El miedo siempre llama dos veces

Manifestación en Chile contra Pinochet, en 1989. Foto: Jorge Ianichesky.
Cuando los pacificadores apuntan,
por supuesto tiran a pacificar,
y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro.
(Mario Benedetti)
Gennaro Carotenuto, corresponsal de Brecha en Italia, está convencido de que no se debe a la casualidad el descubrimiento de las torturas en Abu Ghraib. "Yo creo que mostraron las fotografías deliberadamente para contener la resistencia iraquí, para decirle a los rebeldes: si se enfrentan a nosotros, esto es lo que les espera."
En una entrevista hace poco más de un año, Leonard Weinglass, el abogado de Antonio Guerrero*, me comentaba algo por el estilo. Los medios de comunicación están bajo el control de personas y corporaciones que jamás favorecen las luchas por la justicia y tienden a tratar solo hechos sensacionales. "Ahora que hablan de las torturas en Abu Ghraib, ¿cuánto de esto está relacionado con el sexo y el sensacionalismo? ¿Por qué los mismos medios que ahora están dando amplia cobertura a los temas del sadismo y la tortura sexual, dijeron muy poco o nada sobre los muertos civiles iraquíes?", se preguntaba.
Nada ha sido más beneficioso en la estrategia del terror que Bin Laden y sus apariciones desde su cueva de set cinematográfico, unas veces vestido como un profeta, y otras en traje de camuflaje made in USA. "Es muy convincente frente a millones de musulmanes", dicen los expertos de los centros de estudios estratégicos de Estados Unidos, y lo es más, frente a la indigestada teleaudiencia norteamericana. No es un terrorista cualquiera. Sabe interpretar viejos sentimientos de frustración y revancha, revivir humillaciones que vienen desde los tiempos coloniales y llegan hasta la profanación de la tierra santa saudita durante la Guerra del Golfo. Sabe usar, además, la televisión, los escenarios, el tono de la luz, la propiedad de los atuendos a la hora de explicar su cruzada, y lo hace con voz suave, pausada, nada de violencias verbales, aunque esté amenazando con un nuevo cataclismo. No solo logra casi todo lo que quiere, sino que aparece oportunamente momentos antes de que se decrete en Washington la alerta naranja y la administración Bush diluya los escándalos de la economía doméstica con un ataque de pánico y más soldados y muertos en Iraq .
El miedo siempre es oportuno. Sobre él se levantó también en América Latina la más espectacular industria de terror padecida desde la Conquista. Los dictadorzuelos no solo torturaban, mataban, desaparecían y robaban niños, sino que lo hacían selectiva y organizadamente. La cultura del miedo reinstaló la condición de sospecha sobre el otro y sobre sí mismo por tiempo indefinido. La pregunta que hoy no pueden responderse muchas personas que se salvaron de la matanza planificada es por qué asesinaron a todos sus amigos y ellos, sin embargo, quedaron vivos. Los criminales bien sabían la razón: era importante que alguien contara lo vivido y transmitiera su sensación de pánico, esa epidemia profundamente disuasiva que al final logró su objetivo. Gracias al miedo a la muerte y a la muerte misma, se instaló en Latinoamérica, prácticamente sin resistencia, el neoliberalismo.
Los "delincuentes subversivos" no eran para los sicarios del continente -y no lo son para los fascistas norteamericanos- solo los integrantes de las organizaciones "rebeldes", sino todos los ciudadanos que no se ajustaban, según sus códigos, al ideal de "hombre occidental y cristiano". Por tanto, todos estaban -y estamos- incluidos en la nómina de muertos.
Luis Posada Carriles, el genocida fabricado por la CIA en su guerra contra Cuba, autor de la voladura de un avión en pleno vuelo, no utilizaba eufemismo para reconocer que todos los que no aceptaban las reglas del juego de Washington o simplemente vivieran en un país "comunista" eran enemigos de guerra. En su autobiografía Los Caminos del guerrero (1994), dice sin ambages que cuando lo recluta la Agencia Central de Inteligencia a inicio de los años 60, "el campo de batalla, entonces, lo mismo estaba en el territorio cubano, que en cualquier punto de la tierra en donde el enemigo estuviera presente o intentase penetrar para enriquecer sus dominios."
En 44 años de carrera criminal, Posada Carriles organizó acciones terroristas en al menos 24 países y entre sus victimas han figurado deportistas, estudiantes, mujeres embarazadas, ancianos, turistas, gente de muy variado pelaje y ocupación, cuyo único delito era vivir en Cuba, tomar sol en uno de sus hoteles, viajar en un avión o caminar distraídamente cerca de una embajada o una oficina cubana o de algún país que sostuviera relaciones diplomáticas con la Isla. Quería a toda costa convertir a Cuba en un espacio maldito y a sus habitantes en rehenes paralizados, sumisos a una particular voluntad política.
Hijos de una misma doctrina, los dictadores latinoamericanos y los sicarios a sueldo de la CIA como Luis Posada Carriles solo repetían una táctica que ha probado más de una vez su eficacia. A gran escala, el terror es categórico, como lo demostró el bombardeo atómico de 1945, que segó las vidas de cientos de miles de inocentes en cuestión de minutos, y provocó que el Imperio japonés se disolviera y que sus pobladores y gobernantes se sometieran a la ocupación extranjera. A cuenta gotas -matando aquí y allá, haciendo blanco en cualquiera de cualquier esquina- también rinde jugosas ganancias políticas.
El miedo convence y, de paso, entretiene; divierte y acomoda las conciencias y, sobre todo, desvía la atención de lo esencial. Si no fuera por los servicios que presta, lo evidente quedaría al desnudo: ¿a quién le sirve?, ¿dónde aprendieron a torturar los soldados norteamericanos?, ¿de qué experiencias se valieron?, ¿quién le enseñó a Posada Carriles sus tácticas criminales?, ¿cómo logran que casi nadie se escandalice con el anuncio de que no solo no cerrarán Guantánamo, sino que aumentarán las cárceles de este tipo?, ¿por qué Donald Rumsfeld puede decir tan tranquilamente por la televisión que EE.UU. no va a permitir ninguna investigación en sus centros de torturas?
Lo trágico es que el miedo no es unidireccional. El terror siempre llama dos veces, como el cartero de James M. Cain: quien lo utiliza, lo padece. Quien lo estimula, lo sufre o lo sufrirá algún día, porque las víctimas suelen pasar del pánico a la desesperación y de ahí a la violencia. Ojo por ojo: Nueva York, por Afganistán; Madrid, por Iraq; Londres por Faluya. Y así, hasta el fin.
*Antonio Guerrero es uno de los cinco cubanos encarcelados en Estados Unidos desde 1998 por denunciar las acciones de los terroristas de origen cubano en Miami. Fue sentenciado a cadena perpetua más diez años.


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