Un fantasma recorre la inteligencia artificial

Imagen ilustrativa.
La batalla tecnológica que Occidente ha entablado contra China responde a una necesidad estratégica: impedir que Beijing compita —y eventualmente lidere— en el complejo territorio de la Inteligencia Artificial (IA). La cadena de valor de esta dimensión estratégica incluye: insumos para la producción de microprocesadores (tierras raras, minerales críticos y tecnologías litográficas); el entrenamiento permanente de las plataformas y el emplazamiento de Centros de Datos que consumen enormes volúmenes de energía y agua para su refrigeración.
En este contexto, en la última semana, se produjo un verdadero cimbronazo global tras conocerse un nuevo avance tecnológico chino. El hecho fue invisibilizado porque su irrupción supone un nuevo momento DeepSeek, comparable al impacto de comienzos de 2025, cuando un laboratorio chino lanzó modelos de IA de alto rendimiento a una fracción del costo asumido por Silicon Valley.
Este nuevo cisne negro fue informado por el grupo estatal Shanghái Aishengna Electronic Technology Group (SAETG), al comunicar el inicio de la producción de máquinas de litografía ultravioleta profunda (DUV), que hasta la semana pasada solo se elaboraban en Estados Unidos, Europa y Japón. Las tecnologías litográficas se han convertido en el núcleo del proceso de fabricación de los circuitos integrados más avanzados, al permitir la elaboración de nodos de dos a siete nanómetros —millonésima parte de un milímetro— soldados en microprocesadores que pueden medir apenas dos milímetros.
Las máquinas DUV transfieren intrincados patrones de circuitos a las obleas de silicio y definen las dimensiones críticas de los chips necesarios para la IA y sus usos derivados: robótica, producción de armas, orientación de misiles, satélites, control de datos soberanos, espionaje y vigilancia global.
La novedad tecnológica encendió alarmas en la OTAN y sus socios. Provocó un tembladeral bursátil que derivó en el cierre de la Bolsa de Seúl (KRX) el 28 y 29 de julio de 2026 y en una caída abrupta del valor de Nvidia, la empresa más valiosa del mundo. La firma intentó blindarse mediante créditos a sus clientes para garantizar ventas futuras, ante la posibilidad de que China desarrolle en el futuro la tecnología necesarias para la IA.
El mismo día en que cerró la Bolsa de Seúl, las acciones de Nvidia se desplomaron, reactivando el sobresalto de los señores tecnofeudales, ya golpeados por DeepSeek. El informe de la empresa estatal china de litografía DUV consigna que producirá cinco unidades este año y veinte en 2027, acortando parcialmente la brecha tecnológica con Occidente, de donde China compraba casi todos sus microprocesadores más modernos. Existen dos tipos de máquinas litográficas: las DUV (que trabajan con luz ultravioleta profunda) y las EUV (que emplean longitudes de onda ultravioleta extrema).
Esta última tecnología, la más avanzada, sigue monopolizada por Occidente a través de ASML, con sede en Veldhoven, Países Bajos. El consorcio lidera la producción de las máquinas litográficas más modernas y cuenta con fuertes inversiones estadounidenses y regulaciones impuestas por Washington en nombre de su seguridad nacional. Sus profesionales tienen vedado cualquier contacto con contrapartes empresariales chinas y se les prohíbe la comercialización de determinados productos de última generación.
Mientras se clausuraba la Bolsa de Seúl, también se desplomaban las acciones de ASML. El temor, como siempre, resulta sintomático. En diciembre de 2025, Reuters informó que Xi Jinping impulsó desde 2022 la creación de un prototipo funcional de tecnología litográfica ultravioleta extrema (EUV), cuya planta se ubica en Shenzhen, dentro de un perímetro de seguridad que algunos analistas comparan con el laboratorio de Los Álamos, donde se emplazó el Proyecto Manhattan.
Las restricciones promovidas principalmente por Washington tienen un objetivo medular: ralentizar, condicionar o paralizar la Larga Marcha china hacia el liderazgo global, con la IA como uno de sus capítulos decisivos. En ese marco, la información sobre los nuevos artefactos litográficos de SAETG vuelve a exhibir la capacidad de autosuficiencia incremental de China, apalancada por la sustitución de importaciones y por su gigantesco complejo científico-tecnológico.
El pánico occidental se funda en la posibilidad de que se sucedan nuevos momentos DeepSeek, capaces de ubicar a Beijing no solo en el liderazgo tecnológico-productivo, sino también en el centro de una alternativa civilizatoria ajena a los cantos de sirena que proclaman la superioridad de los mercados y el consecuente desprecio por los Estados.
La disputa, en ese sentido, no es solo geoeconómica: también es política y cultural. La apuesta actual de Occidente promete recuperar la competitividad y la productividad perdidas frente a China mediante la IA.
Esa promesa, sin embargo, descansa sobre un nuevo espejismo tecnocrático: un ciber-progreso de plenitud que preserva la explotación del trabajo y profundiza la concentración obscena de la riqueza.
La fragilidad de la jugada empieza a generar altos niveles de incertidumbre entre inversores internacionales y analistas tecnológicos porque: (a) no hay garantías de que la IA occidental logre superar la competitividad productiva china; (b) persisten dudas sobre el retorno de la inversión desplegada en la cadena de valor asociada a microprocesadores y centros de datos; y (c) reaparecen los fantasmas de una burbuja especulativa ligada a la IA, similar a la debacle de las puntocom de fines del siglo XX y al ciclo abierto, una década y media después, por las hipotecas subprime, que desencadenó una crisis económica estructural que Occidente todavía no logra superar.
El capitalismo occidental atraviesa un ciclo de inversión restringida, bajo crecimiento, endeudamiento creciente y caída de la productividad. Ese cuadro incluye un desacople cada vez mayor entre el sector financiero y la economía real. Tales desajustes fueron alimentados por la financiarización y la desindustrialización promovidas por el neoliberalismo, que buscó reducir el costo de la fuerza de trabajo doméstica mediante el traslado de la producción a regiones con grandes reservas de empleo precarizable, que Beijing transformó, en forma paulatina, en empleo de calidad.
Aquel abandono de la producción industrial, en nombre de la ficcional economía de los intangibles, habilitó a China a liderar la competitividad fabril e incluso a disputarle —durante la próxima década— la hegemonía sobre las fantasías de salvación tecnológica con las que Occidente pretende recuperar el tiempo perdido. El drama occidental no consiste solo en haber perdido fábricas, saberes y cadenas de valor: consiste en pretender que una nueva burbuja tecnológica sustituya aquello que el neoliberalismo demolió.
En esa escena, Donald Trump, sus adláteres europeos y sus títeres de la derecha latinoamericana no encarnan una recuperación productiva, sino la ansiedad de un bloque que confunde sanciones con política industrial y propaganda macartista con poder global.
(Tomado de Página de 12)
- Un fantasma recorre la inteligencia artificial
- Partido de Lula da Silva oficializa su candidatura a la reelección en Brasil
- Díaz-Canel entrega 12 viviendas en nueva comunidad residencial Los Tamarindos, en Playa
- Las transformaciones económico-sociales en Cuba: ¿Reforma técnica o reconfiguración política?
- Explosión en un restaurante del centro de Moscú por un artefacto explosivo casero deja 3 muertos y 21 heridos
- ir aPolítica »


Haga un comentario