Capitalismo es antónimo de democracia
El orden socioeconómico capitalista es sinónimo de libertad, siempre que usted acepte que la primera de las libertades la disfrute el capital, y el dinero pueda ser libre para comprarlo todo.
Cuando se restringe la capacidad del dinero para adquirir los bienes que sustentan la vida en sociedad o se impide que estos se comporten a la manera de una mercancía más, susceptible de ser comprada y vendida, se restringe al capitalismo.
Por eso es tan importante para el capitalismo que la conciencia ciudadana haya sido manipulada por el sistema para la idea de que capitalismo es igual a democracia y que cualquier atentado contra la libertad del dinero para adquirir cualquiera de los bienes terrenales y morales del hombre es una agresión contra la democracia.
¿Usted se imagina qué sería su país, y este planeta, si los médicos, los educadores, los tribunales, los gobiernos, los medios de producción y de servicios, los de información, las expresiones culturales y hasta las condiciones para hacer el amor estuvieran al servicio de todos por igual en una sociedad en la que el dinero no pueda determinar diferencias en la calidad y urgencia de las prestaciones?
Como eso distorsionaría horriblemente el precario equilibrio asimétrico de casi todas las sociedades nacionales, el capitalismo necesita que tales ideas continúen al margen de las aspiraciones ciudadanas.
Porque sería terrible que una persona con muchos recursos económicos se vea condenada a la misma calidad de vida e iguales condiciones de tratamiento y posibilidades de curación, en casos de enfermedad, que los que carecen de dinero suficiente.
Porque no sería lógico que los descendientes de las personas adineradas tengan que compartir las mismas aulas y calidad de educación con los hijos e hijas de las familias pobres.
Porque no parece racional que pobres y ricos sean juzgados, en casos de delinquir, con el mismo rasero, ni que compartan galeras en prisión cultos millonarios corruptos con rústicos y hambrientos delincuentes comunes.
Porque no debe ocurrir que gobernantes electos prescindan, en sus campañas por los cargos, de las donaciones que les hagan las personas más ricas, influyentes y responsables de las naciones, a fin de que, en su futuro desempeño como dirigentes, se consideren obligados a proteger la seguridad de los capitales corporativos y los del segmento más importante y poderoso de la sociedad.
Porque solo es libre la prensa si es permitido al capital privado comprar emisoras de radio y de televisión, periódicos, revistas, agencias de noticias o cualquier otro medio para que así cuiden con eficiencia que lo que se publique sirva a sus intereses propios, que son los determinantes en el conjunto de la sociedad.
Porque se necesita que lo mejor del arte y la cultura nacional e internacional pueda exhibirse, y en su caso importarse, para el disfrute de la élite culta de la sociedad que es capaz de sufragar, por medio de la publicidad, los gastos que ello implica.
Porque es saludable que todo esté estructurado en la sociedad de modo que el atractivo principal para la relación de géneros sea el dinero y la posición económica, a fin de estimular la competitividad y la lucha por la ganancia como motor del progreso en cualquier nivel.
Donde falte cualquiera de estas condiciones, o se encuentren amenazadas por la incomprensión de que ellas son consustanciales al capitalismo, que es lo mismo que a la democracia, hay que actuar con premura y sin clemencia.
Así lo ha hecho a lo largo de casi medio siglo contra Cuba, el capitalismo moderno, por intermedio del gobierno de los Estados Unidos, que es hoy su Ceca y su Meca.
Una feroz campaña para la demonización de los propósitos y las acciones de la revolución cubana comenzó a desarrollarse antes incluso de su triunfo y toma del poder en enero de 1959.
Ha sido una campaña sostenida e incesante, inicialmente a cargo de los servicios secretos de subversión estadounidenses y posteriormente de manera pública y oficial, con multimillonarios programas orientados sin discreción ni vergüenza por prominentes funcionarios de la Administración.
Ha tenido que ser una campaña complementada con la prohibición de que los ciudadanos estadounidenses visiten la isla en busca de sus propias valoraciones individuales.
Durante el breve espacio de tiempo en que Estados Unidos puso en vigor, como un recurso más contra la Isla, la política de "pueblo a pueblo" que autorizaba la visita a Cuba de cierta categoría de individuos de la academia y las universidades en general, con vistas a que los visitantes influyeran sobre los cubanos, ocurrió todo lo contrario y el presidente Bush canceló esa forma de ofensiva porque resultó tan contraproducente como un boomerang.
El proyecto revolucionario socialista cubano no impone a otros países condiciones anticapitalistas pero si exige de otras naciones respeto por los experimentos, ensayos y estudios que emprende la nación isleña en aras de la creación de un orden social y económico alternativo al capitalismo, más justo y mejor para el pueblo cubano.
Si alguna o todas las experiencias cubanas provocaran interés en otras naciones debe ser asunto de sus pueblos decidir acerca de su aprovechamiento, sin intervención de terceros.
El orden capitalista ha demostrado que su modelo no se aviene a las aspiraciones de la humanidad, especialmente en los países del tercer mundo, de vivir en un sistema menos cruel y más equitativo para todos.
La errática actuación hegemónica de Estados Unidos ciertamente ha contribuido mucho en años recientes al desprestigio del modo de vida capitalista.
La burguesía, especialmente la pequeña y la mediana, seguramente sobrevivirán a todo lo largo de un proceso de cambios económicos y sociales que tendrá características distintas en diferentes países y regiones, pero es incuestionable que su ciclo está vencido y, más temprano que tarde, requiere reemplazo.
Porque democracia y capitalismo, por mucho que se trate de imponer el criterio, no son la misma cosa, sino más bien contrarios.


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