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El relato del lector: “Mami, papi: Es papi”

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Comenzaba el año 1978 y exactamente el 6 de enero, se presentó en el Comité militar. Iba orgulloso, con mochila nueva a cumplir una misión, solo eso sabíamos. Hacía rato que en silencio añoraba esa oportunidad que habían tenido todos sus compañeros del ejército y a él, por esos avatares del destino, no le había llegado. Yo lo llevé en el carro y olvidó darme un beso de despedida pero lo entendí, él estaba feliz.

Pasaron cuatro largos meses sin saber de él, el día 4 de abril llegó su primera y raída carta con fecha 14 de febrero; qué coincidencia de fechas para mantenernos unidos.

La carta no decía donde estaba pero en marzo se había conocido de la participación de los cubanos en la misión Protesta de Baraguá, en Etiopía, y yo estaba segura que él estaba allí; con el tiempo lo confirmé, y su estancia duró 26 meses y medio.

Fue una época difícil y llena de momentos especiales. Vivía sola, tenía dos niños pequeños: era profesora, cursaba una maestría y era la secretaria general de un núcleo de Partido con más de 50 militantes; pero siempre tuve la colaboración de mi familia y mis compañeros de trabajo.

Quizás, uno de esos momentos lo constituyó la celebración en Cuba, en julio de ese año, del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Mis hijos y yo fuimos participantes activos de ese evento pero lo extrañamos muchísimo. Le escribí una carta diaria de todas las cosas lindas que vivíamos los tres. En aquella época Juventud Rebelde salía con el logo del Festival y yo los recortaba y se los pagaba a los sobres de las cartas, así llegaron durante unos meses mis cartas a Etiopía.

Mi hijo de solo cinco años siempre me insistía, dile esto, cuéntale aquello y yo asumía con orgullo esa responsabilidad. Pero el Festival trajo otros cambios en nuestras vidas. El entorno geográfico alrededor de nuestra casa cambió, se construyó una gran avenida donde antes había un terraplén, se hicieron salidas hacia la ciudad y el aeropuerto donde antes no había, y mi hijo se preguntaba constantemente si papi nos encontraría, me llenaba de interrogantes acerca de esto y estaba verdaderamente preocupado.

En el 79' llegaron las primeras fotos en un rollito que llevé a revelar al antiguo Centro Asturiano. Cuando abrí el sobre tuve que sentarme en un banco del Parque Central a explicarles a mis niños por qué papi estaba tan cambiado, había bajado más de 30 kilos y estaba sencillamente, irreconocible. Fue una dura tarea.

En ese mismo año me dieron casa en la microbrigada. La mudada fue una fiesta pero surgieron, como era de esperar, nuevas preocupaciones para mi pequeño hijo, que había crecido y cada vez preguntaba más. Por suerte para mí, mi hija solo dos años mayor que él pero muy madura, me ayudaba en estos menesteres. Así podría narrar miles de anécdotas relacionadas con esta necesaria separación, pero debo llegar al reencuentro.

Hacía rato que lo esperábamos, se corrían rumores, que si vienen en barco, que si en avión desde Angola, en fin somos cubanos ¿no? Incluso, un domingo fuimos al Morro porque se corrió que entraría un barco con combatientes, pero nada.

Era sábado, exactamente el 21 de marzo de 1980. Ese día, como todos los sábados, yo tenía clases a las que como siempre iba con los niños; pero en esta ocasión después de las clases tenía un almuerzo en Río Cristal con el Comité del PCC de la Cujae recién electo. Decidí entonces pasar por la casa para asearnos, ir al baño y dejar las cosas de la clase. Yo estaba lavándome la cara con la puerta del baño abierta cuando tocaron a la puerta y mi hijo acudió al llamado. Yo sentí que no habló y tiró la puerta, me asusté y le pregunté: - Ariel ¿Quién era? Y Ariel, que es muy blanco y de ojos claros y grandes, estaba rojo como un tomate, asustado, con los ojos más abiertos que nunca parado en el medio de la sala y tembloroso y bajito me respondió: - papi, mami, es papi. Por azares de la vida le tocó a él ser el primero en verlo, después de tantos días de miedo porque “su papi” no nos encontrara.

Claro que no recuerdo bien lo que le dije a mi hijo, su papá no volvió a tocar y yo fui corriendo a la puerta, la abrí y allí, paradito, con los ojos inyectados, seguro y sonriente, esperando por mí, estaba él.

Se han publicado 10 comentarios



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  • MilaCauto dijo:

    Bonita historia.

  • Nancy dijo:

    Uff...lindisima historia de vida, aunque no tuve la misma experiencia, volé en el tiempo, por un momento me trasladé a aquellos años.
    Gracias x publicar algo tan sensible.

  • R. E. González dijo:

    Gilda, Un Abrazo. Quienes los conocimos Gracias a La Tecla de JR, Los Abrazamos. Tú y tu Querido Esposo Siguen Siendo Los Mismos. No han cambiado. Los Quiero Mucho. A ti y a J. ABRAZOS

  • Enrique Pancorbo Sandoval dijo:

    Cuantas familias cubanas pasaron por estos momentos felicez y a la vez duros, al tener a sus seres queridos cumpliendo con el deber de ayudar a los necesitados, en misiones muy complejas como Angola, Etiopía, Nicaragua, Argelia, Siria, el Sahara, Guinea Bissau, debemos sentirnos orgullosos por estos simples ciudadanos cubanos que tanto han hecho en la historia de los países más pobres, solo con el pago del deber cumplido por la humanidad, respeto y cariño para ellos.

  • TonyM.61 dijo:

    Bella y emotiva historia contada en 1ra persona.

  • Olania Rodriguez Peña dijo:

    Gilda: qué historia tan bonita y conmovedora.
    Feliz Día de los Padres!!, para Julián, excelente padre y amigo

  • Onelia dijo:

    Gracias por compartir sus vivencias de una etapa tan linda para los Cubanos, muchas felicidades desde Holguín,
    Bárbara Herrera Gonzalez
    Profesora jubilada Universidad

  • Vanessa dijo:

    Muy linda historia. Gracias por compartirla.

  • Cdr dijo:

    Desde que leí el título y el nombre de quien lo escribió, dije, es ella. Felicidades mi amiga, por contarnos esto tan sensible. Un abrazo.

  • Daniel Gonzalez dijo:

    Está muy lindo, refleja, nos trasmite el heroismo de nuestras mujeres, cuando se hicieron cargo de nuestras familias y nosotros allá ellas aquí se merecen las medallas de nuestro deber cumplido.

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