EL ESCÁNDALO DE LAS FOTOS PROHIBIDAS

Siempre se ha dicho, con mucha razón, que la verdad es la primera víctima en cualquier guerra. Y así ha ocurrido en Iraq, donde alrededor de 600 soldados norteamericanos han sido muertos desde el primero de mayo de 2003 cuando el presidente George W. Bush anunció al mundo el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein y el inicio de la reconstrucción de ese país.
Ese día, en realidad, daba inicio la verdadera guerra en Iraq, la de la resistencia de ese pueblo frente a la ocupación militar norteamericana y británica --a la que sumaron después a un reducido número de países--, que unilateralmente, desconociendo la Carta de las Naciones Unidas, llevaron el terror, la muerte y la destrucción a ese territorio con el fin de apoderarse de su principal riqueza, el petróleo.
La salvaje agresión contra Iraq fue presentada en los medios de comunicación globalizados como una acción con muy pocas víctimas, respaldada por un pueblo que, según decían, estaba "muy alegre" por la llegada de "las fuerzas norteamericanas e inglesas" que prometían establecer la democracia, las libertades y la prosperidad. Para esos medios, la metralla lanzada sobre Iraq por portaviones, aviones supersónicos y tanques durante varias semanas no ocasionó muchas muertos ni muchos heridos. De esas víctimas raramente aparecía una foto o una imagen en los periódicos o en los noticiarios de televisión. Si los caídos eran soldados norteamericanos, la censura y la autocensura eran más evidentes.
Desde la guerra del Golfo, en 1991, se había establecido por el Pentágono la prohibición de que los fotorreporteros en los escenarios bélicos captasen vistas de soldados norteamericanos muertos, incluso de los ataúdes envueltos con la bandera estadounidense en que eran devueltos a Estados Unidos. Tal medida de censura, en su fondo, lo que trataba de evitar es que se repitiese lo ocurrido en la guerra de Viet Nam. Las películas y fotos de los sarcófagos con los restos de los soldados norteamericanos, como se recordará, fueron un factor de mucha influencia en la toma de conciencia de la población de Estados Unidos sobre la necesidad de poner fin a la guerra.
A pesar de que la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos establece claramente que ninguna ley ni norma puede coartar la libertad de expresión o de prensa, en la guerra de Afganistán y luego en la de Iraq, los grandes medios de comunicación, cada vez en manos de menos manos, y valga la redundancia, han aceptado dócilmente tal instrucción prohibitiva del Pentágono.
¿Qué es lo que acaba de suceder? La historia pone de manifiesto que ninguna decreto o instrucción prohibitiva es segura, menos aún cuando se trata de impedir que la verdad se abra paso. Siempre hay rendijas por donde penetra y corre como si fueran las aguas de un irrefrenable río. No fue un fotógrafo profesional o un fotorreportero de un gran diario de Estados Unidos quienes acaban de captar las imágenes de decenas de ataúdes con los restos de soldados norteamericanos muertos en Iraq, acomodados en aviones de carga en un sector del aeropuerto internacional de Kuwait ocupado por tropas de Estados Unidos, sino una empleada de la firma Maytag Aircraft con acceso a esa parte del aeródromo.
Todo hace indicar que ningún motivo de lucro motivó a esa aficionada a la fotografía. Lo que hizo, según las informaciones cablegráficas, fue enviarlas al sitio web The memory Holy (El agujero de la memoria), que acostumbra a publicar materiales no aceptados por los grandes medios de comunicación. Y la presencia en Internet de más de 300 fotos de los sarcófagos ha sido suficiente para armar un gran escándalo en Estados Unidos. Otros sitios web las han reproducido, y la dirección del periódico Seattle Times tomó también la iniciativa de publicarlas por constituir un testimonio que no debe ocultarse.
La reacción del Pentágono ha sido violenta. Sus funcionarios están furiosos por la publicación en Internet y en periódicos de Estados Unidos de esas fotos, tomadas hace sólo unos días. Baste decir que la "fotógrafa" y su esposo fueron despedidos inmediatamente de sus puestos de trabajo en la compañía Maytag Aircraft por violar las regulaciones de esa empresa y del gobierno de Estados Unidos.
Según el Pentágono, la prohibición de no publicar esas fotos tiene como objetivo "proteger la privacidad de las familias de los soldados muertos". Familiares de soldados norteamericanos muertos han dado pronta respuesta a ese pretexto utilizado como argumento. Jane Bright, de California, quien perdió a su hijo en Iraq, declaró a la prensa internacional: "Tenemos que terminar de ocultar las muertes de nuestros jóvenes". El latino Fernando Suárez del Solar, padre de Jesús Alberto Suárez del Solar, muerto el 27 de marzo de 2003 en Iraq, declaró de modo tajante: "No veo porque el gobierno proteger unas imágenes que ya no tienen vida, y por otro lado está desprotegiendo la vida de nuestros seres queridos enviándolos a una guerra inmoral e ilegal en Iraq".
Lo de los sarcófagos se une a otros escándalos, como, por ejemplo, las revelaciones de que la guerra contra Iraq había sido decidida por la Casa Blanca antes de que se produjese el atentado terrorista del 11 de septiembre, o las críticas que le han hecho a Bush por las dudas que ha generado la investigación de una comisión independiente que intenta esclarecer si hubo inacción de su parte para evitar tal criminal hecho que causó la muerte de unas 3 000 personas.
Lo real de todo esto es que en medio de la campaña electoral al señor George W. Bush no quiere que el pueblo norteamericano sepa la verdad de lo que pasa en Iraq ni tampoco el 11 de septiembre de 2001. Esos acontecimientos hacen peligrar su reelección presidencial.


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