Rebeldía en Cannes
Pedro de la Hoz
Cannes será otra después de la primavera del 2004. La plácida localidad del Mediodía francés, famosa tanto por sus citas anuales con las artes como por su monumental dársena a orillas del Mediterráneo, dejó atrás su atmósfera glamorosa. Las realidades del mundo contemporáneo han ensombrecido el brillo púrpura de las alfombras de lujo que conducen a las salas del Palacio de los Congresos.
Las protestas de los actores y técnicos de empleo temporal en la industria francesa del espectáculo, quejosos de un régimen de seguridad social, diseñado por el gobierno de la derecha, que los dejaría desamparados, no sólo amenazaron con hacer naufragar la tradicional muestra cinematográfica. A estos se sumaron los empleados del hotel Carlton, uno de los más lujosos de la villa, muy mal pagados.
Una represión brutal de las fuerzas del orden, inédita en esos predios, recordó a los asistentes al Festival el verdadero rostro de un Estado que cada día más se aleja del paradigma de igualdad, libertad y fraternidad. Nada de utilizar dobles ni efectos especiales. Las autoridades de uno de los Estados que vota sistemáticamente en Ginebra para que investiguen la situación de los derechos humanos en Cuba, dio luz verde para que a palo limpio descerrajaran las cabezas de los manifestantes.
La bestial acción cobró ribetes mediáticos insospechados luego de que una de las víctimas de los ataques se identificara: un camarógrafo de France 3 acusó a la Prefectura de Policía de Cannes por haber sufrido heridas en la cabeza, las piernas y los flancos.
Tampoco el Festival de Cine propiamente dicho ha transcurrido bajo el signo de la pasividad. Ha sido suficientemente divulgada la presencia de Michael Moore y la proyección de Farenheit 9/11 en la sección oficial. La palabras del realizador llamaron las cosas por su nombre.
Sin embargo llama la atención cómo esos ecos de rebeldía tratan de ser descalificados por ciertos medios de comunicación, molestos por la franqueza con que el realizador de Bolos en Columbine analiza la realidad de su país.
Algunos amplificaron una de las mayores tonterías que se hayan dicho en el Festival, en labios de Jean Luc Godard. Para uno de los cineastas que contribuyó a revolucionar la estética fílmica en la medianía del siglo pasado, Moore es sólo "medio inteligente". Pero el colmo de la declaración está en el siguiente detalle confesado por el propio Godard: "No he visto su película más reciente, pero eso no me impedirá hablar acerca de ella". Resulta curioso que al dar esta versión, ni la AP, fuente matriz, ni los medios que reprodujeron la nota subrayaran la tamaña desvergüenza en que incurrió el autor de Pedrito el loco: opinar sin el menor conocimiento de causa.
El enviado del diario madrileño El Mundo a cannes recuerda cómo la ultraderecha norteamericana ha fustigado a Michael Moore como «terrorista cinematográfico» y ha pedido directamente su exilio; la Asociación de Patriotas Boicoteando el Antiamericanismo de Hollywood (PABAAH) ha iniciado una campaña para manifestaciones contra Farenheit 9/11 durante el simbólico Día de la Independencia, mientras en Internet hierven las webs anti-Moore y un aguerrido cineasta, Michael Wilson, se propone estrenar el mismo día un documental de desagravio: Michael Moore odia América.
Pero nada de ello quita un ápice los valores de la cinta de Moore. Hasta el conservador ABC ha reconocido: "Moore tiene información de primera y un archivo documental de la guerra de Irak espeluznante; ha entrevistado a militares, a madres de soldados muertos, a iraquíes heridos, a madres musulmanas desesperadas invocando a Ala, a un desertor, a congresistas, a los oficiales que intentar reclutar a «pringados» entre las clases más bajas... Hay en todo ese modo de llevar el hilo, un cierto tufillo a manipulación, a preparativos de caza, a la perdiz agarrada hasta que la coge el lobo y lo filmamos, pero en todo caso consigue conectar con la cara luminosa del ser humano, esa que se contrae ante la visión de los efectos de la batalla, de los niños estampados, del miedo, del dolor y de los entresijos e intereses obscenos que mueven los tableros de la guerra. Ante eso, no hay posibilidad de engaño: los buitres de las grandes compañías calculando ante la cámara, en un Congreso vergonzosamente público, los beneficios de ir a Irak y beberse el petróleo".
El caso Moore no es el único que ha puesto sobre la mesa un problema acuciante. Aunque parece historia pasada, la road movie del brasileño Walter Salles, Diarios de motocicleta, sobre el itinerario juvenil de Ernesto Guevara y Alberto Granado por América del Sur, antes de que el primero se convirtiera para siempre en el Che, ha estado acompañada por comentarios al rojo vivo por parte del realizador: "Mi película describe la América Latina de hoy. (...) Lo que los libros de Guevara y Granado contaban en los 50 resulta describir la América Latina de hoy. Los problemas de pobreza, de
injusticia, de propiedad de la tierra son los mismos hoy que
entonces. (...) No tuve la impresión de hacer un filme 'histórico', sino que tuve un sentimiento de urgencia. No sentí que era una historia que se conjuga en pasado, sino en presente".
El final del filme es revelador. Granado (Rodrigo de la Serna) le pregunta a Ernesto (Gael García Bernal) qué hará en lo adelante, y este responde: "No lo sé... ícuánta injusticia! ¿no?"
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