Camila y Alejandra, espirituanas en una biblioteca

Vienen a esta Biblioteca al menos dos veces a la semana a estudiar para pruebas, seminarios y trabajos prácticos. Foto: Joel García.
Entre el apagón que nos recibió este viernes al llegar a esta tierra, las actividades por el Día del Trabajador de la Cultura que esta provincia mereció la sede y la exposición Entre hilos, alas y pinceles de la artista trinitaria Yudit Vidal Faife, una historia me atrapó cuando subí a la segunda planta de la biblioteca Rubén Martínez Viillena.
En la esquina izquierda del amplio salón, rodeado de libros antiguos, sentadas en una mesa con libros de textos de Biología, libretas, lápices y plumones, vestidas de rosada y gris estaban Camila y Alejandra, respectivamente. Juro que en medio de todo lo que rodea este tipo de celebraciones fue de las cosas que inspiran una crónica, no por sensibilidad barata, sino por emocionante, sui generis y singular que es ver a dos niñas de 7mo grado aquí, cuando los celulares y Wikipedia parecen robarles el tiempo de estudio y aprendizaje.
No faltó quien viniera a preguntarme qué hacía hablando con Camila y Alejandra cuando estaba a punto de comenzar el acto. Pero Camila y Alejandra eran tan o más importante que la Medalla Jesús Menéndez que debía recibir a nombre del periódico Trabajadores.
El diálogo fluyó con ellas como si fueran mis hijas. No era ningún montaje. Vienen a esta Biblioteca al menos dos veces a la semana a estudiar para pruebas, seminarios y trabajos prácticos. Aquí encuentran más silencio, tranquilidad y mucha compresión de los bibliotecarios. Camila quiere ser veterinaria y Alejandra Pediatra. Todavía están lejos de esos sueños en edad, pero cada día en ese majestuoso salón se les acerca la vocación a sus almas.
Por supuesto hablamos de los amigos de la secundaria que no vienen con la misma frecuencia que ellas a la Biblioteca porque los enamora más la tecnología que la magia de leer y crecer en soporte impreso; de libros pendientes de leer muy pronto: El Principito y Corazón, recomendados ahora por un periodista que les pregunta y pregunta; del seminario de Biología para el que estudian hace días en este lugar y de esa nobleza de los adolescencia que les permite hablar siempre riéndose y con verdades.
Camila tenía el móvil en silencio y alejado de los libros de donde copiaba. "Lo uso, pero mi papá me enseñó siempre el amor por la lectura de los libros", recuerda y empina la cabeza para marcar con un plumón una idea clave del seminario. Alejandra dejó el celular en casa porque venía a estudiar y no quería que nadie la molestara. "Sé que me falta mucho por aprender, pero aquí cada vez que vengo salgo feliz", cuenta rápido para no perder la concentración.
Al momento le pedí una foto para este post. Sonrieron y aprobaron. Verlas allí un sábado es de esos chispazos de aprobación de que no todo está perdido en la cultura. Y los trabajadores de este sector que hoy celebran su día deberían proponerse sembrar muchas más semillas como Camila y Alejandra. El futuro de Cuba se lo agradecería.
Y todavía alguien me preguntaba que hacía yo conversando con ellas. Oxigenaba mi creencia como el poeta: ¿Quién dijo que todo está perdido? Camila y Alejandra ofrecen sus corazones...
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Sensibilidad y olfato de periodista. Sí, inspiran esas niñas y confirman la influencia positiva que los padres y bibliotecarios podemos tener en los niños. Nunca hay causa perdida.
Qué lindas y que bien educadas están. No necesitan redes ni notificaciones. Ellas tienen algo más poderoso: la curiosidad, la disciplina y la esperanza. En esas horas que dedican a leer, subrayar, anotar y soñar, están construyendo los cimientos de sus futuros con la misma dedicación con la que hojean cada libro.
La biblioteca es su refugio, pero también su trampolín. Porque ahí, entre páginas y silencios, no solo estudian: se preparan para sanar, para proteger, para cambiar el mundo —a su manera, con vocación y con corazón.