Imprimir
Inicio » Opinión, Cultura  »

Mi Gabo particular

| 4
Gabo con su hijo Rodrigo. En la pared, la familia completa. Foto: Rogelio Cuéllar/ La Jornada.

Gabo con su hijo Rodrigo. En la pared, la familia completa. Foto: Rogelio Cuéllar/ La Jornada.

Fue en uno de los tres últimos días de julio, o de los tres primeros de agosto de 1978, y ha sido en La Habana. Yo había llegado en la madrugada del 27 y me quedaría en la isla por unos dos meses, para trabajar en un libro sobre la revolución. García Márquez era uno de los huéspedes más luminosos del Riviera, que en la época era el mejor de Cuba, y decidí ir verlo sin previo aviso. Quería conversar sobre la isla. A mis 30 años recién-estrenados yo todavía era capaz de esa clase de osadía. Y así nos conocimos.

Un año después de aquellos encuentros fugaces en La Habana me mudé de Madrid a la ciudad de México. Volvimos a encontrarnos, y entonces ha sido para siempre. Fueron décadas de desasosiego y de esperanza, de temporales y bonanzas, hasta que cambió el mundo y nosotros dos, no. No en la esencia. No en la memoria y en el afecto.

Recuerdo bien cómo fue escrita El amor en los tiempos del cólera, cómo apuntes sueltos y borradores veloces se transformaron en los Doce cuentos peregrinos, de la cuidadosa arquitectura de El general en su laberinto, de la alegría irrefrenable de cuando terminó Noticia de un secuestro.

Recuerdo eso y mucho más: de la sensación de alivio y soledad que lo acometía cuando terminaba de escribir, y muy en especial de cuando escribió El rastro de tu sangre en la nieve, que sigo creyendo el más bello de los Doce cuentos peregrinos.

Pocas veces he visto a alguien tan desolado. Cuando salía del caserón blanco, de esa dirección improbable –esquina de Fuego con Agua– le pregunté qué le pasaba. Gabo contestó: ‘‘Es que he escrito un cuento de un amor muy, muy bello, y muy triste, y me siento vacío de todo”.

En Cartagena de Indias, en el invierno tropical de 1984, Gabo me condujo por los escenarios de El amor en los tiempos del cólera. Me enseñó la ventana donde Fermina Daza, espléndidamente juvenil, hacía con que Florentino Ariza se derritiera por sus amores imposibles. Y también el caserón con un enorme mango en el patio, y ha sido en ese mango que se instaló el loro del doctor Juvenal Urbino, que a propósito murió al intentar alcanzar el pájaro travieso en las ramas más altas. Hablaba de ellos como si hablase de los amigos con quien habíamos cenado la noche anterior.

Llevo por la vida un enorme y formidable baúl de recuerdos. Y cuando pienso en el Gabo , confirmo la certeza de una generosidad sin límites, una solidaridad silenciosa y absoluta, una lealtad sin fronteras. De alguien que en ningún único instante de su vida se dejó mover por otra fuerza que la de la amistad y el afecto.

Hasta el final mantuvo la misma sonrisa cálida con que me recibió aquella lejana tarde del verano de La Habana, y que más tarde me di cuenta que ocultaba una melancolía de puesta de sol, una insuperable nostalgia de la infancia.

Los últimos años fueron pasados en la casona de San Ángel, quieto en su rincón, navegando las mansas aguas de la memoria callada.

Cierto fin de tarde de abril de 2009 oí de él una frase apenas susurrada: ‘‘Ya no cuido de nada, no me inquieto por nada, no me preocupo con nada”. Y luego de un silencio fugaz, fulminó: ‘‘Y eso es lo que me preocupa”. Y rio aquella risa que distribuía luz pero no opacaba el relámpago de suave melancolía que jamás abandonó sus ojos. Como siempre, sabía con qué preocuparse. Eso fue lo que me dijo. Sabía.

Todos sus libros son libros de la soledad y la nostalgia, y también de la búsqueda angustiada por aquella segunda oportunidad sobre esta tierra, que él reivindicaba para todos los Buendía que sobrevivieron a cien años de soledad. Para todos nosotros.

Todo lo que Gabo escribió es revelador de la infinita capacidad de poesía contenida en la vida humana. Supo, como nadie, demostrar que en América Latina la realidad es más delirante que la más delirante imaginación.

El eje de lo que escribió es siempre el mismo, alrededor del cual giramos todos: la soledad, la inmensa soledad y la búsqueda desesperada, la esperanza perenne de encontrar algún antídoto contra esa condena.

Recuerdo, en fin, que hace tiempos y tiempos Gabo estaba en Zürich, en la tormentosa calma suiza, cuando lo atrapó una súbita tempestad de nieve. Para protegerse, entró en un bar de fin de tarde. Y alguna vez contó a uno de sus hermanos: ‘‘Todo estaba en penumbra. Un hombre tocaba el piano para unas pocas parejas de enamorados. Y entonces entendí lo que quería ser: quise ser aquel hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara. Tocaba solo para que los enamorados se amaran más”.

Así Gabo vivió la vida que le fue dada vivir: buscando protegerse en la penumbra mientras ayudaba a la gente para que la gente se quisiese más.

Así pasó sus últimos tiempos: anclado en la memoria de una viva pródiga y prodigiosa, luminosa. Viviendo en la esquina de Agua y Fuego.

Llevaré conmigo para siempre la imagen de su caminar de bailarín caribeño, su sonrisa de fulgores, su entrega a la vida. Su soledad rota apenas por el afecto de los amigos, por un sol llamado Mercedes. Y el Gabo queriendo ser aquel pianista de fondo de bar, el mundo como un inmenso piano que él tocó de manera incesante, para que los enamorados se amaran más.

Ese es el vacío que llevaré para siempre. Un vacío infinito, del tamaño de mi dolor.

(Tomado de La Jornada, México)

Se han publicado 4 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • la rosaaurelio dijo:

    Soy un simple lector (BUENO SIMPLISIMO). La novela El amor en tiempos del Colera es mi obra favorita a mis 59 anos la he leido infinidad de veces por ultimo tome un libro nuevo y con un marcador de color verde comence a reforzar las frases y parrafos que mas me gustaban, al final comence a relerla y tome un marcador de otro color, asi sucesivamente, hoy ese libro tiene todas sus paginas marcadas de difentes colores, pues no hay frase, situacion, parrafo que no sea digno de resaltar.
    GRACIAS GABO POR TU OBRA. SI LA GENIALIDAD EXISTE Y TU ERES (PORQUE NO HAS MUERTO) GENIALLLLLL.

  • Martha dijo:

    Pienso que ha muerto un gran amigo de Cuba , sincero y honesto , gran defensor de los ideales justos y digno de los pueblos. Gran poeta, escritor y periodista
    Te extrañaremos AMIGO GABO

  • donsimon dijo:

    Parte de un poema titulado Y Ellos Nos Dieron el Boom…del poemario a ser publicado del poeta Bilingüe colombo americano Joseph Sarria.

    Gabo nos dio a conocer el vuelo de las mariposas amarillas,
    el mundo de los médicos invisibles
    el de la levitación al tomarnos una taza de chocolate,
    el de los antiguos laberintos de los gitanos milenarios
    con sus carretas, saltimbanquis y sus daguerrotipos
    con sus símbolos indescifrables
    del terremoto que surge al terminar de hacer el amor
    de los círculos anaranjados suspendidos
    en el horizonte detrás de los cañaverales
    las guerras de los godos y los liberales
    Úrsula Iguaran, la matriarca de Macondo
    la metáfora de nuestros pueblos
    sus bananeras, el símbolo de su coloniaje
    Melquiades el armenio gitano brujo encantador
    con sus manos de gorrión
    y su sombrero de alas anchas…

    • Carlos Marroquin dijo:

      Bellisimo, debe ser un poema extraordinario, congratulaciones….

Se han publicado 4 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Eric Nepomuceno

Eric Nepomuceno

Vea también