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Cuando el otro bloqueo

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El 22 de abril de 1898 aparecieron frente al litoral de San Lázaro los barcos de la escuadra norteamericana encargados de establecer, como primera medida de guerra, el bloqueo a la Isla. Foto: Cortesía Gustavo Placer Cervera.

El pueblo habanero fue implacable con los acaparadores y especuladores en los días del bloqueo norteamericano a la Isla, en 1898. Pues sí, hubo otro bloqueo, y también norteamericano, anterior a este que dura ya más de seis décadas.

El 22 de abril de ese año aparecieron frente al litoral de San Lázaro los barcos de la escuadra norteamericana encargados de establecer, como primera medida de guerra, el bloqueo a la Isla, y el Gobierno español, como había prometido, anunció con tres cañonazos disparados desde el Morro la aproximación de dicha flota y el inicio del bloqueo. El 15 de febrero, el acorazado Maine había explotado en la bahía habanera.

Escaseó la comida en la capital y en otras localidades, y por orden del Gobierno colonial cocinas económicas o populares se establecieron en los barrios más pobres. Se hacían interminables las colas a las puertas de las panaderías a fin de alcanzar uno de los llamados panes de Arola, que recibieron ese nombre por el general Juan Arola, jefe de la plaza militar de La Habana, quien fue el organizador de la distribución del producto. Nadie temía o se avergonzaba de hacer públicas sus carencias y fatigas. Funcionaban solo los teatros Albizu y Alhambra, siempre llenos, y se programaban bailes en el teatro Irijoa, después Martí. Muy concurridos se veían los cafés que se asomaban al Parque Central, y el Salón H, en la Manzana de Gómez.

Se improvisaban embarcaciones de todo tipo que, de manera clandestina, sacaban a la gente del país, y barcos españoles y de otras banderas que salían y entraban a oscuras a fin de burlar la vigilancia enemiga. Mientras, los acorazados Brooklyn, Texas, Vulcano, Iowa, Lousiana, Montgomery… eran visibles desde la costa y se esperaba la llegada de la flota española. Las discusiones se eternizaban en torno a cuál de las dos marinas resultaría vencedora. El capitán general Ramón Blanco y Erenas, marqués de Peña Plata, llamaba, desde el balcón de Palacio, a verter hasta la última gota de sangre por el honor de España. El tipo, a la postre, murió de anemia…

Garbanzos y frijoles colorados, que se traían desde México, se conseguían con más o menos dificultad, se comieron tamales en cantidades industriales, y un día, ¡sorpresa!, aparecieron unas latas grandes de carne en conserva provenientes de Chicago. Eran traídas a tierra, de noche y de contrabando, por marineros de la propia escuadra sitiadora. Se vendían a un precio relativamente módico dadas las circunstancias. Sabían a ropa vieja.

Pese a la carencia de víveres, rara vez se asaltaba un establecimiento comercial, pero cuando la gente advertía que un bodeguero especulaba con el arroz o lo ocultaba para venderlo después en bolsa negra, lo obligaba a viva fuerza y en medio de una rechifla general a detallarlo al precio oficial –cinco centavos/libra– y darlo gratis a aquellos que ostensiblemente no podían pagarlo.

Los precios se disparaban de un día para otro. Los que tenían menos posibilidades económicas, que eran los más, debían de conformarse la mayor parte de las veces con la harina y la melcocha, que engañaban el hambre. Pero, precisaba Federico Villoch en una de sus viejas estampas descoloridas, no faltaron la alegría ni la esperanza. Ibrilio, un poeta que vendía sus décimas a cinco centavos, escribió por entonces:

“En La Habana y en La Mocha / se mata el hambre la gente / comiendo harina caliente / y dulcito de melcocha. / La vieja de vuelve chocha / viendo cara la butuba, / pero, aunque de precio suba, / mientras haya mango y caña, / del hambre la fiera saña / jamás sentirá mi Cuba”.

Fue entonces que se puso de moda lo de la “caña a tres trozos” que viene utilizándose para ilustrar una situación poco desahogada, difícil.

Se han publicado 3 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • OER dijo:

    Interesante cualquier escrito de Bianchi sobre la Historia de Cuba. La forma de escribirla la hace tan amena, que es imposible no leerla hasta el final. Esta que se refiere AL OTRO BLOQUEO resulta hasta divertida. ¡ Qué manera más pedagógica de contar la Historia de Cuba! Ojalá todos nuestros profesores tuvieran esa sapiencia.

  • Yosoy dijo:

    Gracias, profesor. Con sus escritos, nos acerca un poco más a partes poco conocidas de nuestra historia.

  • Miguel Rojo Gonzalez dijo:

    Saludar y dar gracias a Ciro Bianchi, por sus crónicas donde siempre hace gala de sagacidad ocurrente, en la mas legitima tradición de ese género tan cubano.

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Ciro Bianchi Ross

Ciro Bianchi Ross

Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual.

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