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Los vigilantes del fuego

Publicado en: Memorias históricas
En este artículo: Accidente, Bomberos, Historia, Incendio
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Esculpido a relieve en Roma que recrea las actividades de los Vigiles

El descubrimiento y posterior control del fuego –hace aproximadamente un millón de años– significó para los primeros homínidos un paso importante en su proceso evolutivo. Ello les permitió mayor protección de los depredadores, protegerse de las inclemencias del tiempo, iluminar los caminos y cocer los alimentos, entre muchas más actividades.

Desde el punto de vista cultural también fue un salto importante, ya que facilitó la asociación entre las comunidades y reunirse alrededor de las fogatas, estimuló el lenguaje, el intercambio de conocimientos, así como las tradiciones culturales mediante la oralidad.

Sin duda alguna, el control sobre el fuego y sus múltiples beneficios ha sido un factor determinante en nuestra prevalencia como especie. Sin embargo, el descontrol sobre el mismo ha sido muy catastrófico, provocado incontables pérdidas humanas y deshecho obras materiales que con tanto esfuerzo fueron construidas. Aún nos duelen las imágenes de Notre Dame de abril de 2019.

Vigilantes del fuego

Desde que las comunidades humanas se fueron complejizando, los incendios se convirtieron en un verdadero azote y sus dimensiones fueron mayores. Ello obligó a organizarse en función de su prevención y extinción.

El primer equipo diseñado para la extinción de los incendios, más allá del cubo de cueros, fue creado por el griego Ctesibius, aproximadamente 400 años antes de Cristo, y consistió en emplear intestinos y estómago de los bueyes. El estómago, que hacía función de bolsa, se llenaba de agua y al ser presionada salía el líquido por los intestinos que funcionaban como mangueras. Al parecer este método tuvo corta vida y no dio buenos resultados, pues su referencia se pierde en la historia.

En la antigua Roma, la mayoría de las viviendas estaban confeccionadas a base de paja, caña y madera, materiales propicios para avivar un incendio. Es en esta civilización donde se tienen las primeras evidencias documentadas de la creación de grupos de bomberos. Ello es obra del político y militar romano Marco Licinio Craso, quien realmente no tenía mayor interés en la extinción de este flagelo, sino en emplearlo como medio de coacción, ya que también manejaba una agrupación de incendiarios. Ambos eran empleados según sus conveniencias económicas o políticas.

Es el emperador Cesar Augusto quien en el 22 a.C organizó la primera agrupación oficial de bomberos de la historia, los llamados vigili del fuoco o vigilantes del fuego. Como es lógico suponer, tan peligrosa tarea fue realizada por esclavos a los que se les nombraron vigiles.

Fue una de las organizaciones más importantes en la antigua Roma y su actividad no se centró solo en la extinción de los incendios, también se dedicaban a la vigilancia de las ciudades, y constituyeron igualmente uno de los antecedentes más antiguos de un sistema policial. Su influencia duró varios siglos. En el periodo de mayor esplendor contó con siete brigadas, una para cada colina de la ciudad.

Es difícil determinar cuántas ciudades en la antigüedad imitaron lo realizado por Roma y cuántas fueron destrozadas por las llamas, ya que no se conserva en registros.

En la Edad Media, las referencias sobre la existencia de grupos dedicados a similares actividades son casi inexistentes. La digna excepción es el decreto real firmado por Luis IX en Francia en diciembre de 1254. La misma establecía la vigilancia nocturna en París, que en ese entonces era la ciudad europea más grande, con el objetivo de prevenir los incendios y los crímenes, dos plagas que afectaban la urbe.

Los cuerpos de bomberos modernos

En la Época Moderna, fue Alemania, entre los países europeos, la más adelantada en los métodos para sofocar los incendios.

Para el año 1460, la ciudad de Fráncfort contaba con leyes para prever los incendios; y en 1518, en Augsburgo, el alemán Anthony Blatner construye el primer carro de bomberos, pero este tenía el riesgo de que debía acercarse mucho al lugar del incendio para lograr algo de efectividad. Ello se solucionó cuando en 1672 el holandés Jan van der Heijden inventa la primera manguera flexible.

Mientras tanto, el padre jesuita Gaspar Schott, en 1617, nos dejó para la posteridad sus descripciones sobre los instrumentos que observó en su ciudad natal Konishofen, así como la bomba de agua construida por John Jautsch en Nuremberger en 1657.

Para el siglo XVII, Londres era una de las grandes ciudades de Europa y sufría con frecuencia los estragos de los incendios. Pero fue el desastre de 1666 el que llevó a la corona a poner asunto definitivo en el tema. Ello condujo a la creación de las primeras unidades de bomberos modernas y dedicados únicamente a este fin. Se intensificaron los estudios científicos para la prevención y extinción de los incendios. También se desarrollaron los negocios dedicados a los seguros, que ofrecían como incentivos la indemnización de las propiedades.

Sin dudas, el gran incendio de Londres estremeció Europa e hizo tomar conciencia en el tema. Por ejemplo, en 1699, París contaba con 17 bombas para luchar contra los incendios y unos años después casi había duplicado esa cifra, pasando a contar con 30 en 1712. En 1716 crean la primera compañía de bomberos y en 1750 incorporan los uniformes que desde entonces identifican a nivel mundial a los dedicados a esta profesión.

En 1721, el ingeniero londinense Richard Newsham patentó el primer medio de transporte con una bomba de agua que podía elevar el líquido hasta 40 metros de altura.

Del empleo de esta vital herramienta surge la famosa palabra que identifica a los profesionales dedicados a esta actividad. La palabra “bomberos” es contemporánea y se refiere a las personas encargadas de manejar las “bombas de agua”. Aparece por primera vez en el diccionario de la RAE en su edición de 1843.

En 1829, en Londres, se inventa la primera máquina de vapor dedicada a la lucha contra incendios y en 1907 aparecería el primer vehículo de combustión interna, que haría desaparecer definitivamente los motores de vapor en 1925.

La posición de colonia de nuestro continente hizo que esta actividad llegara bastante tarde con respecto a Europa. Si bien durante la conquista y colonización algunos indígenas fueron empleados para extinguir los incendios, no fue hasta el siglo XIX que se normó y regularizó su actividad.

En 1736 en Filadelfia, Estados Unidos, es creada la primera compañía de bomberos. En 1851, Chile crea su primer cuerpo de bomberos en Valparaíso. Brasil fundaría el suyo en 1856 y Perú en 1860. Un caso atípico lo representaría Venezuela, que funda su primer cuerpo de bomberos en 1936 a la caída de la dictadura de Juan Vicente Gómez.

Cuba también sería un caso atípico, pero en este caso por ser pionera en la prevención y extinción de los incendios.

Cuba, pionera en la lucha contra los incendios

A la llegada de los europeos a Cuba, los aborígenes dominaban desde hacía siglos el fuego y los de mayor desarrollo fabricaban los bohíos o caneyes a base de madera y yagua, por lo que es de suponer que también sufrieron incendios.

Como parte de la conquista y colonización de la isla se fundan las primeras villas, las cuales tampoco escaparon al azote del fuego. Un ejemplo de ello es la toma de La Habana en 1555 por el pirata Jacques de Sores, quien no dudó en incendiarla cuando no quedaron satisfechas sus ansias de riquezas.

Ante la frecuencia y los estragos que causaban estos hechos las autoridades permanecían impotentes, pero no sus habitantes, en especial los de la floreciente Santa Clara, quienes crearon el 13 de noviembre de 1696 la primera agrupación de Bomberos de Cuba. Sus integrantes adiestraban a los vecinos y en caso de incendios llenaban de agua los barriles que almacenaban ron y miel y haciéndolos rodar por la ciudad, y con la cooperación colectiva, los trasladaban hasta el lugar del siniestro.

Tardaría más de siete décadas para que Cuba tuviera su segundo cuerpo de bomberos, fundado en Surgidero de Batabanó en 1768. No obstante, este tuvo corta vida.

Un ejemplo de la frecuencia de estos desastres y de la preocupación que ya generaba en las autoridades coloniales es el bando emitido por el Capitán General de la Isla Felipe de Fonsdeviela y Ondeano, marqués de la Torre, el 4 de abril de 1772:

Uno de los más graves cuidados a que están expuestas las poblaciones es el de los incendios; (…) Los artesanos que tienen parte en la construcción de los edificios, como son los albañiles, carpinteros y herreros, así por la inteligencia propia de sus oficios como por la aptitud de sus instrumentos, son los primeros de esta obligación [la extinción]; pero de los demás ninguno es releva por el interés común en que cada uno del pueblo tiene parte. El celo acreditado de mi predecesor hizo publicar en 6 de Febrero de 1770 un bando que previene reglas utilísimas para los casos de esta naturaleza, y debiendo creerse que se habrá dado cumplimiento a los preparativos de cubos y cajoncillos de respecto que debe haber en cada casa y a las escalas de mano, azadas y picos del cargo del mayordomo de la ciudad, revalido en todo su tenor el expresado bando y reservo hacer que se repita literalmente para su más puntual recuerdo y exacta ejecución.

En 1795 fueron traídas a La Habana las primeras bombas de agua en nuestro país. Pero es en el siglo XIX cuando se produce la expansión y desarrollo de esta actividad. En enero de 1831 se creó en Santiago de Cuba el primer cuerpo de bomberos de esa ciudad y al año siguiente Santa Clara contaría con el suyo propio, esta vez gestionado por la colonia española. En ese propio año Cárdenas contaría con esta protección y tres años después, en 1835, la capital con el suyo. Gradualmente se produjo la penetración de los bomberos por todo el país.

Como la valentía nunca ha sido exclusiva para los hombres y menos donde esté presente la mujer cubana, ellas, desafiando los prejuicios de la época, formaron parte de los bomberos. Al menos así lo certifica esta foto del Cuerpo de Bomberos del Comercio de Matanzas de finales del siglo XIX.

Mujeres matanceras que conformaron el Cuerpo de Bomberos del Comercio de Matanzas.

En las actas capitulares de la Capitanía General de Cuba existen varias referencias a la ocurrencia de incendios en nuestro país, pero de los lamentablemente más recordados hay que hacer referencia a los de agosto de 1822 en La Habana, que destruyó más de 30 viviendas o los ocurridos en Sagua la Grande en 1852 y 1856 respectivamente, que afectó parte de la ciudad.

Pero, sin dudas, el ocurrido el 17 de mayo de 1890 conmocionó La Habana. Fue considerada la mayor catástrofe de esta naturaleza en la historia del país; en este incendio de grandes proporciones perdieron la vida 38 personas, entre ellas 25 bomberos.

El mismo se inició en la ferretería de Juan Isasi en la intersección de las calles Mercaderes y Lamparilla, en la actual Habana Vieja. Este incidente fue provocado por su propietario para evadir los impuestos de la importación y almacenamiento ilegal de sustancias explosivas, lo cual tampoco informó a las autoridades actuantes, quienes ajenas a lo que se encontraba en el lugar ingresaron al inmueble.

Destrozos provocados por el incendio de la ferretería Isasi

En honor a las víctimas, las autoridades habaneras erigieron en 1897 un mausoleo en el Cementerio Colón. Cada 17 de mayo, el Cuerpo de Bomberos de Cuba, junto con las autoridades habaneras, realizan dos peregrinaciones; una a la esquina de Mercaderes y Lamparilla, y otra en el cementerio.

Durante la República y luego del triunfo de la Revolución, la situación se transformó, teniendo momentos de avance y declive; pero ello será tema para otro trabajo.

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  • Jose R Oro dijo:

    Fenomenal articulo, sugiero a todos leerlo, realmente profesional e informativo. Muchas felicitaciones al autor.

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Abel Aguilera Vega

Abel Aguilera Vega

Historiador e investigador del Centro Fidel Castro Ruz. Conduce espacios radiales relacionados con la historia en Radio Metropolitana y Radio Habana Cuba.

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