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Relato del lector: Escoltando a Fidel

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“A la luz del Che” (2010). Foto: Roberto Chile.

Cuando él llega todos saben que llega. Su saludo tan simpático, su siempre sonriente, pero a la vez severo rostro y el tan bienvenido “detallito” del mercado nunca faltan. Aunque aún fuerte y de muy buen porte que evidencia una juventud de fornido mozo, la edad recae sobre sus pasos y sus canas.

Afirma sentirse como un atleta de alto rendimiento: mientras la salud lo permita es imposible parar. Unas cuantas tazas de café, y puede que en la mayoría de los días el incesante murmullo de unos siempre irritantes, lo mantendrán desvelado gran parte de la noche. Y es que quedarse en casa o hacer otra cosa, nunca ha estado entre sus opciones.

Cuando perturba tanta tensión o estrés propias del estudio, nada mejor que compartir un cafecito y conversar con tan exótico ejemplar en la selva donde solo él sobrepasa los 24 años. La primera vez que tuve la oportunidad, no imaginé cuanto tendrían que contar sus 60 y tantas primaveras. Cuenta que no solo lo mejor que le pudo pasar, sino las mejores vivencias de su vida fueron con su Comandante.

Pero sus historias no comienzan ahí. La genética de por sí le dio una estatura privilegiada de 1.82 m lo que, unido a su siempre activo temperamento y fortaleza física, lo hacía inclinarse desde muy temprana edad a las carreras militares. Aunque la marina mercante estaría entre sus primeras afinidades fue captado por el Ministerio del Interior.

Muy pronto, después de año y medio de preparación, en 1977, se encontraría escoltando la casa de Celia Sánchez (ubicada en 11 entre 10 y 12 Vedado), en ese entonces secretaria del Consejo de Estado. Asegura que, con ella, como muchos otros escoltas, aprendería a fumar sus primeros tabacos, así como a espantar el cansancio con buenas dosis de café, aroma que se mantenía constante en la casa y que por órdenes de Celia, llegaba hasta la última posta.
Allí vería por primera vez a Fidel. Para él eran inevitables la piel de gallina y el nerviosismo ante su presencia. Nunca pensó que el ¿qué te parece si vas con Fidel? de Celia se haría realidad.

20 años de su vida compartiría con el Comandante. Recuerda como si lo acabase de vivir el primer día que lo tuvo tan cerquita como para robarse toda su atención. Ante el pedido de un café, los cocineros le solicitaron, al en ese entonces tímido joven, llevar la infusión, y así empezar a familiarizarse con el hombre, cuya seguridad estaba en sus manos.

Cuenta que Fidel estaba leyendo como de costumbre y le agradeció el café. Al retirarse sospechaba que el Comandante lo miraba por las risas de los cocineros y lo confirmó cuando al doblar la esquina coincidieron ambas miradas. Después le contarían que Fidel le preguntó a José, en ese momento jefe de los escoltas:

- Cómo se llamaba el joven.

- Cheo- por el sobrenombre por el que todos lo conocían.

-¿Y por qué el nombrete?.

-Por su papá Comandante. Fidel aún inconforme volvería a preguntar.

-Antonio Aragón- diría el chofer ante la falla de memoria de José.

Y Aragón sería como lo llamara de ahí en adelante.

Cuenta Cheo, como también lo llamamos en la beca, que Fidel lograba acordarse de la mayoría de los cumpleaños de quienes lo rodeaban, pero que el de él se acordaba el día antes y al siguiente olvidaba. Sería tarea de sus escoltas recordárselo con el habitual regalo que vendría acompañado de un consecuente interrogatorio. Por lo que debías prepararte y conocer cada detalle del regalo para no pasar el ridículo.

Una vez, Fidel le confesaría al cuerpo de escoltas, una ventaja que ellos tenían con respecto a él. Decía que los escoltas, tras incorporarse al trabajo después de sus días de descanso, eran informados de su rutina, mientras que él no sabía nada de ellos en esos días. Así de detallista era el Comandante- me comenta Cheo con nostálgica mirada. No faltaba el gesto de preocupación por los familiares, sobre todo esposas e hijos, con los que sabía que compartían muy poco tiempo.

Con modestia, Cheo admite chapotear algo de inglés, italiano, portugués. Y no es para menos, Antonio acompañaría al Comandante a más de 50 países. Así lo prueba el álbum de recortes de periódicos y fotos que con orgullo le organizó su quinciañera hija y que Cheo nos muestra con la dedicación y paciencia de abuelo que muestra a sus nietos un libro de aventuras.

En medio de la excelente plática, Cheo me preguntó, como era evidente por estar becada y aseguro que por mi marcado acento, de qué provincia provenía. Ante mi respuesta, enfático respondería que Fidel no salía de allá, al menos una vez al mes visitaba a la ciudad héroe Santiago de Cuba. En más de una ocasión escaló con él la Sierra Maestra, para visitar a aquellos campesinos que habían contribuido a la causa de la Revolución. Pero lo mejor de todo, fue descubrir la afinidad de Fidel por el equipo de beisbol santiaguero y su oposición a los industriales a los que no podía ver ni en pintura.

En 2008, con el retiro de Fidel de sus funciones como presidente del Consejo de Estado de Cuba, Aragón también concluiría su servicio como escolta. Pasó entonces a formar parte del cuerpo de custodia del MINREX, en donde también cumpliera importantes misiones.

Aquel 26 de noviembre, Cheo se encontraba de guardia en el ministerio. Afirma que la noticia no le permitiría ni caminar. No podía crear lo que había escuchado por teléfono: el Comandante había fallecido.

Pero Fidel vive en el corazón de Cheo, y en noches casuales como esta revive su espíritu.

Días después de esta plática, en su próxima guardia, Cheo nos sorprendería con un gran cuadro en el que posa al lado de Fidel y en el que aparece la conmovedora dedicatoria en la que les dice que, si tuviera que luchar de nuevo en la Sierra quisiera contar con el apoyo de ellos, sus tan fieles y valientes escoltas.

*La autora de este relato es residente temporal en Washington DC, por misión oficial. Hace 5 años hice esta crónica. Al releerla para esta ocasión, tuve el impulso de cambiarle algunas cuestiones de estilo y de gramática. Finalmente preferí dejarla tal y cómo las palabras brotaron en aquel momento. Los sentimientos y admiración por el Comandante son invariables. Una sola excepción: tender al infinito.

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