Sentenciados al garrote

Una ejecución en el garrote, en el siglo XIX. Foto: Tomada de Cubahora/ Archivo.
El 2 de noviembre de 1930, Antonio Padilla Rodríguez y Domingo Betancourt Vizcaíno morían agarrotados en la Cárcel de La Habana. Fueron declarados culpables y condenados a la pena máxima por el asesinato de Florencio Camporro, propietario de El Pensamiento, una casa de préstamos y de compraventa establecida en la calle Sol, número 93, en La Habana.
Ante la negativa de este de abrir la caja de caudales, Padilla, enfurecido, le asestó 12 puñaladas, en una de las cuales se partió la hoja del cuchillo, que quedó atrapada entre dos de las vértebras de la víctima. Como aun así Camporro seguía con vida, Betancourt lo fulminó con dos balazos. Nadie, salvo el abogado defensor, pidió clemencia para los condenados.
Caracteres disímiles
Betancourt y Padilla habían servido en el ejército y eran dos caracteres disimiles. En primero tenía chispa; el otro, se decía, era incapaz de pensar.
Aunque su preparación académica era deficiente y su cultura, escasa, Betancourt planteó en algún momento publicar una revista y con ese fin se relacionó con algunos escritores, hasta que abandonó el proyecto al hacer saber su propósito de atravesar el Atlántico en un pequeño bote. Tampoco insistió mucho en eso. Gustaba de la vida cómoda, sin esfuerzos, vestía bien y procuraba acercarse a personas que pudieran ayudarlo a ascender y a las que a la larga timaba siempre.
Padilla era hombre dispuesto a todo. Por eso lo procuró Betancourt. Escogerían una buena presa y darían un golpe bien estudiado. En El Pensamiento, la tienda de Florencio Camporro, joyas y cristales e innumerables objetos de valor se exhibían en las vidrieras y se acomodaban en los estantes. La caja fuerte lucía tentadora.
La comida del perro
La noche de los hechos, Padilla y Betancourt tocaron a la puerta del establecimiento. Cuando José Seoane, empleado de la casa, les abrió, le dijeron que Camporro, con quien acababan de encontrarse y que no demoraría en regresar, les había pedido que lo esperaran en la tienda para realizar una operación de préstamo.
Seoane, que era un anciano, creyó lo que le dijeron y les franqueó la entrada. Ya dentro, Padilla lo amenazó con un cuchillo, en tanto que Betancourt lo hacía con un revólver: lo matarían si profería el más leve grito de auxilio. Ataron sus manos entonces, le cubrieron la cabeza con un pedazo de tela y lo llevaron a una habitación interior. Vaciaron vidrieras y escaparates de todo aquello que les pareció de valor. Echaban algunas de las piezas en un saco; otras las guardaban en una bolsa pequeña o en los bolsillos.
Terminada esa operación, intentaron abrir la caja de caudales. No pudieron y decidieron esperar por el regreso de Camporro. Unas dos horas demoró en aparecer. No vio al viejo Seoane al entrar, lo llamó e inquirió a gritos si habían llevado la comida del perro. El anciano, amenazado por los dos delincuentes, respondió de manera negativa y Camporro volvió a salir a la calle, sin reparar evidentemente en los objetos que faltaban en estantes y vitrinas.
Cuando retornó a la tienda, avanzó confiado hacia el fondo del local. Padilla y Betancourt se le encimaron, le inmovilizaron los brazos y, bajo amenaza, lo conminaron a que abriera la caja de caudales. Camporro no los obedeció, pese a las presiones de que era objeto. Se resistió; hubo gritos de auxilio y forcejeos. Padilla terminó apuñalándolo.
Tal vez Padilla y Betancourt pensaran que no tendrían que llegar a ese extremo; que el robo transcurriría sin tropiezos, pues ellos de por sí serían capaces de abrir la caja fuerte, o que Camporro se las abriría sin chistar. Las puñaladas, la sangre que manaba a chorros de un cuerpo todavía con vida y que parecía presto a la pelea, hicieron que volvieran a la realidad. No cabía ya más alternativa que la fuga, pues los gritos de Camporro debían haber alertado a los vecinos. Olvidaron el saco y la pequeña bolsa y ganaron la puerta de la calle. No contaron con que Camporro, pese a sus tremendas heridas, los perseguiría hasta la acera. Fue allí donde Betancourt lo remató.
Sin posibilidad de escape
Perseguidos de cerca por varias personas y el vigilante Armando Rodríguez, los asesinos buscaron refugio en la casa número 200 de la calle Habana; alcanzaron el piso alto y se hicieron fuertes en una habitación vacía. Acudieron al lugar más vigilantes y expertos de la Policía y los intimaron a rendirse. Betancourt, sin embargo, no parecía dispuesto a hacerlo y disparaba sobre los que trataban de acercarse. Al vigilante Avelino Díaz le rompió de un tiro el maxilar inferior. Aumentaron las fuerzas de los sitiadores, y Padilla y Betancourt comprendieron al fin que se hallaban sin ninguna posibilidad de escape. Entonces se entregaron.
“No llegaré al patíbulo”
Siguieron la prisión, las investigaciones y el juicio. La última noche de los condenados parecía que iba a transcurrir en calma. En la celda recién blanqueada, Betancourt, con una sonrisa que no lo abandonaría ni siquiera en el garrote, conversaba con su abogado acerca de sus aficiones literarias y le recitaba de memoria un artículo que escribiera durante el cautiverio. En otro rincón, Padilla, aparentemente sereno, respondía a las preguntas del reportero del periódico El Mundo, y le pedía que no revelara el nombre de la muchacha rubia, extranjera, que vio salir del calabozo. Le dijo: “Ella ha sido para mí la mujer más extraordinaria de la tierra y he de estarle agradecido más allá de la vida”. Nunca llegó a conocerse quién era esa mujer, como tampoco se reveló la verdadera identidad de otra, enigmática y crepuscular, vestida siempre de negro, que pasaba como hermana de Betancourt. Padilla dijo a su entrevistador una frase que este demoró en comprender: “No llegaré al patíbulo”.
Intento de suicidio
Terminaron sus visitas el abogado y el periodista, abrazaron a los sentenciados y se despidieron hasta la eternidad. Fuera de la celda, el médico del penal cabeceaba en su asiento, tratando de evitar que el sueño lo venciera, y los custodios, alertas, no perdían el menor movimiento de los condenados. Sin embargo, no pudieron impedir el intento de suicidio de Padilla que, desde unos tres metros de distancia, en un arranque incontenible, embistió de cabeza los barrotes del calabozo. Trató de hacerlo otra vez, pero los vigilantes lo impidieron y lo pusieron en manos del médico. Betancourt lo increpó por su cobardía y, mientras el médico cosía sus heridas, Padilla dejó sin respuesta los reproches de su compañero. La sangre brotaba de sus oídos y entraba en una lenta agonía: el golpe le había provocado una hemorragia cerebral.
Sostenido por dos escoltas, como un autómata, fue llevado al patíbulo. Pineda, el verdugo, ciñó en torno a su cuello la argolla del garrote. Pero Padilla no se percató de lo que ocurría. Estaba inconsciente.
Llegó el turno de Betancourt. Entregó cartas de despedida y siguió a los custodios hacia la muerte. En el camino, buscaba caras amigas y saludaba con su sonrisa perenne y, ya en el garrote, facilitó la tarea del verdugo a fin de que terminara con él lo antes posible.
Dos días más tarde, el periodista de El Mundo vio en el cementerio a las dos mujeres que conoció en la cárcel. Llevaban flores a las sepulturas de los feroces asesinos de Florencio Camporro, el infortunado propietario de la casa de préstamos El Pensamiento.
Un crimen que conmocionó a La Habana. Sus responsables, Antonio Padilla y Domingo Betancourt, fueron los últimos sentenciados en Cuba a morir en el garrote, una máquina de muerte que el rey Fernando VII hizo introducir en sus dominios en sustitución de la horca.
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Extraordinario artículo, fascinante la historia nuestra... Gracias Bianchi
Excelente crónica.
Muchas gracias por compartir este articulo. Una historia desconocida por muchos y por mi. Excelente artículo.
Excelente, me encantan sus historias.