este, se facilita, porque de figuras como Mario siempre habrá que hablar en presente, como si la muerte pasara de largo temerosa del poder insondable de la palabra.

Invoco, pues, a los dioses de la amistad: Mario era mi amigo, una criatura de esas que el destino pone en nuestro camino para recordarnos que la solidaridad entre los hombres, hermanada con el talento, con la capacidad de amar y de vivir verticalmente defendiendo aquello en lo que se cree, no es una utopía. Hombres como Mario convierten esa utopía en una palpable realidad.

¿Cómo prefiero recordarlo? Tantas hermosas cualidades poseía que supongo que cada uno de sus amigos guardará una imagen particular de Mario. Siempre será así: serán muchos Marios posibles y un solo Mario verdadero. Y para develar una imagen de mi Mario particular, me gustaría compartir con los lectores dos anécdotas que, a mi juicio, lo retratan de cuerpo entero:

Eduardo Heras junto Mario Benedetti y Silvio Rodríguez

Eduardo Heras junto Mario Benedetti y Silvio Rodríguez

Yo lo había conocido a fines de los 60 cuando él dirigía el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, y siempre lo había admirado a distancia, sobre todo por sus espléndidos cuentos que leíamos deslumbrados en las aulas de la Escuela de Periodismo: pequeñas joyas como “La noche de los feos”, o “Ganas de embromar”, con aquel final siniestro, o “Réquiem con tostadas” que era una lección sobre cómo hacer un cuento memorable con un asunto que era un lugar común dentro de un melodrama.

Pasaron algunos años envueltos en aquel torbellino de la Revolución y los difíciles avatares de la vida cultural de la época, y creo que debe haber sido a mediados de los 70, cuando se produce nuestro primer encuentro personal. Yo vivía en el primer edificio de 12 plantas del Plan Alamar, que pertenecía a la fábrica Vanguardia Socialista en la que yo trabajaba, cuando un día, haciendo la cola de la ruta 215, me lo encontré merodeando por el lugar, un poco desconcertado tal vez por el barullo infernal de una cola de ómnibus de muy baja frecuencia. Lo llamé varias veces hasta que pareció reconocerme, sonrió y yo le hice un hueco delante de mí, bajo la mirada desconfiada de los que ocupaban lugares después que yo. Después de los saludos, y ante mi timidez y como tratando de iniciar una conversación, me dijo algo así como: “Yo me he leído tus dos libros publicados (se refería a La guerra tuvo seis nombres y a Los pasos en la hierba”), y me gustaron mucho”. Yo estuve a punto de abrazarlo, porque sus palabras me parecieron tan generosas que me conmovieron, sobre todo en aquellos momentos ingratos de mi vida. Y entonces nos pusimos a conversar como viejos amigos, de diversos temas, en primer lugar de literatura, por supuesto; hablamos de Borges, de Cortázar, de García Márquez, de Onelio. Le dije que había leído Montevideanos y le mencioné varios excelentes cuentos de aquel libro, en particular “Familia Iriarte”, que era, a mi juicio, una obra maestra; también recordé “La noche de los feos”, que podía contar de memoria. Transcurrió como una media hora sin que el ómnibus llegase, y yo miré el reloj y solté una palabrota en buen cubano. Mario me puso una mano en el hombro, y comenzó a darme palmadas. “Paciencia”, me dijo, “no pierdas el ánimo. Ella llega”. Yo miré su inolvidable rostro de hombre bueno, y me eché a reír casi hasta las lágrimas. Abrió los ojos como preguntándome, y yo le dije: “¿No ves la paradoja? Un uruguayo dándole ánimos a un cubano en la cola de la guagua, cuando tendría que ser al revés.” Ahora fue él quien comenzó a reírse, y finalmente para nuestra fortuna, “el animal luciferino”, como lo llamaba Lezama, llegó.

No tengo que decir que a partir de aquel día nuestros encuentros se hicieron habituales. Si él llegaba primero me guardaba un puesto en la cola y viceversa. Y entre las escandalosas explosiones de ira de los impacientes coleros, los gritos de las mujeres porque algún “colado” se filtraba en la puerta del ómnibus, los chillidos de los niños intentando subir en el apretujamiento de la puerta delantera, Mario y yo sosteníamos profundas conversaciones analíticas sobre Borges, el realismo, lo fantástico en Cortázar, el realismo mágico, la narrativa joven cubana, la cuentística rioplatense, y otras menudencias por el estilo, como si de pronto nos encerráramos en una burbuja de cristal a prueba de colas, escaseces y entuertos de todo tipo que desfacíamos, imperturbables, en aquellas soleadas mañanas de Alamar.

Después supe que se marchó nuevamente y no lo vi más por esos años.

En 1987 viajé por primera vez a Uruguay, invitado por la Cinemateca uruguaya por una gestión de Eduardo Galeano, para impartir un seminario de narrativa para guionistas de cine, y simultáneamente asistí a la Feria del Libro de Montevideo. Allí se iba a exhibir un filme hecho por la Televisión Cubana basado en mi cuento “Cuestión de principio” y yo había telefoneado a Mario y le había pedido que él me presentara aquella tarde. Sinceramente pensé que eso no sería posible. Pero pese a mis pronósticos pesimistas, Mario me respondió que “con mucho gusto, Eduardo”. Cuando llegó la fecha señalada, volví a llamar a Mario por la mañana para recordarle la presentación. Con una voz en la que se notaba que no estaba bien, me confesó que tenía un cólico nefrítico realmente muy fuerte, que estaba tomando medicinas, y que trataría de ir, aunque no me lo prometía. Le dije que, por supuesto, no fuera, no faltaba más, primero la salud. Añadí que no se preocupara, que no era tan importante, que se cuidara ese riñón. Esa tarde cayó uno de esos aguaceros insólitos para Montevideo, pues parecía una tormenta tropical caribeña que duró varias horas. Pero apenas unos minutos antes de comenzar la exhibición, Mario entró en el salón, con el rostro todavía pálido y desencajado, la ropa húmeda, me dio un abrazo, y solo me preguntó: “¿Llegué a tiempo?”. No puedo recordar exactamente lo que dijo en esa ocasión y no haber conservado esas palabras fue una torpeza que siempre me he reprochado. Ya la memoria me traiciona, aunque sé que mencionó cosas memorables para mí, para mi obra literaria, para nuestra imperturbable amistad. Cuando terminó la presentación, me pidió excusas porque debía marcharse y ver al médico, y yo apenas pude balbucear unas torpes palabras, porque la emoción no me dejó. Solo nos miramos. Y creo que eso bastó para que supiera cuánto quería decirle. Nunca le agradeceré bastante aquel esfuerzo sobrehumano, aquellas palabras cuyo difuminado recuerdo conservo como uno de los tesoros con que la vida me ha premiado.

Después vinieron otros momentos, otros aconteceres, como aquel viaje que dimos juntos a la patria de Sandino y un increíble periplo a través del Lago de Nicaragua con un grupo de escritores como Eduardo Galeano, Eric Nepomuceno, Jorge Enrique Adoum, Claribel Alegría y Bud Flakoll, Mario y Luz, y el que estas líneas escribe, o aquel multitudinario recital en Casa de las Américas, donde el público impaciente derribó la puerta de entrada de la Casa, y Mario mandó a hacer un pisapapeles con los cristales que recogió aquella tarde. Ese día, Eduardo Galeano me dijo: “Él, indudablemente, tiene las llaves de alguna puerta de la sensibilidad, sobre todo entre los jóvenes, que provoca estas reacciones”.

Podría seguir hablando interminablemente de Mario, mencionar además que nuestra amistad se mantuvo a lo largo de los años, que siempre apoyó nuestros empeños culturales; que saludó entusiasmado aquel primer Seminario de Técnicas Narrativas con el que inauguramos el proyecto Universidad para Todos en el año 2000; que colaboró hasta hace muy poco con textos inéditos para la revista El Cuentero, del Centro Onelio, de la cual generosamente aceptó pertenecer a su Consejo de colaboradores. Pero creo que esas dos anécdotas pueden configurar mi imagen particular de ese ser extraordinario que “es” Mario Benedetti, así, en presente. Porque aunque sé que decir que de alguien siempre habrá que hablar en presente es un lugar común, hablar de ese hombre, “en el mejor sentido de la palabra, bueno”, es superar los lugares comunes, sentir que su presencia es permanente, que está a nuestro lado, que cualquier día me lo encontraré de nuevo en Alamar pidiendo el último en la cola del ómnibus, o vendrá a alguna Feria del Libro a regalarme un poco de su inmenso prestigio en la presentación de un libro, o sencillamente leyendo un poema con aquella voz que era como un susurro en la sombra.

Ese es mi Mario particular, presente, vivo, eterno.

Eduardo Heras León

Eduardo Heras León

Escritor cubano. Obtuvo Mención única en el Concurso “Casa de las Américas”, en el género cuento, con su libro “Los pasos en la hierba”. Es el fundador del Centro de formación literaria “Onelio Jorge Cardoso” y Premio Nacional de Edición.

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