Renuncia
Ninguna sorpresa. Lo que vimos en la madrugada del lunes, en realidad, se ha vivido centenares de veces en las plazas venezolanas, que se viste de colores y pasiones desde 1999. De colores, porque esta guerra entablada entre la oligarquía venezolana y el pueblo que sigue al presidente Hugo Chávez, no ha sido solo de clases, sino también de tonalidades de piel.
Recordé la marcha de octubre del 2003 y una crónica que, a propósito, publicó el diario Rebelión. Los escuálidos habían movilizado a gente mayoritariamente blanca, vestida a la moda, enferma de resentimientos y desprecio. Habían dado un ultimátum. Es cierto que ni entre ellos coincidían con la salida precisa que debían darle a un proceso que se les hacía cada vez más molesto, porque recortaba sus intereses como jamás antes nadie lo había hecho en Venezuela. Sin embargo, a pesar de la evidente fragmentación, se animaron a exigir que "o renuncia o lo volteamos", refiriéndose a Chávez, a quien también amenazaron con un "paro cívico". O un golpe, o un magnicidio, si todo lo demás fallaba.
Frente al desafío, el pueblo no dudó en aceptar el envite y bajó de los cerros. Vaya si bajó, desde las casas de cartón, desde la sabana y el llano, desde el corazón de la tierra campesina. Ríos humanos inundaron las calles y las autopistas. Decenas de miles de hombres, mujeres, niños y ancianos caminaron salpicando el entorno de boinas y binchas bolivarianas, levantando miles de pancartas y banderas, enarbolando consignas que iban desde reivindicaciones puramente locales hasta las que exigen mano dura con los golpistas y sus aliados de Washington. Centenares de miles de manifestantes. Mucha gente, para que nadie dudara de que se ganaría la batalla.
Entonces apareció el responsable principal de la convocatoria. El vehículo que transportaba al Presidente se acercó al palco principal. Un coro multitudinario entonó lo que la picaresca popular había logrado imponer como hit del año: "Chávez los tiene locos, Chávez los tiene locos."
Chávez habló con un lenguaje llano, improvisando el diálogo con ese pobrerío que ya llevaba casi quince horas bajo un sol de justicia. El Presidente jugaba con quienes se habían atrevido a amenazarle: "Me han dado tres días de vida" -dijo, evocando el plazo impuesto por los escuálidos para que elevara su renuncia o convocara a elecciones.
"Voy a renunciar" -anunció con picardía-, mientras la multitud se encabritaba: "No, no, no..." "Sí, voy a renunciar y conmigo renunciará todo este pueblo que hoy ha tomado Caracas".
El gentío, que parecía no entender lo que le estaba proponiendo su líder, insistía haciendo gestos negativos, a la espera de una rectificación. "Voy a renunciar a... traicionar la dignidad de este valiente pueblo. Voy a renunciar a dar un paso atrás frente a los embates de la oligarquía y el fascismo golpista. Voy a renunciar a..."
La avenida Bolívar y sus múltiples contornos se estremecieron bajo los gritos de aprobación. La multitud bailaba, se agitaba, reía, cantaba otra vez: "Chávez los tiene locos..." Y lo mejor de todo es que no se equivocó.
La fiesta sigue, sigue, sigue
- Una pregunta para Trump y Netanyahu
- Geoeconomía de la guerra
- Modo Clásico Mundial (VIII): La despedida de San Juan, ¿esperada o desconcertante?
- Archivo CD: Ley Helms Burton, instrumento para la reconquista neocolonial de Cuba
- El imperativo ético de la salud en Cuba frente al cerco energético
- ir aOpinión »


Haga un comentario