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La narrativa carpentereana tocó diana en Playa Girón

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Alejo Carpentier. Foto de archivo

Alejo Carpentier. Foto de archivo

Por Miralys Sánchez Pupo

«…No se debe olvidar que antes de ser político

soy un periodista, un escritor y quiero que se

me juzgue por mis obras…» (1)

Al abrir la novela La  Consagración de la Primavera, escrita por Alejo Carpentier como un homenaje a la Revolución Cubana y al finalizar aparecen los pasos de una bailarina en su ensayo con el acostumbrado conteo de 1…2…3…  en su continuación para unir la rotación y el giro de la artista sobre sus pies. Así se abre el escenario que puede considerarse parte del testamento literario del periodista y escritor cubano. Su encuentro con el episodio con Playa Girón le hizo opinar sobre él que representó una de las más grandes batallas en la Historia de América. Pero además de la más moderna al considerarla  un hito trascendente por su especial el significado de su importancia universal.

El enciclopedismo habitual del escritor demostró en ella sus conocimientos políticos, históricos, musicales, la danza, sobre arquitectura y el lugar de los medios de difusión dentro del contexto temporal de un profundo análisis ya asumido por él desde mucho antes. Ellos transitan como una presencia de fondo cronológico que ofrece información para contribuir con el análisis del receptor, cuando ya era conocida la afirmación del autor quien aseguró que la guerra de 1914 no había cesado aún en el planeta y todo su remolino aún arrastraba las vicisitudes de la humanidad. Desde tales bases asumió la estructura novedosa para una obra que tal parecía estar alejada del centro neurálgico de Cuba.

Pero la lectura paso a paso ofreció confesiones de total constancia del olfato del periodista y la acción del también escritor para lograr la imbricación de todos los datos en mano. Entre ellas la constancia de sus crónicas sobre una España bajo las bombas, la coherencia de sus partes hasta que el desarrollo de su devenir hasta llegar al clímax de la derrota del imperialismo yanqui en las arenas de Plata Girón.

La participación del joven Carpentier en el II Congreso de Escritores celebrado en 1937 en Madrid, se convirtió en una fuente directa de sus impresiones. Desde ellas delineó la realidad en medio de la guerra a través de sus textos periodísticos. Aquellas experiencias permanecieron junto a él y le acompañaron como una advertencia. En ella formaron parte aquellos combatientes internacionalistas latinoamericanos o de las Brigadas Internacionales, entre ellas la conocida como Abraham Lincoln. Aquel fue el hito de la apertura de una obra que se remontó al 1937.

El escritor confesó en varias oportunidades que las impresiones recibidas en medio de aquel contexto bélico eran muy amplias y necesitaba revisar una amplia documentación. Pero ella no le permitía por su vastedad temática asumirla de inmediato y fue necesario estudiar, buscar, releer, conversar con protagonistas nuevamente hasta lograr  la nada fácil tarea de hilvanar las partes que le permitirían terminar en Playa Girón por constituir un acontecimiento relevante y capital en la historia  continental al punto de identificar un antes y un después que no pueden olvidar los enemigos de nuestros pueblos.

Los hombres escriben su historia con la poética de sus acciones

Aún cuando  Carpentier advirtió que la temática de las Brigadas Internacionales no había recibido mucho tratamiento en el campo de la literatura, las tomó como inspiración de punto de partida para su nueva obra. Colocó la apertura del encuentro en un hospital militar de descanso para sus heridos que fue un espacio bien estudiado. Aquel sería el momento inicial para su acercamiento a ellos. Quería pulsar esos resortes por los que se vincularon hombres procedentes de distintas partes del mundo en torno a la vida, la lucha y el futuro que dependía de todos por igual dentro de una dinámica que ha continuado con vigencia aún cuando las bombas no continúen de forma real su marcha de muertes y desgracias por doquier en el planeta.

La opinión de Carpentier le permitió afirmar que hasta el momento en que decidió avanzar en su proyecto de tocar las puntas de la Guerra Civil española y Playa Girón, constituyeron cierta culminación de todas sus obras anteriores. En ellas aparece la herencia  de la cultura occidental, pero logró llegar a una especificidad del mundo latinoamericano en momentos trascendentales donde un pueblo miliciano en  Cuba unió el verde olivo de su hazaña liberadora nacional con el azul de sus trabajadores, recientemente conocida como una muestra de la unicidad de su ya reconocido ejemplo para el resto de las naciones hermanas latinoamericanas.

El puente comunicativo del autor colocó los amores de Vera, una rusa que huyó de su país con Enrique, el arquitecto cubano en España quien alcanzó esa profesión por la posición de su familia. Ambos tenían una posición holgada. Pero ella recordaba que su padre la quería de espaldas a su realidad cuando afirmaba «Yo no leo periódicos», para desventura suya en medio del Petrogrado lleno de confusiones.

El nivel poético de las descripciones ya acostumbradas por la pluma carpentereana precisó un especial tratamiento de otros personajes imaginarios como Teresa, la tía condesa o Gaspar que le permitieron reflejar la transición de la guerra civil española hasta llegar a los acontecimientos que desembocaron en Playa Girón. En medio de ese escenario y por distintas vías se reencuentran Vera, la bailarina «apolítica» que huye de una época de su país y le dio la espalda. Pero lo mismo también le sucedió a Enrique. Hasta que finalmente ella comprendió que los acontecimientos han actuado sobre sus ideas de forma definitiva. Ya era otra persona.

Un simple miliciano va hacia el combate, como tantos otros en momentos que nadie pensó en sus respectivas vidas. Es  Enrique, el arquitecto hijo de burgueses, quien no se presentó ante sus jóvenes compañeros de armas con los conocimientos alcanzados en el arte de la guerra que fueron aprendidos por él en la trinchera mundial que fue España.

Enrique había estado también lejos de su país, pero había recibido mensajes por los diarios que le informaron que en Cuba había una desvergonzada dictadura. Pero un día encendieron un radiecito y conoció que en el Oriente del país se había asaltado al cuartel Moncada, cuando ya se informaban 80 muertos y otras noticias confusas de quienes perdieron la vida lejos de los lugares de acciones hasta conocer la captura de Fidel Castro. Sobre él un conocido le afirmó «Es el único cuyo nombre y quienes le acompañaron le resultaban desconocidos» Luego ellos no estaban sumergidos en la politiquería de aquella época.

Las detonaciones se enlazaban con el tableteo de las ametralladoras y las respuestas milicianas desde las cuatro bocas. El grupo de milicianos donde estaba Enrique desciende un tramo para avanzar tras los mercenarios ya derrotados. En medio de unos almácigos les disparan desde la profundidad y cae herido hasta que luego una enfermera lo despierta con la alegría de su salida de una  del quirófano luego de una exitosa operación y  la noticia que el enemigo ya estaba totalmente vencido.

Una sorpresa le llevan ante su cama. Allí está Vera, la rusa de Baracoa y ambos vuelven mentalmente  a cerrar el giro de sus vidas como si bailaran. Ella era burguesa y había huido de la revolución en Rusia. Él de igual origen lo hizo en otro camino hasta que la encontró a ella en España y vuelven a mirarse frente a frente. Habían olvidado el precepto de Gogol que enunció «No huyas del mundo que te ha tocado vivir». La revolución en España primero y en Cuba después los hizo reencontrarse para siempre.  Las sonoridades de los tanques, aviones y cañones de la victoria en las arenas cubanas de Playa Girón aparecieron nuevamente como un fondo para la memoria de la humanidad.

Tal parecía  que también  Igor Stranvisky, saludara la victoria desde su afamada música de La Consagración de la Primavera, cuyos dioses danzaron entre los arbustos de la Ciénaga de Zapata.

El periodista y escritor que dio en la diana de la memorable batalla demostró desde su obra la alegría por poder demostrar su alegría por el deber cumplido Una de sus tesis al respecto fue subrayada en una encuesta que realizó Casa de las Américas entre los más distinguidos intelectuales donde afirmó:

«…He cobrado conciencia, como nunca, de que la tarea de escribir, de expresar ideas mediante la letra escrita o la letra hablada, podía cumplirse en función de utilidad. Y eso, se lo debo a la Revolución Cubana,» (2)

Citas:

(1)Reyes, Orozco y Rivera fueron mis maestros, por Lourdes Galaz, en El Sol de México, 23 de noviembre de 1975. En Entrevistas Alejo Carpentier, editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, Cuba , 1985, p. 301

(2)Casa de las Américas, La Habana noviembre 1968-febrero 1969 Encuesta de Casa de las Américas, en Entrevistas Alejo Carpentier, Letras Cubanas, 1985, pp1960-1961

Orígenes de un título literario

Durante la adolescencia de Alejo Carpentier solía salir con su caballo hasta las alturas cercanas a su hogar y en medio de esa atmósfera entregarse por completo a la lectura que diminuía la presión sobre su asma. En medio de aquellos momentos cayó en sus manos una revista por la que conoció el  escándalo que se inició ante un ballet ruso con música de Igor Stravinsky, quien había incorporado a la orquesta nuevas sonoridades cual ruidos, mientras los dioses deambulaban por los bosques y fue rechazado por el público.

La presencia de esa idea quedó en el joven que la retomó al titular muchos años después su obra dedicada a la Revolución Cubana con el mismo título del ballet La Consagración de la Primavera. En ella la épica aparece en todo el fondo de la batalla de Playa Girón donde las armas defendieron el derecho a continuar la obra emprendida por la Revolución Cubana.

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¿Por qué algunos compases anteceden a la primera página de la novela?

En la memora de Alejo Carpentier permaneció la original obra de Igor Stravisky, quien alcanzó finalmente el éxito al incorporar un acento nuevo en el tratamiento rítmico de la música, considerado por algunos como ruidos, que finalmente enriqueció con nuevas sonoridades su época.

La casualidad le puso muy cerca del Maestro en un atardecer brasileño  cuando ya era un viejecito encorvado. En el encuentro el cubano conocedor de los valores de la música le agradeció sus aportes y Stravinsky  en agradecimiento a su elogio le obsequió los primeros compases de  La Consagración de la Primavera. Ese pentagrama musical  apareció con un nuevo significado al representar el sonido propio de las armas que defendieron el socialismo en Cuba.

Así expresó su homenaje a ese gran maestro de la música que con máxima expresión de austeridad y hallazgos trascendentales lo consideró en uno de sus artículos como un renovador y prodigioso revolucionario.

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