Los extraños atentados de Bagdad
Creo que a ustedes les pasará lo mismo que a la mayoría de los observadores de la realidad internacional. Siempre que tiene lugar un atentado uno se pregunta a quién beneficia y a quién perjudica, porque, de un modo o de otro, esos hechos sirven para justificar determinadas políticas o entorpecer otras. En fin que, en casi ningún caso, surgen de la espontaneidad de alguien, sino que responden a determinados intereses. Cada vez que se produce un atentado contra las fuerzas militares o contra establecimientos o transportes o asentamientos israelíes, el proceso de paz palestino israelí se detiene y sirve de pretexto para nuevas acciones represivas (terroristas de estado) del gobierno sionista de Tel Aviv, que es exactamente lo que desean. ¿A quién benefician, pues?
Y lo mismo ocurre con los recientes atentados en Bagdad. Primero fue el de la embajada jordana, un país que apoyó la agresión norteamericano británica contra Iraq. Ahora contra la sede de las Naciones Unidas, cuyo papel en la agresión contra Iraq fue deplorable y que, por cierto, no estaba custodiada por las tropas de ocupación, aunque había un nido de ametralladoras en la azotea. El atentado terrorista costó la vida, entre otros, al representante de la ONU en Iraq, Sergio Vieira de Mello, un hombre de larga trayectoria como funcionario de esa entidad y que ocupaba el cargo de Alto Comisionado para los Refugiados.
Días antes, Vieira de Mello había declarado al periódico O Estado de Sao Paulo que la reacción de la población iraquí a la ocupación de Estados Unidos y Gran Bretaña "está siendo traumática. Debe ser uno de los períodos más humillantes de la historia de ese pueblo. ¿A quién le gustaría ver a su país ocupado? A mí no me gustaría ver tanques extranjeros en Copacabana" (su ciudad natal). Es obvio que esas declaraciones significaban una crítica fuerte a la ocupación de Iraq, sobre todo viniendo de un funcionario de la ONU en el propio terreno.
Un hecho que llama la atención es que la cadena de televisión Al Jazeera trasmitió un comunicado del movimiento de la Resistencia Islámica, en el que condena el atentado contra la sede de la ONU y señala que ese ataque, al igual que el realizado contra la embajada de Jordania el pasado 7 de agosto, "fueron planeados y efectuados con el propósito de perjudicar la imagen de la resistencia". Hasta el presente, la Resistencia Islámica se ha responsabilizado con los atentados que ha realizado, en todos los casos objetivos económicos o militares. Con posterioridad, una organización islámica desconocida (Ejército de Mohammed), se adjudicó el hecho.
Según el embajador español ante la ONU, Inocencio Arias, el camión bomba había sido situado de "forma alevosa" junto al área de la oficina de Vieira de Mello y puntualizó que el atentado podría tener el doble objetivo de amedrentar a la ONU y atentar contra la vida del máximo representante de la organización internacional en Iraq. Ahora se señala que la seguridad interna iraquí en el hotel Canal tuvo participación en el hecho. De todo esto surgen varias preguntas, la mayoría sin respuesta: ¿Qué sentido tiene atentar contra la sede de la ONU si esa entidad desempeña un papel absolutamente secundario y de carácter civil en Iraq? ¿Por qué la sede de la ONU no estaba custodiada por soldados de las fuerzas de ocupación o, por lo menos, por un pequeño contingente de cascos azules? Y la pregunta principal: ¿Quién se beneficia y quién se perjudica con este atentado terrorista? Las respuestas, todas puramente especulativas, pueden ser de variado tipo.
De inmediato, el presidente norteamericano, George W. Bush, condenó el atentado y exigió una "muestra de fuerza como respuesta". O sea, que a partir de ese hecho condenable, el presidente justifica el incremento de la represión contra el pueblo iraquí. Pero hay otras cuestiones que también dan mucho que pensar. Si tienen buena memoria recordarán que el gobierno norteamericano hizo todo lo que pudo para limitar el papel de la ONU en Iraq, cosa que consiguió. La ONU es en Iraq para las fuerzas de ocupación un invitado no deseado, pues, de un modo o de otro, limita el uso de la represión indiscriminada --lo mismo sucede con algunos periodistas-- al igual que puede entorpecer el proceso de privatización del petróleo.
Pero, además de justificar el aumento de la represión contra el pueblo iraquí que no desea la ocupación, el atentado en Bagdad, al igual que el de Jerusalén, que costó la vida a 18 personas, sirve para "justificar" otras medidas, tanto en Iraq como al interior de los propios Estados Unidos. En días pasados, el diario The New York Times calificó de "inusual contraofensiva" de la administración de W. Bush los pasos dados para lograr apoyo a la legislación contra el terrorismo que está sometida a fuertes críticas en Estados Unidos. Según medios de prensa, la campaña la dirige el secretario de justicia John Ashcroft y tiene como objetivo defender la Ley Patriótica y los poderes casi ilimitados que otorga al FBI, la policía y agencias de espionaje para vigilar, perseguir y detener a personas por el solo hecho de ser sospechosas de terrorismo, lo que es visto, con toda razón, con suma preocupación por organizaciones de derechos civiles.
Y todo eso ocurre en el momento en que se acercan las elecciones y la popularidad y apoyo al presidente W. Bush desciende. Desde luego, nadie puede decir quién o quiénes fueron los autores de los atentados en Bagdad y en Jerusalén, pero sin dudas vienen de perillas, hasta cierto punto, a los intereses de la Casa Blanca y de los neoconservadores en el poder. Sin embargo, el atentado a la sede de la ONU podría interpretarse con toda lógica desde otro punto de vista. Es, por ejemplo, como apunta el periodista inglés Robert Fisk una demostración de que ninguna organización extranjera, cualquiera sea su finalidad, puede estar segura en Iraq bajo el gobierno de ocupación norteamericano.
En el momento en que escribo este comentario, el gobierno norteamericano pretende promover una nueva resolución del Consejo de Seguridad, a los efectos de crear una fuerza multinacional sin perder, desde luego, el mando. Eso le permitiría compartir los gastos de la ocupación (4 mil millones de dólares mensuales) y repartir las pérdidas que provoca el accionar de la resistencia y que ya está creando protestas entre la población estadounidense. En otras palabras, quiere que otros pongan los muertos. De otra parte, el atentado a la sede de la ONU en Bagdad hace pensar a muchos empresarios y gobiernos que invertir en la reconstrucción del país es un riesgo demasiado elevado, a pesar de las grandes ganancias que puede generar. ¿Quién, que no sean sus aliados más cercanos y que ya están comprometidos o los lacayos más serviles, como algunos de Centroamérica, van a enviar sus tropas a Iraq? ¿Quién va a invertir en la reconstrucción de Iraq si corre el peligro de perder su dinero? Ya algunos observadores apuntan al fracaso de la reunión de Madrid, cuyo objetivo es recaudar fondos y lograr compromisos para la reconstrucción de Iraq.
Habría otras muchas cosas que analizar. La historia de los gobiernos norteamericanos está llena de autoagresiones y conspiraciones para justificar su política y, desde luego, no se puede decir que los atentados de Bagdad sirven para "justificar" la presencia de Estados Unidos en Iraq, pues ya están allí con o sin coartada y son la causa de ellos, pero sí para demostrar que el terrorismo sigue haciendo de las suyas y que es necesario combatirlo por todos los medios en un momento en que se cuestiona la política de la actual administración contra el terrorismo y cuando las elecciones presidenciales se acercan. Como vemos, cualquiera sean los autores de los atentados a la sede de la ONU, la acción tiene sus costos y sus beneficios para la Casa Blanca. Esta por ver que pesa más, si los costos o los beneficios. Como siempre, los invito a que mediten.


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