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Fidel Castro: “Donde la Revolución debe ser fuerte es en la conciencia de cada cubano”

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Durante el acto en homenaje a los 8 Estudiantes de Medicina asesinados por el colonialismo español en 1871, en la Escalinata de la Universidad de La Habana en 1960. Foto: Liborio Noval.

A 60 años del discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en la Universidad de La Habana, el 27 de noviembre de 1959, y a tres años de su desaparición física recordamos fragmentos de sus palabras aquel día, hoy más vigentes que nunca.

Decía que este 27 de noviembre había sido para nosotros uno de los días más extraordinariamente ocupados. Como tal vez saben algunos de ustedes, nos encontrábamos en la provincia de Camagüey y nos vimos en la necesidad de hacer un gran esfuerzo por estar aunque fuesen unos minutos en la escalinata universitaria.

No quería dejar de asistir al acto de esta noche por lo que tiene de simbólico para nosotros, por lo que esa fecha y esta escalinata representan y recuerdan. No se trataba del número de los asistentes, sino del significado moral de este acto, por eso hicimos el esfuerzo.

Todavía traemos con nosotros, en nuestras pupilas, la impresión inolvidable de los actos de hoy. Creo que nuestro pueblo ha honrado dignamente a los mártires de 1871, y con ellos a todos los mártires universitarios.

El espectáculo aquel, presenciado por nosotros esta mañana, de decenas de miles de niños en un polígono militar agitando banderas cubanas... Fue imposible hablarles a aquellos niños. Era muy difícil hacerlo al mezclarse el pueblo en general con los niños y hacer demasiado tumultuosa aquella asamblea infantil. Me quedé ciertamente con deseos de hablarles a los niños.

Pensaba que por la mañana les hablaríamos a los niños de la enseñanza primaria elemental, por la tarde a los guajiros y al pueblo en general, y por la noche a los estudiantes. Virtualmente no he podido hacer ninguna de las tres cosas por distintas razones: con los niños por las que expliqué, con el pueblo por el público tan extraordinariamente grande, las dificultades de los altoparlantes, y esta noche por cansancio.

Sin embargo, quiero recalcar al menos esa impresión imborrable de llegar a una fortaleza militar. ¿Y quién no ha pasado aquí por las fortalezas militares? ¿Quién no pasó una y muchas veces en años anteriores aunque sea por el lado de una fortaleza militar?

Es posible que cada uno de nosotros, al menos cada uno de los que somos susceptibles a despreciar la fuerza y la opresión, susceptibles de comprender en todo su significado para qué servían aquellas fortalezas, hayamos sentido ese dolor, esa impotencia, ese sentimiento de tristeza cuando pasábamos por una de esas fortalezas militares enclavadas en el centro de la ciudad, que sirvieron de campamentos a cientos o a miles de soldados en una república donde cientos de miles de niños no tenían ni escuelas, ni maestros, ni libros, ni lápices, ni esperanzas de tenerlos algún día.

Es preciso recordar no los tiempos de hoy, en que se pasa junto a una fortaleza como quien pasa junto al recuerdo de un mal que ha dejado atrás; es preciso recordarla, en lo que fueron para nosotros hasta muy recientemente, para comprender la impresión de llegar a un lugar donde había una fortaleza y no reconocerla; verse de repente entre una serie de edificios que dicen: Escuela de enseñaza número tal, escuela de enseñanza número tal, biblioteca, escuela de artes tal; en fin, llegar a un lugar donde se ha estado en ocasiones anteriores y no reconocerlo, porque en lugar de barracas, en lugar de aspilleras, en lugar de soldados, de ametralladoras, de postas y de fusiles, nos encontramos un centro de enseñanza, nos encontramos pupitres, libros, pizarras, y sobre todo niños.

Era ciertamente el homenaje más justo que se les podía rendir a todos los estudiantes que han caído en esta larga lucha.  Y es ese, en medio de las amarguras que todos los revolucionarios tenemos que sufrir, el único premio, el premio de esos minutos que en sí mismos compensan todo lo agrio que pueda tener —en medio de la incomprensión, en medio de las pasiones y en medio de intereses que se debaten— la vida de un revolucionario.

¿Por qué podíamos nosotros convertir aquella fortaleza en una ciudad escolar, donde más de 3 000 niños —sin exagerar, porque es posible que ascienda a un número mayor— van a recibir enseñanza, van a tener campos deportivos, van a tener los beneficios que hasta hoy no cabían en la imaginación de los hijos de las familias humildes de nuestras ciudades?

¿Por qué, desentendiéndonos de toda consideración tradicional de carácter militar, lejos de ponernos a construir fortalezas, podemos estar derribando fortalezas para convertirlas en escuelas? ¿Es que acaso la Revolución no corre riesgos? ¿Es que acaso nuestra Revolución no tiene enemigos? ¿Es que acaso no se conspira contra ella? ¿Es que acaso no estamos conscientes todos nosotros de que tenemos días de lucha por delante?

Ciertamente la Revolución tiene enemigos y enemigos cada vez más atrevidos, cada vez más insolentes, y es posible que cada vez más equivocados. Sin embargo, ¿por qué pudimos demoler aquella odiosa fortaleza, conocida por el nombre de Columbia?  ¿Por qué pudimos demoler esta segunda fortaleza? ¿Y por qué vamos a demoler todas las fortalezas?

***

Fidel en Camaguey, durante el homenaje a los estudiantes de medicina en el aniversario del fusilamiento. Foto: Granma.

Pues porque siempre albergan la esperanza de volver al pasado, albergan la esperanza de que la república adopte el sistema tradicional. Saben que hoy tenemos un ejército de hombres honestos, de rebeldes combatientes, pero ellos no se preocupan de lo que individualmente sean los hombres.

Lo que les interesa es el sistema, el sistema nefasto de divorciar al pueblo de las tareas de su propia defensa y dejar la defensa de la nación en manos de ejércitos profesionales, que hoy podrán ser los hombres que son, pero como los hombres pasan y mañana pueden venir otros hombres, el sistema del ejército profesional, ante un pueblo divorciado de su propia defensa, ante un pueblo desarmado, es el sistema más nefasto que han padecido los pueblos de América Latina. Ejércitos con instructores extranjeros, que raras veces pueden coincidir con los intereses del pueblo.

La reacción refunfuña —y es la palabrita correcta: no hacen más que refunfuñar— cuando ve a los estudiantes entrenándose, cuando ve a los estudiantes marchar armados por las calles de la capital.  Y mucho más va a refunfuñar todavía cuando vea a los obreros y cuando vea a los guajiros marchando también.

Es que sencillamente no pueden coincidir con la idea de que el pueblo pueda defenderse, porque viven apegados indisolublemente a la idea de que lo que conviene a sus intereses son pueblos desarmados e impotentes. De ahí que nosotros como revolucionarios tengamos el deber de sentar sobre bases sólidas la seguridad del destino del pueblo.

Y es lógico que nosotros pensemos que en el propio pueblo debe estar su defensa, porque es muy triste, profundamente triste, recordar aquellos días que siguieron al 10 de marzo, en que una pandilla armada se apoderó de los mandos del país, y frente a ella, un pueblo desarmado e impotente.

¿Quién no recuerda aquellos días?  Es posible que muchos de los aquí presentes en el día de hoy —descontando la ausencia obligada de muchos que por haber caído no están presentes aquí en el día de hoy—; es posible que muchos de los aquí presentes hayan estado también en los actos que convocó la Federación Estudiantil Universitaria para denunciar a la dictadura y sus atrocidades.

Y tienen que recordar necesariamente cómo, al igual que hoy, el pueblo se reunía, porque el pueblo nunca falla y está a las verdes y a las maduras. Y esta escalinata se llenaba también cuando la universidad estaba rodeada de perseguidoras, cuando las calles estaban repletas de esbirros y ningún ciudadano sabía al salir de aquí a qué mazmorra del Buró o del SIM o del BRAC, o de cualquier otro cuerpo, o la Quinta o la Cuarta, o la Tercera, o cualquiera de las 700 estaciones de policía, iba a parar.

¿Cuál era el sentimiento del pueblo en aquellos días?  ¿Cuál era el dolor del pueblo en aquellos días?  ¿Cuál era el dolor de todos nosotros en aquellos días, sino aquel no poder explicarse cómo era posible que un pueblo hubiese caído en tal estado de indefensión?

¿Cómo era posible que la mayoría de una nación, su juventud, sus estudiantes, sus hombres de pueblo llenos de valor, llenos de ideales y dispuestos a sacrificarse, hubiesen caído en tan espantosa desventaja que aquí, durante largos meses y años, al pueblo no le correspondió otra función que recibir golpes, recibir fustazos, recibir palos, recibir humillaciones —hombres y mujeres por igual—, sin saber cuándo concluiría aquella tragedia y sin poder explicarse siquiera cabalmente cómo era posible que la ciudadanía de un país llegase a verse tan humillantemente víctima del sadismo y del desenfreno de un puñado de mercenarios que de la noche a la mañana, en una hora infausta para la patria, se convirtieron en amos y señores de nuestras vidas?

Aquellos momentos que vivió nuestro pueblo eran consecuencia del sistema implantado en nuestra patria desde los inicios de aquella semicolonia o colonia y media que se dieron en llamarle con eufemismo República de Cuba; de aquel sistema que no implantamos, sino que nos implantaron las consecuencias de aquella política que nos impusieron, de los intereses que nos impusieron y que, desde luego, son o fueron las únicas raíces de los dolores que tuvo que sufrir nuestro pueblo.

Desde luego que no fuimos unos pocos los que pasamos por aquella amarga historia. Fue la inmensa mayoría del pueblo:  los que se decidieron y los que no se decidieron a luchar contra ello, los que fueron combatientes activos y los que fueron luchadores pasivos, y los que fueron suficientemente insensibles como para resignarse a todo aquello.

Pero el dolor fue el dolor de todo un pueblo que en horas como estas tenemos que proponernos no volverlo a sufrir jamás, ya que cualquier cosa podemos ser en esta hora menos ingenuos, cualquier cosa podemos ser en esta hora menos imprevisores, cualquier cosa menos estúpidos.

Los que crean que una revolución es tarea fácil, los que crean que una revolución es camino fácil, los que quieran engañarse, pueden dejar de comprender lo que este minuto significa para Cuba y pueden dejar de ver la celada que nos están haciendo, la trampa que nos están haciendo, las redes que están tejiendo para tratar de perdernos.

***

En el comedor junto a trabajadores del hospital antituberculoso “Amalia Simoni” de Camagüey el 27 de noviembre de 1959. Foto: Fidel Soldado de las Ideas.

Nosotros podemos aspirar al respaldo de la conciencia de otros pueblos, de la opinión de otros pueblos; pero frente a eso —necesario es reconocerlo porque no podemos hacer como las avestruces que meten la cabeza en el hoyo para no ver los peligros—, preciso es reconocer que la opinión internacionalmente es moldeada por esas agencias de noticias que trazan pautas y escriben los cintillos de millares de periódicos en el mundo entero, y que la mentalidad de los lectores en todo el mundo está hecha por la costumbre de saber lo que ocurre en otras partes a través de esos cables y esas noticias.

Por ejemplo, cualquier hecho histórico: el ataque a Pearl Harbor lo lee el pueblo a través de una agencia y no lo duda; hecho efectivamente ocurrido. Y así por el estilo, oímos de un terremoto, oímos de un accidente, leemos que ha ocurrido un descarrilamiento en Europa, en Asia, en cualquier país, y lo damos por hecho.  Así la mentalidad de los lectores se ha hecho a base de informarse por ese mecanismo y dar por hechos ciertos las noticias y las informaciones que de este modo se reciben.

Luego, en manos de esas agencias está el instrumento que se ha usado para cubrir de fango el prestigio de la Revolución Cubana. Y así, un día se recibe la noticia, por ejemplo, de que un cardenal dijo tales y más cuales cosas de esta Revolución, y al otro día se recibe la noticia de que no era cierto, que no había dicho tal cosa de la Revolución Cubana.

Lógicamente que todo eso coincide con el intento de tratar de crearle problemas a la Revolución que realmente no existen.

Tratar de ponerle zancadillas a la Revolución sin otra base que el interés de alguna gente privilegiada que, creyendo que nuestro pueblo es bobo, trata de tergiversarlo todo y de enredarlo todo.  Pero que, ciertamente, van a tener que oírnos decir tres o cuatro verdades, como son las verdades de fondo.

Y aquí va a llegar la ocasión —si se empeñan— de desenmascarar a más de un descarado latifundista, a más de una señorona de la high life, que son incapaces de comprender el profundo sentido humano y justo del pensamiento cristiano, sobre todo por lo que entrañó de prédica a favor de los pobres y de los humildes, y que, por lo tanto, no pueden ser de la devoción de los egoístas y de los avaros, y que pueden caber dentro de una revolución justa y de un pueblo justo, pero jamás en las mentalidades inescrupulosas de los explotadores de los humildes y de los pobres, para que puedan estarles rondando la idea de enfrentar el sentimiento religioso al sentimiento revolucionario de una manera inescrupulosa —¡de una manera inescrupulosa!—, porque con los sentimientos religiosos del hombre no se comercia ni se juega.

Lamentable es que tengamos que salirles al paso a las maniobritas, y que sentemos bien claro que son elementos latifundistas y garroteros y especuladores de toda laya, elementos sin escrúpulos, incapaces de comprender el sentido revolucionario de las prédicas de Cristo, elementos inescrupulosos que quieren herir el tradicional sentimiento religioso y la devoción de nuestro pueblo noble hacia la propia Virgen de la Caridad —porque esa imagen es de todos los cubanos; es, incluso, de la Sierra Maestra—, que surgió en la fe de los cubanos cuando salvaba la vida de tres humildes pescadores, no de tres magnates ricachones; tres humildes y pobrecitos pescadores, entre los cuales había, por cierto, un negro, y que debiera servir de ejemplar lección a esas hipócritas y farsantes que, desde los clubs aristocráticos o desde su posición privilegiada, han estado discriminando al negro mientras se dan beatíficos golpes de pecho.

Y esto porque ciertamente entendemos que no es justa ni es honesta la maniobra de querer aprovechar el congreso —que es un acto legítimo de los creyentes cubanos, como es un acto legítimo y respetado para las demás religiones—, de haber querido aprovechar esa fe de nuestro pueblo, las decenas y los cientos de miles de devotos de nuestro pueblo que van a ir allí a rezar por Cuba y por la gente revolucionaria.

Porque estamos en la calle y son miles las personas que en estos meses y durante la guerra se nos han acercado para darnos alguna estampa, para exclamar algún deseo cristiano, para expresarnos alguna bendición, porque eso forma parte de la naturaleza espiritual de nuestro pueblo que está con la Revolución porque es justa, porque es humana y porque en ella caben todos los sentimientos nobles del hombre; y lo que no cabrá jamás en ella son los sentimientos egoístas e inhumanos.

Bueno es que no se ande tratando nadie de alzar, por la fe sana y la devoción honesta de nuestro pueblo, porque ese sentimiento no servirá jamás para encubrir actos que van contra la caridad cristiana y que van contra los sentimientos humanos del hombre, porque es bueno recordar que cuando Cristo buscó hombres para predicar su doctrina, no buscó 12 latifundistas de Palestina, sino que buscó 12 ignorantes y humildes pescadores.

Y a esos, a los hombres humildes, a los hombres que han sido víctimas de la injusticia y del olvido, que han sido víctimas de la explotación, que no han tenido oportunidad de adquirir una cultura; a esos hombres humildes y pobres de nuestra patria —como aquellos 12 apóstoles—, son los hombres a los que la Revolución ayuda.

Y los combatientes del Ejército Rebelde eran también hombres humildes, y muchos de ellos sin saber leer ni escribir siquiera, a los cuales, sin embargo, la patria agradece que la librara de aquella noche horrible que concluyó el primero de enero.

Viene esto al caso, porque hablábamos de las armas de los enemigos de nuestra Revolución, hablábamos de las supuestas declaraciones de un cardenal norteamericano cuando explicábamos las armas con que los enemigos cuentan, y, por lo tanto, no debemos hacernos ilusiones de los riesgos con que la Revolución tiene que contar, de las armas que tienen nuestros enemigos; hay que ser ingenuos para no verlos, para no comprender las luchas que tenemos por delante.

***

El Gobierno Revolucionario existe por su absoluta identificación con el pueblo, y el Gobierno Revolucionario existirá mientras sea expresión de la voluntad legítima del pueblo. El Gobierno Revolucionario no necesita fortalezas, cobija de ejércitos profesionales, sino que basa su defensa en el apoyo del pueblo y en la capacidad del pueblo para combatir en defensa de la soberanía nacional y de la Revolución.

Es esta, pues, la idea que debe resaltarse hoy cuando por primera vez en nuestra patria los estudiantes marcharon armados por las calles de La Habana.

Y ya se están entrenando también los primeros batallones de campesinos y continuarán entrenándose los batallones de trabajadores, porque la Revolución marcha con pasos firmes y la Revolución sabe lo que hace, como el pueblo debe también saber el papel que le corresponde desempeñar.

Es posible que Cuba tenga que afrontar momentos de lucha. Es posible que nuestro pueblo tenga que erguirse solitario como bastión de dignidad en medio del mar de calumnias y de campañas interesadas que se hacen contra Cuba; sin embargo, eso no debe desalentarnos.  Sabemos por qué nos combaten.  No nos combaten porque hayamos hecho mal; nos combaten porque hemos hecho bien.

Antes se venía a esta tribuna universitaria a condenar el robo, a condenar el crimen, a condenar el entreguismo, a condenar la politiquería y el vicio.  Todo eso desapareció de nuestra patria.  Lo que fue clamor de la nación es hoy realidad.

¿Por qué se combate entonces a una Revolución que no roba?  ¿Por qué se combate a una Revolución que no entrega la patria a intereses extranjeros?  ¿Por qué se combate a la Revolución?

Se combate a una Revolución que ha sido tan humana, tan tolerante, tan respetuosa de los demás; a una Revolución que a los 11 meses de gobierno, en medio de una etapa convulsionada como son las etapas que siguen a las épocas de crisis políticas e institucionales en las naciones, con una economía depauperada y subdesarrollada, con miríadas de detractores, con intereses poderosos enfrente, con descaradas campañas contrarrevolucionarias, no le ha dado un golpe a nadie, no ha cometido un solo acto de violencia contra nadie; ha respetado y ha permitido que incluso se le ataque con groserías que ya quisiéramos haber visto en boca de estos hipócritas cuando a la patria la gobernaban los criminales y los entreguistas.

¿Por qué se combate una Revolución que está estableciendo 10 000 escuelas?  ¿Por qué se combate una Revolución que convierte las fortalezas odiosas en ciudades escolares?  ¿Por qué se combate una Revolución que acabó el vicio, que acabó el peculado, que acabó con todas las inmoralidades de orden administrativo, que recupera para la patria las tierras que están en manos extranjeras, que recupera la parte que le corresponde a la nación en los centros mineros, que promueve la defensa de los intereses del pueblo frente a los trusts y monopolios extorsionadores, que lleva caminos hasta los rincones más apartados de Cuba, y que redime al campesinado de la miseria en que vivió hasta hoy?

¿Por qué se combate a la Revolución sino por lo que ha hecho de bueno hasta hoy, por lo que ha hecho en beneficio del pueblo?  ¿Por qué tiene enemigos dentro y enemigos fuera sino por lo que ha hecho en defensa del pueblo y el país?  Se nos combate por el bien que hemos hecho a la patria, y se nos combate con la saña con que jamás combatieron ni condenaron a los que perpetraron o permitieron todos los oprobios contra el pueblo y contra Cuba.

¿Por qué, sin embargo, no nos desalentamos frente a los obstáculos?  ¡Porque el pueblo responde, porque el pueblo está claro, porque el pueblo está clarísimo!

***

Ya sabemos qué opinamos de todos los que le hacen daño al pueblo, de todos los que quieren destruir a la Revolución. Opinamos que deben ser destruidos, que lo que merecen es ser destruidos. Más la Revolución no destruye. Que opinen que sea lo que se merecen. La Revolución destruye a sus enemigos cuando estima que sea necesario destruirlos, no porque se lo merezcan, sino porque sea necesario, de acuerdo con el daño que le hayan hecho al pueblo.

Ya ustedes han oído los chismecitos de la UPI y AP, de que si está incomunicado.  No señor, todo el mundo sabe que nosotros somos incapaces de incomunicar a nadie, señores.  Están jugando el jueguito de hacer víctimas; están jugando a la maniobrita de pintar a los lobeznillos como ovejitas.  Pero nosotros no les damos ese chance de que anden sacando víctimas, porque entendemos bien ese juego y porque nosotros, que hemos padecido en la prisión todo género de humillaciones, somos incapaces de humillar a nadie, ni perpetrar actos contra nadie.  No faltaron por ahí desmoralizados, desvergonzados de estos que reciben paga descarada de los enemigos de la Revolución que hasta llegaron a hacerse eco y decían que a ese señor lo habían asesinado.  ¡Nosotros asesinar a nadie!  Cuando hasta allá mismo, en la provincia de Camagüey, tuve el cuidado de no permitir que el pueblo llegara hasta donde estaba, nada más que para que no se hiciera justicia por su propia mano.

La Revolución, que puede fusilar cuando sea necesario fusilar; la Revolución, a la que el pueblo incluso le pide que fusile; la Revolución, a la que el pueblo le pide que fusile, ¿qué necesidad tendría de asesinar a nadie?  Ese método nunca lo hemos aplicado.

Es cierto que es culpable de lo de Camilo. Es cierto, porque aunque es imposible escrutar en los designios del hombre, es evidente que hay una relación directa entre los hechos de Camagüey, la traición de Camagüey, y la pérdida del compañero Camilo Cienfuegos.

En la urgencia de atender todas sus obligaciones, en la premura con que tenía que estar de un lado para otro, se lanzó a viajar de noche en aquellas circunstancias. No era la primera vez que realizaba actos temerarios como ese; pero tuvo que llegar la ocasión en que no lo pudiera hacer sin la dolorosa consecuencia que ocasionó. Y es cierto también que al compañero Camilo no podrá jamás medírsele su extraordinario valor, comparándolo con la miseria moral de un simple traidor.

Así que lo que le explicaba al pueblo era el porqué de la forma de proceder del Gobierno Revolucionario. Es decir que nosotros le advertimos al pueblo, le aclaramos al pueblo, le queremos despertar la conciencia al pueblo sobre los peligros que nos amenacen, sobre las tácticas que debemos seguir, para que el pueblo comprenda todo esto.

A nosotros más que nada nos interesa la conciencia del pueblo, porque es ahí, en el grado en que nosotros lleguemos a despertar esa conciencia, que la Revolución estará más segura o menos segura. En la medida en que la Revolución se haga conciencia en la mente de cada ciudadano, la Revolución será más fuerte y más invencible.

***

Y manejan esas ideas y esas mentiras, porque han estado durante muchos años cosechándolas, porque han sido los medios y los instrumentos, junto con los ejércitos profesionales, que han usado para mantener a los pueblos con la venda en los ojos, para mantener a los pueblos en la mentira, para mantener a los pueblos en el engaño y en la sumisión.

Estas cosas son las que el pueblo debe saber y la importancia que tienen.  ¡Porque cada cubano y cada cubana debe saber que donde la Revolución debe ser fuerte es no solo en la simpatía, no solo en la emoción, sino sobre todo en la conciencia de cada cubano!

Fidel es recibido por el pueblo. Foto: Fidel Soldado de las Ideas.

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  • Pedru Luis González Domínguez dijo:

    Debemos ser optimistas
    a la hora de pensar
    y jamás abandonar
    las ideas socialistas,
    defender nuestras conquistas
    ante cualquier indolente,
    enfrentar resueltamente
    toda la blandenguería
    y el alma oscura y vacía
    con que vive alguna gente

    Defender el socialismo
    ante cualquier circunstancia,
    combatir la tolerancia,
    el robo y el compadrismo,
    con fuerza, con optimismo,
    con pasión y rebeldía,
    para que surja algún día
    de cada espina una flor,
    para que reine el amor
    y no la chapucería.

  • Nuestra CUBA, JAMAS ASIIIIIII dijo:

    Nuestra CUBA, JAMAS ASIIIIIII dijo:

    Hago un llamado a la REFLEXION a todos los cubanos, acerca de nuestro entorno LATINOAMERICANO, nuestro destino no sería diferente, si no tuvieramos una CUBA en constante REVOLUCION e INDEPENDIENTE.....
    SIguen matando a nuestros hermanos diariamente......LA LUCHA SIGUE y SERA ETERNA...JAMAS RENDIRNOS

  • janusz dijo:

    la razon es completa,el hombre y la mujer de la CUBA de hoy tenemos el pensamiento claro q la revolucion es nuestro camino a seguir,las situaciones de la vida no nos deben hacer pensar mal o creer q x no tener ciertas comodidades (q si las pudieramos tener no nos pondrian bravos)debieramos cambiar el rumbo,los jovenes no estamos perdidos,es cierto q pasamos horas mirando las pantallas,pero consejo para los mayores q nosotros,esas pantallas en la mayoria de los casos no hacen saber quien es el enemigo y por donde nos quieren joder,ya empezaremos a madurar pero sabiendo q CUBA y nuestra REVOLUCION es la q queremos,y x supuesto mejorar todo lo q debe ser mejorado para todos los cubanos y personas de todos los paises q quieren viven en este pais.

  • M. Cristina Verdecia dijo:

    Apoyo este pensamiento y obra de nuestro Comandante Fidel Castro. Pero cómo llegarle a los jóvenes y no tan jóvenes, que a veces no están al tanto ni de las noticias, están ensimismados en otras cuestiones cuestiones o diversiones. Tendremos que buscar nuevos métodos y como dice el presiente, pensar como País.

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Fidel Castro Ruz

Fidel Castro Ruz

Líder histórico de la Revolución Cubana. Nació en Birán el 13 de agosto de 1926 y murió en La Habana, el 25 de noviembre de 2016. Ha escrito numerosos artículos, reflexiones y libros sobre la situación mundial, la historia de Cuba y su actualidad.

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