La derrota de la Alemania Nazi: El triunfo de la Civilización contra la Barbarie

Victoria sobre el fascismo. Foto: Archivo.
El 9 de mayo el mundo entero celebra la victoria sobre la ideología más reaccionaria que ha creado el ser humano, el fascismo, en su vertiente de nazismo alemán. Una ideología que fue capaz, a través de una sistemática y bien pensada propaganda, de convencer a decenas de millones de alemanes que pertenecían a una raza superior, la aria, llamada a dominar al resto de la humanidad. Claro que todo empezó mucho antes. Alemania, junto a Italia, fueron los últimos grandes países europeos en lograr su conformación como Estado nacional (en el último tercio del siglo XIX), y lo hizo alrededor de Prusia, un reino militarista por antonomasia. De este modo, Alemania llegaba tarde al reparto del mundo entre las principales potencias imperialistas. Las contradicciones entre ella y Gran Bretaña fue la causa esencial -ciertamente no la única- del estallido de la Primera Guerra Mundial.
Alemania resultó vencida y se le impuso en el Tratado de Versalles condiciones que laceraban su soberanía e independencia. Ningún país lo hubiera aceptado; Alemania menos. Se le responsabilizó totalmente con el desencadenamiento de la guerra, perdió territorio y población, se le prohibió una futura unión con Austria -el Anschluss-, se le quitaron todas sus colonias (las pocas que poseía en 1914), se le prohibió tener un ejército y una marina, se le obligó a pagar una exorbitante cantidad de dinero por concepto de reparaciones de guerra -132 000 millones de marcos oro alemanes, unos 442 000 millones de dólares estadounidenses al cambio de 2012-, y un largo etcétera. Ese fue el caldo de cultivo ideal donde floreció la ideología del nazismo, que retomó muchas de los postulados del fascismo italiano, pero que -a falta de una palabra mejor- lo enriqueció con la larga tradición filosófica del irracionalismo alemán desde Schopenhauer hasta Nietzsche.
El partido Nazi -con Hitler al frente- llegó al poder de manera legal el 31 de enero de 1933, pues en condiciones de inestabilidad nacional la Constitución de Weimar facultaba al presidente, a la sazón el Mariscal Hindenburg, a designar canciller entre los líderes de los principales partidos del país. El viejo presidente -y a través de él, la élite económica y política del país- escogió al oscuro cabo de la Gran Guerra, pensando que podría manejarlo a su antojo. La otra opción era el Partido Comunista Alemán, que en ningún caso iba a ser designado para dirigir el país. Hindenburg murió muy pronto, lo que facilitó las cosas para Hitler. El Führer necesitaba un chivo expiatorio que cargara las culpas de todo lo que había sufrido Alemania: y lo encontró en los comunistas, los socialdemócratas, los liberales y especialmente en los judíos. Desde el propio año 1933 se crearon los primeros campos de concentración, a donde eran confinados todos los opositores políticos al nazismo.
La llegada al poder de Hitler significó un parteaguas en las relaciones internacionales intereuropeas, que se caracterizaron por tres grandes rasgos que recorren todo el periodo, a saber: Política de Apaciguamiento de las potencias capitalistas occidentales -especialmente Gran Bretaña y Francia- respecto al auge del nazismo alemán y el fascismo italiano; política agresiva, revanchista y expansionista de las potencias fascistas, que buscaban un nuevo reordenamiento territorial de Europa; y, por último, el intento soviético, sobre todo después del ascenso de Hitler al poder, de establecer un sistema de Seguridad Colectiva con las grandes potencias de la democracia europea. Esta intención pareció comenzar a materializarse con el Plan Barthou, pero pudo más el anticomunismo -y el miedo a Stalin- que los peligros que representaba para el sistema de la democracia burguesa la ideología fascista en sus dos variantes más conocidas.
De manera acelerada y permanente, Hitler comenzó a violar una tras otra las regulaciones establecidas en Versalles, ante la mirada cómplice de las potencias occidentales. Estas tenían la secreta esperanza de empujar a Hitler contra la Unión Soviética. Sin embargo, el dictador alemán tenía otros objetivos en primer término. Antes de lanzarse contra el gigante euroasiático, necesitaba ocupar Europa para evitar tener una guerra en dos frentes y para tener aseguradas todas las provisiones en la lucha contra el país de los soviets. Primero fue el Anschluss austriaco, luego la ocupación de los Sudetes checos y otras regiones de aquel país mediante la bochornosa Conferencia de Múnich -que fue el clímax de la Política de Apaciguamiento-. Todo estaba listo para iniciar la conflagración. El 1o de septiembre de 1939, Alemania lanzó todo su poder militar contra Polonia -un millón y medio de soldados, seis divisiones acorazadas y cuatro motorizadas y 1 600 aviones, iniciándose la Segunda Guerra Mundial.
En los dos años siguientes dominó casi toda Europa, bien ocupando territorios, estableciendo regímenes títeres -como el de Vichy en Francia o el de Quisling en Noruega-, y estableciendo vínculos estrechos con los gobiernos colaboracionistas de regímenes filo-fascistas como en Hungría, Bulgaria y Rumania. Solo el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte escapó a la debacle europea ante el fascismo.
Para mediados de 1941, Alemania se creyó lista para lanzarse contra la URSS. En la madrugada de 22 de junio de 1941, sin previa declaración de guerra y violando el Tratado de no Agresión Molotov-Ribentropp del 23 de agosto de 1939, se inició la Operación Barbarroja. Se avanzó aceleradamente sobre el territorio soviético con 190 divisiones, más de cinco millones de soldados, 2 800 tanques, casi 5 000 aviones y más de 50 000 piezas de artillería.
La estrategia de la Blitzkrieg -guerra relámpago- era terminar con la URSS en pocas semanas, antes de la llegada del invierno. Los resultados iniciales parecían cumplir los vaticinios, pues a fines de septiembre los nazis habían ocupado Bielorrusia y la mayor parte de Ucrania. En este impetuoso avance influyó sin duda la poca preparación defensiva en la frontera causada por la confianza excesiva de Stalin en que Hitler no se lanzaría a atarlos si no era provocado; incluso mantuvo esta opinión empecinadamente cuando el espía soviético Richard Sorge le informó desde Tokio el día y la hora exacta del ataque.
Otro elemento esencial fueron las consecuencias de las purgas estalinistas de la década de 1930, que prácticamente descabezaron al Ejército Rojo. A pesar de todo, incluso en estos primeros meses de guerra, la resistencia soviética fue tremenda, ejemplos como el de Leningrado que fue asediada por casi tres años, así lo demuestran. La batalla de Moscú de octubre de 1941 implicó el fin de la Blitzkrieg, pues en ella los soviéticos lograron detener la ofensiva alemana y con ello destruyeron el mito de la invencibilidad del ejército nazi.
El giro definitivo de la guerra aconteció tras las batallas de Stalingrado (desde julio de 1942 hasta febrero de 1943) y la batalla del arco de Kursk (la mayor batalla de tanques de la Historia) en julio-agosto de 1943. La iniciativa estratégica pasó a manos de los soviéticos, mientras los alemanes se replegaban arrasando todo a su paso.
Luego del colapso del socialismo en la URSS, cada vez más, historiadores revisionistas intentan disminuir el papel del pueblo soviético -y en especial del Ejército Rojo- en el triunfo sobre el fascismo alemán. Por supuesto que en muchos lugares se combatió la ocupación nazi (baste mencionar solo los casos de Francia y Yugoslavia) y es cierto que los soviéticos recibieron ayuda de diverso tipo de Inglaterra y Estados Unidos (la Ley de Préstamos y Arriendo estadounidense es un ejemplo de esto). Sin embargo, la verdad histórica es que el peso fundamental en la victoria sobre los nazis fue de la URSS, que perdió casi 30 millones de personas.
Tras el desembarco en Normandía, el 6 de junio de 1944 (Día D), se abrió el segundo frente -este con tropas, sobre todo, anglo-norteamericanas- contra los nazis. Pero los aliados de los soviéticos demoraron muchísimo la apertura de este frente, esperando que los soviéticos se desgastaran en su lucha contra Alemania. Se inició entonces la “carrera por Berlín” entre los Aliados. Mientras los alemanes apenas se resistían en el oeste, a los soviéticos le ofrecían una feroz resistencia. Al Ejército Rojo le costó más de 80 000 bajas la toma de Berlín, que fue defendida casa por casa, con una resistencia fanática, inculcada tras años de propaganda antisoviética.
En la mañana del 1o de mayo los soviéticos izaron la bandera de la hoz y el martillo en lo alto del Reitchtag y el día 9 de mayo los alemanes firmaban la rendición incondicional ante el mariscal soviético Georgui Zhúkov. Terminaba así la guerra en Europa. En Asia habría que esperar poco más de cuatro meses para que Japón se rindiera, el 15 de septiembre, ante los Estados Unidos.
La Segunda Guerra Mundial segó la vida de casi 60 millones de personas (de ellas más de seis millones de judíos), decenas de millones de heridos, mutilados y desplazados, la destrucción de miles de ciudades en Europa y Asia, la destrucción de buena parte de la infraestructura industrial de los países beligerantes, un deterioro significativo de la agricultura, pues los campos quedaron sembrados de minas y bombas sin explotar e importantes cambios territoriales.
Sin embargo, la victoria sobre las Potencias del Eje, no traería por mucho tiempo la tranquilidad esperada. Desde fines de la guerra eran evidentes las contradicciones entre los Aliados, especialmente entre Estados Unidos y la URSS. Ambos países salieron de la guerra como dos superpotencias, estableciendo un nuevo sistema de relaciones internacionales (el llamado mundo bipolar), en el cual se estableció la conocida Guerra Fría entre ambos. Un enfrentamiento silencioso en todos los aspectos de la vida humana (económico, social, cultural, ético, moral, ideológico, científico), que llevó al mundo al borde de un conflicto nuclear en Cuba en octubre de 1962.
Los ochenta años transcurridos desde el triunfo sobre la Alemania nazi, demuestran que las ideologías neo fascistas, ultranacionalistas, reaccionarias, racistas, excluyentes y xenófobas crecen, como la mala hierba, cuando no se les combate decididamente. Por eso este 9 de mayo es también un llamado de alerta contra los actuales peligros que amenazan a la humanidad. Una vez más, Civilización contra Barbarie.
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Rusia venció el nazismo a favor libertad del mundo.