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Obispo, la calle de las calles

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Calle Obispo, en la Plaza de Armas, en La Habana. Foto: Marcelino Vázquez Hernández/Cubadebate.

A fines del siglo XIX, todas las mañanas, hacia las ocho, unos 200 voluntarios formaban frente al hotel Pasaje, en el Paseo del Prado, y marchaban luego por la calle Obispo hacia el mar. Era la tropa que ese día prestaría servicio de guardia en el Palacio de los Capitanes Generales, el Palacio del Segundo Cabo, el castillo de La Fuerza, el Banco Español y otras dependencias militares y civiles de la Colonia. La banda de música, con aires marciales y redoble de tambores, abría el desfile, aunque no era raro que dejara escuchar algún pasacalle, alegre y contagioso.

Recuerda Federico Villoch en una de sus Viejas postales descoloridas que entonces Obispo era una calle típica de los trópicos, alegre y exaltada, con algunos tenderetes casi sobre las aceras, bulliciosa y caldeada por una atmósfera ambarina de oro en polvo que tamizaba el sol a través de los toldos de lona que cubrían la vía en toda su trayectoria. Una calle elegante ante la que se tiende a tomar la última cuadra como la primera; Obispo no comienza en Monserrate, sino que allí termina.

Los edificios que en ella se erigen sufrieron, con el tiempo, serías transformaciones o cambiaron sus destinos, pero el trazado de la calle continúa siendo el mismo. Una calle comercial por excelencia, estrecha y ruidosa, donde desborda el comercio, la moda, el turismo, el romance… aunque otras, como Galiano y San Rafael, le robaran una primacía que ahora se empeña en recuperar. Una calle para ver y dejarse ver, decía Orestes Ferrara. “Un horno en verano y una nevera en invierno”, dice Villoch de esta calle que también se denominó Weyler y Pi y Margall, aunque nadie la llamara nunca por esos nombres, y que, para él, al igual que para este cronista, es la calle de las calles de La Habana.

El bazar turco

A fines del siglo XIX no se hablaba de la plazoleta de Albear, sino de la de Monserrate, con sus proyecciones de vistas fijas y los céleres títeres de Sinesio Soler, con funciones a las siete de la tarde en verano, y a las seis en invierno. En las inmediaciones de esa plaza se hallaba la sombrerería El Casino y el café La Cebada. También una casa de cambio y una bodega muy visitada por lo cocheros de punto que adquirían allí la harina que mezclada con agua daban a sus caballos. La bodega como tal estaba poco surtida, pero con aquella harina y la cantina, sus propietarios hicieron una bonita fortuna que les permitió retirarse ricos. Terminarían vendiendo el espacio que ocuparía el bar Floridita.

Hubo en Obispo y Bernaza una peletería que en 1900 Pote adquirió para la venta de libros y liquidó los zapatos en existencia por lo que le ofrecían por ellos. La Moderna Poesía, nombre que diera a la librería, no era en sus comienzos como seria después, sino una especie de barraca de feria con unas cuantas tablas bastas y sin pintar montadas en burros que hacían el mostrador. En la acera de enfrente se hallaba la librería de Rajoy, donde, por las tardes, intelectuales de la talla de Enrique José Varona, Alfredo Zayas y Carlos de la Torre, entre otros, husmeaban entre libros y revistas de relance en busca de lo que pudiera interesarle.

Venía a continuación el almacén de pianos de don Alfredo López, la primera quincallería de Hierro y El Bosque de Boloña, que terminaría cambiándose para la esquina de Compostela. La casa de objetos de arte de Quintín Valdés, donde Armando Menocal expuso sus primeras pinturas, y donde se exhibían asimismo las de Sanz y Chartrand. En la acera de enfrente, la casa de Pedregal ofrecía semillas y vistosos adornos florales. Y el taller de madame Pucheau, distinguida modista francesa que vistió a todas las mujeres del gran mundo habanero y que murió a consecuencia de una apendicitis que los médicos se empeñaron en tratar como un cólico vulgar. Cuando la bailarina rusa Ana Pavlova estuvo en La Habana, renovó con ella todo su ajuar.

Existían también en la calle Obispo de comienzos del siglo XX una especie de bazar turco donde huríes de bellos rostros y cuerpos ondulantes trastornaban a inofensivos jóvenes sultanes de la época.

En ese bazar se vendían tapices, alfombras, jarrones, ánforas, esencias y jabones turcos mientras que un sutil perfume de harén se hacía sentir en el ambiente. En la esquina de Compostela, en un departamento del edificio que ocupaba el Colegio Francés, tenía su consulta el bien cotizado doctor Montaner, padre de Rita. En la esquina de Aguiar sigue con sus puertas abiertas el café Europa, escenario de algún pasaje de la novela Juan Criollo, de Carlos Loveira, y de otra narración, El avispero, de Luis Bonafoux, Enfrente, donde luego se erigió el edificio Gómez Mena, sede ahora del Instituto Cubano del Libro, se hallaba La Primera de Aguiar, almacén de víveres y licores finos favorecido por los más pudientes, donde se vendían, y eran muy apreciadas, unas galletas de sal grandes como panderetas

El Fígaro

A la altura de Aguiar según se avanzaba por Obispo hacia el mar, se imponían doblar a la derecha, Allì estaba El Bazar Inglés, y en la esquina de Amargura, el Banco Español, que quebró estrepitosamente en los días del crac de 1921. Volviendo a Obispo y dejando atrás Aguiar, venían la redacción y administración del semanario El Fígaro, instaladas en el local de la librería La Galería Literaria –actual librería Fayad Jamis- hasta que tuvo imprenta propia en Obispo entre Compostela y Aguacate, al lado de Le Palais Royal, una de las grandes joyerías de la época.

Precisa Villoch en sus Viejas postales descoloridas que prestigiaban la calle, con sus fastuosas instalaciones, establecimientos como La Granada, La Francia y La Villa de París. En la Casa Duvic el peluquero Mauricio, con sus tintes y mañas, rejuvenecía a hombres y mujeres.

Muy visitado era el almacén de paños La Diana, en la esquina con Cuba, y entre las sastrerías y camiserías renombradas de entonces se contaban la de Arriaza y Selma, la de los hermanos Fraga y la muy acreditada de Stein y Mella, padre de Julio Antonio, ambas entre las más distinguidas.

El viejo caserón del convento de los dominicos, demolido a fines de los años 50, albergaba la Universidad y, con entrada por Obispo, el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Frente a ese centro docente se hallaba la dulcería El Ángel, y pocos pasos después la panadería francesa de Blasy, célebre por sus pasteles.

Pasada la calle Mercaderes, frente al costado del Ayuntamiento, se hallaba el banco Bances Conde, propiedad de la familia de la esposa del hijo de José Martí, y en el café La Mina media Habana se deleitaba con sus refrescos de cebada y horchata.

Mención especial merece La Casa Wilson, perfumería y librería situada primero en el sitio donde Pote construiría el edificio del llamado Banco Nacional y que tras su quiebra fue ocupado sucesivamente por la Tesorería General de la República y el Ministerio de Hacienda y el Ministerio de Finanzas y Precios luego de haber sido una escuela. Hoy se reacondiciona para hotel. La Casa Wilson se ubicó finalmente en Obispo entre Compostela y Habana.

En la esquina con San Ignacio dos antiguos empleados del periódico La Discusión, instalaron imprenta propia, la de Rambla y Bouza, que obtuvieron autorización para imprimir La Gaceta Oficial. Allí cobró vida una tertulia que, por las personalidades que congregó, fue una de las notas características en la calle Obispo.

El anteojo

Sin ánimo de agotar el tema –no pretendemos un directorio telefónico- se ubicaban en esa vía, el banco de Fomento Comercial y el Trust Co de Cuba, la entidad bancaria cubana más importante y que en 1957 quedó incluida, por su seriedad, entre los 500 establecimientos de su tipo mas relevantes del mundo. Dos de las droguerías más acreditadas se ubicaban asimismo en esa calle, Johnson y Taquechel. Entre las ópticas sobresalían El Anteojo y El Almendares, que todavía presta servicio. En el edificio Horter, frente a la Plaza de Armas, radicó la embajada norteamericana hasta el traslado a su edificio actual, en El Vedado. Librerías y editoriales hubo varias en Obispo. Mencionemos, entre las primeras, Cultural y Jesús Montero, Lex y González Porto, y la librería La Venecia. En un apartamento de los altos del café Europa estuvo la Liga de las Damas por la Decencia. Se contaban entre las billeterías, La Dichosa, en la esquina con Compostela, El Gato Negro, con dos dependencias, una en el número 307 de la vía, y la otra, en la esquina de Aguiar. Además, El Globo, en Obispo 359, y la de Menéndez, en la esquina de Villegas. Con una oferta de campeonato, volvió a abrir sus puertas, en la esquina con Aguiar, la heladería El Naranjal.

En esta calle vivió Félix Varela. En el hotel Florida se alojaron el novelista español Ramón María del Valle Inclán, autor de Tirano Bandera, en 1921, y, en 1936, Ramón Menéndez Pidal, el erudito de La España del Cid, y presidente que fuera de la Academia de la Lengua Española, y allí, de cuando en cuando, lo visitaba Juan Ramón Jiménez. El fallecido Max Lesnik, director de Radio Miami y presidente de la Alianza Martiana en esa ciudad, lo prefería entre todos los hoteles de La Habana.

Un día de 1890, Federico Villoch vio a un hombre que marchaba a paso vivo por la calle Obispo hacia el mar. Lucía una levita inglesa irreprochable, pantalones de casimir a pequeños cuadros negros y blancos, zapatos de charol, y se tocaba con una brillante chistera de pelo. Con elegante destreza y soltura manejaba una caña con puño de oro.

Era el mayor general Antonio Maceo. Había salido del hotel Inglaterra y se dirigía a la librería La Galería Literaria, donde era habitual en la tertulia que todas las tardes animaban allí, a partir de las dos, Serafín Pichardo y Ramón Agapito Catalá, de la revista El Fígaro. Encuentros que por lo general terminaban en el café Europa con una merienda a base de café con leche y tamales.

Se han publicado 6 comentarios



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  • Arbelio dijo:

    Me gusta leer sus crónicas, conllevan a trasladarse al pasado y aumentar nuestros saberes sobre la capital de todos. Soy de Santiago de Cuba. Muchas gracias.

  • Manuel Acosta dijo:

    Excelente artículo profesor, siga aportando su conocimiento para conocer más sobre nuestra Historia

  • Octavio Jesús dijo:

    Gracias, maestro Ciro. Con sus crónicas amenas y concisas nos afinca todavía más en el amor por nuestra entrañable Habana.

  • Renato Peña dijo:

    Una hermosa calle que evoca recuerdos, no es solo una calle, es historia, cultura, costumbres, etc.

  • Gustavo dijo:

    Yo agregaría k el gran visionario de valor histórico de Habana vieja, Eusebio Leal, dedico toda su sabiduría y esfuerzo , y convirtió la calle obispo en el lugar más apreciado para caminar y apreciar la belleza y trankilidad espíritual k provoca caminar por esa gran calle

  • Daniel Gonzalez dijo:

    Relato muy interesante y que conmueve, La Habana y sus calles tienen historias que contar y Cuba enorgullecerse de ellas
    Así nos enseñó Don Eusebio Leal Spengler, Historiador de nuestra ciudad.que la defendió a capa y espada y con mucha pasión pero extraordinaria inteligencia.

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Ciro Bianchi Ross

Ciro Bianchi Ross

Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual.

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