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Terrorismo en Sheridan Circle: Hace 30 años

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Progreso Semanal
El terrorismo golpeó como lo hace ahora, sin advertencia. Aproximadamente a las 9:45 de un martes por la mañana, el 21 de septiembre de 1976, sonó el teléfono. Deje mi taza de café.  «Acabo de ver el peor de los accidentes», me dijo ella, con voz angustiada. Mi esposa entonces describió lo que había visto en la avenida Massachussets mientras iba al trabajo. «Estaba saliendo humo de un carro destrozado. Había sangre y pedazos por todo Sheridan Circle.  Alguien tiene que haber muerto», dijo ella muy nerviosa. «Los tipos del Servicio Secreto corrían llenos de pánico».

«Siento que lo hayas visto. Vaya que modo de comenzar tu día de trabajo».

La segunda llamada telefónica, cinco minutos más tarde, me puso a temblar. Una bomba había provocado el «accidente» de Sheridan Circle. La recepcionista del Instituto para Estudios de Política, entre  sollozos y gritos, me informó de la identidad de las tres personas que viajaban en el auto saboteado: Orlando Letelier, Ron y Michael Moffitt –mis colegas y amigos.

La bomba que había sido fijada a la vigueta estalló hacia arriba y le arrancó ambas piernas a Letelier. Murió unos minutos más tarde. Ronni fue herida por esquirlas en la garganta y una de ellas le seccionó una arteria. Murió ahogada en su propia sangre.

La explosión arrancó la puerta trasera del auto. Michael salió disparado por el aire y escapó con unos raspados, cortes y un trauma vitalicio.

La policía del servicio secreto que cuida las embajadas dijeron que él no dejaba de gritar: «Lo hizo Pinochet» y «Lo hizo la DINA». Pensaron que estaba loco. En realidad había identificado a los asesinos 30 segundos después de que estos hubieran atacado.

Cuando agentes del FBI me entrevistaron más tarde y me preguntaron quien pudo haber cometido el terrible acto, respondí, «DINA». El agente preguntó: «¿Sabe usted el apellido?»

Yo había supuesto ingenuamente que un agente del FBI sabría que la DINA era la agencia chilena de inteligencia y de policía secreta. El Buró pronto lo aprendió. Sus agentes descubrieron que en junio de 1976 el General Augusto Pinochet, autoproclamado presidente y dictador militar de Chile, dio órdenes al jefe de la DINA, Cnel. Manuel Contreras, de asesinar a Letelier.

En menos de dos años los investigadores del FBI descubrieron detalles pertinentes del plan terrorista que tuvo lugar a menos de un kilómetro de la Casa Blanca. El Buró llegó a la conclusión de que el propio Pinochet tuvo que autorizar un asesinato en Washington D.C.

Contreras envió a Michael Townley, un norteamericano que trabajaba para la DINA, para que coordinara el plan. Townley reclutó entonces a Guillermo Novo y a su pandilla de cubanos anticastristas (Movimiento Nacionalista Cubano) de Nueva Jersey, quienes lo ayudaron a adquirir componentes para su bomba. Dos de ellos (José Dionisio Suárez y Virgilio Paz) se declararon culpables de «conspiración para el asesinato». Cada uno fue condenado a 12 años y fueron liberados bajo palabra después de cumplir 7. Esos dos iban en el auto que precedía al de Letelier cuando llegó a Sheridan Circle. Uno conducía el auto y el otro apretó los botones de control remoto para hacer estallar la bomba en el momento en que el automóvil de Letelier llegaba a Sheridan Circle. Un jurado declaró culpable a Novo y a otros dos co-conspiradores, pero la decisión fue revocada en la apelación. Posteriormente Novo fue condenado por perjurio, por mentir al gran jurado acerca de su conocimiento del plan de asesinato.

En 1978, cuando Townley confesó después de llegar a un acuerdo con la fiscalía, contó al FBI los detalles de cómo recibió sus órdenes de boca de Contreras, cómo obtuvo del Capitán Armando Fernández Larios el informe de vigilancia acerca de Letelier y cómo luego reclutó a los cubanos para que lo ayudaran a terminar el malvado hecho. Explicó en el juicio de Washington D.C. en 1980 cómo había fijado con adhesivo la bomba al auto de Letelier dos días antes de la detonación.

En 1979 presencié cómo Townley contaba la historia ante un jurado de un tribunal federal mientras denunciaba a sus co-conspiradores. Casi alardeó de su ingenioso diseño de un detonador de control remoto en dos etapas que los anticastristas cubanos activaron en el momento en que el auto de Letelier llegaba a Sheridan Circle.

La tranquila y monótona voz de Townley en  la silenciosa sala del tribunal me hizo sentir que me iba a estallar la cabeza. Su voz tenía un dejo de autocompasión mientras contaba al jurado acerca de los problemas a que se enfrentó para colocar la bomba. A las 3 a.m. en una tranquila calle residencial en Bethesda, Maryland, se arrastró debajo del auto estacionado y fijó con adhesivo el artefacto a la vigueta en I. Cuando estaba fijando su creación, un auto patrullero de la policía encendió sus luces en la calle. Townley dijo que el sudor le corrió por el rostro. Su corazón latió con fuerza por el temor. El auto de Letelier llevó la bomba durante dos días.

El FBI supo de Townley por un informante infiltrado en el grupo terrorista cubano. Este dijo al Buró que un agente chileno llamado Wilson había venido a reclutar a los anticastristas para un asesinato.

Los cargos se formularon como dos años después del sangriento hecho. El Departamento de Justicia nombró a Contreras y a otro alto oficial de la DINA, Townley y el agente de la DINA que chequeó a Letelier y a cinco exiliados cubanos. Pero el nombre de Pinochet no apareció en la acusación.

Los agentes del FBI se encogían de hombros cuando se les preguntaba acerca de este «olvido».  Larry Barcella, uno de los fiscales, aceptó que era «inconcebible» que tal crimen hubiera sucedido sin la autorización de Pinochet. Pero eso era el mundo de la política -algo que el FBI y los fiscales aceptaban como un hecho.

Eso fue antes del 11/9. En su discurso ante el Congreso el 21 de septiembre de 2001, Bush prometió «perseguir a las naciones que brindara ayuda o refugio al terrorismo. Cada nación en cada región debe tomar ahora una decisión: O está con nosotros o está con los terroristas.»

A pesar de que toda la evidencia en el atentado terrorista de Letelier y Moffitt apunta directamente a Pinochet, Bush no ha exigido a Chile su extradición a Estados Unidos. Ni tampoco las anteriores administraciones presionaron a Chile. Es más, Bush ha dado refugio a terroristas anticastristas como Luís Posada Carriles y Orlando Bosch, ambos implicados en el sabotaje a un avión comercial cubano tres semanas después del atentado a Letelier. Setenta y tres personas murieron en aquel acto terrorista.

El Presidente Bush padre admitió a Bosch en Estados Unidos. Vive en el Sur de la Florida y conspira con otros vejetes para actos adicionales de terrorismo en Cuba -y lo admite con orgullo. Bosch aseguró que el sabotaje al avión era «un acto legítimo de guerra», y por tanto «en ese avión no iban inocentes». Calificó a los pasajeros muertos de «colaboradores». (Kirk Nielsen, «¿Honrados Saboteadores?» Miami New Times, 5 de diciembre de 2002.)

Posada, quien no solo fue el coautor del sabotaje al avión junto con Bosch, sino que en 1999 trató de asesinar a Castro en Panamá, se encuentra en una cárcel norteamericana acusado de entrada ilegal al país –no de terrorismo. Es más, un juez federal ha propuesto liberar a Posada y el gobierno de EEUU no ha protestado. Tal actitud haría de «brindar refugio» una nueva categoría.

El terrorismo, para los que lo experimentan, significa la muerte para familiares y amigos.  Significa trauma futuro, sueños violentos y ansiedad a largo plazo. El terrorismo significa llevar el terror a los corazones y a las mentes, independientemente de que el medio seleccionado sea un avión a reacción, disparar cohetes, colocar artefactos explosivos o fijar una bomba con adhesivo a un automóvil.

Bush, al igual que otros presidentes norteamericanos anteriores no ha hecho nada por solicitar la extradición de Pinochet, quien perpetró el acto terrorista del 21 de septiembre de 1976. Así que cuando recordamos a las víctimas del terrorismo como Letelier y Moffitt, debiéramos también recordar la naturaleza artera de la guerra de Bush contra el terrorismo. En realidad no quiere decir eso. Cuando él menciona la palabra que empieza con «t», excluye a todos los que encubren sus asesinatos con retórica anticastrista o contra la izquierda.

Debiéramos recordar también que Osama bin Laden y otros terroristas de hoy recibieron apoyo de la CIA cuando usaron sus impulses asesinos en contra de la Unión Soviética.

El 21 de septiembre de 2006, la Presidenta de Chile Michelle Bachelet inauguró el Salón Orlando Letelier en la sede chilena en la ONU, una buena manera de preservar la memoria histórica. Un busto de Ron Moffitt y de Orlando en Sheridan Circle hace que los transeúntes pregunten cómo fue que un general chileno a quien el gobierno norteamericano había apoyado en un golpe militar ordenó un acto terrorista en Washington.  

El nuevo libro de Landau, Un mundo de Bush y de Botox, será publicado por Counterpunch Press

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Saul Landau

Saul Landau

Saul Landau es un escritor, periodista, realizador de documentales y académico estadounidense cuyo trabajo se ha centrado en gran medida en América Latina.