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Encuentro con… Víctor Casaus

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Victor Casaus.

Victor Casaus.

Por Analía Casado Medina

En sus múltiples facetas de poeta, cineasta, promotor cultural, editor, se develó este jueves en el habitual espacio Encuentro con…, de la Asociación Hermanos Saíz, Víctor Casaus, director del Centro Pablo, autor de los libros Girón en la memoria (1971) o Todos los días del mundo (1967), director de los filmes Pablo (1978) o Bajo presión (1989), impulsor, junto al “pequeño ejército loco” de Muralla 63, de proyectos imprescindibles como A guitarra limpia, Ediciones La memoria o los salones de arte digital.

La conversación guiada por la periodista Magda Resik comenzó por la educación de Víctor, por los caminos que lo condujeron al campo cultural nacional. Lector de José Martí, discutidor de dogmas e imposiciones, miliciano, mecanógrafo del Ayuntamiento de La Habana, escritor de versos, confesó ser en una primera etapa –llamémosle formativa– el joven, a quien le ofrecieron en los admirables y convulsos 60 ser administrador escolar de la Víbora. Manda entonces unos poemas a la revista Mella (por suerte nunca publicados, dice) y ahí, donde un jovencísimo Silvio Rodríguez dibujaba junto a Virgilio Martínez y donde confluían Héctor Villaverde, Félix Guerra o Antonio Conte, le proponen trabajar como periodista. Muere el posible e hipotético Víctor administrador escolar. El periodismo, la literatura, el cine, la cultura, ocuparán sus días.

Sin embargo, “a pesar de su trabajo periodístico, su naturaleza es la poesía”, tantea la anfitriona: “¿Por qué la poesía?” “Eso quizás no tenga una explicación puntual. La poesía tiene, si no un alcance, una latitud que otros géneros como el testimonio, el cuento o el ensayo no tienen. Y a la vez está latente en estos géneros”, apunta.

“¿Y el periodismo, una necesidad?”. “Podría decirse que de alguna forma fue una necesidad de expresión. Casi la primera que encontré. En la revista Mella, sin formación periodística académica, intuitivamente, comencé a escribir. Me interesaba y me interesa. Soy muy feliz cuando puedo encontrar ahora el tiempo para escribir una crónica”. En aquellos momentos, cuando leía por primera vez los libros de Pablo de la Torriente Brau, Casaus se hizo dos preguntas: ¿Así que se puede escribir de esta manera, con malas palabras, libertad expresiva y de pensamiento, mezcla de géneros? ¿Así que se puede ser revolucionario de esta manera? “A las dos interrogantes respondí que sí”. Autenticidad y cabeza propia para analizar la realidad son algunas de las premisas que ha defendido, como muchos jóvenes periodistas de estos tiempos.

¿Qué es la trova para Víctor Casaus?, vuelve a la carga Resik. “No tengo formación ni aptitud musical: soy absolutamente incapaz de hacer música, pero sí de entenderla y apreciarla”. Las alianzas entre trova y poesía –los poetas son trovadores que perdieron en los recovecos de la historia su guitarra, su laúd, como alguien dijo alguna vez– tendrían su expresión inicial mayor quizás en el recital Teresita y nosotros de Bellas Artes, en julio de 1967, donde jóvenes poetas del primer Caimán compartieron escena con Teresita Fernández y Silvio Rodríguez. Estas concurrencias han tenido su continuidad en el Centro Pablo: trova, poesía, arte digital, diseño gráfico, proyectos editoriales y cinematográficos, rescate de la memoria compartida, han sido algunos de los desvelos fundamentales de la institución en estos 20 años. ¿Los protagonistas? Los creadores y las creadoras que han hecho suyos nuestro patio de las yagrumas, nuestra sala Majadahonda, nuestras propuestas editoriales y discográficas, nuestros espacios en la web.

Pero este tema, el Centro Pablo, será conversado más adelante. Ahora Resik pregunta por la presencia de Fidel Castro en Muralla 63. Víctor rememora un texto que escribió a propósito del cumpleaños 90 del Comandante, Crónica en las vísperas, que reprodujeron sitios como Segunda cita o La pupila insomne. Vuelve a octubre de 2001, cuando Fidel estuvo en la presentación del disco Trov@nónima.cu, realizado conjuntamente con la AHS. Ocho jóvenes trovadores de varias provincias cantaron aquella tarde y compartieron con Fidel. Víctor recuerda las palabras que le dirigiera Fidel a Ariel Barreiros, el joven trovador cienfueguero: “tú tienes cara de hombre bueno”; la anécdota con William Vivanco, quien tenía los espejuelos rotos desde que saliera a cantar. Fidel no dejó de notarlo, de preocuparse, como con el personaje de aquel documental de Santiago Álvarez, Mi hermano Fidel (1977). “Pienso preparar una crónica rescatando ese encuentro donde estuvieron Ruth de la Torriente, Julio Girona, Eduardo David, hermano del caricaturista Juan David”, dijo Víctor, para quien Fidel Castro es un hombre de gran sensibilidad humana.

Víctor Casaus en el Pabellón Cuba, con Magda Resik. Foto: Centro Pablo.

Víctor Casaus en el Pabellón Cuba, con Magda Resik. Foto: Centro Pablo.

Para cerrar, Magda Resik pide al poeta que nos coloque en la nación que soñamos. Víctor ensaya un rápido inventario de distintas épocas: el momento de la épica (los 60), los difíciles 70 (erráticos para la cultura artística), la rectificación de los 80 y su bonanza económica, las volteretas de los 90, el periodo especial. A propósito de este último tema, que se extiende hasta nuestros días, Casaus recordó lo que dijo un amigo hace algunos años: “Seguramente saldremos del período especial: queda por ver el cubano que saldrá de ese proceso”. “Sin olvidar la complejidad y los matices de los que está llena la vida –sino todo lo contrario–, tengo el deseo y la esperanza de que terminemos de construir este proyecto social rescatando sus valores y logros esenciales. La vida dirá, como siempre la última palabra”, subrayó.

Pasa entonces la palabra al público.

Alguien destaca la labor del Centro Pablo en la promoción de múltiples esferas de la cultura. Víctor habla de las primeras funciones del Centro: rescatar y comenzar a organizar la papelería de Pablo donada por Ruth de la Torriente, su hermana, y Raúl Roa, amigo entrañable, padres del Centro. La publicación de la obra pabliana fue uno de los principales empeños. Inquietudes de los integrantes del Centro, como María Santucho, su coordinadora, irían ensanchando naturalmente los límites. Pero sin el acompañamiento de Abel Prieto, Eusebio Leal, Silvio Rodríguez y los creadores y creadoras que desde la trova, el arte digital, el diseño, el testimonio o la investigación han apostado por este proyecto, nada hubiera sido posible, precisa Casaus.

Sale a colación el Víctor cineasta. El director de Que levante la mano la guitarra (1983) recuerda el período, a finales de la década del 60, en que trabajo en el ICR, donde realizó obras como Girón (1969), que nunca fue exhibida (no se entendió que los combatientes se expresaran con malas palabras, como cualquier hijo de vecino); su entrada al ICAIC, donde se desempeñó primero como guionista –ahí está su trabajo junto a Manuel Pérez Paredes en El hombre de Maisinicú para contarlo– y luego como director, con documentales como Con Maiakovski en Moscú (1976) o Museo (1975). A pesar de haber incursionado en la ficción, a Víctor le apasiona más el documental, confiesa. Desde el Centro Pablo ha dado continuidad a esa vocación con la producción, junto a María Santucho, de una decena de obras documentales, entre ellas Bajo la noche lunar (Lourdes Prieto, 1998), sobre Pablo de la Torriente Brau, o Pobre, nómada y libre (Jorge Fuentes, 2001), sobre la trovadora Teresita Fernández.

Desde el público Harold Cárdenas agradece el trabajo del Centro al mostrar la energía y la complejidad de personalidades como Pablo o Rubén Martínez Villena, lejos de las fórmulas edulcoradas y contraproducentes que a veces caracteriza la enseñanza de la Historia en el país. Asimismo, el crítico e investigador Jorge R. Bermúdez destacó la importancia de los salones de arte digital, que abrieron ese camino creativo y prometedor en el territorio de la cultura cubana y permitieron visibilizar, en tiempos inaugurales, una forma de expresión poco reconocida por la crítica especializada.

Rubiel García González, presidente de la AHS, organización que está celebrando su aniversario 30, preguntó por Guillermo Rodríguez Rivera. “Con Guillermo, como con Wichy (Luis Rogelio Nogueras), perdura una hermandad que nació en los tiempos de El Caimán y se puso a prueba, en las buenas y en las malas, en distintos momentos de la vida”, manifestó Víctor, quien resaltó la autenticidad y consecuencia de Guillermo, que podemos encontrar en su poesía, en sus ensayos.

Para finalizar el encuentro con este poeta de capacidad fundacional –como dirían en algún momento durante el intercambio–, García González obsequió a Casaus con recuerdos de la AHS.

(Tomado de la página del Centro Pablo)

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