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Graziella Pogolotti

En este artículo: Cuba, Cultura, Graziella Pogolotti, Literatura
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Por Margarita Mateo Palmer

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Ella cantaba “Mambrú se fue a la guerra” en la Avenida del Puerto, conocida entonces como el Relleno, olvidada ya del conde de Marlborough y de la batalla de Malplaquet, pues también había aprendido a jugar a “La Candelita” y a entonar “Arroz con leche” en una lengua que comenzaba a hacerse suya a través de las rondas infantiles.

La bulla que la había recibido en el puerto habanero a su llegada de Europa, los ruidos informes de los vendedores ambulantes, el cotilleo de los vecinos, los sonidos de la radio, comenzaban poco a poco a articularse en un lenguaje reconocible. Un buen día, sorpresivamente, luego de un prolongado mutismo de meses, comenzó a hablar con fluidez el español, como ha contado su padre, el pintor y escritor Marcelo Pogolotti, en Del barro y las voces.

Nacida en París en 1932, la primera infancia de Graziella  estuvo marcada por un peculiar trasegar de casa en casa, de ciudad en ciudad, de Francia a Italia en varios viajes de ida y vuelta, durante años de desasosiego económico de sus padres. La inminencia de la Segunda Guerra Mundial cambiaría para siempre el curso de su vida. A los siete años emprendió el viaje definitivo hacia Cuba, dejando atrás un mundo de afectos, de costumbres, de lenguas aprendidas, de claves culturales:

“Al anochecer, París asomaba como una informe mancha oscura, silenciosa ante la amenaza de un bombardeo probable. Con el llamado de las sirenas, corríamos hacia los refugios. Yo andaba con mi máscara antigás en bandolera, mientras recorríamos oficinas para tramitar el gran viaje. […] De súbito, me deslumbraba la gran revelación: el mar infinito, apacible, hasta desembocar en el encierro forzoso de Ellis Island, las horas interminables en la gran sala de espera. Cuando las olas cedieron, el arco reverberante del Malecón anunciaba la llegada a un nuevo mundo.”1

Asentada en 1939 en Peña Pobre, una calle con ecos de antiguas novelas de caballería, nombrada así -como ella misma explica en “Los nombres de mi ciudad”-  en homenaje al sitio donde Amadís de Gaula cumplió promesa de fidelidad por su amada, comenzaría una nueva vida: “Arrumbado en un rincón quedaba Corazón, de Edmundo de Amicis […] Había puesto los pies en la tierra. El refugio se convirtió en destino. Renuncié a optar por la ciudadanía a que tenía derecho por nacimiento, la francesa”.2 En La Habana Vieja cursó los estudios primarios y el bachillerato. Ingresó en la Universidad de La Habana para estudiar Filosofía y Letras en 1948. La experiencia universitaria la pondría en contacto con un mundo nuevo de inquietudes y proyectos:

“Una mañana de octubre, subí por primera vez la escalinata. La bulla me acogió otra vez. […] En un ambiente estudiantil en ebullición, la política dejaba de ser objeto de interés intelectual y se transformaba en acción participativa. Estuve en manifestaciones callejeras; intervine en contiendas electorales […] Allí encontrábamos a luchadores por la independencia de Puerto Rico y a jóvenes guatemaltecos involucrados en el movimiento de Arévalo. A través de ellos conocimos fascinantes proyectos de cambio social. La posibilidad de contribuir a modelar un país nuevo me fascinó. Era como respirar la vida a plenitud.”3

Al concluir sus estudios universitarios ganó una beca para estudiar Literatura Francesa Contemporánea en La Sorbona (1952-1953). Durante esta nueva estancia parisina no solo asistió a los cursos de arte y literatura, y dedicó horas a la lectura en la Biblioteca Santa Genoveva, sino participó activamente de la vida cultural francesa frecuentando museos, asistiendo a exposiciones y representaciones teatrales, siguiendo muy de cerca el debate de ideas que tenía lugar en el proceso de la posguerra. Con particular interés asistió al Teatro Nacional Popular que buscaba relacionarse con un público más amplio y en el que solía actuar el famoso actor Gerard Phillipe. En un barrio ajeno a los circuitos tradicionales de la cultura, el Teatro de Babilonia, ubicado en una antigua cochera donde se había improvisado un escenario, asistió al estreno de Esperando a Godot de Samuell Beckett. En 1954, luego de su regreso a Cuba, presentó su tesis de graduación en la Universidad de La Habana dedicada al estudio del ciclo novelesco Les Thibault de Roger Martin Du Gard, el Nobel francés que había expresado con particular intensidad las contradicciones de la Europa de inicios del siglo XX. Con posterioridad matriculó en la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling, donde terminó sus estudios en 1959. El triunfo revolucionario de ese año tendría un fuerte impacto sobre ella debido a las posibilidades que abría para la realización de un proyecto de justicia social y de rescate de la soberanía y la cultura nacionales, al cual se entregó por completo, como ha narrado en su memoria “Cerca y lejos del sol”.

Ese mismo año comenzó a trabajar como asesora en la Biblioteca Nacional José Martí bajo la dirección de María Teresa Freyre de Andrade, donde permaneció una década, propiciando una fecunda labor promocional de la lectura en todo el país. Durante este período mantuvo sus vínculos con el quehacer teatral en la capital y tradujo La ramera respetuosa, de Jean-Paul Sartre para el Teatro Nacional, una labor que había comenzado antes con la traducción de El mal corre, de Jacques Audiberti para el grupo Prometeo. Participó activamente en la Reforma Universitaria, al frente del departamento de Lenguas Modernas en la Universidad de La Habana (1963-1971):

“El anterior Instituto de Idiomas tenía un carácter instrumental, utilitario, centrado en el inglés y en el francés. Ahora se aspiraba a preparar expertos en literatura avezados en materia lingüística. Había que buscar profesores y confeccionar programas […] Para mí, el transcurso de las horas adquiría una densidad  insospechada. Aferrada a una brújula con agua saltarina, barco ebrio en un mar embravecido, tenía que administrar el departamento más complejo y numeroso de la Escuela, ajustar planes de estudio sobre la marcha, solventar conflictos interpersonales y adentrarme en terreno casi virgen para preparar mis cursos de literatura y civilización francesas.”4

Mucho antes de que se difundieran a nivel mundial, los estudios de Mijaíl Bajtín eran lectura obligada de sus estudiantes, que también debían adentrarse en la obra de Marguerite Duras y en los escritores del Nouveau Roman. Mas también los autores caribeños y africanos de expresión francesa -Frantz Fanon, Aime Césaire, Leopold Sedar Senghor- formaron parte de estos cursos. En esta época de intensa actividad en diversos campos, y durante la etapa en que fue subdirectora de investigaciones de la Escuela de Letras (1971-1976) desarrolló un proyecto de investigación en el Escambray en estrecho contacto con el grupo de teatro del mismo nombre, dirigido por Sergio Corrieri. En la base de este proyecto estaba la convicción de que “la inmersión en una zona concreta de la realidad para el estudio de su problemática y la búsqueda de soluciones creadoras tenía un inigualable valor como experiencia formadora para los jóvenes universitarios”.5

Como decana de la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte llevó a cabo una importante labor de reorganización de los estudios dramáticos en el nivel universitario, demasiado marcados hasta ese momento por la escuela soviética. Su destacadísima labor como pedagoga le fue reconocida con el Premio a la Enseñanza Artística en 2005. Ese mismo año obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Fue vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (1988-2008) y en la actualidad preside la Fundación Alejo Carpentier.

A través de los múltiples eventos que fueron conformando su experiencia de vida, Graziella Pogolotti iría perfilando, en estrecho vínculo con las circunstancias del país, un sólido proyecto intelectual que tendió puentes entre un mar y otro, entre la Isla y ese otro mundo -el europeo- donde había nacido y donde aprendió a leer. Desde su primer libro, Examen de conciencia, publicado en 1965, se advierte ese diálogo con la literatura del viejo mundo desde una perspectiva peculiar, que somete a una aguda crítica la obra de destacados intelectuales. Si bien de algunos de estos movimientos extrae valoraciones útiles -del existencialismo francés, por ejemplo, su apelación a la acción y a una literatura comprometida-  hay una visión propia que difiere de estas corrientes de pensamiento. Es este el caso de una zona de la obra de Albert Camus y de André Malraux, a los que se dedican sendos ensayos en su primer libro. A partir del análisis del acto final de La condición humana, por ejemplo, la autora recuerda la conocida imagen ofrecida por Pascal acerca de la existencia del hombre: “Imaginémonos”, decía el pensador francés, “a un grupo de hombres en cadenas y todos condenados a muerte; algunos entre ellos son degollados cada día ante la vista de los demás; los que quedan, ven su propia condición en la de sus semejantes y, mirándose los unos a los otros con dolor y sin esperanza, esperan su turno. Es la imagen de la condición de los hombres”.6

A esta concepción del destino humano que privilegia a la muerte como rectora de su devenir se opone una visión de la vida y de la misión del hombre sobre la tierra en un registro muy diferente, que parte de establecer un nexo principal entre el individuo y las circunstancia particulares de su existencia. Ese estrecho vínculo entre vida y obra será una coordenada esencial de la lúcida labor crítica de esta intelectual, formulada ya, en términos más precisos, en su obra posterior:

“La denominada condición humana no es una entidad abstracta. El hombre surge, se desarrolla en condiciones concretas, las de una época, la de un país. Se forja en el modo de asumir y afrontar esas circunstancias. No existe, por ello, contradicción alguna entre identidad cultural y universalidad. Todo lo contrario. Quien pretende desasirse de esa entraña viva, hará, a pesar suyo, una obra mimética, mero traslado inconsciente de las que se han producido en otros territorios, en otras circunstancias particulares.”7

En este intenso diálogo entre vida y muerte que ha permeado desde muy antiguo las reflexiones del hombre acerca del sentido de la existencia, la autora rechaza igualmente aquellas concepciones de orientación trascendentalista sobre la vida humana que subordinan el quehacer del individuo a una finalidad última relacionada con el cese de la existencia. En este rechazo desempeña un papel principal la posibilidad de encontrar un sentido a través de la acción, sostenida y cotidiana, que aun alejada de las grandes gestas y las situaciones excepcionales en que fulguren sus actos, le permita contribuir en la transformación de un mundo donde nuevos valores germinen:

“…tampoco creo que la vida sea camino de perfección, vale decir, preparación para el bien morir. La alegría de la vida está en las grandes y pequeñas victorias cotidianas, en la semilla que germina, en poder decir ante lo nuevo que crece: esto hemos hecho. […] El compromiso se concreta en la acción cotidiana, en la base. Palabra y gesto, vida y obra se vuelven una misma cosa.”8

Ante el tema de la esencial soledad del hombre la ensayista subrayará la posibilidad de establecer lazos de solidaridad con el resto de la especie. Así, por ejemplo, si bien en su libro de ensayos de 1965 se reconoce en el hombre, a través del análisis del personaje de Mersault de Camus, una esencia humana incomunicable, también se hace hincapié en las posibilidades del hombre para rebasar el estrecho cerco de su soledad en aquellos “instantes privilegiados en que […] se siente solidario con su especie”9, porque, entre las facultades que le han sido otorgadas y que reafirman su carácter único se encuentra la posibilidad de realizar, a través de la acción revolucionaria “una tarea común” que “abre paso a la fraternidad”.10 De este modo queda expresada una posición ante la condición humana que privilegia el sentido de la vida y de la acción frente a la muerte:

“Pero la muerte no es más que un  brusco y rápido desenlace, el término necesario de toda aventura. El sitio verdadero del hombre está en la tierra -sin apelar a forma alguna de trascendencia-, y la felicidad, canto y afirmación generosa de vida, existe, está a nuestro alcance, es como una brisa ligera que recorre el paisaje. Hay que aprender a descubrirla y a conquistarla.”11 (80)

Para llevar a cabo esta conquista, el hombre cuenta con una poderosa herramienta: la memoria, que le permite recuperar el quehacer de otros hombres en el pasado:

“Por mucho tiempo -o de manera diversa- se ha pretendido que la condición del hombre estaba determinada por la naturaleza perecedera de su existencia. La vida toda resultaba marcada por la muerte. Y también a través de la historia, las expresiones genuinamente populares del arte refutaron esta versión. Privilegio del hombre, en cambio, es su memoria, su capacidad de transformar el mundo que lo rodea y de ser modificado a través de ese mismo proceso, de subvertir el destino y convertirlo en porvenir.”12 Una de las claves principales de esta posición ante la condición humana ha sido una peculiar comprensión de la historia que la lleva a hurgar en el pasado para aclarar la mirada sobre la contemporaneidad. Vinculado con la influencia que la filosofía marxista tuvo en su formación, ese modo de asumir la historia está directamente imbricado a una concepción no solo del destino, sino de la felicidad del hombre, en la que nuevamente la acción cotidiana y la integración a una obra colectiva son la fuente principal de satisfacción y gozo que debe procurar el hombre en el reino de este mundo:

“Porque para ser verdaderamente comprendida y transformada en vivencia, la historia ha de asimilarse de dos maneras, a través de la entrega a la acción y a la tarea del instante, y a través del recuento que se hace de ese instante, del pequeño papel de cada cual en el esfuerzo colectivo, parte de un proceso. Entender así la historia equivale a entender la vida, a descubrir las posibilidades reales de una felicidad que tantos persiguen por caminos ilusorios…”13

En sus excelentes ensayos sobre la literatura francesa del siglo XIX -Stendhal, Balzac, Maupassant-, que forman parte de su diálogo sostenido con la cultura europea, se aprecia con nitidez cómo la historia ofrece algunas de las claves esenciales para la comprensión de una obra maestra. Así sucede con el magnífico prólogo a La cartuja de Parma, considerado “un paradigma de seducción para la lectura”,14 donde los avatares de Fabricio del Dongo y sus compañeros de aventura, la vida del propio Stendhal, con sus ilusiones de juventud perdidas, y las circunstancias políticas de Francia e Italia se entretejen en una incisiva visión que, desde la contemporaneidad, recupera un espíritu de época en lo que tiene de universal y trascendente, más allá del paso del tiempo. De este modo, el pasado es concebido, no solo aquí sino en toda su obra, no como un peso muerto que debe ser recuperado como una forma más de erudición, sino una sombra, ineludible y abarcadora, bajo la que se proyecta el quehacer de los hombres de la contemporaneidad:

“Puesto que no se trata de mera historiografía, la historia es, a la vez, presente y pasado. Presente, sobre todo, porque tal habrá de ser la perspectiva dominante. El pasado renace en función de las necesidades actuales, evocación de momentos significativos de la tradición más viviente, rescate de una imagen ignorada.”15

La lectura, que había sido pasión incontenible desde muy pequeña cuando, burlando la vigilancia de los mayores, devoraba páginas y páginas hasta altas horas de la noche, es parte esencial de su proyecto humanista, pero no en tanto fuente de placer individual, sino como obra de servicio: oficio de leer encaminado a precisar las claves de una proposición de lectura que implica establecer “los nexos profundos entre la obra y la época que la vio nacer, la apreciación de sus valores y una sensibilidad desarrollada para su disfrute”16 ; oficio que tiene como centro fundamental al destinatario y guarda estrecha relación, no sólo con un proyecto de enseñanza, sino con una actitud ante el conocimiento. Ese particular modo de aprender y enseñar, de trasegar con el saber, fue condicionado por un compromiso esencial con su tiempo y su circunstancia histórica, que le permitió comprender, tempranamente, que:

“…la cultura acumulada se convertía en verdadero saber, en fuerza creadora cuando su estudio se vinculaba a una práctica social específica y que, adquirido para el propio atesoramiento, el fruto de ese esfuerzo enfermaba sin remedio de esclerosis.”17

Vacunada de manera definitiva de los corrillos y el diletantismo intelectuales, como ella misma ha comentado, a partir de su experiencia infantil en el Hurón Azul, su actitud ante el arte y el saber ha estado marcada por un profundo humanismo que no solo coloca al hombre en el centro, sino que lo sitúa en la historia de su cultura:

“Hay muchas maneras de concebir la vida como una aventura excepcional. Para algunos, consiste en franquear desiertos, en atravesar océanos en embarcaciones precarias, en caminar por los espacios dominados por la ingravidez y el silencio. Pero la verdadera clave de toda aventura está en asumir la existencia con pasión, en hacer de lo cotidiano, en hacer de la hazaña del hombre, fuente permanente de curiosidad y descubrimiento.”18

La pasión con que el hombre se entregue a su circunstancia y a su tiempo, la capacidad para convertir en una aventura plena de significaciones la tarea emprendida, por modesta y elemental que parezca en comparación con las grandes gestas y el avatar heroico recogido por los antiguos mitos, es la clave de una existencia plena, que reconcilie al ser humano con cualquier limitación propia o impuesta por su medio. En su caso particular, la progresiva disminución de la vista hasta su pérdida total en la última década del pasado siglo implicó un desafío a su labor intelectual que fue asumido con entereza y con una muestra de versatilidad que da fe de la amplitud de sus saberes: dejó de escribir sobre pintura-una manifestación artística privilegiada inicialmente por ella y en la que realizó sobresalientes aportes- cuando su visión comenzó a disminuir; con posterioridad abandonó también la escritura sobre el teatro y se dedicó, principalmente, a la literatura. En todas estas expresiones por las que ha transitado su prosa se advierte igualmente una conciencia lúcida, conocedora de las técnicas artísticas más sutiles y una sensibilidad aguzada por la pasión de la entrega al hecho creador.

A través de una vida dedicada al conocimiento y a la transmisión del saber,  Graziella Pogolotti ha participado activamente, con un sentido muy aguzado de los valores éticos, la honestidad y el rigor intelectual, en un proyecto sociocultural y político de amplísimas dimensiones a través de una fecunda labor humanista en la que se borran las fronteras entre vida y obra. La defensa de la identidad cultural, del patrimonio nacional y de los valores arquitectónicos de la ciudad, son algunos de los problemas a las que ha dedicado su empeño. Por otra parte, su magisterio, como el de los ambulantes maestros martianos, ha trascendido el estrecho marco de la academia o la escuela para contribuir a consolidar una visión del mundo y una actitud ante la vida, reto el más difícil de cualquier enseñanza.

Bibliografía activa:

Examen de conciencia. La Habana, Ediciones Unión, 1965.

Oficio de leer. La Habana, Letras Cubanas, 1983.

Portocarrero. Co-edición La Habana.Leipzig, Letras Cubanas, 1988.

Materia y memoria. La Habana, Editorial José Martí, 1997.

El camino de los maestros. La Habana, Letras Cubanas, 2000.

Carlos Enríquez. La Habana, Letras Cubanas, 2001.

Experiencia de la crítica. La Habana, Letras Cubanas, 2003.

Polémicas culturales de los 60. (Selección y prólogo). La Habana, Letras Cubanas, 2006.

El ojo de Alejo. La Habana, Ediciones Unión, 2007.

Ha publicado ensayos y artículos en numerosas revistas como PrometeoNueva Revista Cubana,Revista de Artes PlásticasUniversidad de La HabanaUniónLa Gaceta de CubaCasa de las AméricasRevolución y CulturaTablasRevista de la Biblioteca Nacional José Martí y en el sitio webCubarte.

Bibliografía pasiva:

Álvarez García, Imeldo: “Graziella Pogolotti, Premio Nacional de Literatura” en CubaLiteraria  http://www.cubaliteraria.com/delacuba/ficha.php?Id=2202

Augier, Ángel: “Conciencia y sensibilidad”, en Unión, 4 (4): 175-177, La Habana, oct.-dic., 1965

Bobes, Marilyn: “Graziella Pogolotti: sabiduría y modestia” en El Tintero, suplemento de Juventud Rebelde. Edición Especial por la Feria Internacional del Libro de La Habana, febrero, 2006.

Bianchi Ross, Ciro: “Curiosidad y lucidez de Graziella Pogolotti” en  http://wwwcirobianchi.blogia.com/2008/052101-curiosidad-y-lucidez-de-graziella-pogolotti.php 21/05/2008 06:27 Autor: Ciro Bianchi Ross/Barraca Habanera. #.

Campuzano, Luisa: “Una mente privilegiada” enhttp://www.lajiribilla.cu/2006/n291_12/291_11.html

Cuza Malé, Belkis: “Crítica impresionista acerca del libro Examen de conciencia“, en Granma, 2 (79): 7, La Habana, mar. 21, 1966.

Díaz Malmierca, Yimel: “Graziella Pogolotti: del libro a la memoria” enTrabajadores, 11 de agosto de 2006.

Doubrechatt, Ignacio M.: “The mastery of Graziella Pogolotti” en http://www.cubanow.net/pages/loader.php?sec=7&t=2&item=4143

García Ronda, Denia: “Palabras para Graziella” en http://www.lajiribilla.cubaweb. cu/2006/n248_02/248_43.html

Grant, María: “Oficio de remembranza con Graziella Pogolotti” en Opus Habana, Vol. VII, No. 3, 2003, pp. 18-29. domingo, 25 de septiembre de 2005

Hernández, Helmo: “Graziella Pogolotti, paradigma de la cultura” enhttp://www.lajiribilla.cu/2006/n291_12/291_13.html

Hoz, Pedro de la: “Siempre me sorprenden los jóvenes lectores” en:  http://www.granma.cubaweb.cu/eventos/17ferialibro/dedica/dedic2.html

Mateo, Margarita: Graziella Pogolotti y el amor por el saber” en Revista Antenas, Camagüey, marzo-junio, 2009.

Marrón, Eugenio: “Lo primero es preservar el placer de la lectura” en Radio Ángulo Digital, martes 27 de diciembre de 2005.

Marrón, Eugenio y García Isabel: “Cuando la palabra entra en ese mundo otro” enhttp://lajiribilla-habana.cuba.cu/2001/n17_agosto/514_17.html Aparecido en el número 4 de la revista La Letra del Escriba.

Mauri, Omar Felipe: “Elogio habanero de Graziella Pogolotti” en http://www.uneac.org.cu/index.php?module=noticias&act=detalle&id=77 25/02/2008

Miranda Cancela, Elina: “Graziella Pogolotti y la experiencia del Escambray” en Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 96, No. 1-2 enero-junio de 2005.

Pérez, Jorge Ángel: “Leyendo a la Pogolotti” en La Gaceta de Cuba, n.3, mayo-junio, 2008.

Rodríguez Delgado, Yaíma: “De Graziella Pogolotti a Carpentier: un diálogo interminable” en http://www.lajiribilla.cubaweb.cu/2008/n397_12/397_02.html

Román, Enrique: “Examen de conciencia de Graziella Pogolotti”, en Casa de las Américas, 5 (33): 145-147, La Habana, nov.-dic., 1965.

Sánchez, Sonia: “Coloquio Homenaje a Graziella Pogolotti” enhttp://www.elhabanero.cubasi.cu/2008/febrero/nro2152_feb08/cult_08feb625.html

Santos Moray, Mercedes: “Graziella Pogolotti en su magisterio” en http://www.cmbfradio.cu/cmbf/literatura/literatura_000000176.html

Valiño, Omar: “Oración para Graziella Pogolotti” enhttp://www.lajiribilla.cubaweb.cu/2006/n248_02/248_81.html

Notas:

1- Graziella Pogolotti: “Oficio de remembranza con Graziella Pogolotti” en Opus Habana, Vol. VII, No. 3, 2003, p- 21.

2- María Grant: “Oficio de remembranza con Graziella Pogolotti” en Opus Habana, Vol. VII, No. 3, 2003, pp. 28-29.

3- María Grant: “Oficio de remembranza con Graziella Pogolotti” en Opus Habana, Vol. VII, No. 3, 2003, p. 25.

4- Graziella Pogolotti: “Cerca y lejos del sol” en La Gaceta de Cuba, enero-febrero de 2009, p. 26.

5- Graziella Pogolotti: Oficio de leer. La Habana, Letras Cubanas, 1983, p. 154.

6- Graziella Pogolotti: Examen de conciencia. La Habana, Ediciones Unión, 1965, p. 61.

7- Graziella Pogolotti: Oficio de leer. Ed. cit., pp. 125-126.

8- Idem. p. 11

9- Graziella Pogolotti: Examen de conciencia. Ed.cit., p. 33.

10- Idem. p. 61.

11- Graziella Pogolotti: Oficio de leer. Ed. cit., p. 80.

12-dem. p. 5.

13- Graziella Pogolotti: Oficio de leer. Ed. cit., p. 5.

14- Helmo Hernández: “Graziella Pogolotti, paradigma de la cultura” enhttp://www.lajiribilla.cu/2006/n291_12/291_13.html

15- Graziella Pogolotti: Oficio de leer. Ed. cit., p. 139.

16- Graziella Pogolotti: Ídem. p. 9.

17– Ídem. p. 7.

18- Graziella Pogolotti: Experiencia de la crítica. La Habana, Letras Cubanas, 2003, p. 238.

(Tomado de La Jiribilla)

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  • Felicity dijo:

    Gracias por ponernos al lado de Grazziela, esa mujer maravillosa que me fascina. Ella junto a Alfredo Guevara y Eusebio Leal están encabezando la cruzada por hacer de nuestros jóvenes, verdaderos hombres de bien para el futuro de la Patria. Un beso para la Dra.

  • Ramiro dijo:

    La obra de Amadís de Gaula va mucho más allá de la promesa a su amada, Oriana.

    http://ramiropinto.es/escritos-literarios/ensayos/amadis-de-gaula-2/

  • Carol dijo:

    Muy necesario darle más divulgación a la obra de esta lúcida mujer que trabaja incansablemente con una sencillez que asombra, a pesar de su probada inteligencia.

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