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El fantasma del 11 de septiembre pende sobre las urnas

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El presidente George W. Bush gusta de repetir que las próximas elecciones serán las primeras después de los atentados del 11 de septiembre, y con ello subraya su pretensión de sacar lascas políticas a aquellos atentados.

El tema predominó en su reciente visita proselitista a Nueva Jersey, aledaña a Nueva York, donde muchos de sus habitantes laboran en la llamada Gran Manzana, que en 2001 vio desaparecer las torres gemelas del World Trade Center.

Lo reñido de la actual contienda entre Bush y el senador John Kerry avizora una repetición del final de los comicios de 2000, cuando el país esperó 36 días por el conteo de votos en Florida.

La división alcanzó a la Corte Suprema de Justicia, que en controvertido y reñido fallo finalmente entregó la Casa Blanca al actual mandatario.

Aquel fantasma ronda esta campaña electoral y varios expertos apuestan a la repetición de la película, ya sea en Florida, Ohio u otro de los estados que se presentan como indecisos.

Por eso los estrategas republicanos echan mano a cuanto recurso pueden con tal de no tener que sacar las maletas de la mansión ejecutiva.

Con ese propósito una línea principal de ataque a su rival demócrata resulta tratar de desacreditarlo como líder de la lucha contra el terrorismo.

Las cosas han llegado al extremo de que tanto Bush como el vicepresidente, Richard Cheney, preconizaron que bajo una administración demócrata el país tendrá mayores posibilidades de ser atacado otra vez.

El presidente no dice que aquellos atentados terroristas ocurrieron bajo su responsabilidad. Y menos reconoce que desde entonces los ha utilizado para imponer a sus compatriotas y al mundo una política de miedo, que justifica por motivos de seguridad.

Pero si a los estadounidenses la seguridad ciudadana resulta una preocupación de primera línea, también es verdad que la actuación de la Casa Blanca al respecto ha dividido a la nación.

La cruzada antiterrorista trajo el Acta Patriótica, legislación aprobada a toda marcha y con la cual se restringen libertades civiles a los estadounidenses.

Al propio tiempo, el Capitolio dio luz verde al gobierno para perseguir, detener y espiar a sospechosos de vínculos con el terrorismo, lo cual ha abierto espacios para reprimir a minorías étnicas, políticas y sociales.

Bush insiste en que la guerra contra Iraq se inscribe en el enfrentamiento al terrorismo, y bajo esa premisa más de mil 100 soldados estadounidenses han perdido la vida en la nación árabe.

Al listado de bajas hay que agregar a los alrededor de siete mil heridos, incluidos lisiados de guerra que, aunque silenciados y escondidos, comienzan a formar parte del debate electoral en comunidades de la Unión.

Otro factor divisorio tiene que ver con la economía. Según Kerry, el gobierno ha gastado más de 200 mil millones de dólares en la ocupación de Iraq, recursos que fueron desviados de necesidades tan apremiantes como la salud, educación y empleo.

Más aún, los pretextos esgrimidos por Washington para lanzar la agresión a Iraq resultaron falsos, pues los propios expertos del Pentágono concluyeron que el régimen de Saddam Hussein no disponía de armas prohibidas.

Tampoco fue cierta la afirmación, que todavía hoy Bush repite, sobre los vínculos entre Hussein y la red Al Qaeda. Pero sí parece real que los planes de atacar a Bagdad estaban en la agenda gubernamental desde antes de aquel fatídico 11 de septiembre de 2001.

Según Bush, con el ex presidente iraquí en la cárcel tanto Estados Unidos como Iraq son más seguros. El bocadillo no explica, empero, el fracaso norteamericano en la pacificación de ese país del Golfo Pérsico, donde más de 138 mil efectivos del Pentágono resultan blancos diarios de la resistencia iraquí.

En las elecciones de 2000 casi la mitad de los 206 millones de votantes habilitados concurrieron a las urnas. Entonces el demócrata Albert Gore alcanzó el voto popular por menos de medio punto porcentual mientras Bush ganaba el colegio electoral por 271 contra 266 sufragios.

En aquella contienda la diferencia entre ganador y vencido fue de menos de cinco por ciento en 12 estados. En otros cinco territorios la decisión resultó con margen de menos del uno por ciento, incluida Florida, donde Bush aventajó a Gore por apenas 537 votos.

Hoy el escenario es otro, aunque igual de complicado. Cuatro años antes el titular no había mentido sobre la guerra, ni habían muerto más de mil estadounidenses en la contienda.

Tampoco habían trascendido los escándalos de torturas en Abu Grhabi. No se habían perdido más de un millón de empleos, ni el déficit fiscal de la nación llegaba a niveles record.

Cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre el nivel de popularidad del mandatario estaba por el piso y se cuestionaba la legitimidad de su investidura.

Aquellos ataques vinieron como anillo al dedo para que la administración republicana alentara el patrioterismo y relanzara la figura del mandatario, en su papel de guerrero por la seguridad y contra el terrorismo.

Es por eso que cuando las encuestas lo ponen muy parejo con Kerry, el candidato republicano apela al 11 de septiembre y repite frases como esta: "Estados Unidos es ahora más fuerte y seguro".

Así se presenta Bush hoy al electorado, partido en dos por una administración guerrerista cuyas políticas, a nombre de la seguridad, resultan el mejor caldo de cultivo para el terrorismo.

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Orlando Oramas León

Orlando Oramas León

Periodista cubano, subdirector del diario Granma.