Imprimir
Inicio »Opinión  »

Estados Unidos y el Talibán: Una alianza posible

| +

Lejos de asombrar, la posibilidad de que Estados Unidos y el Talibán se entiendan en Afganistán, parece viable, incluso puede ser un programa mínimo con potencial para conducir a una alianza estratégica. No sería la primera vez.

A diferencia de otras fuerzas históricamente vigentes en el panorama afgano, los talibanes, (estudiantes) no son una etnia, no constituyen una entidad nacional y ni siquiera son un producto autóctono. Entre otras características, esa formación carece de una base social de masas y no es ponente de un proyecto político atractivo para las empobrecidas minorías. En una sociedad con cinco mil años de historia, una formación con apenas 30 años puede no ser relevante.

Entre otras características, el Talibán originario fue una élite presuntamente reclutada por un organismo de inteligencia no afgano entre los jóvenes refugiados agrupados en las "madrassas" (escuelas) islámicas de matricula reducida y dedicados a estudios teológicos sobre el Corán.

Es posible que con personas extraídas de esos medios, se formen algunos cuadros dotados de cierto liderazgos pero, de ninguna manera pudieran surgir de allí masas de combatientes entrenados y capaces de retar al Ejército Rojo durante la invasión soviética y a las fuerzas coaligadas de Estados Unidos y la OTAN en la actualidad.

Las credenciales del talibán (que no son poca cosa) radican en el prestigio alcanzado en la lucha contra el invasor extranjero y en el apego a la ortodoxia religiosa. Lo primero es parte de su fortaleza, lo segundo, como se evidenció  cuando ejercieron el gobierno, lo puede ser de su debilidad. La fe impuesta deja de ser elemento cohesionador para convertirse en opresión.

Reconocidos, elogiados y generosamente apoyados por Estados Unidos, los países europeos y naturalmente los gobiernos islámicos del Medio Oriente y Asia Central, durante la invasión soviética, de la noche a la mañana, solventes y magníficamente equipados, los talibanes emergieron como una influyente fuerza política en el panorama afgano y, aunque desempeñaron un papel en la lucha contra la presencia soviética, es falso que fueran ellos quienes derrotaron al ejército ruso.

Los soviéticos perdieron aquella guerra porque nunca nadie las gana, porque se trató de un error político de carácter estratégico y porque en un teatro de operaciones para el cual sus tropas no estaban preparadas, en momentos en que la decadencia de la URSS había comenzado, sin respaldo interno, enfrentó además de a todas las fuerzas políticas afganas, a Estados Unidos, la OTAN y a los grandes y poderosos estados islámicos de la región. La idea de que aquello que no pudieron cientos de divisiones de la Wehrmacht fue realizado por estudiantes coránicos es una de las grandes mentiras de nuestro tiempo.

En la lucha contra la presencia soviética, que se prolongo durante casi diez años, el Talibán acumuló fuerzas suficientes para, una vez retiradas las tropas extranjeras, intervenir en la lucha interna y  hacerse con el poder estableciendo un Estado teocrático basado en una estrecha y primitiva interpretación del Islam. Según Estados Unidos, la cúpula de aquel gobierno, estuvo vinculada a Al-Qaeda y a los sucesos del 11/S, razón que sirvió de justificación a la invasión y ocupación del país.

Desde luego que para avanzar hacía un entendimiento con el Talibán y otras fuerzas afganas con enfoques laicos e incluso proclives a occidente, además de mediante acciones militares, Estados Unidos, las potencias europeas y los países islámicos aliados de Washington, deberán sembrar la división de las filas rebeldes para deshacerse de los elementos más intransigentes, marcados por los sucesos del 11/S.

Aunque todavía no es completamente visible, los tres componentes básicos de ese proceso están en marcha: la ofensiva militar contra los elementos más radicales, la desmovilización, incluso a cambio de dinero y otras prebendas de  efectivos reclutados por el Talibán y los avances en el entendimiento con los sectores más moderados.

Naturalmente que en semejante esfuerzo desempeñaría un papel importante una administración local que cuente con un mínimo de aceptación para las partes; tal vez el bajo perfil del gobierno de Hamid Karzai, sirva a esos fines.

Se puede suponer que entre los obstáculos para los avances de esta estrategia figura la percepción de riesgo de algunos elementos del Talibán que tienen razones de más para presumir que, una vez que haya alcanzado sus objetivos, Estados Unidos puede tratarlos como se trata a las naranjas exprimidas.

Otro dificultad es que la táctica implica a otros países, especialmente a Pakistán, un poderoso y políticamente inestable Estado islámico en el cual presuntamente el Talibán tiene sus mayores bases, sin descartar alguna ascendencia sobre parte de la población local, incluso sobre elementos de los servicios especiales y de la estructura gubernamental. De cara a sus realidades domesticas, para los países de la región una alianza con Estados Unidos contra un sector islámico, no es una escogencia fácil.

Sin considerarlo insincero, el moderado, respetuoso y conciliador tono del discurso de Barack Obama respecto a la cultura y la civilización islámica, apoyado por ciertos perfiles de su origen y personalidad, pueden favorecer  estas y otras estrategias, alguno de cuyos ángulos son visibles también en Irak, Irán y ciertas zonas del espacio ex soviético de Asia Central.

Otra de las desventajas de esta compleja maniobra es que a Estados Unidos no le sobra el tiempo y la administración necesita resultados a corto plazo. La prisa y otros apremios, entre ellas las bajas y la escasa determinación de sus aliados para acompañarlos en la aventura, obliga a los norteamericanos a improvisar y a abrir el juego.

Tal vez Obama, sus generales y sus expertos saben que se trata de una guerra que no pueden ganar, cosa que tampoco puede hacer el Talibán. Tal vez el  empate abra el camino a las concesiones mutuas y al entendimiento. Vivir para ver.

Haga un comentario



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

Vea también