Contra la falacia del “Estado fallido”

Reunión del Consejo de Ministros. Foto: Estudios Revolución.
No hay nada más cómodo que etiquetar y descalificar. Eso liquida cualquier discusión, cualquier matiz, todo intento de comprender lo que vivimos —y lo que viviremos—.
El Observatorio de Medios de Cubadebate ha estudiado las principales etiquetas peyorativas que utiliza la administración Trump para referirse a Cuba, y, entre ellas, la más común es “Estado fallido” (failed state). Concluye que la fuerza de esta fórmula no reside en la precisión analítica, sino en su utilidad política. Convierte la crisis compleja de un país en un veredicto simple —“no hay Estado, por tanto, hay que forzar el cambio”— y desplaza el debate público desde la pregunta legítima (¿son legales y eficaces las sanciones?) hacia otra tramposa (¿cómo se gestiona un colapso?).
Cuando Washington llama a Cuba “failed state” no informa sobre un país ni evalúa su cohesión social ni su identidad histórica: intenta deslegitimar al Estado cubano para disciplinar a toda la nación. Donald Trump y Marco Rubio, que han realizado un particular aporte al perfeccionamiento del uso de los poderes públicos como instrumento para el crimen, el robo y el chantaje, buscan normalizar el asedio económico como si fuera una respuesta “responsable” ante un supuesto vacío institucional.
Bajo esa lógica, la escasez y la precariedad de la vida cotidiana en Cuba pasan a leerse como “fracaso interno”, mientras se oculta el impacto acumulado de más de seis décadas de medidas coercitivas unilaterales, hoy empujadas al paroxismo. La narrativa funciona como puerta giratoria en la que el deterioro provocado por las sanciones alimenta la etiqueta, y la etiqueta legitima políticas que agravan aún más ese deterioro.
Ahora bien, un Estado fallido, en sentido estricto, no protege a su población, no ejerce el monopolio del uso legítimo de la fuerza, no garantiza el imperio de la ley ni sostiene servicios básicos. Por eso conviene distinguir fragilidad de falla. Puede haber debilidad sectorial —energía, abastecimiento, transporte— y aun así existir un Estado funcional. En Cuba, ese umbral no se ha cruzado.
Primero, el país cumple los requisitos clásicos de Estado (según la Convención de Montevideo): población permanente, territorio definido, gobierno efectivo y capacidad de relacionarse internacionalmente. El subtexto de que “ha dejado de ser Estado” no se sostiene ni jurídica ni políticamente.
Segundo, lo que caracteriza el colapso estatal no es la escasez, sino la emergencia de autoridades paralelas que controlan territorios, cobran tributos, administran justicia propia e imponen reglas de circulación. En Cuba no existen actores armados o políticos con control territorial o fiscal que sustituyan al Estado. No hay conflicto armado interno ni insurgencia sostenida ni guerra de cárteles ni captura de territorios. No impera la “ley de la selva”.
Tercero, hay continuidad administrativa y capacidad de implementación.
Aún bajo estrés, operan ministerios, registro civil, sistema educativo y sanitario; se ejecutan campañas de salud pública y protección civil; existe regulación y persecución de mercados ilícitos. Un Estado realmente colapsado no logra sostener esas cadenas de mando, provisión y control.
Cuarto, Cuba conserva capacidad efectiva de política exterior. Mantiene relaciones bilaterales y multilaterales con más de un centenar de países, participa en organismos internacionales, negocia acuerdos y despliega misiones en el exterior. Esa agencia no es simbólica; es un indicador material de funcionamiento estatal, no de “vacío” y “colapso”, como repiten los mentideros de Miami.
Quinto, es visible la capacidad de sostén institucional ante shocks energéticos, financieros o logísticos. La respuesta en la isla no es la disolución estatal, sino la adaptación. Lo vemos cuando se activan las estructuras de contingencia y coordinación territorial, en la prioridad que siguen teniendo los servicios esenciales —salud, agua, alimentos básicos, comunicaciones— y en el reordenamiento administrativo de recursos escasos mediante mecanismos de distribución regulada y protección social. Esta misma semana se anunció, por ejemplo, la creación de una nueva empresa conjunta de los ministerios de Salud Pública y Transporte (Transmed), que destinará una flota de microbuses para trasladar hacia los hospitales de La Habana al personal médico y a pacientes que requieren tratamientos especiales, en medio del cerco al combustible decretado por Trump.
Puede discutirse la suficiencia de esas respuestas en un contexto de crisis material severa y asfixia económica, pero su existencia y su ejecución desmienten el cuadro de parálisis y vacío estatal que Washington repite hasta el hartazgo.
Por eso, con razón, Cubadebate concluye que etiquetas como “Estado fallido” no son categorías analíticas fiables, sino recursos propagandísticos para mantener las sanciones, el aislamiento, la presión diplomática y los escenarios de “transición” inducida.
(Tomado de La Jornada, de México)
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La noción de "Estado fallido" a menudo se utiliza para describir a países que enfrentan crisis políticas, económicas y sociales, pero aplicar esta etiqueta a Cuba ignora la complejidad de su realidad. A pesar de los desafíos económicos y las restricciones externas, como el embargo estadounidense, Cuba ha mantenido un sistema de salud y educación accesibles y de alta calidad, lo que contrasta con la definición de un Estado fallido. Además, la resiliencia de su población y la capacidad del gobierno para implementar políticas sociales, así como su participación activa en foros internacionales y su cooperación con otros países, demuestran que, aunque enfrenta dificultades, Cuba sigue siendo un Estado con estructuras funcionales y una identidad nacional sólida. Por lo tanto, la caracterización de Cuba como un "Estado fallido" es una simplificación que no refleja la realidad multifacética del país.
Más allá de lo que puedan ser o no ser los estados fallidos, hay una realidad que no se puede ignorar: el mundo cambiará inexorablemente a consecuencia de los adelantos científicos-técnicos que se están produciendo. Ya no solo se está hablando de curas contra muchas enfermedades, sino que, incluso, se está hablando de que el envejecimiento de las personas puede revertirse, haciendo posible que se rejuvenezca el cuerpo. Por otro lado las nuevas tecnologías de las inteligencias artificiales y los robots prometen que en un futuro muy cercano muchas de las labores desagradables que realizan los humanos serán realizadas por ellos; en otras palabras: los robots poco a poco irán sustituyendo a las personas en los trabajos rigurosos. De manera que muchos de los estados fallidos -entre ellos los mismísimos Estados Unidos, donde la inmensa mayoría de la población no quiere trabajar en nada que sea bajo el sol o sucio o agotador- conseguirán su propia redimisión gracias a esos robots que vendrían a salvarlos. O sea que países como el anteriormente mencionado -así como otros muchos que en la actualidad enfrentan graves problemas de despoblación debido a que las parejas se niegan a tener hijos e incluso a tener sexo- poco a poco se irían liberando de males como el de la indigencia, así como también de los problemas con las drogas y con los millones de personas que penetran ilegalmente en sus territorios en busca de oportunidades, por cuanto ya esas oportunidades las vendrían a estar obteniendo en sus propios países de origen. De manera que ya nadie buscaría entrar ilegalmente en los Estados Unidos. Y de la misma manera los norteamericanos no necesitarían de esas personas para que laboraran en el campo y en la construcción por cuanto lo estarían haciendo los robots. Por otro lado la gente se animaría mucho por querer vivir más y mejor una vez que fueran beneficiados con los avances de la ciencia que los liberarían de enfermedades y les alargarían la vida, ofreciéndoles cuerpos más jóvenes y energéticos. Entonces el estado fallido que es los Estados Unidos dejaría de serlo al mismo tiempo que se le haría más fácil entender a los países sobre los que ellos se refirieron anteriormente como estados fallidos.
Yo por lo menos no me atrevería a negar que existan estados fallidos; el problema es que son mucho más de lo que pensamos e incluso los hay que están entre los estados que parecería que no son estados fallidos. En un mundo tan desarreglado como el mundo en el que vivimos no puede esperarse otra cosa que muchos estados fallidos, sea por una causa o por otras..
Y lo más importante se satisfacen a plenitud las necesidades de la poblaciòn.
En el artículo se da una excelente definición de li que es y no es un estado fallido, quedando meridianamente claro que Cuba no sólo no lo es sino que ha hecho méritos suficientes para ser considerado un estado garantista. Buena prueba de ello son los derechos universales que reconoce como derecho imperativo y no como derecho programático o teleológico. Aunque mermados por la escasez de recursos, la salud, la educación, el trabajo y las pensiones son derechos de todos los cubanos, que no existen en Estados Unidos. Puede ser garantista un estado que no ampare estos derechos? La nación norteña no solo no ampara derechos fundamentales como la salud, la seguridad o un medio ambiente adecuado sino que los sacrifica en el altar de los beneficios obscenos de un seguro médico privado para el que la enfermedad es un suculento negocio y la salud un disvalor económico, una economía de guerra que ha condenado al mundo a un escenario de guerra perpetua ( fría y/o caliente) o de un medio ambiente que sirve mejor a los intereses del modelo como cloaca, reservorio de agentes químicos y biológicos patógenos y caldo de cultivo de un cambio climático que promete ser una ventana de oportunidad para el capitalismo depredador y cortoplacista de la superpotencia.
Puede que otros estados fallidos sean reversibles pero el norteamericano podría condenar a su población y a la humanidad a un ecosistema fallido irreversible del mismo modo que condena a la condición de estado fallido a cualquiera que es invadido por ellos bajo acusaciones y objetivos de falsa bandera ( Afganistán, Irak, Libia, Siria). Inclusive deberíamos preguntarnos si es posible existencia de Estados garantistas bajo el modelo neocolonial impuesto por la superpotencia en sus amplías áreas de influencia, sobre todo tras la II Guerra Mundial y del que el patio trasero americano es un excelente ejemplo de las restricciones que implica vivir bajo la dependencia y las exigencias de la nación norteña, con sus bases militares vigilando sus intereses y sus corporaciones saqueando los recursos e imponiendo las reglas de juego que les conviene. Es precisamente por no poder escapar de las garras del neocolonialismo gringo durante 67 años que Cuba viene pagando un alto precio como estado debilitado en el cumplimiento de sus funciones ( incluida la de no servir a ninguna estructura imperial superior), funciones de estado garantista pleno.