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Karl Rove: El argumento y el ardid

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Más de lo mismo: nos arrastran hacia el terreno equivocado donde se extravía, puntualmente, la atención del público. Lo que ha devenido en una gran polémica sobre la decisión de un periodista de revelar o no sus fuentes, trascenderá, si acaso,  por ser "comida fresca" para Hollywood, que más tarde o más temprano enlatará la historia en un thriller sensacional para gente de estómago férreo y capacidad para asimilar todos los aliños del mercado -espías, soplones, intrigas palaciegas, sangre, sexo, malvados iraquíes, uranio...

Mientras todo el mundo discute la ética de los periodistas Judith Miller y

Mat Cooper, y si Karl Rove debe ser o no procesado por revelar secretos de la CIA, la verdad nos pasa por delante sin que apenas se repare en ella. Es peor que cuando se esconde a un criminal poniéndolo allí donde resulta más visible; todo el mundo sabe quién es el asesino y dónde está, pero se cuidan muy bien de llamarlo por su nombre.  No se argumenta, sino que se apela al ardid, que en lengua castellana es "un artificio empleado para el logro de alguna causa".

El argumento es tan obvio como incómodo. Más que personas, el nuevo CIA-gate destapa el montaje mediático de los ultraconservadores norteamericanos para justificar la invasión a Iraq.  La controversia por la revelación de la agente encubierta de la CIA Valerie Wilson, esposa del ex embajador Joe Wilson, no tendría ninguna relevancia, si no fuera por la cacería ejemplarizante que desata la Casa Blanca contra aquellos miembros del rebaño republicano que se atreven a contradecir sus ardides.

 Al divulgar una información prohibida por la ley, Karl Rove estaba cumpliendo patrióticamente con su deber.  Tenía que desprestigiar a Wilson, amigo del Vicepresidente Cheney y miembro impoluto de Partido Republicano, quien no encontró ninguna evidencia de que Sadam Hussein hubiera comprado uranio en Nigeria y así mismo se lo dijo al New York Times.  El ex embajador puso en entredicho el artificio que desató la guerra en el Golfo -las supuestas armas de destrucción masiva en poder de los iraquíes-, y por lo tanto, sin ningún remordimiento de conciencia, tenía que caer sobre Wilson el fuego de la ira divina.

Pero la tragedia del neofascismo norteamericano es que tiene que fabricar no solo a los enemigos, sino el infierno donde viven, y  Bush no es Dios, aunque hable en su nombre.  Ofrecer argumentos que pongan en peligro el ardid de que Sadam Hussein no es tan malo como parece, es como si se intentara dejar a la guerra sin su Satanás.  Sin tangible enemigo, es muy difícil simular una ética desde la injusticia, desde el abuso, desde la violencia y el misil inteligente. 

Sin embargo, no hay por qué sobrestimar las consecuencias del hecho. Con Rove o sin él,  el mundo seguirá girando en su órbita bélica y frente a la Casa Blanca abrirán en la próxima primavera las flores de los cerezos. La educación para el olvido funciona muy bien en este mundo, y eso lo saben los astrólogos de la administración norteamericana y los chicos de la prensa, por más que agiten las banderitas del derecho a no revelar sus fuentes periodísticas y se nos presenten tan enfurecidos con Rove.

Más de lo mismo, sin dudas. Los viejos conservadores arrasaron hace rato con los escrúpulos de imagen, y vuelven a exhibir desembozadamente sus odios y vergüenzas.  En el fondo, les da igual que salte al ruedo público el estratega electoral de los Bush, o  que se recuerde al Presidente jurando ante la Biblia que Sadam adquirió uranio en Nigeria, o que el New York Times ventile las patéticas declaraciones de Condoleezza Rice  sobre el "hongo nuclear" que provocarían los iraquíes.  Probablemente hasta les venga bien un nuevo documental de Michael Moore.

Arropados por su soberbia, ni siquiera les importa mostrar su talón de Aquiles, convencidos de que ninguna postura crítica tendría hoy fuerza suficiente como para sacar partido de sus contradicciones y mentiras.  ¿Por qué tendría que preocuparles un argumento, si les sobran ardides, gente que se los crea y Hollywoods que se los glorifique?

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Rosa Miriam Elizalde

Rosa Miriam Elizalde

Periodista cubana. Es Doctora en Ciencias de la Comunicación y autora o coautora de los libros "Antes de que se me olvide", "Jineteros en La Habana" y "Chávez Nuestro", entre otros. Ha recibido en varias ocasiones el Premio Nacional de Periodismo "Juan Gualberto Gómez" y el Premio Nacional "José Martí", por la obra de la vida. Fundadora de Cubadebate y su Editora jefa hasta enero 2017. Es columnista de La Jornada, de México.