Italianos en Cuba (I)

Antonio Meucci, que inventó el teléfono en La Habana y murió loco y en la mayor miseria sin alcanzar a ver cómo la Corte Suprema norteamericana reconocía la primacía de su invento sobre el de Alexander Graham Bell. Foto: Archivo.
La huella italiana es bien visible en Cuba. Cantantes, plásticos, escritores, políticos, hombres de negocio, constructores… Gente, en fin, de todas las pintas, desde el cabecilla mafioso Lucky Luciano y Joe Stassi, el asesino de Albert Anastasia, hasta Antonio Meucci, que inventó el teléfono en La Habana y murió loco y en la mayor miseria sin alcanzar a ver cómo la Corte Suprema norteamericana reconocía la primacía de su invento sobre el de Alexander Graham Bell.
A esa lista se añade Giuseppe Pennino, que en 1905 fue el primer extranjero deportado por razones políticas en la naciente república de Cuba; un periodista devenido empresario, amigo, protector y mecenas de artistas, que con el tiempo seria conocido en la Isla con el rey de los mármoles. Y también Amadeo Barletta, un calabrés propietario de no menos de quince empresas y un capital de cuarenta millones de dólares, pionero de la televisión en Cuba y, sin proponérselo, uno de los hombres que dio vida a la mítica Rampa habanera.
Valga este recuento apresurado sobre los italianos en Cuba cuando transcurre en La Habana la XXVI Semana de la Cultura Italiana.
Primera compañía de ópera
Mucho debe la defensa de La Habana colonial al ingeniero romano Juan Bautista Antonelli, constructor de los castillos del Morro y de la Punta. En realidad, fueron ocho los Antonelli que trabajaron en obras defensivas en la Isla, tanto en La Habana como en Santiago.
Enrico Caruso se presentó en 1920 en escenarios cubanos, pero un siglo antes, en 1834, actuó aquí la primera compañía de ópera italiana.
En 1863, Daniel Dali’ Aglio edificó en la ciudad de Matanzas el teatro Sauto, una de las joyas de la arquitectura cubana; una obra que, al decir de especialistas, “es digna de cualquier capital europea”.
Fernando Ortiz, considerado el tercer descubridor de Cuba, tuvo en el médico y criminalista Cesare Lombroso una de sus primeras influencias.
Umberto Veronessi pasó por La Habana en 1978, en el momento en que se le reconocía como una de las cimas de la cancerología mundial.
Antes, en la segunda mitad de la década de 1960, estuvo aquí, por lo menos en dos ocasiones, el narrador y periodista Alberto Moravia, autor de Los indiferentes, con su compañera de entonces, la también escritora Dacia Maraini.
Ítalo Calvino, el autor de Las dos mitades del vizconde, nació en la localidad habanera de Santiago de las Vegas cuando sus padres prestaban servicio en la Estación Agrícola Experimental. Años después volvió a Cuba con su prometida italiana a fin de contraer matrimonio en la ciudad donde nació y su visita fue todo un acontecimiento.
Los arquitectos Roberto Gottardi y Vittorio Garatti dejaron una huella indeleble con los proyectos de la Escuela Nacional de Artes Dramáticas y de la Escuela Nacional de Música, pertenecientes ambas a la Universidad de las Artes.
El guionista Cesare Zavattini, uno de los principales exponentes del neorrealismo, colaboró con el cine cubano en los comienzos de la Revolución y fruto de su quehacer fue el filme El joven rebelde.
En la década de 1690 pasó largos meses en la capital cubana Giovani Francesco Gemelli Careri, nacido en Reicena, Calabria, y autor de Giro del Mondo, uno de los mayores éxitos de la literatura de viajes en la primera mitad del siglo XVIII. En una de las paredes laterales del Museo de la Ciudad, antiguo Palacio de los Capitanes Generales, una tarja recuerda su presencia.
El legendario Giuseppe Garibaldi estuvo en La Habana. Viajó a bordo del vapor Georgia y arribó al puerto habanero el 17 de noviembre de 1850, a las 11 de la mañana. Procedía de Nueva York y usó el sobrenombre de Joseph Paine a fin de burlar la vigilancia de las autoridades españolas y evitar ser molestado o apresado. Permanece en la ciudad hasta el 19 y vuelve el 1 y 2 de diciembre, luego de un viaje a Panamá. Sin embargo, en ninguna de las dos ocasiones ofrece en su diario detalles de su estadía ni de las personas que pudo haber conocido o tratado. Tan importante como su visita fugaz es su declaración de apoyo a los cubanos que en 1868 luchaban por la independencia.
Las pelucas de Rossini
Ignacio Cervantes, a quien Alejo Carpentier no vaciló en calificar como el músico más importante del siglo XIX, fue amigo del gran compositor italiano Gioacebino Rossini, que lo admitía en su círculo más íntimo y lo invitaba a su mesa pantagruélica. En cierta ocasión, en la capital francesa, donde el autor de El barbero de Sevilla y Tancredo vivió hasta su muerte, en 1868, pidió al cubano que lo acompañara a una habitación privada. Creyó Cervantes que el Maestro le mostraría alguna partitura –después de todo Rossini no escribió otra ópera durante los últimos cuarenta años de su vida– cuando para su sorpresa vio abrirse de golpe un armario gigantesco donde colgaba, con cuidado, una impresionante colección de pelucas. En prueba de confianza, expresó Rossini: “Son las que he usado durante toda mi vida, pero no se lo cuente a nadie…”.
Zafra de escultores
Es un italiano, Aldo Gamba, el artista de La fuente de las musas, llamada también Danza de las horas, emplazada a la entrada del famoso cabaret Tropicana y que devino símbolo de la noche habanera. Gamba esculpió esa pieza que se expondría originalmente en los exteriores del ya desaparecido Casino Nacional del Country Club, mientras guardaba prisión en el Castillo del Príncipe: había baleado a su amante. Es el autor del monumento al mayor general Máximo Gómez, en la Avenida del Puerto habanera.
Dice la historiadora Marial Iglesias que con la República se abre, en 1902, una etapa de institucionalización de la memoria histórica.
Precisa que uno de los ejes centrales del proceso de legitimación de las nuevas élites políticas en el poder fue la construcción de una épica nacional sin manchas ni contradicciones. Es un empeño de corte nacionalista, afirma el investigador Arturo Pedroso, que se erigen monumentos a no pocas figuras de la Independencia.
Durante las tres décadas iniciales del siglo XX, escultores italianos harán zafra en Cuba. Aunque el monumento a José Martí en el Parque Central –el primero que se erige en homenaje al Apóstol– es obra del cubano José Vilalta Saavedra, que tenía su estudio-taller en Florencia, donde se había formado, y la imagen del Alma Máter, en la Universidad habanera, lo es del checo Mario Korbel, serán sobre todo italianos los autores de no pocos monumentos que en esos años se emplazan en la capital cubana.
Así, Carlo Nicoli es el autor de la estatua de Miguel de Cervantes en el parque habanero de San Juan de Dios. Doménico Boni lo es de la de Antonio Maceo en el parque que lleva su nombre. Esa obra resultó vencedora en un certamen convocado al efecto y en el que participaron siete proyectos, seis de ellos presentados por los italianos Buemi, Iacovi-Luisi, Nicolini, Boni, Ferracutti Luisi y Calegari… Boni falleció en La Habana, el 29 de diciembre de 1916, en el mismo año en que se emplazó el monumento.
Un monumento que ya no existe, el de Alfredo Zayas, cuarto presidente de la República, colocado en el espacio que ocupa el Memorial Granma, es obra del italiano Angiolo Vannetti, autor asimismo de la Estatua Alegórica de la Patria, en el Panteón de los Emigrados Revolucionarios en la Necrópolis de Colón, donde también se ubican un Ángel en bajorrelieve, obra de Rafaello Romanelli, en la capilla del panteón del hacendado Manuel Aspuru, y el Thanatos, Pietro Costa, impactante pieza, que data de 1875, en el panteón de María y Joseph Pérez de Urría. A Ettore Salvatori pertenece la imagen de bulto de Emilia de Córdova, en un parque de la Víbora.
Son de la autoría de Ugo Luisi las de Francisco Sánchez Hechevarría, en el Parque de la Libertad, de Santiago de Cuba, y Miguel Jerónimo Gutiérrez, en el Parque de la Pastora de la ciudad de Santa Clara. Fundador de la Sociedad Ugo Luisi y Cía., trabajó el artista en dos vertientes, los conjuntos monumentarios y los bustos. Destacan en esta última faceta el conjunto de bustos de próceres cubanos cincelados en mármol que se halla en una de las galerías del Palacio de los Capitanes Generales, actual Museo de la Ciudad, y el busto de José Martí que ejecutó de manera gratuita, a petición de un grupo de maestras santiagueras, para que se colocara en el Templete que guardaba los restos de Martí en el cementerio de Santa Ifigenia, imagen esta de gran trascendencia pues se empleó en las primeras monedas que se acuñaron en la Isla.
Varios son los monumentos de Luisi que se aprecian en Santiago de Cuba, donde lleva su nombre la escuela taller de la Oficina de Conservador de la Ciudad dedicada a formar a jóvenes en antiguos oficios como la herrería, la yesería, la ebanistería…
El ángel rebelde
Imposible eludir en este recuento apresurado y, por fuerza incompleto, los grupos escultóricos que rematan la escalinata del Capitolio de La Habana. Son la Estatua del Trabajo y la de la Virtud Tutelar del Pueblo, obras de Angelo Zanelli, autor del Altar de la Patria que en Roma forma parte del monumento al rey Víctor Manuel.
También de ese artista es la Estatua de la República que se destaca en el imponente Salón de los Pasos Perdidos del Palacio de las Leyes habanero, situada exactamente debajo de la cúpula del edificio. Su peso es de 30 toneladas y se eleva a una altura total de 14.6 metros, lo que la hace una de las esculturas bajo techo más altas que existen en el mundo.
El nombre de otro escultor italiano, Giovanni Nicolini se repite por lo menos tres veces. Fruto de su talento son los monumentos a Tomás Estrada Palma, nuestro primer presidente, en la calle G esquina a Quinta, en El Vedado, y en cuyo pedestal quedan solo los zapatos del mandatario; el del mayor general espirituano Alejandro Rodríguez en la intersección de Línea y Paseo y el fastuoso monumento al mayor general José Miguel Gómez, segundo presidente de Cuba, en G entre 27 y 29, también en El Vedado.
De Salvatore Buemi es el monumento a José Martí, en el Parque Central de la ciudad de Matanzas, y el del mayor general Ignacio Agramonte, en la ciudad de Camagüey. Es suya además la estatua alegórica a la Victoria Alada que corona el mausoleo del presidente Gómez en el cementerio de Colón.
También la estatua del Ángel Rebelde, en uno de los patios del Capitolio. La Habana es una de las pocas ciudades del mundo donde se emplazó una imagen del rey de las tinieblas. No es la más conocida, pero la imagen erguida y desafiante se afianza en su rebeldía. Más que un ángel caído es un ángel rebelde.
Giuseppe Gaggini, con su bellísima Fuente de los Leones (1836) es el artista que inicia el catálogo de la escultura italiana en Cuba. Del propio autor es La fuente de la India o de La noble Habana (1838). Es de un artista italiano no precisado la columna que embellece la Alameda de Paula, el primer paseo con que contó la capital de la Isla, y de otro italiano, Cucchini, la imagen de bulto de Colón, en el Museo de la Ciudad. De Pietro Costa es el monumento funerario al obispo Serrano (1878) en la Catedral habanera.
Continuará...


En la Isla de la Juventud existen varias familias de origen Italiano una de ellas, Dalerta, tiene una historia singular.Dalerta fue Fotógrafo del Presidio Modelo, y su familia creo un Zepelin para cruzar el Golfo de Batabano.
También está la familia Marcoleta y la San Leoni.
No olvidar que Presidio Modelo fue Campo de Internamiento para los Italianos, Alemanes y fundamentalmente los Japoneses que llevaron la peor parte.Muy interesante el artículo del profe Ciro Bianchi.Gracias.
Muchas gracias por éste recorrido a nuestra cultura. Sería bueno que cada escultura, de alguna forma, tuviera el nombre del escultor.
Muchísimas gracias.
Gracias por este escrito, profesor Ciro. Al pensar en la huella italiana en nuestro país, me viene a la mente la figura de Roberto Gottardi, el arquitecto veneciano que fue coautor de la Escuela Nacional de Arte de La Habana.
Interesante artículo profesor. Y los Bianchi? Cuál es su historia?
Deben profundizar más en temas de la emigración italiana en Cuba. El Arzobispado de la habana contiene muchos expedientes ultramarinos. Véase Emigrazione y presenza italiana in Cuba, Volume 8.