NO TODA MUERTE MATA
"Gladys, por favor, cuídate, que te van a matar." Fue esa
súplica lo que antecedió nuestra presentación, en la pequeña oficina de El Siglo, en Santiago de Chile, donde nos encontramos por casualidad en 1996. Yo andaba a la caza de una entrevista con el escritor Volodia Teitelboim y ella revisaba un artículo que publicaría el semanario, a propósito de la querella judicial que iba a presentar contra Augusto Pinochet por delitos de genocidio, secuestros e inhumación ilegal. Sería esa, por cierto, la primera demanda en tribunales que se le impuso al dictador, desdeñada soberanamente por la Concertación -"ese gobierno de mediatintas, que no es ni una cosa ni otra", como ella misma llamaba.
Aun cuando en esos días los diarios prestaban atención casi exclusiva a la epidemia de piojos que se había desatado en las escuelas públicas y privadas de la capital chilena, no habían podido ocultar la manifestación encabezada por Gladys Marín para exigir la apertura de un juicio contra Pinoche, mucho antes de que Scotland Yard lo arrestara en la clínica más cara de Inglaterra.
Cuando nos tropezamos en la pequeña oficina de El Siglo logré reconocerla de inmediato, porque esa misma mañana había aparecido en los periódicos su fotografía: una mujer que respondía con una mirada fiera, sostenida, a un carabinero que intentaba desalojarla de los tribunales, empuñando amenazadoramente el bastón policial.
¿Cuántas veces se vio Gladys en situación semejante? ¿En cuántas ocasiones los esbirros de la DIM estuvieron tras sus pasos con la orden definitiva de matarla? Ni ella misma lo sabía. "Quizás, por haber estado tantas veces tan cerca de la muerte, no pienso en la muerte", sonrió con tristeza, y yo me animé a comentarle, con apuros de despedida, la historia que contaba Eduardo Galeano de la mujer que, arrastrada por la corriente de un río crecido, explicaba cómo había salido de semejante situación: "Para que nos vuelva el alma que creemos perdida, hay que perder el miedo."
Después, nos encontraríamos varias veces en La Habana en eventos donde me concedió declaraciones para Juventud Rebelde, que nunca fueron la entrevista que yo hubiera querido hacerle, en calma, sosegadamente. Aun cuando era una mujer de una fortaleza y una valentía política fuera de lo común -basta repasar sus declaraciones cuando la derecha y una parte de la "izquierda" chilena se sumaba a las campañas contra Cuba-, era fácil reconocer en sus ojos el dolor y la soledad de la clandestinidad y los estragos de la dictadura, que la separó por años de sus dos hijos y le arrebató, definitivamente, a Jorge Muñoz, su esposo: "La última vez que lo vi fue el 11 de septiembre de 1973. Nos despedimos sin saber lo que iba a ocurrir con cada uno de nosotros y nunca más nos vimos. No sé cuándo desapareció, cuánto lo torturaron ni cuándo lo mataron".
Su infancia fue la de decenas de miles de campesinas que emigraron a la ciudad en busca de mejor fortuna y ya no se desprendería de sus nostalgias el paisaje de la niñez. La adolescencia y juventud de Gladys siguió el destino previsible de miles de mujeres que pusieron a prueba su dignidad, su valor, su inteligencia y su capacidad de arriesgarse por el gobierno de Salvador Allende, sin que pudieran dar testimonio después del Golpe fascista, porque de seres esperanzados con el proyecto de justicia social que echaba a andar, pasaron a ser criaturas escarnecidas, violadas, mutiladas, empaladas, drogadas, asesinadas y enterradas en la categoría luctuosa y fantasmal de los "desaparecidos".
Desde su milagrosa sobreviviencia, Gladys siempre sintió la responsabilidad no solo de exigir justicia por toda esa generación desvanecida en la dictadura, sino de reivindicar los ideales de libertad y equidad social por los cuales tantos hombres y mujeres se habían sacrificado. Estaba convencida de que sus cuerpos no abonaron un terreno baldío. "He tenido mi cruz -escribió en su último libro, La vida es hoy-, porque también los imperfectos, los impuros, los simples seres humanos pasamos por pruebas apocalípticas, pero mi pasión, mi convicción, mi fe en una vida de seres iguales, libertaria, fraterna, me dice que habrá un mañana parido por millones que fueron quedando en la barricada de la vida, desaparecidos por el hambre, la exclusión social y la muerte, y que supieron hacer de su existencia murales, puertas y destellos que acompañarán por siempre la marcha de la humanidad".
A Gladys siempre la acompañó la súplica que escuché en aquel otoño austral de 1966: "por favor, cuídate..." Ella nunca dejó de mirar de frente a la muerte, desafiándola, como al carabinero de la fotografía. Solo jugándole sucio, instalándose sigilosamente dentro de ella, el mal pudo vencer el cuerpo de la comunista chilena. Pero no toda muerte mata. Andaremos en compañía de Gladys Marín mientras no se cumpla esa demanda popular que la sostuvo hasta el último minuto y que Pablito Milanés supo apresar en su canción inolvidable: "Retornarán los libros, las canciones, / que quemaron las manos asesinas/ renacerá mi pueblo de sus ruinas /y pagarán su culpa los traidores".
Mientras eso no ocurra, por favor, que nadie certifique que Gladys se ha muerto.
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