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COP30: Cuando la Amazonía se convierte en espejo de las contradicciones del mundo

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La publicación de este artículo marca el inicio de una nueva etapa de colaboración entre Brasil de Fato y Cubadebate, dos medios comprometidos con una mirada crítica y latinoamericanista de la realidad regional. A partir de esta alianza, ambos portales compartirán contenidos periodísticos centrados en los desafíos, luchas y transformaciones de América Latina y el Caribe, fortaleciendo así una red informativa que busca amplificar las voces de los pueblos y promover una comprensión más profunda del contexto continental.

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Imagen: ONU-Acción por el Clima.

Desde el corazón de la selva hasta el centro del debate global: la COP30 expone los límites de la gobernanza climática y señala la urgencia de construir otro proyecto de humanidad.

Belém (PA), en el norte de Brasil, se ha convertido en el escenario simbólico de un mundo en disputa. A orillas del río Guamá, donde el calor húmedo se mezcla con el olor del bosque y la memoria ancestral de los pueblos originarios, se celebra la 30ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30). Brasil vuelve al centro de las negociaciones internacionales rodeado de expectativas, luchas y profundas contradicciones.

Más de un centenar de países se reúnen para debatir un tema que, desde hace décadas, se arrastra en estos espacios sin recibir la centralidad que merece. Las metas, los informes y los acuerdos entre los Estados son importantes, pero más importante aún es su cumplimiento efectivo y la participación activa de los pueblos del mundo y, especialmente en esta ocasión, de los amazónicos, verdaderos guardianes de la naturaleza. ¿Hasta qué punto, en definitiva, los países están dispuestos a romper con las estructuras que generaron la crisis climática?

En comunidades ribereñas, territorios indígenas, zonas rurales y periferias urbanas, los impactos del calentamiento global y de la devastación ambiental se sienten con mayor fuerza, agravados por un racismo ambiental estructural. En Belém, apenas el 2,7 % de la población tiene acceso a la red de alcantarillado, y las comunidades mayoritariamente negras y ribereñas viven en zonas de riesgo.

La realización de la Cumbre de los Pueblos —la mayor movilización de la sociedad civil en la historia de las conferencias— es esencial para crear la tensión necesaria que permita un avance real en el debate. La “barqueata” de apertura reunió caravanas de territorios regionales, nacionales e internacionales, con más de 200 embarcaciones que exigieron la interrupción de los grandes proyectos del capital, denunciaron las falsas soluciones climáticas y defendieron la Amazonía bajo el lema: “La respuesta es el pueblo de las aguas, de los bosques y de las periferias”.

El cacique Raoni, de 93 años, una de las voces más influyentes del mundo en defensa del medio ambiente, participó en un debate sobre la explotación de petróleo y gas en la Cuenca del Foz do Amazonas. Desde allí, hizo un llamado contra el proyecto y aconsejó al presidente Lula (PT) a no autorizarlo, alertando sobre los riesgos de contaminación y evocando el conocimiento espiritual sobre el peligro de “destruir y destruir”. “Si siguen haciendo esas cosas malas [deforestación y proyectos contaminantes], tendremos problemas. No solo nosotros, pueblos indígenas, sino todos ustedes”, afirmó.

El mensaje es claro: no habrá respuesta posible dentro de las bases extractivistas del capitalismo. Toda destrucción de la naturaleza es también destrucción de la humanidad.

El planeta en punto de ebullición

Las concentraciones observadas de los tres principales gases de efecto invernadero (dióxido de carbono, metano y óxido nitroso) alcanzaron niveles récord en 2022 y siguieron aumentando en 2023, según la OMM. Foto: Tomada de Noticias ONU.

Tan solo en el último mes, una serie de catástrofes golpearon el continente americano: un huracán devastó partes del Caribe y de Cuba, lluvias históricas inundaron el sur de Brasil y un tornado en el estado de Paraná dejó al menos seis muertos y unos 750 heridos.

El informe Global Tipping Points 2025, publicado en octubre, advierte que el planeta ha superado su primer punto de no retorno: el blanqueamiento irreversible de los arrecifes de coral, provocado por el calentamiento de las aguas oceánicas. Se trata de una señal inequívoca de que los sistemas de regulación de la Tierra comienzan a colapsar y de que ninguna meta de mercado será suficiente para restaurarlos.

Aunque es cierto que durante el gobierno de Lula el avance sobre la Amazonía se ha reducido —tras el periodo en que el gobierno de Bolsonaro impulsó la destrucción de la selva en favor del agronegocio y la minería—, lo cierto es que la Amazonía, tantas veces reivindicada simbólicamente como “el pulmón del mundo”, aún enfrenta tasas alarmantes de deforestación y explotación minera.

Según datos recientes, el área estimada de deforestación alcanzó casi 6.000 km² entre agosto de 2024 y julio de 2025, lo que representa una reducción del 11 % respecto al período anterior. Aun así, la cifra sigue mostrando la inmensidad de la selva perdida.

Al mismo tiempo, si miramos más de cerca, ocho de los nueve estados de la Amazonía Legal registraron una disminución, pero Mato Grosso —el mayor productor agropecuario de Brasil— presentó un aumento del 25 % en la deforestación durante el mismo período.

Por un nuevo orden planetario

Tala y quema para desarrollos agropecuarios e industriales, y cada vez más frecuentes y devastadores fuegos forestales hacen que los bosques se degraden y pierdan terreno. Las barreras naturales al cambio climático que desaparecen entre el humo. Foto: Reuters.

Desde el Acuerdo de París, las promesas se repiten: “neutralidad de carbono”, “economía verde”, “crecimiento sostenible”. Sin embargo, detrás de esas expresiones se esconde la incapacidad —o la falta de voluntad política— de las naciones para construir una verdadera gobernanza global capaz de enfrentar la lógica que origina la crisis climática: un capitalismo dependiente del lucro, de la explotación inmoral de los bienes naturales y de la desigualdad.

Mientras las potencias compiten por créditos de carbono, pueblos enteros luchan por el acceso al agua, la tierra y la energía. Aun así, son esos mismos pueblos los que mantienen vivas las formas de resistencia y de cuidado de la Tierra que deberían guiar al mundo.

Brasil, anfitrión de la COP30, busca afirmarse como liderazgo ambiental, pero tropieza con las contradicciones internas de un modelo que todavía apuesta por la exportación de commodities y la expansión del agronegocio. El discurso de la transición ecológica no puede ocultar lo esencial: no hay futuro verde posible en un sistema que depende de la destrucción permanente.

Es hora de reconocer que el desafío climático es también un desafío político y civilizatorio. No se trata solo de mitigar daños, sino de transformar la forma en que organizamos la vida. El papel de Brasil, por su parte, puede y debe ser ambicioso. Alojar la COP30 en la Amazonía otorga al país una responsabilidad que no puede limitarse a un gesto simbólico: Brasil debe caminar junto a los pueblos, impulsando un orden transformador desde el Sur Global, basado en la solidaridad, la soberanía y la cooperación entre las naciones.

El artículo en portugués

COP30: quando a Amazônia se torna espelho das contradições do mundo

Linha fina: Do coração da floresta ao centro do debate global, a COP30 expõe os limites da governança climática e aponta a urgência de outro projeto de humanidade

Belém (PA), no norte do Brasil, torna-se palco simbólico de um mundo em disputa. Às margens do rio Guamá, onde o calor úmido se mistura ao cheiro da floresta e à memória ancestral dos povos originários, realiza-se a 30ª Conferência das Nações Unidas sobre as Mudanças Climáticas (COP30). O Brasil volta ao centro das negociações internacionais cercado de expectativas, lutas e muitas contradições.

Mais de uma centena de países se reúne para tratar de um tema que há décadas se arrasta nesses espaços e não ganha a centralidade que deveria. As metas, relatórios e acordos são importantes entre os Estados-nação, mas, mais do que isso, é fundamental o cumprimento efetivo dessas metas e a participação ativa dos povos do mundo e, especialmente nesta ocasião, dos amazônicos, verdadeiros guardiões da natureza. Até que ponto, afinal, os países estão prontos para romper com as estruturas que geraram a crise climática?

Em comunidades ribeirinhas, territórios indígenas, zonas rurais e periferias urbanas, os impactos do aquecimento global e da devastação ambiental são mais agressivos, agravados por um racismo ambiental estrutural. Em Belém, apenas 2,7% da população tem acesso à rede de esgoto e populações majoritariamente negras e ribeirinhas vivem em regiões de risco.

A realização da Cúpula dos Povos, maior mobilização da sociedade civil na história das conferências, é essencial para criar o tensionamento necessário para o avanço real do debate. A “barqueata” de abertura reuniu caravanas de territórios regionais, nacionais e internacionais, com mais de 200 embarcações, exigindo a interrupção de grandes projetos do capital, denunciando as falsas soluções climáticas e defendendo a Amazônia sob o lema: “A resposta é o povo das águas, das florestas e das periferias”.

Cacique Raoni, com 93 anos, é uma das vozes mais influentes do mundo em defesa do meio ambiente e participou de um debate sobre a exploração de petróleo e gás na Bacia da Foz do Amazonas, onde fez um apelo contra o projeto. Aconselhou o presidente Lula (PT) a não autorizá-lo, alertando para os riscos de poluição e evocando o conhecimento espiritual sobre o perigo de “destruir e destruir”. “Se continuarem fazendo essas coisas ruins [desmatamento e projetos de poluição], vamos ter problemas. Não só nós, povos indígenas, mas todos vocês”, afirmou.

A tônica é clara: não haverá resposta possível dentro das bases exploratórias do capitalismo. E toda destruição da natureza é também a destruição da humanidade.

O planeta em ponto de ebulição

Somente neste último mês, uma sequência de catástrofes atingiu o continente americano: um furacão devastou partes do Caribe e de Cuba, enchentes históricas no sul do Brasil e um tornado no estado do Paraná, que deixou ao menos seis mortos e cerca de 750 feridos.

O relatório Global Tipping Points 2025, divulgado em outubro, aponta que o planeta ultrapassou seu primeiro ponto de não-retorno: o branqueamento irreversível dos recifes de corais, causado pelo aquecimento das águas oceânicas. É o alerta de que os sistemas de regulação da Terra começam a ruir, e que nenhuma meta de mercado será suficiente para restaurá-los.

A Amazônia, tantas vezes reivindicada simbolicamente como “pulmão do mundo”, enfrenta taxas ainda alarmantes de desmatamento e mineração. É verdade que, dos anos do governo Bolsonaro, que incentivou a destruição da floresta em favor do agronegócio e da mineração, para os anos do governo Lula, houve uma redução nas taxas.

Segundo dados recentes, a área estimada de desmatamento foi de quase 6 mil km² no ciclo de agosto de 2024 a julho de 2025, o que representa uma queda de 11% em relação ao período anterior. Apesar da redução, o número ainda representa uma imensidão de floresta perdida. Oito dos nove estados da Amazônia Legal registraram queda, mas o Mato Grosso, que mais produz para o agronegócio brasileiro, apresentou aumento de 25% no desmatamento no período.

Por uma nova ordem do planeta

Desde o Acordo de Paris, as promessas se repetem: “neutralidade de carbono”, “economia verde”, “crescimento sustentável”. Mas o que se esconde por trás dessas expressões é a incapacidade, ou falta de vontade política, das nações em construir uma verdadeira governança global capaz de enfrentar a lógica que produz a crise climática: o capitalismo dependente do lucro, da exploração imoral dos bens naturais e da desigualdade.

Enquanto as potências disputam créditos de carbono, povos inteiros lutam por acesso à água, à terra e à energia. Ainda assim, são esses mesmos povos que mantêm vivas as formas de resistência e de cuidado com a Terra que deveriam orientar o mundo.

O Brasil, anfitrião da COP30, tenta se afirmar como liderança ambiental, mas tropeça nas contradições internas de um modelo que ainda aposta na exportação de commodities e na expansão do agronegócio. O discurso da transição ecológica não pode esconder o essencial: não há futuro verde possível em um sistema que depende da destruição permanente.

É tempo de reconhecer que o desafio climático é também um desafio político e civilizatório. Não se trata apenas de mitigar danos, mas de transformar o modo como organizamos a vida. O papel do Brasil, por sua vez, pode, e deve, ser ambicioso. Sediar a COP30 na Amazônia dá ao país uma responsabilidade que não pode se limitar a ser um palco simbólico: o Brasil deve caminhar ao lado dos povos, impulsionando uma ordem transformadora a partir do Sul Global, baseada na solidariedade, na soberania e na cooperação entre as nações.

Nina Fideles é diretora-executiva do Brasil de Fato.

Este artigo inaugura a parceria entre o Brasil de Fato e o portal cubano Cubadebate para intercâmbio de conteúdos jornalísticos com foco em América Latina e Caribe.

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Nina Fideles

Directora ejecutiva de Brasil de Fato

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