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Los "cuentos" del Canciller Oppertti

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En abril de 2002, el canciller Opertti se ofendió conmigo por unas declaraciones que hice sobre el "cuento" de su "vieja máquina de escribir Olivetti".

Uruguay acababa de hacerle el servicio a W. Bush y a Colin Powell, convirtiéndose en el proponente de la resolución contra Cuba en Ginebra. Yo había llegado a Montevideo horas después del rompimiento de las relaciones diplomáticas entre Uruguay y Cuba. No fue poca mi sorpresa cuando leí en el diario El País las declaraciones del canciller Opertti, donde rechazaba enfáticamente las imputaciones de haber obrado por instrucciones del Departamento de Estado norteamericano y afirmaba que el proyecto de resolución uruguayo él personalmente lo había escrito en su vieja máquina de escribir Olivetti.

Al día siguiente participé en un programa de televisión; después el diario LA REPUBLICA publicó un extenso reportaje de seis páginas, escrito por el periodista Gabriel Mazzarovich, donde probaba mediante los documentos emitidos desde octubre de 2001 que todo se debía a una maniobra norteamericana. El Departamento de Estado había sido el redactor de los tres primeros proyectos de resoluciones elaborados en Washington para que primero fuera México y después Perú, quienes presentaran el proyecto anticubano. Al negarse Vicente Fox y Alejandro Toledo, al no recibir apoyo del Congreso peruano, surgió el cuarto proyecto que presentó Uruguay, y que el canciller Opertt no pudo escribir en su vieja máquina Olivetti, porque casi nada diferenciaba a ese texto de los documentos estadounidenses anteriores.

Simplemente, el señor Opertti engañó a la opinión pública uruguaya. Y eso quedó probado en aquella denuncia. El canciller se molestó muchísimo y, evidentemente, tarjeteó aquel incidente.

Ahora vuelve de manera patética a otro gastado "cuento". Y para destilar su ácido anticubano, Opertti se aprovecha de la actitud mentirosa del señor Jaime Trobo, (no sé cómo será en Uruguay, pero en Cuba hay una jocosa frase que califica el proceder de personas como las del señor Trobo: la gatica de María Ramos, que tira la piedra y esconde la mano).

El señor Trobo quedó puesto al desnudo como un conspirador e injerencista y no tuvo más alternativa que inventar la historia de las escuchas ilegales a cargo de los servicios de inteligencia cubanos, lo que quedará inscripto como una antología de la "mentirología".

Quizás por eso ha tenido que salir en su ayuda el propio canciller y hasta un legendario personaje (que yo Trobo, le diría "no me defiendas compadre"), porque Carlos Alberto Montaner podrá decir de mí en El País lo que quiera, pero lo que no puede negar es que formó parte de una banda terrorista que puso bombas en supermercados, cines y escuelas, cuyos daños los sufrieron decenas de personas inocentes.

Pero esa mentira de Trobo bastó al canciller para echar más leña a la hoguera. "Es un hecho grave", "no hace más que confirmar la posición de Uruguay sobre el régimen cubano".

Y lo más insólito es que no cuida su alta jerarquía, no se toma el trabajo de averiguar un poquito y con absoluta superficialidad suelta su andanada retórica: la pesquisa "violenta las libertades de los legisladores de éste como de cualquier país", "quizás sirva para despertar a algunos uruguayos que siguen pensando que en Cuba se respetan las libertades democráticas". La práctica de espionaje en el Parlamento "demuestra procedimientos propios de Estados policíacos".

Si no fuera porque lo estoy leyendo en los medios de Montevideo, creería que todo esto es una narrativa de humor.

El canciller Opertti quiso condimentar tanto su declaración de apoyo a Trobo, que dejó entrever en esas declaraciones al diario El País, una nebulosa sobre mi entrada migratoria al Uruguay, como para darle más intriga a la historia del espionaje y así declara que yo solicité visa diplomática al gobierno uruguayo para ingresar en tal condición al país, pero que se me negó.

¿Cuál otra interpretación sobre mi entrada al Uruguay puede tener ese mensaje del canciller?

Pero cayó en su propia trampa...

Como expliqué en la Intendencia el día 25 de febrero, yo llegué a Montevideo casi en un "parto pelviano". Desde finales de enero, el Minrex cubano había presentado mi pasaporte diplomático como corresponde a mi condición de diputado, con una nota verbal solicitando visado al Cónsul uruguayo en La Habana. Durante poco más de dos semanas, el cónsul respondió que en mi caso no tenía instrucciones de Montevideo para otorgar visa.

El viernes 13 de febrero, el cónsul cubano en Montevideo se dirigió a la Cancillería y tras ser encaminado a varias direcciones, donde en todas le respondieron que no habían recibido de La Habana ninguna solicitud a mi nombre, no le quedó más remedio que presentar el día 17 de febrero la solicitud directa a la Cancillería, (yo estaba por ese entonces en Lima y seguía viaje a Santiago de Chile, donde estaría presentando el libro El Camaján y el lunes 23 debía llegar a Uruguay).

El viernes 20 de febrero, sobre las once y media de la mañana, es que se recibe de la Cancillería uruguaya la respuesta afirmativa a la solicitud de visado y se le comunica al consulado cubano en Montevideo que la visa sería situada en Santiago de Chile. Y es así como casi una hora antes de que cerrara su actividad ese viernes el consulado uruguayo en Santiago de Chile (lunes 23 y martes 24 eran feriados), se estampa la visa en mi pasaporte diplomático.

Debo decir que la señora del consulado en Chile se puso muy nerviosa, porque al presentar mi pasaporte diplomático canceló un primer cuño de visado y después llena otro donde comete dos errores: uno, no identifica bajo qué articulo me concede la visa y dos, me otorga la visa con fecha 20 de abril de 2004.

Cuando llego a Montevideo, día feriado, por poco no me dejan entrar al país.

Ahora me es claro: el canciller Opertti me presenta casi como un indocumentado. Habría que preguntarle si no lo traicionó el subconsciente e intentó impedir mi entrada al Uruguay en represalia por aquello de su vieja Olivetti.

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Lázaro Barredo

Lázaro Barredo

Periodista cubano. Fue director del diario Granma y coator del libro "El Camaján". Ahora trabaja como periodista en la Revista Bohemia.