Cañoneras
Da vueltas por ahí una información, aparentemente inofensiva. Dice que George Bush va a comenzar a explotar la enorme reserva de petróleo de Alaska, para prescindir de más de la mitad de lo que actualmente importan los Estados Unidos de Venezuela. "Que vaya a buscar el petróleo en la Luna o en Marte, si quiere; de todas formas nosotros no vamos a incumplir nuestros compromisos con ese país", replican las autoridades venezolanas.
No es intrascendente la noticia. El oro negro venezolano ha sido el capital más codiciado del gobierno norteamericano, en 200 años de relaciones entre los dos países. Imposible no ver con suspicacia ese intempestivo anuncio del asalto al subsuelo de Alaska, conociendo que en casi dos siglos Venezuela no ha sido un país ante los ojos de los norteamericanos, sino una gigantesca bomba de gasolina.
De hecho las cañoneras aparecieron en el horizonte de La Guaira en el mismo instante en que comenzaron a alzarse los andamiajes para la perforación petrolera y en los páramos se tendieron los tubos de los oleoductos, se tejieron los hilos de las centrales eléctricas y aparecieron los campamentos de calles asfaltadas. Nuestro Juan Marinello describió admirablemente el símbolo de la nueva dominación: "las torres de las exploraciones petroleras, pequeñas iglesias metálicas, vinieron a ser los nuevos clavos en la piel del ancho paisaje americano".
Pero la injerencia norteamericana no llegó por vías "pacíficas", de la mano "suave" de las transnacionales, como suelen reseñar los textos de Historia. Buscando información por aquí y por allá para un nuevo libro, he descubierto un dato que suelen ignorar las cronologías de las intervenciones militares de Estados Unidos en el mundo: hubo una en Venezuela, en 1908, muy parecida a las que actualmente el gobierno imperial practica en el mundo.
Cuando el Presidente venezolano Cipriano Castro viajó a Europa para ser sometido a una cirugía, se desató una monumental confabulación. Su compadre y vicepresidente de la República, Juan Vicente Gómez, recibió total apoyo de Philander Chase Knox, secretario de Estado norteamericano, para ejecutar un golpe de Estado que se produjo con las banderas norteamericanas ondeando en las costas. EE.UU. envió a La Guaira, el 27 de diciembre de 1908, al procónsul William I. Buchanan a bordo del acorazado North Carolina, escoltado por las cañoneras Maine y Des Moines, que permanecieron ancladas en ese puerto durante meses.
El 13 de febrero de 1909, con los buques de guerra aún varados en la costa, el procónsul Buchanan y el ministro de Relaciones Exteriores de Gómez, suscribieron los textos donde Venezuela aceptaba ceder todo lo que pedían los Estados Unidos para posicionar en los mejores terrenos de la "República" a la Orinoco Steamship Company, de la Manoa Co. Limited y de la Crichfield. Ese mismo día hizo su entrada triunfal en el destino de las relaciones imperiales el conocido "corolario monroísta" de Teddy Roosevelt -el personaje más admirado por la familia Bush-, quien impuso a los EE.UU. como gendarmes "civilizatorios" de la región.
Esta historia viene a cuento porque, mientras la fría Alaska aparecía en el horizonte de la Casa Blanca y en el de las agencias informativas, en la Biblioteca Nacional de Caracas esta periodista lograba desempolvar una carta de Rufino Blanco Bombona, cónsul venezolano en Holanda en los primeros años del Siglo XX. El 19 de diciembre de 1903, Blanco Bombona le escribió una nota urgentísima a Cipriano Castro, pero este, desgraciadamente, no supo valorar esas palabras en toda su trágica dimensión. Los hechos posteriores serían implacables: "En la emergencia de hoy, la política de Venezuela tiende a ponerse bajo el ala del águila norteamericana. Sin embargo, no se debe olvidar un punto: que la sombra de esa ala, como la del manzanillo, es mortal."


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