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Fidel Castro: "Necesitábamos una Asamblea como esta"

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Discurso Pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en la clausura de la sesión de constitución de la Asamblea Nacional, en su cuarta legislatura, y del Consejo de Estado, celebrada en el Palacio de las Convenciones, el 15 de marzo de 1993.

Distinguidos invitados;

Queridas compañeras y queridos compañeros diputados:

Debo, en primer lugar, dar las gracias, en nombre de todos los miembros del Consejo de Estado, por el altísimo honor que significa la confianza y la responsabilidad depositadas en nosotros en este momento excepcional de la historia de nuestro país.

Hoy concluye un largo proceso desde el día en que hace tres años —si mal no recuerdo fue un 15 de marzo— se realizó el Llamamiento para el Congreso del Partido y comenzaron las discusiones en torno al tema del perfeccionamiento del Poder Popular.

Realmente, hemos cumplido. No hubo obstáculo, no hubo dificultad, por grande que fuese, capaz de detener el esfuerzo de llevar adelante aquellas ideas. No estábamos entonces en periodo especial, pero ya nos acercábamos al período especial cuando se convocó el Congreso y no hubo vacilación en la convocatoria. Ya estábamos en pleno período especial y no hubo vacilación en discutir las reformas a la Constitución y a la Ley Electoral para llevar adelante los acuerdos tomados, y no hubo vacilación en realizar las elecciones en esas condiciones.

El desafío era grande, porque tenían lugar cambios profundos en la forma de elegir nuestros Órganos del Poder Popular, no en la base, sino ya en las asambleas provinciales y en la Asamblea Nacional, cuando tomamos la decisión, por recomendación del propio Partido, de utilizar el método de la elección directa de los delegados a las asambleas provinciales y de los diputados nacionales; en medio del período especial, aquella confrontación de las ideas con las realidades en tales condiciones era, en verdad, un desafío muy grande.

Realmente, un día como hoy no puedo menos que recordar este proceso, porque pienso que nuestro Partido, nuestro pueblo, nuestros Órganos del Poder Popular y, sobre todo, la Asamblea Nacional, actuaron con una gran dignidad, con una gran firmeza y con una gran valentía.

No debemos olvidar el esfuerzo de la anterior legislatura, aunque haya habido una renovación muy grande, o precisamente no debemos olvidarlo por el hecho de que haya habido una renovación muy grande, de más del 80%, de la Asamblea Nacional. Creo que aquí escuché dos cifras hoy: una, la que dijo el Presidente de la Comisión de Candidatura; otra, la que dijo el Presidente de la Comisión Electoral. Uno dijo que permanecían 98 compañeros y otro dijo que permanecían 93. Este es el momento exacto en que no podría asegurar una cosa u otra, y no sé si alguien lo sabe con exactitud (Le dicen que son 93).

Son 93, está bien, ha sido necesario andar modificando la cifra con alguna frecuencia para ser exactos y precisos; quedan 93 compañeros de la anterior legislatura. Pero aquella Asamblea hizo un gran esfuerzo, puesto que llevó a cabo la aprobación de las modificaciones de la Constitución y llevó a cabo la elaboración y aprobación de la Ley Electoral. De ahí se originó este extraordinario proceso que culmina en el día de hoy, o concluye, porque podríamos decir que el punto culminante fue el 24 de febrero.

Ahora, si hacemos el recuento de lo ocurrido, aunque sea brevemente, podemos apreciar que todos los propósitos que nos hicimos han sido cumplidos, y algo más podría afirmarse: sobrecumplidos.

Cuando aceptamos el enorme desafío de las elecciones en el período especial y con el voto directo de los diputados, estábamos abriendo un camino enteramente nuevo, estábamos llevando a cabo una experiencia que pienso que no se ha realizado en ningún otro sitio. Habíamos alcanzado un proceso de perfeccionamiento del Poder Popular en un grado verdaderamente muy alto, del cual, sin chovinismo de ninguna clase, debemos sentirnos orgullosos; sin pena de ninguna clase, debemos sentirnos orgullosos, y, sin temor a comparaciones de ninguna clase, debemos sentirnos orgullosos, puesto que no hay comparación posible, tanto en la valentía de las decisiones adoptadas como en los resultados alcanzados.

Se ha hablado, se ha meditado y se ha reflexionado mucho en estos días, pero aquello que queríamos evitar —en primer lugar, que se introdujera la politiquería, la corrupción, la división y la fragmentación dentro de nuestro proceso electoral—, se pudo evitar de manera total, y creo que en ninguna parte se ha visto ese espectáculo de los candidatos yendo, como hermanos, a realizar la campaña electoral; campaña electoral en que fue necesario innovar y crear, y que no se parece a ninguna de las campañas electorales a las que está acostumbrado el mundo. No se vio un solo pasquín, no se vio una sola pared pintada, no se vio un solo letrero, una sola tela, una sola propaganda comercial, y los medios de divulgación masiva fueron puestos al servicio de todos los candidatos.

No podrán impugnar la característica extraordinariamente democrática de nuestro proceso, en primer lugar, por la forma de elección o de selección de los candidatos.

Por ahí algunos en el exterior han dicho que no era democrático, puesto que no hay pluripartidismo. Hay "millonaripartidismo" en nuestro país, porque si en otros lugares los partidos son los que postulan, aquí cualquier ciudadano de este país, mayor de edad —y son millones y millones—, puede proponer para que se postule a cualquier ciudadano, de los millones de ciudadanos de este país con derecho al voto. ¿Quién puede negarlo? ¿Quién puede ignorar lo que ocurre en las asambleas de base, donde los vecinos se reúnen para proponer a los candidatos y donde los vecinos son los que aprueban a los candidatos? ¿Qué tenemos que envidiarles a aquellos que pueden hablar de muchos partidos y, en algunos casos, son cientos de partidos?

Realmente debemos sentirnos orgullosos de que ese tipo de locura no nos haya invadido, de que ese tipo de locura no nos haya afectado, como ocurre en tantos países; duele en el alma ver a los pueblos, a las sociedades fragmentadas, sobre todo a los países del Tercer Mundo, que tanto necesitan de su unidad como factor esencial para salir adelante, para desarrollarse. Es una fortuna el método este que estamos usando, que es incomparablemente más democrático que el método del pluripartidismo y es la aplicación de un concepto muy revolucionario en materia de democracia: el concepto de que el pueblo postula y el pueblo elige.

Había, además, otra cosa. El ciudadano no tenía un voto, tenía tantos votos como candidatos. Podía votar por uno, por dos, por tres, por todos, o por ninguno; y algunos no votaron por ninguno, otros anularon sus boletas, otros hicieron votaciones selectivas —no tenemos nada que criticarles a los que quisieron hacer votaciones selectivas, era su derecho establecido por la ley— y hubo un gran número que llevaron a cabo la estrategia del voto unido, y ya eso es algo tan legítimo como una estrategia revolucionaria, que no lo puede cuestionar nadie. De sobra se explicaron las razones y de sobra fueron comprendidas estas razones por la inmensa mayoría de nuestro pueblo.

Nuestro método ha sido, realmente, nuevo, original, y dentro del concepto de un partido. No hemos tenido que abandonar las ideas de Martí con relación al partido. Para hacer la Revolución, para dirigir la Revolución y, en este caso, para construir el socialismo en nuestro país, hemos logrado conciliar el concepto de un partido con los más profundos conceptos de la democracia.

Nuestro sistema despertó interés, incluso, en los enemigos. Los enemigos, que se hacen tantas ilusiones sobre la Revolución, que tanto subestiman a nuestro pueblo, creyeron que era el momento de darle un golpe a la Revolución, puesto que estábamos en período especial, puesto que estábamos soportando incontables necesidades de tipo material; creyeron que era el momento de darle un golpe a la Revolución, y ahí tuvieron realmente la oportunidad de darle un fuerte golpe a la Revolución.

Afuera se publicaban toda clase de noticias escandalosas: que el 30% anularía o votaría en blanco, que el 40%, que el 60%. No dieron la batalla allí entre los vecinos, no dieron la batalla en la base, no la dieron en la comunidad porque reconocen, en el fondo, a pesar de todas las ilusiones, la fuerza de la Revolución; pero llegaron a hacerse la idea, incluso, de una mayoría de la población votando en blanco o anulando las boletas, donde no estaban los candidatos que no había postulado el pueblo, donde no estaban los candidatos que no quisieron ir allí a competir libremente en la base. Esperaban eso, y el resultado final fue el 7,03% de boletas en blanco, o boletas anuladas —y no todas las boletas anuladas fueron con la intención de anularlas—, y un 92,97% de votos válidos; y de ese 92,97% de votos válidos, el 95,06% de voto unido.

Si pareciera poco este dato, si pareciera no suficientemente elocuente, basta decir que del total de los que votaron —y votó el 99,57% de los que tenían derecho a votar—, el 88,48% fue de voto unido. Este es el tanto por ciento contra el total de las boletas utilizadas.

Ahora, a aquellos que presentan su sistema como modelo, les preguntamos: ¿Por qué en ese país mucha gente no vota? ¿Por qué si el modelo de democracia occidental es Estados Unidos —para citar un ejemplo, hay muchos que pretenden ser modelo—, allí vota alrededor del 50%? ¿Por qué allí en las últimas elecciones, que hubo tres candidatos y mucho, mucho, mucho dinero, propaganda y, además, crisis, lograron arrastrar a las urnas solo el 54% de los que tenían derecho a votar?

Comparen el 54% con el 99,57%; se puede decir que aquí casi el ciento por ciento de la población con derecho a votar votó, ¿por qué? ¿Por qué en ese país tanta gente prefiere ir al cine o a pasear ese día y no tiene ninguna fe, ninguna confianza, ningún interés en el proceso electoral? En ese país modelo de democracia eligen al presidente con menos del 30% de los votos; es decir, menos del 30% de los que tienen derecho a votar, vean qué diferencia. En la elección de esta Asamblea participa casi el ciento por ciento y han votado en un porcentaje altísimo, de casi el ciento por ciento, por el Consejo de Estado que se acaba de elegir, ¿dónde hay más votos, dónde participa más la población?

Pero, ¿en qué otro país se seleccionan los candidatos como se seleccionaron aquí? En la base, por los vecinos directamente, después en las asambleas municipales por los delegados que los vecinos eligieron directamente y a través de las listas que presentaron las comisiones de candidatura, integradas por las organizaciones de masa y presididas por la organización de los trabajadores, sin que las presidiera el Partido, porque esta vez el Partido no presidió las comisiones de candidatura, y no solo eso, sino que las comisiones de candidatura hicieron un proceso de consulta como jamás se ha visto en ninguna parte.

Quiero saber en otros países cuándo van a preguntarles a los ciudadanos quiénes van a ser sus candidatos a delegados, si les van a preguntar a los ciudadanos, si les van a preguntar a todos los delegados de base, elegidos y postulados directamente por el pueblo, quiénes van a ser sus candidatos; cuándo se consultan todas las instituciones, y cuándo se consultan millones de personas para confeccionar una candidatura; dónde se parte de una cantera de 60 000. Porque en esos lugares del pluripartidismo el partido postula y el partido elige; no voy a decir que sea exactamente así en todos los casos, pero en muchos, muchísimos casos tomados como modelo, es el partido quien confecciona la lista de candidatos y es el partido el que les da

Fidel Castro Ruz

Fidel Castro Ruz

Líder histórico de la Revolución Cubana. Nació en Birán el 13 de agosto de 1926 y murió en La Habana, el 25 de noviembre de 2016. Ha escrito numerosos artículos, reflexiones y libros sobre la situación mundial, la historia de Cuba y su actualidad.

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