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Raúl, mi tío

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Raúl Gómez García, asaltante al Cuartel Moncada.

Raúl Gómez García, asaltante al Cuartel Moncada.

Obviamente, uno no escoge el país donde va a nacer, la ciudad, la fecha, la familia. Las causas y los azares, como diría el cantor, se entrelazan, se encuentran, invisibles y poderosos. Y ahí estás.

En casos como este, me suele acosar una angustia terrible. Como tantas otras veces, trato de hallar cuál podría ser mi virtud, mis realizaciones, mis méritos para que, entre tantos poetas, críticos, ensayistas, literatos, trabajadores de la cultura en general, me pidan que hable en este acto.

Claro que la mayoría de los compañeros de estas batallas saben de los vínculos familiares que me unen con Raúl Gómez García, el símbolo del trabajador de la cultura. Y reconozco que es solo eso lo que justifica que sea yo quien les hable: el hecho de que, sin ningún mérito de mi parte, sin siquiera haberlo escogido, tuve la suerte de conocer y querer mucho a Raúl, antes de que fuera un símbolo, un inalcanzable… cuando era solo Raúl mi tío, un tipo bastante especial con sus 24 años. Y como eso es lo único que me distingue de ustedes hoy, no podría hacer otra cosa que hablarles de Raúl, mi tío.

Su gato se llamaba Posdablón, un nombre que no parece haber tenido antecedente alguno. Raúl le hablaba con extraños sonidos. Yo comprendí que era el lenguaje de los gatos. Solo él podía hacerlo. Porque solo él podía recoger los domingos por la mañana a todos los muchachos del barrio, ¡a todos!, y llevarnos a jugar pelota a cualquier terreno vacío de Santos Suárez. Solo él porque había sido amigo de Willy Miranda, que jugaba en las Grandes Ligas, y era el short-stop del Almendares. Raúl era habanista. Furioso.

Solo él, porque era maestro como mi padre, pero, ya por la tarde, llevaba los libros de contabilidad de una casa de empeño, y los sábados cargaba una escalera, un cubo de alguna lechada barata y una brocha, y salía a pintar fachadas o interiores… lo que apareciera.

También porque él jugaba volibol en el equipo del Instituto de la Víbora, y sacaba y remataba… y el volibol entonces no lo jugaba nadie, y las muchachas coreaban cheers, medio americanos, que era lo más divertido que había.

Solo él, porque hacía poesías, y me enseñó a leer y escribir cuando todavía yo no había ido a la escuela, y me perdonaba lo malos que eran mis versos, los que él me obligaba a escribir con mis seis años y aquellas letras que él decía que parecían patas de grillo, y porque las poesías de él, las de verdad, se las hacía a las muchachas más lindas que había en el mundo, y una de ellas, protagonizó el estreno de Prometeo Encadenado, frente a las columnas de la Facultad de Ciencias. Y fui con él, y no entendí a Esquilo, pero él me explicó lo de la tragedia griega, los coros y los corifeos, y yo seguí sin entender, pero le prometí que cuando fuera grande como él, lo entendería, y se lo explicaría a mis sobrinos.

También tenía sus misterios… un mimeógrafo en el cuartico de arriba, donde pasaba horas y horas trabajando; amigos que entraban y salían del cuartico por el pasillo de al lado, discutían, escribían en una Remington desvencijada, y le decían “Viejita” a mi abuela, que parecía conocerlos a todos; también tenía algunos libros de autores con nombres sonoros y complicados: Voltaire, Descartes, Ingenieros… al lado de las Obras Completas de Martí.

No pude comprender que cayera preso aquella vez. La cárcel era para los malos. Tampoco que una abogada que se llamaba Melba lo fuera a defender, y para eso estaba allí hablando con mi padre y con mis tías. ¡Como si alguien tuviera que defender a Raúl! Abuela no hablaba… solo la miraba con una enorme ternura y con el brillo inolvidable de sus ojos secos y profundos.

Mucho más difícil, casi imposible, era entender, unos meses más tarde, que a partir de aquel domingo, ya no lo volvería a ver. Pero así fue. Se acabaron las poesías, los pitenes de los domingos, el volibol y las muchachas que coreaban, el teatro de Esquilo… Ahora las Obras Completas de Martí eran mías: mi abuela me las regaló sin una lágrima en los ojos. Ella me dijo que yo sabría usarlas, y en verdad nunca he sabido. Ella también me dijo que el 26 era el día más alegre de la historia. Pero él nos siguió haciendo una falta enorme. Todavía nos falta.

Si hubiera podido elegir, lo habría elegido entre todos los dioses, pero no pude, como nadie puede. Las causas y los azares se entrelazaron, se encontraron, invisibles y poderosos. Y así llegué a ser su sobrino. No hice nada para merecerlo. Cada día siento una deuda mayor, y la inminente certeza de que es también una deuda impagable.

Si de algo puede servir, les agradezco a todos que lo mantengan vivo, que no olviden su obra inconclusa, y que no me dejen olvidar esa deuda, que seguramente no es solo mía.

(Tomado de Trabajadores)

Se han publicado 23 comentarios



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  • mwertm dijo:

    Muy humana y sensible reflexion, gracias, no estas sólo en esa deuda y siempre recordaremos a tu tio

  • Giraldo Mazola dijo:

    A Jorge Gómez:
    Aquí en Namibia hoy leí tus emotivos recuerdos de Raúl Gómez García. Si tenías seis años en el 53 estarás rondando ahora los 70.
    Aunque te llevo poco más de 8 años tuve una experiencia de algún modo similar con otro moncadista de alguna forma primo mío, Marcos Martí, que es también hoy el símbolo de los trabajadores agrícolas y que me inspiró con su ejemplo a intentar seguir sus pasos.
    Comparto contigo lo que escribí hace años sobre él.

    Los pinareños Marcos Martí y Orlando Casas
    Mi madre me llevaba a Mojanga, Cayajabo o Pijirigua o en la propia ciudad de Artemisa, a ver a sus primas hermanas para mostrarles el hijo que había tenido ya bastante adulta y yo un fiñe habanero me sentía molesto por tal exhibición sin darme cuenta que ella quería que sus compañeras de edad, de estudios y de fiestas, que se casaron en tiempo, comprobaran que no se había quedado solterona, pues fue la última entre todas en casarse casi ya cuarentona.
    Mis padres iban cada tres o cuatro meses a Artemisa y mientras mi padre se encontraba con sus amigos mi madre me llevaba a esas visitas, explicándome antes, de cuál de los numerosos tíos y tías suyas eran hijas y pretendiendo que yo recordara todo eso.
    Eran recorridos de todo un día, de una casa a otra y mientras mi madre hablaba con ellas, después de revisarme y decirle a ella que era un niño muy bonito e inteligente y otros cumplidos y mentiras, me atendían esos primos segundos generalmente bastante mayores que yo, muy condescendientes con el muchacho citadino que no sabía diferenciar una mata de mango de una de aguacate y que miraba con azoro aquellas casas humildes y pulcras sin lograr recordar todos los nombres de aquellos familiares lejanos.
    Gudelia, la madre de Marcos Martí, fue la más cercana a mi madre y la visitó conmigo más veces, creo que por eso y porque era más asequible su casa que las de las otras.
    Debo haber visto a Marcos dos o tres veces, en unión de otros hermanos y hermanas y aunque no era mucho mayor que yo, lo parecía por su estatura, complexión física y sobretodo por su seriedad y lo apodaban “Curro” no se por qué. Lo que no pude ver en aquellos ojos humildes fue el fulgor de enardecido patriotismo que lo llevó a pelear después al otro extremo de la isla.
    Quisiera haberlo conocido bien, haber tenido su edad y su madurez para conversar de lo que ardía en su pecho, pues no podía imaginar que imitaría bien pronto las hazañas de mi abuelo, Tomás Collazo, capitán del Ejército Libertador, del que hablaban uno de esos días con orgullo mi madre y Gudelia porque vino el tema a raíz de un pago que se anunciaba a los veteranos y sin saber ellas tampoco, en aquel momento, que el joven que estaba en el patio “se preparaba en silencio para asaltar el cielo.”
    También recuerdo la visita de mi madre a Gudelia después del asalto al Moncada; era una visita de pésame en circunstancias complicadas. Esa fue la última vez que la acompañé; ya tenía quince años y me rebelé a continua esos periplos. Mi madre vivía ajena o quería vivir ajena entonces a la situación política del país, estaba muy conmovida por lo sucedido pero lo enfocaba como una consecuencia de la locura de jóvenes mal aconsejados por políticos sin escrúpulos y me había dicho antes de ir que ahora su pobre prima sufría por eso la pérdida irreparable de un hijo.
    Aquella madre desconsolada, con la incertidumbre de no estar segura siquiera del lugar donde entonces reposaba su cuerpo, pese a las visitas a Oriente para encontrar su tumba, es cierto que estaba muy lacerada pero en ella refulgía, por encima de su infinito y permanente dolor, un cierto orgullo, una convicción que quizá no podía explicar bien pero que existía en el fondo de su pecho de madre, sobre la justeza del sacrificio de su hijo.
    Aún las copias de “La Historia me Absolverá” no habían circulado y pese a mi edad no había aquilatado aquel hecho en su real magnitud. Aunque quería conocer mejor qué había sucedido en Santiago no estaba todavía preciso en mi mente ni en mis convicciones que se reeditaba la gesta mambisa en la que me envolvería después.
    Cuando eso ocurrió y me vi sumergido en la lucha revolucionaria, con frecuencia recordaba el rostro de aquel pariente lejano, apenas conocido, que me precedió con su ejemplo y estimuló con su sacrificio, a quien Fidel menciona al condenar su asesinato en su alegato ante el Tribunal.
    Su muerte prematura me sirvió de catalizador, me sacudió, me hizo pensar. Cuando después Fidel calificó el asalto al “Moncada” como el motor pequeño que logró mover los engranajes del motor grande me di cuenta de cómo operó en mi persona esa parte del motor pequeño que fue Marcos.
    Por eso tenía particular atracción hacia los compañeros pinareños que iba conociendo en el transcurso de aquellos años. Así tuve un vínculo cargado de emoción con Orlando Nodarse, combatiente pinareño mientras se escondió en La Habana después de haber sido sometido a bestiales torturas y con René Collazo, primo segundo mío también, -y conocido igualmente en aquellos periplos de mi madre,- después que en Artemisa le explotó una bomba entre las manos mutilándolo y a quien atendí y curé varios meses en el Hospital Calixto García cuando era estudiante de Medicina.
    Siempre les preguntaba por Marcos que no todos conocieron y cuando sabían algo de él, como en el caso de René, trataba de indagar cómo era, cómo pensaba, quizá con el remordimiento de no haber apreciado su grandeza cuando lo vi con sus manos curtidas del trabajo y el viso rojizo de las tierras artemiseñas.
    Por suerte mi madre también fue comprendiendo como Gudelia, con el decursar del tiempo, que no se trataba de locuras de jóvenes mal aconsejados y aunque temblaba ante la posibilidad de que me ocurriera algo, su fibra de hija de mambí la hizo crecerse y ayudarme en todo lo que pudo.
    A fines de Junio o principios de Julio de 1957 René Rodríguez Cruz, Julio, era el Jefe de Acción de La Habana que mantenía su punto de mando en la farmacia de la Dra. Isabel Rico Arango. A este lugar me mandó a buscar René al Hospital una mañana para darme una orden. Ir a Luyanó y localizar a Tatica, traer el viejo Oldsmobile del Movimiento que estaba a la disposición de Pepe Prieto y él lo manejaba para dárselo a unos compañeros que lo necesitaban para un trabajo. A Pepe él no logró localizarlo y era urgente. Empecé a defender el carro como si fuera mío, recordando cómo cuidaba esa catana Tatica y que gracias a su pericia caminaba ese traste, para recomendar que les manejara a esos compañeros. Me dio un no rotundo y una información que hasta quizá se le escapó diciendo que era para usarlo en Pinar del Río y aclarando, después que se percató, que no le podía decir nada al chofer.
    Recogería ahora, de día, en la farmacia de Isa un paquetico que ella me daría y lo pondría en el maletero del carro cuando fuera a salir. Eran unas pelotas de ping pon que preparábamos allí poniéndoles dentro algodón y el polvo de unas pastillas de clorato que pulverizábamos en un mortero y al contacto con ácido sulfúrico que se ponía en varias cápsulas producía una combustión muy fuerte e intensa y se usaban para la quema de caña.
    Tenía que parquearme a las ocho de la noche en I entre 25 y 23, lo más cerca posible a 23 con el tanque lleno, coger yo las llaves y el chofer retirarse. Parado con mi bata blanca de médico en la misma esquina de 23 e I debía esperar a las nueve a alguien que me diría: “Doctor, por favor Ud. tiene un fósforo” y yo debía responder “Si, como no” y darle una caja.
    Conversaríamos de pelota durante unos minutos observando si no había nada anormal y subiríamos conversando hasta 25 para bajar después hasta cerca del auto haciendo igual chequeo, darle las llaves, decirle que la mercancía estaba en el maletero y después de dejarlo, observar si se iba bien y llamar a Isa por teléfono diciéndole que mi paciente salió bien de la operación.
    Todo muy bien planeado por el flaco René que se había convertido en un maestro de la conspiración, meticuloso y quisquilloso en extremo con todos los detalles, lo que le valió, por cierto, que nunca lo detuvieran a pesar que varias veces entró y salió de la Sierra Maestra.
    En efecto, cerca de las nueve alguien me tocó el hombro y me pidió fósforos pero sin decirme doctor y cuando se los di se puso abrir y cerrar la caja pero no prendió el cigarrillo que tenía en la mano y fui yo el que saqué uno y lo prendí recuperando mi caja. Le dije que no me había dicho doctor, para remarcar que no había cumplido las reglas y me miró como dudando que lo fuera. Acto seguido me preguntó si me gustaba la pelota, para dar a entender que si conocía lo que tenía que hacer.
    Caminamos rumbo a la calle 25 y en el trayecto hablé de otras cosas, violando lo que me indicó René, porque se me acabó mi repertorio deportivo. Le pregunté como lo más natural del mundo si había conocido a Marcos Martí de Artemisa. Me dijo que no pero que recordaba su nombre entre los moncadistas preguntándome si era él. Le dije que sí y cómo lo había conocido siendo un muchacho. Conversamos un buen rato pues tenía un compañero que lo había contado actos de valentía suyos en una época en la que eran hechos aislados, de unos pocos, de los que fueron la vanguardia.
    Se rió y me dijo “bueno, tú eras un fiñe entonces como yo pero ahora estamos siguiendo sus pasos y si pudiera verte hoy estaría satisfecho de lo que hacemos.” Le di las llaves y me fui. Aquel compañero tenía unas características personales inolvidables; era un joven trabado, relativamente bajito como yo, pero era pelirrojo y le faltaba un diente.
    Hice una asociación en mis recuerdos de Marcos con este pelirrojo que con mucha sencillez supo ubicar el papel de ejemplo de los que caen primero. Esto hoy día es diáfano y muy claro pero al menos para mí en aquella etapa no era tan nítido.
    El resto de 1957 y todo 1958 fueron de grandes vicisitudes y llenos de la tensión que sólo una lucha como la que libramos podía tener y en la que miles de compañeros cayeron y cinco años, cinco meses y cinco días después del sacrificio de Marcos y de tantos otros, se logró la victoria.
    Si tensa fue la guerra no menos lo fueron los años posteriores dedicados a la construcción y la defensa. Mi contacto con aquel pinareño fue algo intranscendente en el decursar de la lucha revolucionaria salvo por sus comentarios sobre el valor del ejemplo, pero cada vez que veía un pelirrojo me preguntaba si aquel compañero habría sobrevivido y me proponía que cuando viera a al ahora Comandante René Rodríguez, iba a indagar quién era y cómo se llamaba aquel compañero.
    El 26 de Marzo de 1962 que Fidel comparece para denunciar públicamente el sectarismo entré al estudio de televisión junto con el Consejo de Ministros pasando por entre casi un centenar de compañeros de la Escuela Superior de las entonces Organizaciones Revolucionarias Integradas, O.R.I., la “Ñico López”, ya sentados muy formal y organizadamente en el salón, quienes se pusieron de pie al paso del Presidente Dorticós y para mi sorpresa entre ellos reconocí a aquel pelirrojo al que miré con afecto pues estaba vivo y entre nosotros, pero al cruzar su vista con la mía él no hizo el menor signo que demostrara reconocerme.
    Cuando terminó aquella histórica intervención de Fidel, que por cierto encomendó a muchos de esos compañeros la trascendental tarea de hacer surgir el Partido Unido de la Revolución Socialista, PURS, partido marxista de la unidad revolucionaria con el método leninista de elegir a sus miembros mediante asambleas de obreros ejemplares, busqué al compañero Orlando Casas Mompellier, que era su nombre y lo abordé.
    Me presenté y le recordé el hecho y nos abrazamos. Se acordó y escuchó mi versión de aquel contacto y como lo había recordado por ser pelirrojo y al percatarse que su recuerdos no habían sido similares se excusó jovialmente diciendo que lo que pasaba era que yo era un muchacho flaquito, bajito, sin nada que recordar salvo la bata de enfermero que tenía y por segunda vez no me dijo doctor.
    Nos fuimos juntos y estuvimos un gran rato tomándonos unos tragos en mi casa y conversando y lo que cada uno había vivido, de lo que cada cual hacía y teníamos que hacer y volvimos a evocar a mi pariente Marcos, del que él decía, ya entonces más formado política e ideológicamente que aquella noche del 57, que era parte de la cadena de ejemplos que nos hacía grandes. Bromeando añadía que mañana o pasado él o yo si actuábamos como debíamos, serviríamos de ejemplo a otros más nuevos.
    Nos hicimos amigos y a mí me parecía haber recuperado un viejo conocido. El se metió de lleno en el proceso de construcción del Partido y pasó a las Fuerzas Armadas donde fue Jefe de la Sección Política de la Marina de Guerra Revolucionaria varios años.
    No me parece cierto que haya muerto en plena juventud de una enfermedad fulminante y lo quiero seguir recordando con su traje impecable de oficial de la Marina, como el que usó en la Academia Naval del Mariel cuando me introdujo antes de que ofreciera una charla a los oficiales sobre la Conferencia Tricontinental a finales de 1965.
    Me insistió mucho sobre la importancia de informar a los oficiales sobre los preparativos y objetivos de ese evento y a pesar de estar con un trabajo infernal en aquellos días no tuve otra alternativa que acceder.
    En sus palabras improvisadas relató en forma concisa pero con mucha precisión los detalles sobre cómo nos conocimos en circunstancias complejas una noche de 1957 en que estábamos un poco nerviosos, mencionando por primera vez mi bata de médico como su referencia para localizarme, pero sobre todo recordó con mucha emoción y elocuencia lo que hablamos de Marcos Martí y cómo ambos nos animamos recordando su ejemplo que nos inspiró a seguir sin flaquezas su senda.

    Con mis saludos, Giraldo Mazola

    • luis rios dijo:

      Mis respeto para Ud Girardo, como te envidio y como te admiro, yo tambien soy de Pinar

  • ManuelB dijo:

    Compañero Jorge Gòmez,considero que el jòven Raúl Gòmez Garcìa fue su tìo mientras estuvo con vida. Luego de asaltar el Moncada y hacerle llegar a su madre las ùltimas 14 letras que escribirìa en su vida ” Caì Preso, tu Hijo” ,fue cruelmente asesinado . A partir de ese momento Raùl Gòmez Garcìa Pasò a ser el tio de Todos los Cubanos. CONSIDERO QUE TENEMOS EL DEBER DE , PROHIBIDO OLVIDARLO.

  • Martha Martínez dijo:

    Hermosos testimonios, válidos para conocer la dimensión humana de nuestros héroes y mártires, de quienes solo tenemos referencia por los libros de historia, obras que siempre serán incompletas.

  • luis rios dijo:

    Gracias por tan bello pasaje tuve que beberme las lagrimas, es una lastima que aun no conoscamos mas de nuestra historia y de tantos jovenes olvidados

  • O'Hito dijo:

    Muchas gracias Jorge y Giraldo por compartir estas historias con nosotros.
    Un abrazo.

  • guinero-bayamés dijo:

    GRACIAS JORGE BELLOS RECUERDO DE TÚ TIO, DE HECHO HACE AÑOS TE VEIA MUCHO EN GUINES, EL REPARO VEDADEO DE GUINES, CREO TENIAS UNA TIA OTROS PARIENTES ALLI, DE HECHO EN GUINES LA BIBLIOTECA MUNICIPAL, Y OTRAS INTITUCIONES LLEVÁN EL NOMBRE DE TÚ TIO,HOY VIVO EN BAYAMO, FELICIDADES A TI , JUANITO, TÚ HERMANO, Y DEMÁS FAMILIARES POR EL NUEVO AÑO. Y A TODOS LOS CUBANOS, GLORIA ETERNA A NUESTROS HEROES.

  • guinero-bayamés dijo:

    DISCULPA JORGE, QUISE DECIR EN REPARTO VEDADO DE GUINES

  • Yany dijo:

    Jorge, agradezco su relato tan personal y humano de Raúl Gómez, a mí como a otros lectores me conmovió infinitamente. Gracias por darnos ese poquito de historia y sensibilidad que no debemos perder jamás los cubanos. Para que no olvidemos a tantos Raúl que tiene el sendero de nuestras luchas.

  • Roberto Massola Giraldo dijo:

    Cuantas anécdotas y cuantas figuras históricas que tenemos el deber de no olvidar. Cuanta importancia para los jóvenes conocer estos recuerdos sobre personas que dedicaron su vida por un ideal sin esperar nada material a cambio. Soy un hijo de mártir y no dejo de sorprenderme y enorgullecerme de nuestra historia. Gracias compañeros

  • ary2808 dijo:

    muy emotivos relatos,me han emocionado, el conocer mas de Raúl Gómez me ha llevado a la emoción de las lágrimas!!! Gracias por eso.

  • sachiel dijo:

    Asi se revive la historia patria.

  • alexander dijo:

    Hermoso homenaje. Así son la mayoría de nuestros héroes y mártires. No andan pregonando su heroísmo y muchas veces nos percatamos de su obra inmensa cuando no los tenemos. Así me pasó al escuchar la historia de Vilma Espín más allá de la federación. Y todos eran muchachos sencillos que dieron la vida por lo justo.

  • Hugo Andrés Govín Díaz dijo:

    Caramba, ¡Qué bien utilizadas estarían nuestras redes sociales con la colaboración de personas como Jorge y Mazola!!! Esa es nuestra Historia viva, esa que se mantiene latiendo entre nosotros a pesar del macabro festín embrutecedor de banalidades que nos cae encima a cada minuto en titulares de cuantas “redes sociales”, videos, periódicos, revistas, etc. que nos pretenden someter a olvidarla. Hay una considerable cantidad de cubanos dignos que pueden enriquecer este empeño, pero lamentablmente no poseen los medios materiales ni monetarios para disponer de equipos y conexiones para hacerlo.
    Agradezco profundamente a Jorge y a Mazola por sus escritos.
    La vida me premió además con haberlos conocido a ambos personalmente. A Jorge, vinculado con nuestros respectivos trabajos y a Mazola, desde sus últimos días de Director del ICAP, cuando este guajirito entró por la puerta de la Sede Central, allá en el lejano 1968, vínculo que se ha mantenido hasta hoy.

  • Julieta Baldivieso dijo:

    Julieta dijo:
    Siempre he admirado mucho a Jorge Gómez, sabía de su vínculo familiar con Raúl Gomez García que dentro de todos loa caídos siempre tiene un lugar especial en nuestras vidas, pero esre relato me ha calado muy hondo y ha engrandezido ante mis ojos tanto al tío como al sobrino.

  • Yadira-edupinar dijo:

    Gracias por compartir esta sentida historia de tu vida, gracias por hacerla nuestra, así haces de Raùl Gòmez Garcìa el tio de Todos los Cubanos. Nunca lo OLVIDAREMOS.

  • JOEL VERA CORZO dijo:

    JORGE TE ADMIRO, BELLAS Y SENTIDAS PALABRAS, RAUL NO ES SOLO TU TIO, TAMBIEN ES NUESTRO. UN ABRAZO HERMANO

  • Alexis Mario Cánovas Fabelo dijo:

    ¡GRACIAS!
    Esas actitudes hay que reforzarlas, le ley del menor esfuerzo empuja al egoísmo que engorda los oportunistas y escaladores.
    Los moncadistas son trabajadores, de todas las profesiones, los dueños por derecho de todo lo heredado de sus predecesores.
    Como nos indicó NUESTRO LÍDER “poder el del pueblo ese sí es poder” ese que destacó muy bien en su alegato del Moncada.
    Tu tio demostró que el mejor poema es nuestra independencia.
    COMUNISMO O MUERTE.
    ¡¡¡Y VENCEMOS!!!

  • Cristóbal Zayas Esquijarosa dijo:

    Mándenme noticias y comentarios.
    ¡ Gracias !

  • luis alberto figueroa dijo:

    Estimado Jorge, desde hace algun tiempo me ronda la idea de organizar una Antologia Poetica de “Heroes de la Revolucion” y le estaria muy agradecido si me deja una direccion E-mail donde me pudiera comunicarle pues he tenido algunas dificultades para adquirir la poesia de Raúl Gómez García. Tambien no he encontrado los poemas de Chiqui Gómez Lubian, ?esta emparentado con Usted? Gracias, espero me atienda. .Mi direccion E-mail es fuis@upr.edu.cu

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Jorge Gómez Barranco

Jorge Gómez Barranco

Músico cubano, director y fundador del grupo Moncada.

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