El relato del lector: Historias desde la paternidad

Hoy, en homenaje al Día de los Padres, deseamos que lectores como tú nos cuenten esas anécdotas únicas, divertidas o conmovedoras que solo un padre podría protagonizar. ¿Recuerdas aquella vez que tu papá te enseñó algo inesperado? ¿O ese sacrificio silencioso que descubriste años después? Pretendemos leer esas historias que, en lo cotidiano, revelan el amor, el humor y la sabiduría de la paternidad.
En Cubadebate, te invitamos a ser parte de“El relato del lector". Envía tus experiencias, reflexiones o momentos memorables vinculados a esta fecha. No importa si es una situación graciosa, un consejo que marcó tu vida o un gesto pequeño pero significativo: cada texto contribuye a tejer un mosaico de voces que celebran la esencia de ser padre en Cuba.
¿Cómo participar? Puedes escribirnos a comentacubadebate@gmail.com o compartir tu relato directamente en los comentarios de esta publicación. No olvides incluir tu nombre completo, municipio y provincia de residencia. Los mejores testimonios serán publicados, convirtiendo este espacio en un tributo colectivo a esos hombres que, con su ejemplo, construyen familias y comunidad.
¡Únete a esta iniciativa! Porque detrás de cada historia hay un padre que merece ser reconocido.
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Para mi papa (tato)
No necesitabas titulo ni libros grandes papá
tu escuela fue la vida y sabiduría el trabajo honrrado y tu legado los 7 hijos que criaste, con manos callosas pero corazon de oro
Te llamaban tato y en ese apodo cabia todo lo que eras
Fuerte como el sol en el campo
Tierno cuando nos decias
Lo importante es ser buea gente
No nos diste lujos pero nos diste todo
El valor de la palabra
El respeto a los demas y esa terquedad para levantarte siempre aunque la tierra pesara
Hoy aunque ya no estes aquí, sigo viendo tu erencia
en el esfuerzo de mis hermanos,en los nietos que llevan tu nombre,y en cada leccion que repito,sin darme cuenta
Porque tu voz sigue viva en mi
Gracias viejo luchador donde quieras que estes
Tus 7 estrellas te llevan en el alma
Te queremos papa (tato)
Recuerdo de mi abuelo: cargaba 2 latas de agua más de 200 m para vivir, no tenía "chequera" siendo jubilado de Obras Públicas.
Recuerdo que mi abuelo manejo un camión con remolque para una sucursal de Pepsi Cola acá en Cuba. Era padre de 5 hijos y mi abuela ama de casa, todos recibieron buena alimentación, buena vestimenta, una casa confortable donde tenían televisión, radio, refrigerador todo conseguido mediante su trabajo de camionero sus hijos fueron a escuelas públicas donde recibieron buena educación
disciplina y civismo. Dos de ellos fueron a la universidad y los otros tres se graduaron en diferentes oficios . Y entonces?
"Para un papá primerizo"
Amor, lo que se dice amor a primera vista no fué. Quizás yo estaba asustado. Ya saben, el caso típico con el primer hijo. Verlo asi tan frágil en su cuna más bien me asustaba. No sabía que hacer con esa cosita que solo lloraba, mamaba y dormía. Nada más.
Eso fue los dos primeros días, pero en la noche del tercer día nos acostamos temprano. El niño se había quedado dormido y mi esposa aún tenía las ojeras del hospital. Sobre las 10 de la noche comienzo a tener un pesadilla. La más vivida que me había pasado. Sueño que tengo un infarto y que estoy próximo a morir. Me despierto con un calambre en el pecho. Me siento en la cama y rememoro lo sucedido. Una pesadilla, pienso sin dudas, pero aún siento una penita en el corazón. Miro hacia la cuna, todo en orden. Mi esposa duerme también.
Me acuesto y no tardo conciliar el sueño. Vuelvo a soñar que tengo un infarto y un calambre me recorre el cuerpo. De nuevo me duele el pecho y comienzo a sollozar. Una voz lejana me llama: ¿Qué te pasa? Era mi esposa que había despertado. No sé, no sé, contesto. Tienes una pesadilla , dijo, estabas hablando dormido. Solo repetias " Mi niño, mi niño, mi niño". Comencé a llorar. Mi esposa me pasó la mano por la espalda. ¿Que tienes, me esas asustando?, dijo. Volví a mirar a la cuna y comprendí que mi temor era no ver crecer a mi hijo. A partir de ese momento algo cambió en mi. Fue como un corrientazo.
LA MUÑECA
Las estadísticas son buenas para ilustrar algún tema. Nos ayudan a entender, a interiorizar y ver los logros de cualquier obra humana. Todavía uno se fascina cuando recuerda de los años sesenta, al invidente profesor de literatura del Preuniversitario “Héroes de Yaguajay” apodado Chachi. El gráfico con su nombre mostraba un desempeño durante todo el año sin ausencias, ni siquiera de esas, las justificadas. Si el que hace los análisis quiere ser parcial, los números lo ayudarán en su visión sesgada y sin que los dígitos se enteren. Son fríos, incólumes, carentes de todo sentimiento. Pueden acusar al más honesto de los hombres y desflorar a una doncella. Sirven para decir verdades útiles a la hora de alfombrar mentiras problemáticas. Y sobre todo, quedar bien hasta el próximo pase de cuchilla. Los hospitales y otros centros de salud sirven para esta crónica. Los números dirán cuántas consultas, operaciones menores, mayores, viajes de ambulancia, niños salvados de la muerte. Eso no es mentira. Y no descartemos que aparezca un periodista con la pregunta tres coma catorce: “¿Cuánto le habría costado esta operación de su hijo en un país capitalista?”
Pero muchas veces no ha habido con qué limpiar los pisos, escasea el papel sanitario, los desinfectantes, el detergente. No hay personal suficiente. Existen insatisfacciones, falta de control. En ocasiones el trato es malo. Material para los TPI o tarifados periodistas independientes. Y no hay estadísticas que cuenten estas cosas. ¿Por la cantidad de quejas? Vamos, los cubanos hemos perdido casi por completo el hábito de emplear este recurso. Y que no se le cuelguen esos San Benitos al bloqueo.
Yo trabajaba en uno de los centros de salud del Convenio Cuba − Venezuela como Agente de Seguridad Interna y había notado algo curioso: cuando me daban las gracias por mi actuación, los aludidos reaccionaban diferente a mis palabras en dependencia si lo hacía un venezolano o un nacional. “Para servir a usted” era mi respuesta. Aquellos sonreían y expresaban su satisfacción incluyendo una inclinación de cabeza. Los nuestros me miraban como a un alienígena. No estaban acostumbrados a algo distinto al ocasional y gruñido “por nada” en tácita veda casi perpetua. Y los Iscariotes de la prensa anticubana no pueden ocultar una realidad aluvional: con todas las limitaciones ciertas, en Cuba no falta la atención médica. Mi problema está en dónde encontrar la mayor contundencia de argumentos que avalen esto y que sean convincentes además. Les diré uno.
Tengo una hija Cirujana-oftalmóloga que ha estado milagreando por Bolivia, Guatemala y Venezuela. Siempre la pasión nos ciega y a veces atribuimos a nuestra descendencia los rasgos y virtudes que desearíamos que tuvieran. Pero si para ilustrar esto, debo convertirme en abogado del Diablo, amén.
Cuando aún no cumplía los seis y su dominio del idioma no se había consolidado, yo la observaba una tarde cuando jugaba con la muñeca y supe que la última estaba enferma. Una interrogación de abuelo me sirvió para conocer que le dolían los riñones. “¿Y eso es malo?” − pregunté otra vez.
− Ajá. Le di un cocimiento de tilo para que duerma y mañana vamos temprano al hospital – respondió la futura internacionalista.
− ¿La van a operar, sí?
− No. Le van a hacer una litotrisa tracumporia – y lo dijo convincente, rotunda, tajante y terminante.
Ahí tiene, amigo lector, la mejor prueba de nuestro nivel de salud. Dígame si puede existir una argumentación de nuestro lado con poder mayor y más invulnerable a los ataques de nuestros enemigos. Contra aquella niña, no cobraría su dinero maldito ninguno de ellos. Yo digo que gracias a ella no me derribaron en Angola. Y más supersticioso que un piloto, que me lo traigan: antes de cada vuelo al territorio enemigo (y fueron decenas), yo orinaba tras la cola del avión como se establece para incrementar el aché, conjurar los bilongos y colocando en la cabina del Mig una foto pequeña de mi brujita. Y aquí estoy. Vaya poder el de aquel talismán. Nunca le he preguntado después, si ha pensado en poner una imagen de su progenitor en el salón de operaciones pa´ la buena suerte. Qué débiles somos los padres.
PAPI, MAMI, ES PAPI.
Comenzaba el año 1978 y exactamente el 6 de enero, se presentó en el Comité militar. Iba orgulloso, con mochila nueva a cumplir una misión, solo eso sabíamos. Hacia rato que en silencio añoraba esa oportunidad que habían tenido todos sus compañeros del ejército y a él, por esos avatares del destino, no le había llegado. Yo lo llevé en el carro y olvidó darme un beso de despedida pero lo entendí, él estaba feliz.
Pasaron 4 largos meses sin saber de él, el día 4 de abril llegó su primera y raída carta con fecha 14 de febrero, que coincidencia de fechas para mantenernos unidos.
La carta no decía donde estaba pero en marzo se había conocido de la participación de los cubanos en la misión Protesta de Baraguá en Etiopia y yo estaba segura que él estaba allí, con el tiempo lo confirmé y su estancia duró 26 meses y medio.
Fue una época difícil y llena de momentos especiales. Vivía sola, tenía 2 niños pequeños era profesora, cursaba una maestría y era la secretaria general de un núcleo de Partido con más de 50 militantes, pero siempre tuve la colaboración de mi familia y mis compañeros de trabajo.
Quizás uno de esos momentos lo constituyó la celebración en Cuba, en julio de ese año del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Mis hijos y yo fuimos participantes activos de ese evento pero lo extrañamos muchisimo. Le escribí una carta diaria de todas las cosas lindas que vivíamos los 3. En aquella época Juventud Rebelde salía con el logo del Festival y yo los recortaba y se los pagaba a los sobres de las cartas, así llegaron durante unos meses mis cartas a Etiopia. Mi hijo de solo 5 años siempre me insistía, dile esto, cuéntale aquello y yo asumia con orgullo esa reponsabilidad. Pero el Festival trajo otros cambios en nuestras vidas. El entorno geográfico alrededor de nuestra casa cambió, se construyó una gran avenida donde antes había un terraplén, se hicieron salidas hacia la ciudad y el aeropuerto donde antes no había y mi hijo se preguntaba constantemente si papi nos encontraría, me llenaba de interrogantes acerca de ésto y estaba verdaderamente preocupado.
En el 79 llegaron las primeras fotos en un rollito que llevé a rebelar al antiguo Centro Asturiano. Cuando abrí el sobre tuve que sentarme en un banco del Parque Central a explicarles a mis niños porque papi estaba tan cambiado, había bajado más de 30 kilos y estaba sencillamente, irreconocible. Fue una dura tarea.
En ese mismo año me dieron casa en la microbrigada .La mudada fue una fiesta pero surgieron, como era de esperar, nuevas preocupaciones para mi pequeño hijo, que había crecido y cada vez preguntaba más. Por suerte para mí, mi hija solo 2 años mayor que él pero muy madura, me ayudaba en estos menesteres
Así podría narrar miles de anécdotas relacionadas con esta necesaria separación pero debo llegar al reencuentro.
Hacía rato que lo esperábamos, se corrían rumores, que si vienen en barco, que si en avión desde Angola, en fin somos cubanos ¿no? Incluso un domingo fuimos al Morro porque se corrió que entraría un barco con combatientes pero nada.
Era sábado, exactamente el 21 de marzo de 1980. Ese día, como todos los sábados, yo tenía clases a las que como siempre iba con los niños; pero en esta ocasión después de las clases tenía un almuerzo en Río Cristal con el Comité del PCC de la Cujae recién electo. Decidí entonces pasar por la casa para asearnos, ir al baño y dejar las cosas de la clase. Yo estaba lavándome la cara con la puerta del baño abierta cuando tocaron a la puerta y mi hijo acudió al llamado.
Yo sentí que no habló y tiró la puerta, me asusté y le pregunté - Ariel ¿Quién era? Y Ariel, que es muy blanco y de ojos claros y grandes, estaba rojo como un tomate, asustado, con los ojos más abiertos que nunca parado en el medio de la sala y tembloroso y bajito me respondió - papi, mami, es papi. Por azares de la vida le tocó a él ser el primero en verlo, después de tantos días de miedo porque "su papi" no nos encontrara
Claro que no recuerdo bien lo que le dije a mi hijo, su papá no volvió a tocar y yo fui corriendo a la puerta, la abrí y allí, paradito, con los ojos inyectados, seguro y sonriente, esperando por mí, estaba él.
Febrero 2010
Juanito el pulpero era un hombre mayor de Santa Fe, pescador viejo, dado a la fantasía. El mejor pescando pulpos de todo el Bajo de Santa Ana; también era padre, pero no el mío. Mi padre es el mejor nadando y en todo lo demás...bueno, menos en localizar y recuperar los cefalópodos. Yo aprendí rápido y bien, primero a nadar por mi marinero papá y luego a cazar pulpos por Juanito el negro pulpero.
Una vez nos juntamos los tres en la última piedra del Bajo, en medio del mangle...de eso hace 30 años; pero todavía queda allí la tensión en el ambiente cuando Juanito afirmó-sin conocer a mi papá- que él me había enseñado a nadar, a pescar y mi papá-que sí sabía de Juanito- dijo que él a cazar a pulpos. Hoy son amigos pero quedó la discusión.