George Raft en La Habana

Raft había pasado su carrera cinematográfica encarnando a matones y gánsteres al lado de actores de la talla de Jimmy Cagney y Humphrey Bogart. Foto: UA/ Warner Bros. Pictures.
Decía un historiador norteamericano que George Raft poco tenía que hacer en el hotel Capri, de La Habana, excepto estar allí y dejarse ver. Era el símbolo perfecto de la mafia. Le pagaban, añadía, para que fuese George Raft.
Raft había pasado su carrera cinematográfica encarnando a matones y gánsteres al lado de actores de la talla de Jimmy Cagney y Humphrey Bogart, y se identificó tan estrechamente con los papeles de hampón que le tocó interpretar que el FBI llegó a abrirle un expediente por considerarlo un “socio conocido” de la mafia.
Aseguran los que lo conocieron que, con el paso de los años, el actor de Chantaje y Robé un millón fue perfeccionando su imagen de hampón duro y elegante; vestía con gran estilo, mostraba gran seguridad en sí mismo y tenía una suerte loca con las mujeres. La gerencia del Capri lo contrató como jefe de relaciones públicas del hotel y anfitrión de su casino de juegos. Su intervención sería decisiva cuando, en la madrugada del 1 de enero de 1959, un grupo de hombres y mujeres asaltaron la sala de juego del establecimiento hotelero.
Netamente cubano
Emplazado en una zona de privilegio –a 100 metros de la mítica Rampa habanera–, el Capri conforma, junto con el Habana Libre y el Riviera, “la trilogía más destacada de construcciones hoteleras del Movimiento Moderno realizadas en La Habana”, una obra que “se destacó en su momento por la decisiva modernidad de su diseño”.
Eduardo Luis Rodríguez la incluye en su utilísimo La arquitectura del Movimiento Moderno; selección de obras del Registro Nacional (Eds. Unión, 2011), y destaca como un inmueble que concede igual jerarquía a sus dos fachadas laterales, dotado en cada piso de la torre habitacional de un corredor central al que se asoman las habitaciones, y un lobby que asume el tipo de decoración que se hizo frecuente, en la época, en este tipo de instalaciones, gracias a la influencia del arquitecto Morris Lapidus en EE.UU. Estaba dotado de camas redondas en sus suites, disponía de un fabuloso bar azul y una pequeña y agradable piscina en su piso 18. Cuenta con unas 220 habitaciones.
Es un hotel netamente cubano, sin inversión extranjera. La edificación, con un costo de 5,5 millones de pesos, fue obra de la compañía constructora de Jaime Canavés, catalán llegado a Cuba en 1913, y que además tenía acciones en Industrias Hormigón Cubano SA e Industrias Siporex. Sus hijos estaban asociados en el negocio de la constructora y uno de ellos, José Canavés Ugalde, fue el arquitecto del Capri.
Canavés arrendó el edificio del hotel, para que lo operara, a la compañía Hotelera Sheppard, propietaria de los hoteles Ponce de León y Leamington, de Miami. Fue un contrato por 210 000 pesos anuales a partir del 1 de diciembre de 1957.
Un mes antes concluyó la construcción del Capri. Se edificaron en esa época los hoteles Rosita de Hornedo –actual Sierra Maestra– (julio, 1955), St. John (marzo, 1957), Riviera (diciembre, 1957), Hilton (marzo, 1958) y Deauville (julio, 1958). Se remodelaron Nacional, Comodoro y Plaza. El Internacional de Varadero se inauguró en 1950. Se construyeron, asimismo, Copacabana y Chateau Miramar, entre otros.
En algunas de esas instalaciones, como el Riviera y el propio Capri, el casino era más importante que el servicio de alojamiento, y en todas, la sala de juego era la parte más lucrativa. Por el alquiler de uno de esos salones se pagaban unos 25 000 dólares anuales en hoteles como Capri, Riviera y Nacional, sin contar que el casino sufragaba por lo general el espectáculo y las orquestas del cabaret.
Fue un hotel frecuentado por la mafia norteamericana hasta poco después de 1959 y a este establecimiento aludió Mario Puzo en su novela El Padrino.
La cocina del infierno
Ranft –su apellido original, que luego transformó– nació en 1901 y creció en un barrio neoyorquino conocido como La Cocina del Infierno (Hell’s Kitchen), célebre por su alta tasa de delincuencia. Fue el mayor de 10 hermanos y huyó de su casa en cuanto pudo, a fin de salirse de la miseria en que vivía y del rígido catolicismo de sus padres, y se unió a una pandilla juvenil. En plena Ley Seca encontró empleo como actor y bailarín en Broadway mientras se dedicaba al contrabando de licores. Es así que conoce a una estrella como Mae West y también a Charles “Lucky” Luciano, otra estrella en lo suyo. Cuando llegó a Hollywood, en los años 30, su conocimiento de la vida del hampa por dentro lo ayudó a triunfar.
Falleció en Los Ángeles, California, en 1980.
Aquella madrugada
No se concebía un espectáculo de cabaret sin un “cuadro” español. En la noche del 31 de diciembre de 1958, Raft presentó al público que asistía al casino al cuerpo de danza del bailarín español José Crego, la cantante norteamericana Arlena Fontana y por los entonces muy gustados Chavales de España. En la madrugada del día primero, Raft estuvo en el casino hasta que le pareció que los festejos de la víspera de Año Nuevo no durarían mucho más y, en su suite, se disponía a pasarla en grande con una muchacha que acababa de ganar el título de Miss Cuba en un certamen de belleza que antecedía al concurso internacional de Miss Universo y a la que había pedido que lo esperara completamente desnuda bajo las sábanas. Su inspiración se vio cortada por una llamada telefónica. Desde la recepción le comunicaban que el dictador Fulgencio Batista había huido del país.
Saltó de la cama, se vistió como pudo y tomó el ascensor. La confusión se había adueñado del vestíbulo del hotel y del casino. Los empleados no sabían qué hacer y algunos jerarcas del batistato, que se habían demorado ante las mesas de juego, corrían, sin ningún embozo, como viajeros a los que se les va el tren. Nadie parecía dispuesto a poner orden en aquel caos. Desde la calle llegaban estruendos de vidrios rotos y vivas a la revolución triunfante. Había disparos y los soplones trataban de ponerse a buen recaudo.
De pronto un grupo numeroso de hombres y mujeres –unas 100 personas– penetró en el casino y empezó a destrozar el mobiliario y las máquinas. Uno de los recién llegados disparó una ráfaga de ametralladora contra el bar y volaron por el aire los vidrios de vasos y botellas.
En aquel momento, Raft se percató de que no había entre los empleados del hotel nadie que mandara, salvo él tal vez, pues era a quien sus compañeros preguntaban qué hacer. Trepó a una mesa, pero nadie le prestó atención, hasta que la muchacha que comandaba el grupo lo reconoció, intercambió con él unas palabras en inglés e impuso silencio.
El actor pidió tranquilidad. No recordó nunca con exactitud cuáles fueron sus palabras, pero tuvieron un efecto mágico sobre el grupo que, sin ocasionar más disturbios, terminó retirándose del local.
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Saludos, mi respeto para el profesor Ciro Bianchi. Aparte , que George Raft estuvo en la Habana, ahora están en la Habana los barcos con arroz y harina de trigo para "" los que no hay dinero para pagar "". !! Un bochorno mayúsculo !!!
Muy buen testimonio histórico. Gracias.
Muy interesante artículo. Gracias
Muchas felicidades y gracias porque sin usted muchas de nuestra historia serían olvidadas