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La nave se hunde

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Nadie puede aún asegurar, con absoluta certeza, que el Partido Republicano perderá la presidencia de los Estados Unidos en las elecciones del 2008. Incluso hay especialistas que conceden a John McCain grandes posibilidades de victoria a partir de la campaña tan intensa, disputada y desgastadora que han sostenido Hillary Clinton y el ya favorito Barack Obama.

Pero lo que ningún especialista ignora es que la nave Bush se hunde fatalmente, no solo por haberse cumplido el término de su mandato. La impopularidad con que llegan a este punto George W. Bush y su equipo es proporcional al desastre que para los Estados Unidos han sido sus dos períodos de gobierno.

Hasta el propio John McCain ha hecho todo lo posible por no aparecer tan identificado con Bush como desearían sus adversarios demócratas, aunque no pueda renunciar a una cierta categoría de fanático facistoide que el saliente mandatario podría aportarle.

Son muchos los que se han desmarcado del equipo de sus colaboradores cercanos, aunque no le han faltado vehementes "suicidas" que le siguen la corriente hasta el sepulcro, quizás porque no han encontrado a donde ir. 

Una muestra de estos últimos se encuentra en el ambiente de los principales beneficiarios de la obsesión anticubana del saliente mandatario.

Ningún otro inquilino de la Casa Blanca, de los diez con que ha tenido que lidiar el pueblo cubano para hacer avanzar sus sueños de independencia, prosperidad y justicia social, había dado tanto protagonismo en esa política a herederos de la tiranía cuya derrota marcó el inicio de la revolución en Cuba.

Cuando en 1959 comenzaron a llegar a Miami centenares de corruptos políticos y funcionarios de la tiranía derrotada de Batista, viajaron también cientos de militares torturadores y asesinos, ensangrentadas sus manos. Ellos constituyeron germen de lo que llegó a ser la poderosa mafia cubana de Miami que llegaría a desempeñar un importante papel en el objetivo de la política exterior del imperio de tratar a la Isla como "domestic issue" (asunto interno) del Estado de la Florida.

Entrenados y financiados por la CIA y otras agencias del gobierno de Estados Unidos para operaciones militares y terroristas contra la revolución cubana, esos  grupos fueron imponiendo desde 1959 métodos pandilleros para la manipulación de los inmigrantes cubanos. Luego incorporaron inescrupulosos objetivos económicos y políticos, y su influencia creció merced a su rica experiencia en fraudes electorales.

Sus vínculos con el crimen organizado datan de los últimos años de la tiranía de Batista cuando se proyectaba convertir a La Habana en un paraíso para lacras como el juego y la prostitución que, de tal manera, no se extenderían por los Estados Unidos.

Es por ello que la mafia cubana del Sur de la Florida, ha estado presente, desde el triunfo de la revolución en Cuba, en numerosos delitos políticos, tanto en Cuba y Estados Unidos como en otros países de América Latina y Europa.

Ha participado en maniobras electorales y escándalos políticos en varios países latinoamericanos y en los propios Estados Unidos se le sabe protagonista de los hechos de Watergate y del fraude comicial de la Florida que dio la presidencia a George W. Bush en el año 2000. También se le supone implicada en el asesinato del presidente John F. Kennedy y en los hechos del 11 de septiembre de 2001.

Pero durante las  Administraciones de Reagan y de los dos Bush, con el ascenso de la extrema derecha en los Estados Unidos, tuvo lugar un proceso de legitimación de la mafia cubana en el Establishment.

Ya cuenta con senadores, representantes en la Cámara e incluso ministros y otros altos funcionarios en el poder ejecutivo, embajadores y un buen número de miembros del poder judicial en el estado de la Florida.

No se trata simplemente de políticos y funcionarios de origen cubano. Son cubanoamericanos perfectamente alineados con la mafia, aunque a veces, circunstancialmente disimulen los nexos con sus elementos terroristas más connotados, como Luis Posada Carriles, Orlando Bosch, Santiago Álvarez, Osvaldo Mitat y otros de fama criminal.

Por estos días, cuando muchos de los que han ascendido con George W. Bush prefieren pasar inadvertidos o abandonan la nave con algún pretexto, los "batistianos", que no tienen a donde ir, reiteran su lealtad a George W. Bush.

No otra debe ser la razón por la que tienen al estigmatizado presidente -quien debía estar rogando a su Dios por que concluya su mandato sin ser juzgado por los graves delitos de genocidio de que es culpable- haciendo pública ostentación de su odio a la revolución cubana y a la capacidad de los cubanos de resistir y burlarse del poderío imperial.

La ridícula videoconferencia durante 45 minutos con un grupo de "protegidos" reunidos en la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana; el discurso el día siguiente en el Consejo de las Américas en el Departamento de Estado, con las intervenciones posteriores de los co-presidentes de la Comisión para la Asistencia a una Cuba Libre, Condoleezza Rice y Carlos Gutiérrez, este último parte de la mafia batistiana, constituyeron un grotesco espectáculo.

El apoyo al negocio contrarrevolucionario de Miami, incluso a sus tácticas terroristas, por el simple hecho de que emparienta con las aspiraciones anexionistas de Washington, ha sido un grave error de la política exterior de los Estados Unidos.

El triunfo de la revolución cubana en 1959 significó, sin dudas,  el fracaso de la primera experiencia neo-colonial estadounidense en el hemisferio. La superpotencia debió haber corregido el rumbo con el escarmiento y modificado su conducta imperial en la región. 

Un cambio de orientación en su política continental por parte de las nuevas autoridades que surjan después que se hunda la nave de George W. Bush, sería un gran aporte a la convivencia mundial.

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Manuel E. Yepe

Manuel E. Yepe

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.