“Uno no sabe qué paciente va a sobrevivir y cuál no, pero quiere salvar a todos”

Carlos Javier García Varela. Foto: Guillermo Carmona.
Carlos Javier García Varela despertó una mañana de marzo con el cuerpo cortado. Después de un turno de 24 horas encima de una ambulancia destinada a atender a embarazadas y neonatos de toda Matanzas, resultaba difícil discernir si era el síntoma de alguna infección o solo puro cansancio.
Por ello, no le dijo nada a su mujer, a la que le restaban pocos días para dar a luz a su primer hijo. Ignoró el malestar e, incluso, se dirigió al gimnasio casero que improvisó —una cabilla por aquí, una caja de bola por allá— para hacer un poco de ejercicio.
Casi seis meses después de ese día, en pleno agosto, cuando conversamos en la sala de su hogar en la barriada de La Playa, me confiesa que durante el rebrote de la COVID-19 en Matanzas bajó 20 kilogramos de peso.
“En una de las últimas guardias que hice, estuve alrededor de 13 horas sin probar ni agua ni alimento. Llegué a la base con hipoglicemia. Con los trajes de protección transpiras mucho. Salíamos para la calle a buscar a un paciente, y luego otro, sin parar”.
Esa mañana de marzo, cuando al desayunar notó que no tenía ni gusto ni olfato, pensó que todo estaba en su mente. Quizás solo andaba tupido de la nariz o la comida no tenía mucha sazón, así que agarró mentolán y se lo untó en las fosas nasales. “Me quemaba, pero no sentía olor ninguno”.
Al mismo tiempo que el ardor del ungüento se aliviaba, su cabeza se volvía un caos. “Temía infectar a todo el mundo: a mi mujer que estaba embarazada, a mi papá con 82 años”.
Tal vez una persona que no ha tenido un hijo recién nacido o una embarazada positivos al SARS-CoV-2 en la familia, no sienta igual la cifra de maternas o bebés positivos que comunica Durán cada mañana. Sin embargo, Carlos Javier fue testigo presencial de muchas de estas historias.
Aún no sabe cómo ni dónde se contagió. Argumenta que, aunque poseen los medios de protección, “llega un momento en que te agotas y de cualquier descuido te contaminas: de rascarte la cara, de arreglarte el nasobuco porque te molesta, y eso está en el inconsciente”. Por suerte, el único que resultaría positivo a la covid de su familia sería él.
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Sus turnos eran de tres días de franco y uno de trabajo. Foto: Guillermo Carmona.
Hay momentos en los que una llamada puede ponerte la vida patas arriba. Carlos Javier, encerrado en las cuatro paredes de su casa, espera una de esas. Más allá de dos ríos, el San Juan y el Yumurí, se encontraba su mujer en labor de parto. Dos días atrás le dieron el alta del Hospital Militar donde lo atendieron; sin embargo, debió aislarse en su casa, solo, como parte del protocolo de seguridad.
Para él esa sensación de no poder estar durante el nacimiento de su hijo fue “lo peor que le puede pasar a una persona. Imagínate que el parto se complicó”.
Con el celular en la mano, caminaba de una habitación a otra, nervioso, expectante, como un papá tigre en su jaula. Me confía que en algunas oportunidades “no veía el momento de llegar a la casa y casi no dormía nada, porque tenía que estar preparado por si llamaban”.
Sus turnos eran de tres días de franco y uno de trabajo; mas, al complicarse la situación epidemiológica, se redujeron a dos jornadas de descanso, relativas, porque en muchas ocasiones le solicitaban cubrir algún hueco y eso representaba hasta 12 horas más de labor. “Era mucho el agotamiento. A veces llegaba a la casa y mi papá me despertaba y me decía ‘levántate para que comas algo’”.
Estoy seguro de que el día en que su niño nacía él hubiera querido estar en cualquier parte del mundo menos en su casa encerrado. Aunque confíe en los médicos cubanos, de primera mano conoce las complicaciones que puede tener un parto. Antes de trabajar en el SIUM lo hacía en la terapia intensiva del Pediátrico; además de que lo estudió mientras vencía el técnico medio en Enfermería, y ahora en la universidad, donde cursa el quinto año de la licenciatura.
El 27 de marzo nació Fabio Javier, su primer hijo. Hasta diez días después no pudo verlo y cargarlo.
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Es un trabajo muy bonito, requiere corazón. Foto: Guillermo Carmona.
Afuera, en el portal, el abuelo del bebé de cinco meses lo vigila. La luz de la media mañana ilumina a un niño fuerte. Adentro, en la sala, su padre me relata que cuando terminó su tiempo de aislamiento, aun con un infante de días de nacido, regresó a bordo de la ambulancia. Se perdió parte de los primeros meses del hijo, porque lo enviaba para la casa de los suegros por miedo. “Muchas veces llegaba a la casa con el temor de haberme reinfectado”.
Su labor como enfermero del SIUM nunca fue fácil, pero con la irrupción de la COVID-19 en Cuba se volvió mucho más intensa. Incluso debió trasladar a amigos, a conocidos, cuyas vidas, literalmente, estaban en sus manos. “Es bastante complicado. A ver, es la misma responsabilidad que con otros pacientes, pero te duele más. Y na', hay que echar p'alante.
“Es un trabajo muy bonito; requiere un corazón y una…”, no finaliza la frase, a lo mejor porque no es sencillo buscar un término que vaya más allá de la valentía y que no sea una palabrota.
Hace aproximadamente un mes abandonó el SIUM y ahora es asistente de Anestesia en el hospital pediátrico. “Había hecho un diplomado sobre eso y nunca tuve la oportunidad de aplicar los conocimientos. Acepté, como joven que busca nuevas experiencias y aumentar el currículo”. Cambió de frente de batalla, pero continúa en la misma guerra, una con un enemigo silencioso y mortífero, porque ataca desde adentro.
“No sé cómo será la guerra. Para mí esto ha sido así: uno no sabe qué paciente va a sobrevivir y cuál no, pero quiere salvar a todo el mundo y no se puede; son cosas que se te van de las manos”, afirma y baja un poco la mirada, como a quien lo inapelable del destino lo destroza.
Dentro de 15 o 20 años, cuando la COVID-19 no sea problema de los médicos, sino de historiadores y cronistas, quisiera que ese bebé que ilumina el sol de la mañana encontrara esta entrevista en algún rincón perdido de la web o en un recorte de periódico, para que conozca la gran fuerza de voluntad con que su padre protegió la inocencia más pura que existe: la de los niños, que aún no comprenden el mundo.
(Tomado de periódico Girón)
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Muy conmovedoras sus palabras, me hacen ser más conciente aún de lo mucho que hay que cuidarse y cuidar a nuestros pequeños que son los más vulnerables.
Precioso el reportaje... y aunque ya no estés a bordo de una ambulancia el trabajo q has asumido no es menos importante. Muchas suerte salud y bendiciones para ti familia.... Cuba y al mundo entero. Felicidades papá
Cómo nos va dejando héroes la maldita pandemia
Gracias
Muy valiente tu labor ¡ bendiciones ¡¡¡
Bella las respuestas de esta entrevista a ese heroe de la salud. Dios lo bendiga
felicitaciones hermano..eso es dar fraternidad y amor a raudales..sin mirar a quien..increible, atte psb
Felicidades campeón.
De ese estirpe está hecho nuestro pueblo, no de los criticones y llorones.
Muy bonita y conmovedora la historia aseguro q se trata de un excelente profesional y buen padre darle gracias por su noble labor y q siga cosrchando exitos
Importante labor. Cuídese.
Carlos Javier, gran amigo y gran padre. Sigue creciendo y ayudando a los necesitados, es la labor mas noble que existe. Fabito es muy afortunado de tenerte como padre y nosotros de tenerte como amigo. Un gran saludo...
Me parece especialmente bochornoso el número de embarazadas fallecidas.Obviamente habrán serias repercusiones demográficas y económicas.A este ritmo de defunciones Cuba perderá valiosísima fuerza de trabajo irrecuperable.
Gracias hermano tu eres de los buenos a disfrutar de tu bebé y cuidense mucho
El tiene 1 un padre excelente y su mamá es un SER de luz y AMOR..Ese es mi sobrino.....el CARLI y del que me siento SUPER ORGULLOSO. BENDICIONES
Una labor increíble la suya, el mundo necesita más hombres como usted. Gracias por su dedicación y a disfrutar a su bebé que un hijo es lo más hermoso del mundo
Excelente artículo, muy educativo y conmovedor, además un reconocimiento a todas las personas que a riesgo de sus vidas llevan casi año y medio en esta riesgosa labor. Este tipo de labor humanista es la que se ha formado en los sentimientos de los cubanos; lo que predomina en nosotros es la solidaridad, hermandad y amor por la vida; otros desagradecidos que buscan todos los días alguna mancha para querer desacreditarnos son los que ni están aquí o los que estando no aportan y sirven a testaferros que por migajas se dedican a buscar algo que en otro lugar nadie lo ve o no le hace caso. He visto últimamente como de manera muy valiente estamos rechazando las enjurias y ataques contra nuestro país, nuestra dignidad y nuestro decoro; el que eligió irse a otro país y quiere prosperidad para nosotros que nos ayude, si no, que viva su vida y dejé tranquilo a los demás, esa gente de sentimientos facistoides, sólo quieren el caos y odio entre nosotros y no lo lograrán nunca. Lo más bo ito escondo mandan y captan moscas incautas que luego se arrepientes y dan más información que lo que le pagaron para que hicieran, en verdad no crean que ya no se han dado cuenta los que de momento se dejan colonizar. Esos guerreros virtuales desde distancia no tienen el valor de hacer ellos lo que mandan a ejecutar, sus fanfarronerias se están apagando y los seguidores al menos en las redes han decrecido. Trabajos como estos son los que deben llenar nuestros espacios de comunicación todos los días. Somos un pueblo de héroes, no de vende patria. Somos Cuba!!!!