El deber de todo revolucionario: A 64 años de la Segunda Declaración de La Habana

Segunda Declaración de La Habana. Foto: Archivo.
La imagen es casi legendaria. O legendaria a secas… ¿por qué no? El Che, de verdeolivo, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, su voz retumbando en aquel salón gigantesco, retumbando a través de los años, de las décadas:
“Porque esta gran humanidad ha dicho: “¡Basta!” y ha echado a andar. Y su marcha, de gigantes, ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente. Ahora en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia”.
Sin embargo, no es Ernesto Guevara el autor de estas palabras. Citaba el Guerrillero Heroico la letra de la que se conocería desde el 4 de febrero de 1962 como Segunda Declaración de La Habana, leída ante un mar de pueblo concentrado en la Plaza de la Revolución por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. De este texto, al cual regresamos una y otra vez a lo largo de 64 años, el propio Che diría:
“La Segunda Declaración de La Habana tendrá una importancia grande en el desarrollo de los movimientos revolucionarios en América. Es un documento que llamará a las masas a la lucha, [...], guardando el respeto que [se] deben guardar [a] los grandes documentos, es como un manifiesto comunista de este Continente y esta época. Está basada en nuestra realidad y en el análisis marxista de toda la realidad de América”.
Evocando esas afirmaciones, el intelectual Luis Suárez Salazar titularía el prólogo a la edición conmemorativa por el aniversario 60 de esta Declaración de manera similar: “La Segunda Declaración de La Habana: El manifiesto comunista de la Revolución Latinoamericana”. En lo que constituye un acucioso estudio de este paradigmático texto y de su coyuntura histórica, Suárez Salazar analiza la “suspensión” de Cuba de la OEA —con la excusa de la incompatibilidad entre el marxismo-leninismo y el Sistema Interamericano— y la respuesta multitudinaria que dio el pueblo cubano, convocado por la dirección de la Revolución.
Como antes, en respuesta a la insidiosa Declaración de Costa Rica, preámbulo de todo tipo de agresiones por parte de Estados Unidos en contubernio con aliados y lacayos de la región, la denominada Asamblea General Nacional del Pueblo volvió a congregarse. Antes de leer el texto de la Segunda Declaración, Fidel diría que “están puestos los ojos sobre nuestro pueblo en el día de hoy; los pueblos de todos los continentes están esperando esta respuesta de nuestra patria” y que la OEA no era más “que un ministerio de colonias yanquis, un bloque militar contra los pueblos de América Latina”.
Un día antes, el 3 de febrero de 1962, el entonces presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, firmaba la Orden Ejecutiva 3447, dando formalidad al bloqueo contra Cuba que ya se venía construyendo desde hacía tiempo. La postura de la OEA y de los cómplices del imperialismo solo venía a apuntalar ese aislamiento. Pero, como diría Fidel:
“(…) los que allí hablaron contra nuestra patria sus mentiras, no hicieron más que repetir las consignas criminales de sus amos, y detrás de las palabras huecas de los impugnadores de la patria cubana, no había un pueblo; detrás estaban los asesinos de obreros y de estudiantes, de campesinos; detrás estaba lo más corrompido, lo peor de nuestras hermanas naciones”.
Su disertación abordaría, con el claro lenguaje de su pedagogía popular, álgidos tópicos de la política en relación con nuestro país. Ante la frecuente acusación de “falta de democracia”, el Comandante ripostaría: “Si democracia es la expresión de la voluntad del pueblo, cabe decir lo único que puede decirse, que el país, el pueblo y el régimen más democrático de América, es este régimen que puede reunir al pueblo en una plaza gigantesca como esta (APLAUSOS), que puede congregar cientos y cientos y cientos de miles, que puede congregar un millón, que puede congregar quién sabe tantos, porque cada vez son más, más y más los que se reúnen (…)”.
La incertidumbre, natural en momentos tan complejos, era barrida por el verbo del líder y por la aclamación del pueblo. ¿Cuál sería la respuesta de Cuba ante el cerco? ¿Cuál fue el “qué hacer” leninista de Fidel en ese difícil contexto histórico?
“(…) hay que trabajar más, hay que tomar más interés en todo (…) ir resistiendo el bloqueo en estos meses y quizás años largos de lucha y de sacrificios que el imperialismo nos impone; utilizar todos los recursos que tenemos para producir, para resistir y, al mismo tiempo, distribuir mejor lo que tenemos, distribuir mejor lo que producimos. (…) que lo que tengamos bajo el bloqueo llegue a todos, para que todos compartamos sin egoísmos lo que tenemos”.
De la Segunda Declaración en sí, diría que era “nuestro mensaje a los pueblos de América y del mundo, la palabra de nuestro pueblo en este minuto histórico, respaldada por este pueblo, respaldada por su presencia, de tal manera como nunca en América estuvo respaldada ninguna palabra, ningún mensaje”. Y es, sin dudas, un documento trascendental, que condensa la ética y el genio político de Martí (con cuya carta inconclusa comienza), el espíritu y el credo antimperialista de los cubanos, las lecciones de la historia patria y el análisis marxista (y leninista) del mundo al que se enfrentaba la Revolución, ese viejo mundo que se resistía —y se resiste aún— a morir.
Hay pasajes de altísimo vuelo teórico y de una lógica perfectamente calibrada: “(…) la burguesía consideraba justa y necesaria la revolución. No pensaba que el orden feudal podía y debía ser eterno, como piensa ahora de su orden social capitalista. (…) Ser liberal, proclamar las ideas de Voltaire, Diderot, Juan Jacobo Rousseau, portavoces de la filosofía burguesa, constituía entonces para las clases dominantes un delito tan grave como es hoy para la burguesía ser socialista y proclamar las ideas de Marx, Engels y Lenin”.
De Giordano Bruno a Sandino, el recorrido es de una profundidad y una intensidad difícilmente equiparables. La Segunda Declaración se blinda de doctrinas y de razonamientos para trascender la denuncia y convertirse en exposición nítida de los valores de la Revolución, de las ideas en plena germinación de un grupo de hombres y mujeres que estaban decididos a inmolarse, si fuera necesario, por no vivir de rodillas.
Y se habla del indio y del negro, del campesino y del obrero, de la Revolución latinoamericana a la que temen los poderosos, los imperialistas, que no será resultado de la “exportación de revoluciones” sino de las tensiones irreconciliables entre intereses cada vez más encontrados. Las revoluciones las hacen los pueblos y lo único que puede “exportar” Cuba es su ejemplo.
Y se denuncia la “Alianza para el Progreso”, caricatura estadounidense de la solidaridad, y se sacude a la OEA con la fuerza de la verdad. Y se habla de los niños, las víctimas más dolorosas de la ambición capitalista, que mueren por centenares, por miles, a causa de enfermedades curables, por hambre, por pobreza extrema.
Y se denuncia también eso que hoy llamamos fake news, esa guerra cultural e informativa que el imperialismo sabe librar tan bien, “utilizando los grandes monopolios cinematográficos, sus agencias cablegráficas, sus revistas, libros y periódicos reaccionarios” acudiendo “a las mentiras más sutiles para sembrar divisionismo e inculcar entre la gente más ignorante el miedo y la superstición a las ideas revolucionarias que solo a los intereses de los poderosos explotadores y a sus seculares privilegios pueden y deben asustar”.
No solo sirve la Segunda Declaración para entender el pasado o las decisiones y métodos que se utilizaron para conducir una Revolución impensable para manuales y esquematismos que no podían entender el empuje cubano; sino que es muy útil también para recordar(nos) lo que es necesario seguir haciendo hoy. Su célebre dictum —“El deber de todo revolucionario es hacer la Revolución”— nos ayuda a despejar de malezas ideológicas el curso correcto, y su fuerza telúrica nos contagia.
En estos tiempos recios, de peligro y amenaza para la Revolución (como lo fueron aquellos), leer a Fidel y leer documentos como la Segunda Declaración no es solo un deber, sino un aliento y una inspiración. Y es también hallar en ese punto de nuestra historia las conexiones que hoy nos han de llevar a asumir las mismas posturas, los mismos principios: la unidad, la intransigencia, la dignidad…
Y al enemigo que hoy, envalentonado, nos parece querer intimidar, le decimos hoy, como hace 64 años: “(…) no les tenemos miedo; lo sentimos mucho, pero no nos asustan esos matones del imperialismo, no nos asustan esos criminales del imperialismo, porque nosotros sabemos —y si no lo saben ellos, entérense— que si invaden a nuestro país, mientras quede aquí un fusil, mientras quede aquí un hombre o mujer, ¡vamos a estar peleando contra ellos!”.
Acceda a la edición conmemorativa por el aniversario 60 de la Segunda Declaración de La Habana aquí.
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Para mi una joya de elocuencia revolucionaria. Cuandp lo lei muchos años despues, mevpaso cpmo csrta a los iintelectuales
Documentos atemporales, se confunde el hoy, ayer y el futuro. Guia de revokucionarios. Motivante, el hombre y el socialismo en Cuba. Y por ultumo de esa epoca eldiscurso de Fidel por el centenario de la guerra del 68, la definiciin de una sola revolucion..